sábado, 24 de agosto de 2019

MI MÚSICA






Mi padre era un amante y aficionado de muchas cosas, quizás la que más le despertaba pasión era la música. Cada día después del almuerzo se sentaba en su butaca preferida, sintonizaba la música clásica en el armatoste a lamparas que tenía junto a su cabeza, y reposaba con un pañuelo bajo el ojo derecho sujeto con su misma mano. Luego se escuchaba un leve pero intenso ronquido y la música pasaba a un segundo plano. Yo sentado enfrente le miraba y observaba cada sonido que compartía con la radio, el caso es que me gustaba bastante más el sonido de la música clásica que los ronquidos que emitía la garganta de mi padre. Cuando despertaba, se agitaba y frotaba con la mano de apoyo y comentaba : Magnífico concierto . Yo sonreía y él me guiñaba como signo de complicidad. Quizás había cumplido los doce años, cuando mi padre me comentó que había conocido al catedrático de guitarra del conservatorio y que habiéndole parecido un gran persona y un genial docente, con método propio de enseñanza, merecía la pena que lo aprovechara para que me enseñara el manejo del laúd, ya que mi hermano que tenía mejores condiciones musicales aprendería el uso de la guitarra. Me quedé perplejo porque aunque entre hermanos no teníamos dificultades, la rivalidad existía y yo deseaba mostrar mis facultades para desbancar su superioridad no solo por la edad sino por mi motivación y ambición. Como siempre ocurría aceptábamos las indicaciones de padre sin rechistar, aunque a mi no me gustara, desplegué la cara de triste y enfadado, e iba suspirando mis penas por los lugares de uso común, incluso tuve el atrevimiento de no escuchar el concierto de la siesta, con mi padre en el “dolce far niente”. Cuando en la noche me cruce con él, metió sus dedos en mi tupida cabellera despeinándome sin más contemplaciones. Fuimos informado por mi padre que el maestro de guitarra vendría dos días a las doce del medio día, y aunque rompía el programa de juegos de la mañana aceptamos sin rechistar las indicaciones de padre. Luego me hizo indicaciones para que fuera al garaje y dentro del coche encontraría una guitarra y un laúd adquirido por mi padre para los menesteres de la formación musical. La guitarra era nueva y estaba reluciente,el laúd era de segunda mano y se notaba el rayado de las uñas del maestro que lo había usado, no me gusto tampoco ese gesto para con mi ambición y llené mis ojos con más lagrimas de lo habitual. Mi padre sacó del bolsillo un juego de cuerdas y dos cejillas y las colocó sobre la caja y el mástil, luego las depositó sobre el sofá y nos advirtió que si queríamos demostrar nuestras habilidades lo hiciéramos ahora y sino cuando viniera el maestro. Yo me lancé sobre la herramienta y con una púa froté las cuerdas sin que el sonido tuviera la coherencia necesaria. Mi hermano con la guitarra demostró tener habilidades naturales y el sonido que sacó era lo más parecido a una melodía. Al día siguiente, media hora antes de la llegada del profesor agarré el laúd y lo abracé, mis pocos años me hicieron pensar que si le mostraba cariño, ella respondería con un sonido como los que escuchaba en la radio. Pero no fue así y yo bien que lo he sentido, porque no conseguí pasar de ser un mero oidor distinguido. El maestro llegó a su hora, iba vestido de negro y con una cinta en el brazo, señal de viudo, portaba un sombrero de ala corta también de color negro, sus ropas lucían manchas y lamparones de diversos tamaños e intensidades. Sacó del bolsillo un paquete de hojas de liar cigarros y escogió una hojilla, luego cuatro o cinco colillas de tabaco y les vació mezclando todos los contenidos, los envolvió en la hoja y encendió con un chisquero. Una columna de humo denso salió de su boca piorreica, deposito el cigarro en el clavijero y agarró el instrumento, cuando escuché el sonido me quedé patidifuso, por la caja de resonancia salia un ruido de una belleza inigualable, y fue entonces cuando supe que jamás llegaría a sacar ese magnifico ruido al instrumento que me había conseguido mi padre, y así lo entendió, lo cambio por la lectura sin limite y bajo su control. Mi hermano consiguió dar una semana de clase, porque el maestro Navas don José murió de una ataque al corazón. Continúo escuchando música y no me pierdo ningún concierto velando el sueño de mi padre.
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sábado, 27 de julio de 2019

ESCENAS DE LA GUERRA DE LOS ESPAÑOLES








He calculado la edad que tendría cuando sufríamos la guerra civil, y eran los siete años. En ese momento paré de aporrear las teclas porque mis ojos se encontraban llenos de lágrimas. Saqué el pañuelo y enjugué ambos ojos, continué no sin antes respirar profusamente para alivio de mi congoja. Luego continué escribiendo aunque me encontraba sobrecogido por una enorme cantidad de recuerdos vividos y padecidos. Cada imagen que me aparecía despertaba los recuerdos más sensibles del almacén de mis entendederas, y también un sentimiento de odio y de repulsa contra los que me hicieron daño, tanto a mí como como a los que formaban parte de mis circulo de familia y amistades. En esta ciudad de Málaga la guerra mantenía ocupado a los adultos, pero los niños no deseábamos ver sufrimientos ni los desatados odios de los que hablaban los mayores, así que nos refugiábamos en lugares donde podíamos jugar a las canicas o mirar el cielo por donde sobrevolaban aviones y proyectiles que nos parecía algo sobrenatural por el lugar que ocupaban. Como eramos niños curtidos en varios años de guerra y miseria, sabíamos cuando nos esperaban para comer y cuando no hacia falta que apareciéramos porque nada había que comer. Esos día nos colábamos en el jardín de Villa Patrocinio y nos sentábamos bajo los naranjos de cachorreñas, nos comíamos tres o cuatro naranjas, con la tripa llena descansábamos durante las horas de mayor canícula. Después arreábamos con los aros metálicos, los más favorecidos, y nos dirigíamos a la casa del cónsul para observar las pasadas que todas las tardes realizaban los aviones, y las descargas de bombas sobre la ciudad, que solo podía defenderse haciendo sonar las las sirenas de aviso para la sufrida población. El viernes ocho de febrero amaneció muy nublado y con bastante frio, mi madre había sufrido algún trastorno y no conseguía hablar pero continuaba organizando nuestra casa, padre salía para conseguir algunas monedas realizando trabajos de enseñanza, era secretario del Instituto Gaona y daba lecciones a los niños de los barrios colindantes y clases particulares a los niños con posición económica más desahogada. Después de un tazón de achicoria con dos gotas de leche, mi padre nos daban recomendaciones sobre los cuidados que deberíamos tener. Yo el más pequeño recibía cuidados e instrucciones especiales, en especial que tenía que estar de vuelta antes de la seis de la tarde con el atardecer. Nos reuníamos en el Jardín de los Monos, aunque siempre se retrasaba alguno de los chavales, y subíamos el Camino Nuevo correteando para que según el orden de llegada proponer lo que íbamos hacer durante el día. Hacía tres meses que no había escuela y solo al final de la tarde cuando volvíamos a casa, mi padre nos sentaba en la sala comedor /dormitorio, y nos contaba episodios de la Historia de España, la mayor de las veces nos quedábamos dormidos apoyados en los antebrazos. Aquella mañana del ocho de febrero llegué el primero a los jardines del Ingles y me gané el privilegio de llamar a la puerta para recibir algunas galletas maría, que después repartía con el resto de la tropa. Aquel día, no salio Reme, la mujer que cuidaba la casa y nos proporcionaba las galletas, sino el propio Inglés con cara desencajada. Nos habló durante un rato en ingles, y nos quedamos mirándole porque ninguno de los nuestros había podido aprender el confuso idioma, pero nos alegró el momento ya que también nos proporciono las deseadas galletas. Luego aquel hombre comenzó a mover los brazos y señalando el lugar por donde habíamos venido, sin más y con los ojos llenos de lágrimas se metió dentro de la casa dando un severo portazo. Un ruido de difícil definición comenzó a oírse e iba en aumento, todos los cuatro chicos nos asustamos y nos refugiamos en los restos de una casa abandonada. Desde allí divisamos una columna de tanques y camiones que se colocaron en formación y que en pocos minutos comenzaron a lanzar bombas y balas en todas direcciones. Cerca, muy cerca de donde estábamos cayeron dos bombas que nos lanzaron por el aire y que dejo inane los cuerpos de mis compañeros de juego. Miré mi pierna derecha y ví roto el pantalón, lo remangué y me quedé horrorizado, tenía un pedazo de carne colgando y un trozo de ladrillo clavado, le saqué y sujeté la herida con la tela del pantalón , me puse de pie y caminé, y milagro podía. El único lugar hacia donde podía dirigirme era al sur, para conseguir alejarme de aquellos salvajes que no paraban de lanzar disparos, corrí por el Camino Nuevo teniendo que pararme de vez el cuando porque se caía la tela que sujetaba la enorme herida. Llegué a la carretera y el panorama era desolador, la mayoría de las casas estaban derruidas y humeantes, yo que aún estaba conmocionado instintivamente me dirigí hacia el oeste quizás el lugar que mejor conocía. Llegué al Hospital de Sangre a la vez que una incesante multitud de gentío corría en dirección contraria a la mía. En la puerta del Hospital caí de bruces a la vez que un celador me intentaba sujetar, me recogió del suelo y me llevo al interior del Hospital. Según me dijo mi padre estuve dos días con fiebre muy elevada y durante ese tiempo me operaron y colocaron una escayola. Tres meses después mi familia fue fusilada, salvo yo que quedé con una severa discapacidad y la necesidad de usar una muleta. Me recogió durante dos años una familia adinerada que jamás manifestó afecto alguno por mi persona y que decidió ingresarme en el colegio de huérfanos de la Misericordia para que enmendara la perra vida que los rojos me habían dado. Luego estuve en una Sanatorio durante diez años curándome de la infección del hueso de la pierna, cuando me dieron el alta busque ayuda pero nada encontré, así que me acogieron en el Cottolengo lugar donde aguardo acabar mis días en la mejor de las situaciones.

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miércoles, 26 de junio de 2019

MARÍA LUISA






No era guapa pero si le gustaba la elegancia, quizás influía que no era alta pero si estaba proporcionaba. Un rasgo facial, una mínima cicatriz de juego en la infancia, le daba una característica muy peculiar, porque iba acompañado de una pequeña contracción del parpado inferior . Lo que más llamaba la atención era los inicios en la conversación con cualquier persona, una sonrisa acompañada las primeras palabras para después seducir ampliamente con los susurro de sus frases. Siempre y con todos, nos dejaba perplejo con el severo contenido de su conversación y con la dulzura de las maneras.
Pero bueno no escribo esto para contar las beldades de María Luisa, sino la historias de los hechos que acontecieron en la vida de esta mujer, y que tanta influencia tuvo en los que convivimos con ella. Por motivos del azar y la necesidad la conocí en la Universidad, fue en una taberna donde realizábamos los encuentros y que se llamaba Natalio, allí comenzamos el compromiso político teórico para prepararnos para la lucha contra el franquísmo. Y como no, la responsable de la acción política era María Luisa, que tenía una elevada formación ideológica y una condiciones innatas para despertar el compromiso de todos los inquietos muchachos que nos parecía necesario que las cosas cambiaran en nuestro país. He de confesar que no me llamó la atención hasta que comenzó la perorata habitual de los círculos comunistas y seguidores de Marta Harnecker, fue entonces cuando quedé prendado y seducido por la habilidad del uso del verbo. Al terminar me acerqué y un compañero me presentó. María Luisa iba con un tipo que la sujetaba del codo y que no parecía tener relación alguna con ella, sobre todo por su pinta de pijo. Según me dijeron era su marido, pero nada tenía que ver con ella, parecía más un florero que un guarda espalda, valoré su posición y mis posibilidades y llegué a la conclusión que debía seguir vigilando aquella persona para conocer si podía acercarme a mi líder sin que el tipo se mosqueara. Como era habitual en aquellos tiempos, no volvimos a vernos hasta que transcurrieron varios meses, ya que las medidas de seguridad eran muy severas, por lo imprudentes que a veces eramos. Fue un uno de mayo repartiendo propaganda en la fuente del Triunfo, nos pillaron como pardillos con toda las octavillas bajo la camisa, y pasamos varios días incomunicados en la comisaria de la plaza de los Lobos. Cuando nos dejaron el libertad me estaba esperando en las escaleras de la facultad de derecho, intenté hacerme el loco mirando para otro lado pero ella de dirigió directamente a mi y me dijo que quería tomar un café para aclarar algunas cosas. Me pidió sentarnos porque le dolían las piernas, deslizó la pierna bajo la mesa y levantándose la falda me enseñó el muslo completamente morado. Horrorizado e indignado quité la vista de aquellas carnes laceradas y lancé una larga perorata de insultos para con los maderos. Ella me puso los dedos en mis labios y me pidió silencio, luego habló sobre la estancia en Comisaria y los daños sufridos, yo conté lo que pude y me pareció prudente, cuando terminé me invitó a salir. Aquella noche me llevó a su casa y me enseñó todo su cuerpo, me dijo que su marido estaba de viaje en Barcelona, y que deseaba pasar la noche conmigo porque había tenido una crisis de pánico y se había sentido muy mal y muy sola. Con extremado cuidado fui besando sus verdugones extendido con saña por todo su cuerpo, luego con un trozo de hielo envuelto pasé con suavidad por las zonas más comprometidas. Cuando era la media noche, me dí cuenta que estaba dormida, la tape con una manta y apagué la luz. Media hora después sentí un tenue temblor en mi cuerpo y decidí que me tendría que ir y recuperar mis deteriorados sentidos. Salí de su casa sin hacer ruido y me fui a la pensión. Nunca jamás la volví encontrar pero si guarde un intenso recuerdo de su personalidad y comportamiento. También de unas palabras que me dijo: “Olvida la moralidad de los hechos y los motivos”

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jueves, 30 de mayo de 2019

MALOS PASOS






Me llamó Rafael Sánchez, tengo cincuenta años y paso por un mal momento físico y anímico . Los porqués son complejos de averiguar, pero teniendo la necesidad de contarlo, me descubro ante mis amigos. Hace quizás cinco años me apunté en un gimnasio para mejorar mi condición física, me dolían los muslos cuando caminaba algo más de lo habitual, también porque mi constitución anatómica es de piernas y muslos finos y atróficos. Después de seis meses de duro ejercicio, no encontré ni mejoras en el esfuerzo ni mejora en el desarrollo muscular, así que decidí buscar otro tipo de ejercicio que al menos fuera más entretenido. Decidí que lo primero que tendría que hacer es analizar cuales eran mis alteraciones físicas, y que como consecuencia había desarrollado una profunda tristeza y psicopatía que agravaba mi situación. ¿Cuales eran mis alteraciones físicas? Lo identifique con facilidad, porque tenia conocimiento sanitarios , era una marcha anormal. Caminaba con oscilación, me desplazaba hacia los lados cada varios pasos, aunque siendo verdad lo primero que me pude apercibir es que caminaba despacio, y todo el mundo me adelantaba. Observé que siendo alto de 1 metro y 83 centímetros, y que el ritmo de mis piernas parecía normal, avanzaba mucho más lento que las demás personas y que quizás perdía impulso con este tipo de marcha. Busqué información sobre la marcha y los tipos de alteraciones posibles y encontré que existen multitud de tipos de marcha, y no menos alteraciones y orígenes de patologías detectables con el análisis de los tipos de desplazamiento con las piernas. Estos análisis podían ser de gran utilidad para detectar multitud de enfermedades de origen neurológicos, psiquiátricas y constitucionales, y yo según mis observaciones podía ser un compendio de todas ellas. Decidí que ya que no conseguía identificar el problema concreto, al menos podía poner en marcha algún sistema de corrección, que me produjera mejoría clínica y en la autoestima. Por supuesto serían ejercicios fáciles y adaptados a la vida cotidiana, el primero de los cuales fue el seguir la linea recta que marca la unión de las lozas del suelo. Empecé con interés pero poco a poco me fui aburriendo, no conseguía corregir las desplazamientos laterales y seguía con la marcha lenta insegura, pero ya tenía casi seguro que no parecía progresar, aunque tampoco mejoraba mi estabilidad psíquica. Dejé los esfuerzos de concentración y me lancé a ejercicios de caminar por senderos del monte, y aunque no parecía que tuviese utilidad al menos era divertido y olvidaba los males que me acechaban. Escribí a un Gabinete de análisis de la marcha y les pedí cita para que me realizaran un estudio que me permitiera tener un diagnostico que me tranquilizara, mientra busqué y encontré ejercicios que me fortaleciera equilibrio y la musculatura erectora del tronco. Consistía en marcha lateral hacia ambos lados, en grupos de de treinta saltos y después en carrera hacia atrás todo lo que aguantara. Cada día hacia mis ejercicios durante una hora, y aunque me parecía ridículo le puse empeño hasta que corriendo de espalda, tropecé y caí por un terraplén de unos diez metros y en cuyo fondo había una cantera de piedras que sirvieron de amortiguador de mi espalda. No podía moverme y mis piernas no respondían, y tenía enormes dificultades para respirar. En esa posición permanecí hasta que sentí que caía liquido sobre mi imposible cuerpo, miré y era un hombre que meaba tranquilamente desde el borde del camino. Hice señales con mis brazos y el campesino dio un salto y desapareció de mi vista, al momento volvió a asomarse y me gritó que era lo que hacia allí. No me moleste en contestarle, pero moví los brazos en señal de que estaba vivo, una hora después me sacaban en camilla y me trasladaban al Hospital. No volví a caminar y aun continuo vivo después de diez años de reposo obligado, solo podía leer y a buena fe que lo hice, pero nunca pude averiguar porque había caminado de esa forma tan peculiar, tampoco los muchos especialistas que me visitaron y que les pregunte con curiosidad.

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sábado, 11 de mayo de 2019

¿OLVIDÉ MI LIBRO ?






Me llamo Nicolás y desde hace años tengo una gran afición por los libros. Creo que todo empezó cuando mi madre me pedía dormir la siesta en la biblioteca, donde unas enormes estanterías se encontraban colmatadas de libros de diferentes lomos, tamaños y colores. En la mullida alfombra reposaba mi cabeza sobre una almohada de plumas, y desde allí leía lo escrito en el lomo de cada ejemplar. Aprendí la situación de los más de tres mil ejemplares y los nombres de sus autores, aveces me quedaba dormido agotado de buscar y completar los títulos de los libros más pequeños y con letras doradas que me obligaban a un sobre esfuerzo. Al iniciar la siesta, me tumbaba y orientaba hacia el lugar que había decidido le tocaba repasar la ubicación de textos, conseguí los mínimos fallos y decidí usar la escalera de madera para llegar a mirar las posibles dudas, en especial los libros pequeños y con nombres difíciles. Una vez que tenía bastante seguridad en la localización de los textos, me llamo la atención el contenido, pero no fue hasta los doce años cuando les pedí consejo a mis padres sobre el que leer, y así fue cayendo en mis manos las maravillosas fantasías de Kipling, Conrad, Salgari y Melville. Y fue definitivo porque ahora leía con una enorme voracidad y así continué muchos años de mi vida, tanto que decidí que mi profesión fuera la enseñanza de la literatura y los fenómenos que ocurren en derredor.
El último acontecimiento ha sido el encuentro de ocasional de un libro depositado en un banco del parque de mi ciudad. Inicialmente solo vi la forma del libro, no muy grande y envuelto en papel transparente de color verde claro, no hice mucho caso y pasé de largo, aunque veinte pasos después  paré en seco y volví sobre mis pasos. Me quedé anonadado  y observé que tenía la forma de un libro y que se transparentaba unas letras gruesas. Mire en derredor y no había nadie que mostrara interés, me acerqué y sin dudar era un libro, me agaché con algo de desconfianza y lo cogí. De inmediato continué mi marcha sin hacer caso de saber de que se trataba, cuando llevaba un largo trecho pude mirar que era un libro y cuyo título rezaba LA EDUCACIÓN SENTIMENTAL de Gustavo Flaubert. Edición de bolsillo de Penguin clásicos. Todo lo averigüé sin quitar el forro que lo envolvía, así que decidí sentarme y ver cual era la intención de aquel objeto, que tanto me llamaba la atención. Me senté y miré hacia ambos lados, cuando terminé me di cuenta que a poca distancia había una chica que me miraba, me hice el distraído y sujeté con ambas manos el libro que era más grueso de lo que aparentaba. Me pareció que podría pasar un mal rato si la joven pedía la propiedad de aquel libro, así que valoré la posibilidad de montarme en el próximo autobús, cuya parada tenía delante. Me levanté muy rápido cuando el bus paro y abrió sus puertas, me encontraba dispuesto a subir cuando sentí que me agarraban de la chaqueta.-Señor, se deja el libro y es muy bueno. Tiene muchas referencias en su interior y seguro que sabrá apreciarlo.
Cogí el libro que me alargaba y las puertas del autobús se cerraron. Vi como la joven agitaba su mano en señal de despedida. Cuando llegué a casa me senté y abrí el envoltorio, tal como me había dicho el libro estaba lleno de anotaciones en diversos idiomas y en la portadilla contaba un personaje llamado Amanda, quizás la chica que me pasó el libro. Como se organiza una cadena B.C y el largo recorrido que había vivido este interesante libro. Fue así como me incorpore a estas rotaciones de libro y puse en circulación el programa de liberación de libros de mi biblioteca. Un año después me llegó de vuelta uno de los primeros libros liberados de mi biblioteca, me pareció que le hacia un gran beneficio a la literatura . INDALESIO

martes, 2 de abril de 2019

EL SEÑOR CANTOS







Sentí alegría cuando el señor Cantos se asomó a la cuna y me miró. Había aprendido que se debe sonreír cuando deseas algo y alguien muestra interés, así que le proyecté la más generosa de mis sonrisas, aquello despertó aun más su curiosidad. Movió las gafas hacia arriba y abrió unos milímetros su ófrica boca por la arruga que hizo con la nariz. De su labio inferior patinó una gota de saliva que cayó justamente en mi redonda cara, entonces modifiqué mi sonrisa por un leve lamento en forma de llanto. El señor Cantos se giró sobre sus talones y salió de la habitación apresuradamente.
Era un hombre grande y obeso que vivía en nuestra casa desde hacía varios años, tenía una cierta relación de parentesco con mi padre, primo segundo quizás y le habían acogido por no tener medios para sustentarse. Nuestros padres nos tenían prohibido mofarnos de él y le debíamos amplio respeto, algo que no siempre cumplíamos, en especial los mayores, porque yo era el más pequeño y aun estaba en la cuna. Habitualmente huía de nosotros porque según decía no le gustaban los niños, por su especial crueldad e ignorancia, así que manteníamos un estatus de no agresión y buena tolerancia. Lo que era seguro es que él procuraba mantener un comportamiento correcto, ya que en una casa tan grande y con tantos habitantes, el riesgo para el señor Cantos era bastante importante e incluso peligroso. Ya en varias ocasiones habiendo ocurrido algún accidente y la culpa había caído sobre sus poderosos hombros, ya que era presa fácil entre tanto niño, y además su aspecto de badulaque recogía las miradas de todos los miembros de nuestra casa, una vez que que nuestro padre buscaba poner orden entre tantos miembros. Así que que el señor Cantos procuraba evitar los focos de conflictos y cuando escuchaba ruidos de peleas entre mis hermanos o llantos desde mi cuna , desaparecía como por arte de magia. Solo mi madre que le trataba con delicadeza recibía el apoyo del buen hombre y habitualmente se prestaba para ayudar en algunas faenas de la casa. Cierto día mi hermano mayor lo encontró leyendo un libro, no sabía que le gustara la literatura y menos tan extensa. Respondió con mesura y le contó a mi hermano que leía cada día desde hace muchos años, y que nadie le había enseñado sino que era autodidacta. Aquello supuso una revolución en los habitantes de la casa, habían descubierto un secreto muy bien guardado y que por mor era bastante insospechado. Mi padre nos reunió en la hora del almuerzo y procuró que el señor Cantos no estuviera presente, allí advirtió incluyendo a mi que era transportado en el carro de bebe, que se acabaron las buenas relaciones con el señor Cantos, que para nada se puede confiar en un hombre adulto de cincuenta años, que para más inri sabia leer y que forma subrepticia dedicaba su tiempo en aprender letras y comportamientos, eso era inadmisible en una casa conservadora como Dios manda. Nos adelantó que había hablado con él y le había adelantado la resolución y determinación de que abandonara la casa. Todos mis hermanos y madre permanecieron callados, salvo yo que lancé un grito de lamento, reprimido con una advertencia de mi padre. La despedida fue muy agria, había que ver aquel hombretón con un rictus de pena, con un chambergo de mi padre y con una maleta de cartón en su mano derecha, parado delante de las escalinatas de la terraza, mirando a cada uno de los miembros de la casa, como para poder reconstruir imágenes para no olvidar, luego dio unos pasos hacia el carrito donde estaba mi diminuta persona y soltando la maleta lanzó sus gruesos brazos hacia delante y me levantó sujetándome de los brazos. Lancé un sonoro grito como manifestación de alegría en el mismo momento que acercaba mi cuerpo sobre su pecho y una amplia sonrisa salió de su oronda cara. Ante la mirada de todos los miembros de la fatría, su cuerpo hizo un enorme escorzo cayendo sobre la espalda, produciendo un gran ruido al rebotar la cabezota sobre el suelo de mármol de la terraza. Mis padres acudieron con celeridad en mi ayuda, ya que berreaba con intensidad, y solo después de un buen rato consiguieron calmar mi irritación, pero no me libré por fortuna  de acudir a la Clínica Santa Clara donde se me diagnostico de fractura en tallo verde del fémur izquierdo y que ya de mayor me produjo un rengo que me obligó llevar un alza curiosamente en el lado derecho por la diferencia de altura. El señor Cantos no tuvo que recibir asistencia sanitaria porque había sufrido  muerte súbita de la que por motivos obvios no se recuperó. Mi padre costeo su entierro y su ausencia dejo una huella indeleble en nuestras vidas.
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martes, 12 de marzo de 2019

ASEO CON PELIGRO







Mis padres me pusieron el nombre de Nicolás por ser el nombre de mi abuelo, aunque en verdad era el segundo nombre, pero por mor del destino prometedor le añadieron después de muchas discusiones, el apelativo de Nicolás el que dispone de futuro. Yo en realidad creo que mi madre se adelantó con lo de Nicolás, para que los crueles niños del colegio me denominaran narizotas por la probóscide nasal tan desarrollada que tenía. ¿Y sabéis que? Jamás ningún niño o adulto me llamó narizotas, así que solo yo padecía de la enorme nariz y de sus incomodidades. La edad y el desarrollo corporal mitigó la desproporción de la nariz y el resto de los componentes faciales, y me tranquilizó porqué mirando me al espejo no encontraba fealdad alguna, bueno en realidad yo como único observador.
Con la edad de quince años me encontraba aún en casa de mis padres y disponía de una habitación y un baño para mi uso y solaz en exclusividad, ya que necesitaba tranquilidad porqué comenzaban asomar algunos pelos blandos y retorcidos por algunas zonas de mi cara, y con gran ilusión decidí que había que cortarlo con un afeitado de cuchilla diariamente. Así que buscaba la tranquilidad de mi baño para realizar la minuciosa extirpación del lanugo heredado de mi nacimiento. Esperaba que mi padre cerrara el garaje para con discreción entrar en su baño y coger prestada su maquinilla de afeitar, jabón y brocha y una toalla caliente. En el armario que había a la derecha del lavabo, que también servía de apoyo con un espejo auxiliar, encontré un bote de polvos que ignoraba su utilidad, ya que las inscripciones estaban todas en ingles y no entendía nada. Recordé que mi padre se ponía unos polvos después del afeitado y decidí que también yo me los pondría. Regresé a mi cuarto de baño, y comencé la operación de afeitado, sentí además que ya era un adulto que demostraba mi hombría afeitando me. Me coloqué delante del espejo y me miré, giré a derecha e izquierda mi cabeza y observé con detenimiento los pelos que asomaban por entré las depresiones faciales secuelas de mis múltiples granos. Mojé la cara y preparé la brocha y la barra de jabón, lo organice con mucha parsimonia como me gusta hacer las cosas, y froté el gastado pincel de afeitar sobre la superficie de mis mofletes. Seguí durante un buen rato esparciendo lo que sospeché era jabón de afeitar, pero aquello se iba endureciendo y cuando más frotaba más espuma generaba. Cuando llegué debajo de la nariz sentí mucho picor porque penetró aquella pasta en el hueco de la ventanas nasales, y ante que pudiera darme cuenta la pasta se endureció lo que me impedía respirar con normalidad. Como instintiva mente la boca la tenía cerrada para que no me entrara jabón, sentía que me ahogaba. Intenté retirar el jabón de la nariz y boca pero se habían endurecido y sellaba ambos orificios, comencé a sentir mareos y aún me aturdía más, el caso fue que perdí en conocimiento y caí golpeándome la incomoda nariz contra el bidé. Toda esta historia pudo acabar con mi vida pero el atributo nasal me salvó ya que al caer inevitablemente se encontró con la loza del bidé y a la vez que se golpeaba fragmentó la pasta de yeso que bloqueaba los orificios nasales y me permitía volver a introducir el deseado aire. Entre mis hermanos me llevaron a la cama, y a los pocos minutos respirando ya con normalidad, me hicieron un montón de preguntas y una afirmación, como quería afeitarme con pasta de yeso y que había hecho con mi nariz que ahora está derecha. Me dejé un generoso bigote.
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lunes, 25 de febrero de 2019

SECRETOS DE LA GUERRA CIVIL





Soy el General Prados y Colón, hijo del Brigadier Prados, defensor de las colonias del territorio africano y del que tan funesto recuerdo tenemos todos los militares y más después del desastre de Annual, y sus muchas consecuencias. Entre esos acontecimientos se encuentra el que me envían al continente y recibo cierta penalización que luego desaparece con la ayuda de mis buenos amigos. Diez años después participé en la preparación de la defensa de la nación, para conseguir liquidar los partidarios de la República, que estaban destrozando el país. Todo mi destino lo viví en la ciudad de Sevilla, donde formé una familia y me fui ganando un prestigio como militar riguroso y poco dado al chalaneo. Participé en la preparación del golpe contra la República como decía antes, y debido a mi gran capacidad militar me adjudicaron el control de la Región Militar del Sur, desde allí aseguré la fidelidad militar y la más estricta y rigurosa acción militar contra los rojos y defensores de la República. En el año 1936 comenzamos la reconquista de nuestra patria y durante cuatro años apliqué con rigor las acciones militares necesarias para ayudar al generalísimo de los ejércitos y a nuestra gloriosa nación.
Relato estos hechos para mejor conocimiento de la historia de nuestro país, y porque he recibido una carta de un extraño hombre que me pide ayuda para salvar su vida y familia en situación apurada por colaborar con la gentuza que defendía la ciudad de Málaga. Todo el mundo sabe que yo presumo de no tener ninguna compasión con nadie y menos con pestes de republicanos, pero según quiero recordar este caso me toco de cerca y quizás pueda al menos repasar el informe de los hechos acontecidos. Tengo en mis manos los informes elaborados por los compañeros del tribunal de orden público y decido leer con detenimiento las cuatro cuartillas que forman la resolución de dicho tribunal. Piden en la resolución la muerte para todos los miembros de la familia, por colaborar hasta los últimos momentos en el Hospital de Sangre del Miramar, ya que el jefe de la fratría era Médico, y ya se sabe estos colaboracionistas son los peores, ya que son referencia para el populacho. El último de los informes del dosier son unas anotaciones de mi ayudante de campo, el coronel Fernández, donde se informa que habiendo quedado mi familia (esposa e hijo) en dicha ciudad, y ante el temor de que pudieran caer en manos de alguna checa, con la grave repercusión que esta hazaña pudiera tener, se había tomado la decisión de proteger a mi mujer, Doña Josefa y a mi hijo Enrique, en casa de un Médico responsable del Hospital de Sangre, durante un periodo de dos semanas, hasta que el consulado Ingles pudiera organizar la evacuación de tan importantes ciudadanos. Algo asombrado por la coincidencia de que el mismo Médico que me pide clemencia, sea el que protegió a mi familia durante su estancia en la ciudad de Málaga, vuelvo a leer todo el informe y después de tomar una copa de licor fuerte, quiero recordar aquellos acontecimientos que tanta preocupación me produjo, pero que supimos resolver con tanta premura, en especial porque había sido un descuido de mi querida esposa. Tengo familia en la bella ciudad de Málaga y mi esposa Josefa sin encomendarse a la virgen ni al diablo, decide desplazarse hasta allí para recoger a una tía soltera, pero con buen peculio, que había quedado retenida en su casa de las Acacias. Faltó poco para que quedara atrapada entre la gentuza que ejercía el bandolerismo en la ciudad y no sin cierto riesgo se consiguió sacar a toda la familia en el barco ingles que cada día se encontraba fondeado en la bahía de la ciudad. En una hoja adjunta se relataba los hechos que había realizado este médico para mi valoración: - acogida en su casa de Pedregalejo Acacias durante seis días - Traslado al Consulado Inglés y - salida desde el consulado hasta el puerto en pésimas condiciones y riesgo. Leí varias veces los informes y recordé lo mal que pase esos días con la incertidumbre de saber que sería de ellos, pero a Dios gracia todo salió a pedir de boca y recuperé a mi familia.
Yo Enrique Prados y Colón, General de los ejércitos victoriosos de la nueva España, decido no conmutar la pena de Muerte a ninguna de los miembros de la familia Fernández Castañeda, médico del Hospital de Sangre de la ciudad de Málaga. Decido que no debo tener clemencia alguna por los motivos que tengo a bien considerar: 1/ Represento una nación que ha sido saqueada por los que ningún derecho legal tenían. 2/ La misericordia ha sido abolida en los tiempos de guerra con el beneplácito de la Iglesia Católica. 3/ No puedo ni debo equipararme al comportamiento del cabeza de familia que permitió la vida de los míos, ya que soy un militar y me debo al poderoso y victorioso ejercito de nuestro amado Franco. 4/ y último, Es mi deseo que sean ejecutados todos los miembros de esa familia uno a uno y en sus presencias, para que no sean ejemplos ni referencias del pueblo de las Españas, como así decidimos los ejércitos victoriosos.
Y para que conste firmo la sentencia y orden de ejecución en un plazo no mayor de dos semanas, que así sea y Dios lo bendiga.
General Prados y Colón . Máxima autoridad de la ciudad de Sevilla
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sábado, 9 de febrero de 2019

MODO MUDO





Quizás la primera noticia que me refirió  fue  un encuentro ocasional en la calle Mano de Hierro de la ciudad universitaria , allí me encontré con Luis un compañero de Colegio que fue quién  lo contó con aires de misterios, aunque quizás con muchas precauciones por desconocer su trama completa.
Siempre que teníamos un encuentro, por descontado ocasional, me hacia preguntas sobre los amigos de la infancia y hacía hincapié en los temas más escabrosos de nuestras vidas. Después del primer repaso general sin aparente interés, solo algunos decesos ya conocidos y algunas referencias de enfermedades que castigaban la senectud de nuestra generación, me hizo una pregunta con deseos de usarlo como introducción para una noticia que podía ser un bombazo. Soy un experto en evitar noticias trágicas, porque ya tengo suficiente con las que yo genero, así que alargué la mano con deseo de despedirme, él la miró con curiosidad y la sujetó no sin antes advertirme que quería contarme el asunto porque quizás yo le podía ayudar. Me dio vergüenza dejarlo en la calle y soltando la mano me dispuse a escucharlo, no sin antes advertirle que yo estaba retirado de toda actividad y que vivía recluido en mi domicilio. Me ofreció un café, pero le negué con un tono de inicio de cabreo y lo justifiqué por una dolencia de estómago sin trascendencia. Le empujé el brazo y nos retiramos hacia el lado izquierdo de la calle para evitar el gentío, allí algo incomodo me contó la historia de nuestro compañero Indalesio.
Me advirtió que aquel niño bajito con flequillo y ojos almendrados no lo reconocería, porque ahora era alto con un generoso bigote y con apariencias de hombre curioso. Había estudiado una carrera Universitaria superior y había ejercido su actividad laboral con bastantes parabienes, se había casado y tenía tres hijas, es decir una vida dentro de los cánones de la normalidad. Hacía cuatro años que se había jubilado y fue en esos momentos cuando empezó a comportarse de forma discretamente anormal.
Siempre había sido muy charlatán y participativo en los círculos de amigos , entre otras cosas porque sus opiniones tenían peso especifico y fundamentos más que sobrados. Cuando se elevaba el ruido de charla imponía sensatez bajando la voz, obligando a los demás a prestar mayor atención. Pero parecía que cada vez tenía menos interés en escuchar a los demás, y conforme avanzaba el tiempo y nos hacíamos más mayores dejo gradualmente de dar opiniones y de participar en las discusiones con los amigos, hasta un punto que ya ni siquiera se despedía y no respondía a las preguntas. Se sujetaba la cabeza con las manos y fijaba su mirada hacia nada en concreto, pero de hablar nada de nada. El Otorríno dijo que nada patológico y que con seguridad se debía a algo psiquiátrico, y que hasta que no resolviera su conflicto mental no volvería hablar y participar.
Me tenía absorto e intima mente interesado en el cuadro patológico, pero ninguna experiencia en el tratamiento, ni en el enfoque psicoterapéutico, así que solo le pude prometer que me interesaría por ayudarle. Dos meses después me dieron la noticia que no articulaba palabra alguna y que le estaba afectando su organismo, ya no salía de casa y no conocía a nadie .Al mes recibí un correo dando la hora de su incineración y responso.
No encontré información alguna en el Wikipedia, sobre las patologías de modo mudo.

INDALESIO


sábado, 26 de enero de 2019

INCIERTO PORVENIR





Aquel año había terminado los estudios, ya era licenciado superior con el título de Ingeniero Informático. Me senté delante de mis padres y estallamos en manifestaciones de alegría por las buenas calificaciones, por la demostración de tesón y de inteligencia que había demostrado.
Me miré las manos, noté que estaban sudorosas y muy blancas, quizás hacia calor y la sudoración era una manifestación de la temperatura y de la excitación vivida. Pero de pronto comencé a llorar dando grandes jipidos y los ojos llenos de lágrimas. Mis padres alarmados quisieron achacarlo a la alegría y al cansancio vivido en los últimos meses, pero después de tomar una copa de aguardiente y serenarme, les pedí se sentaran y escucharan lo que les tenía que contar.
Desde hace dos años salgo con una chica que he conocido en la noche joven de nuestra ciudad, en un principio de forma poco sería y con posterioridad íntima y entrañablemente. Nunca os conté nada porque sabía que podíais sufrir pensando en mi porvenir. Soy conocedor del esfuerzo que habéis tenido que realizar para conseguir pagar mis estudios y las ayudas complementarias, pero decidí que era lo mejor tanto para vosotros como para mi y mi novia. Por cierto ella se llama Ángela.
Ángela no ha terminado su carrera, tiene dificultades para centrarse y va más lenta, pero es una magnifica compañera. Pero lo más importante es que hemos decidido tener un hijo, somos jóvenes y queremos comenzar nuestra vida en común acompañado de un hijo, así que tendremos necesidad de ayuda y hemos pensado en vosotros. Yo se que vivimos de la pensión de papá, pero se podría hipotecar la casa, vuestra casa, y con lo que nos den por una hipoteca inversa podríamos vivir los cinco, ¿que os parece? En un futuro si necesitáis ayuda, y las cosas van bien, yo os ayudaría y con la pensión tendríais suficiente. De todas formas hemos hablado con el banco, y en dos días vendrán a ver el piso, aunque yo calculo que nos darán no menos de quinientos mil euros, que es la suficiente que necesitamos para vivir estos tres primeros años. Quizás el banco, ponga una cláusula en el caso de que tuviera comprador para el piso, tendríamos que irnos, pero en estos momentos es difícil que eso ocurra. Solo que el interés que nos ponen es del siete por ciento, quizás es alto, pero por la premura que nosotros tenemos, abra que aguantarse y tirar para adelante. Yo estoy seguro que encontraréis un lugar donde acogeros, unas habitaciones de piso o pensión que os albergue, porque es seguro que una residencia de ancianos, no nos interesa, es cara y se quedarían con todo y yo eso no lo quiero para vosotros ni incluso para nosotros. El mobiliario lo necesitamos, y esta tarde después de conozcáis a Ángela, escogeremos lo que nos sirva, porque al fin y al cabo vosotros ya no necesitáis casi nada, para lo que os queda en este convento. Ahora si me disculpáis tengo que recoger a mi amor, porque estamos buscando los momentos más oportuno para que se quede preñada.
INDALESIO  2013

jueves, 3 de enero de 2019

PÁNICO EN SAN TELMO




No conozco a nadie que sufra como yo de crisis de pánico. No sé si habéis presenciado una crisis, yo nunca, hasta que lo viví en primera persona. Imaginaros una excursión campestre de cuatro amigos, imaginaros que se va descubriendo la ruta conforme se avanza y de cuando en vez pararnos para tomar nota de los sifones hidráulicos que nos encontrábamos. Llevaríamos caminando dos horas, con un magnifico estado de ánimo, cuando descubrimos una represa de unos seis metros de altura. Verdad es que, estaba parcialmente aterrada por el lado sur, pero claro había que subir por un lateral de la represa para acceder al lado sur. Mis compañeros subieron con una total indiferencia ayudados por sus bastones de marcha. Yo me lancé más por vergüenza que por convicción, y me dí cuenta que no disponía de suficiente valor o seguridad. Me separé del lugar de la subida y miré hacia arriba, mis tres compañeros apoyados en sus bastones me miraban con asombro. Yo también, y por vergüenza me lancé contra aquel farallón terrizo. Sentí que algo en mi barriga se arrugaba y que una grave sensación de miedo me atenazaba, pero habiendo llegado a la mitad peor aún sería el retroceder, así que me tumbé sobre el suelo y gateé como un niño pequeño. Pero llegué a la cumbre de la represa, eso si mi corazón palpitaba como una locomotora y para mis adentros juré nunca más someterme a semejante riesgo, al menos para mi, porque a ellos le llamó la atención que esa pequeña dificultad me hubiera parado y medio sometido. Recibí promesas de ayudas, de forma gradual y progresiva, yo no lo veía claro pero lo agradecí.
Continuamos el recorrido hasta un punto en que había que pasar por los restos del acueductos y era el único paso posible. No tendría mas de veinte centímetros de anchura y volaba sobre una caída de más de veinte metros. Yo caminaba distraído tras mis amigos, hasta que de pronto me dí cuenta que estaba sin apoyo ninguno y solo sobre la canaleta del acueducto, sentí algo que no se puede exagerar, pero para mi era la caída y muerte. Mis sentidos se dispararon y sentí una crisis de pánico inimaginable, si me desplazaba a un lado el vacío de la izquierda y en la derecha unos arbustos. Ciego de exaltación solo se me ocurrió abrirme de piernas y dejarme caer abrazándome al endeble acueducto. Grité pidiendo ayuda pero no podía moverme aunque tenia mis uñas clavadas en los restos de ladrillos. Mi amigos no podían volver y además ya se encontraban al final de la dichosa construcción. Yo solo pude respirar rápido y profundo para tranquilizarme, después comencé a deslizarme hacia atrás, eso si atenazado y espástico. Pero llegué a tierra firme y pude apoyar los pies en el suelo, entonces me reprimí los deseos de gritar, llorar o de maldecir. Cuando me levanté y salí de aquel laberinto, estaba tiritando de miedo y cuando quería recordar lo pasado me volvía el pánico. Salí de aquel lugar por la orilla contraria. 10/03/2016  INDALESIO

domingo, 16 de diciembre de 2018

EL JARDÍN






Vivíamos en una casa grande de construcción colonial, un cuerpo de casa doble orientado al sur y terminado en una imponente terraza de mármol blanco. A la derecha unos escalones daban acceso a un umbrío jardín no menos grande que la terraza, suelo de cantos rodados blancos y setos bajos en los margenes con murete que cerraban todo el perímetro del jardín. A la derecha del jardín una vivienda de dos plantas, el bajo para el garaje y la superior para vivienda del servicio doméstico. La puerta que daba entrada al jardín era de listones de madera con un cerrojo de seguridad. Justo al lado un ventanal con puerta daba acceso al garaje y a unas madrigueras para conejos. En la planta primera de la vivienda de servicio se llegaba por una escalera de caracol forjada en hierro colado, habitualmente vivían una o dos mujeres con las que mantenía una buena relación, ya que yo era el pequeño de la casa, y aunque no hablaba me comportaba con respeto y cariño hacia ellas, y ellas hacia mi.
Bueno pues esos eran mis territorios, todo mi tiempo libre lo pasaba en los rincones de mi dichoso jardín, una veces amontonando los cantos rodados para hacer defensas de mis misteriosas y fantásticas guerras,acompañados con una generosa colección de soldados de plomos, que en mi fantasía dirigían la victoria de los soldados buenos, limpios y generosos.
También revoloteaban por el extenso jardín algunos pájaros, unos con las puntas de las alas cortadas para que no pudieran volar, y otros enclaustrado en jaulas grandes, llenas de balancines y de maderas donde reposaban la extensa colección de canarios, jilgueros y algunos diminutos orientales.
Una familia muy cercana a mis padres pidió dejar en nuestro jardín dos tórtolas turcas de una variedad muy peculiar y de gran valor ornitológico, y para que no salieran del recinto estaban sujetos por una cable sujetando una de las patas. A mi aquellos animales me gustaban poco, emitían un sonido que me resultaba poco agradable, y el revoloteo es muy escandaloso. Una mañana correteaba por el jardín y lancé una piedra de tamaño mediano sin una finalidad determinada, pero con tan mala fortuna que le di en la cabeza a una de las tórtolas que calló fulminada. No podía creer lo que había organizado, me temblaban las piernas y comencé a llorar, me acerqué al animal y al cogerlo la cabeza se reclinó sobre uno de los lados. Miré en derredor y nadie me había visto, la cogí en mis manos y me dí cuenta que aún estaba caliente, le soplé sobre el pico y pareció moverse, insistí varias veces y abrió los ojos, emitió un sonido más apagado de lo habitual y comenzó a mover las alas. Le acuné con ambas manos y parecía que cada vez mejoraba sus movimientos, le salpiqué unas gotas de agua y continuo su mejoría, hasta un punto que se me escapó de la manos y subió junto a su compañera. La observé durante un rato largo y tenía un comportamiento normal, salvo unas sacudidas de su cabeza de vez en cuando.
El día siguiente desayune con prisa para ver la tórtola, la busqué en la rama de los arboles, solo pude ver una con su canto peculiar. La otra estaba en el suelo sobre los cantos rodados y sin ningún signo de vida. Cuando la cogí estaba fría e inerte, su compañera no dejaba de emitir gritos prolongado y muy intensos, yo tenía los ojos llenos de lágrimas. Asustado por mi delito hipaba sin consuelo, sin contar cuando mis padres se dieran cuenta del asesinato que había cometido. Busqué una caja de zapatos y deposité el pájaro sobre un lecho de hojas verdes y húmedas, después hice un agujero en un parterre de cactus y enterré la caja.
Aquel medio día cuando nos encontrábamos toda la familia dando cuenta del almuerzo, por primera en mi vida abrí la boca y les conté con pelos y señales los acontecimientos con la tórtola. Mis padres se levantaron y cuando creía que me iban a dar un severo castigo, me abrazaron con enormes signos de alegría, según me dijeron era la primera vez que hablaba desde que se produjo mi nacimiento.
INDALESIO


viernes, 30 de noviembre de 2018

REANUDO MI PERORATA






Nueve años después, recupero estos escritos que se encontraban encriptádos en una maquina digital. Los releo con curiosidad y va , resulta que son interesantes. Mezcla los deseos con narraciones fragmentadas de ficciones posibles pero no reales, y el resultado mantiene mi curiosidad.
Lo primero es que han pasado tantos años que las cosas han cambiado, sobre todo se ha modificado mi salud, pero no la salud física sino la del conocimiento. Tengo una inmensa laguna llenas de olvidos y no dispongo de herramienta alguna para encontrar mis conocimientos, ni redes ni buscadores ni traductores, nada, así que saco como conclusión que mi entendederas están disminuidas y como resultado la producción literaria está resentida. Pero como estas letras son solo para mi, se que el nivel de exigencia sera alto aunque se resienta la calidad, pero de nuevo he de contarme que mis deseos de juntar letras son impresionantes, que padezco de una suerte de pereza para hilar una nueva novela y que para combatir mis artrosis en las manos he de teclear el artilugio digital sin parar cada día.
Bueno, he de darle también un sentido práctico a estos escritos, porque si la memoria falla solo me queda estos diarios para su recuperación, así que me contaré todas mis cuitas y proyectos para su recuperación próxima o lejana.
He releído los relatos del Sr. K, me ha llamado la atención que lo habitual era que solo se publicara relatos extensos y muy trillados por las editoriales, pero curiosamente los pocos conocidos, los muy cortos o los muy incoherentes están muy ignorados y mantienen tan mala distribución que su lectura resulta tediosa. Pero quiero significar que les encuentro la misma distorsión y coherencia, que a resultas son relatos sin lógica posible pero terriblemente atractivos, en resumen ficciones posibles pero con visos de poca realidad. Quizás la construcción sintáctica este automatizada y por eso llama la atención, quedando algo confuso el entendimiento, que obliga a la re lectura. Sea culpa de la loca ficción del Sr.K o bien de las pésimas traducciones, a saber.
Agotado por el esfuerzo mental y confundido por los sones de la Sinfonia 3 de SHOSTAKOVICH, cierro estos párrafos más fruto de mis deseos que de una utilidad intelectual, para lo cual doy fe en la ciudad de Málaga a 8 de febrero del 2016. Puff
INDALESIO

sábado, 10 de noviembre de 2018

CENSURA






Las puertas plegables del garaje comenzaron el ritual de abrirse, con algún brusco tirón por el roce con el suelo. Apareció la figura de un niño de no más de diez años, que ejecutaba con conocimiento el pliegue de las hojas de la enorme y desvencijada puerta de madera que cerraba el lugar donde se guardaba el viejo y destartalado Ford modelo Cuba. Cuando las puertas estaban completamente abiertas y sujetas con unas piedras para evitar que se cerraran, se oyó el ronquido repetido de un motor de explosión cuando quiere ser puesto en marcha. Una tenue nube de humo blanco sale con fuerza por el escape del vehículo, que lentamente sale del garaje marcha atrás. Después las puertas comienzan a ser plegadas y zarandeadas para poder cerrarlas, hasta que la figura del niño desaparece cuando la batiente central termina por ser empujada y ajustada con firmeza, oyéndose el sonido de un cerrojo que se desliza para asegurar su cierre.
El coche continúa delante del garaje humeando, hasta que dos figuras humanas aparecen por la cancela de la derecha. Son una mujer adulta, alta y cubierta con un abrigo que le llega hasta media pierna, y el niño que realizó la operación de las puertas del garaje. Va vestido con pantalones cortos y calcetines hasta debajo de las rodillas y unos zapatos con suela de goma que le hace andar con pequeños saltos. Cuando todos están dentro, el coche hace un giro marcha atrás en la explanada y comienza el recorrido hacia su destino.
El conductor guía con prudencia el vehículo, quizás por su poca habilidad ya que entrecruza las manos torpemente sobre el volante al girar en las pronunciadas curvas de descenso, y también se oye rascar la caja de cambio porque le cuesta apretar a fondo el embrague, como muestra las muecas que realiza con la boca.
Al fin llegan a su destino, con un viaje corto de no más de veinte minutos realizado con parsimonia y que muestra el talante tranquilo, prudente e inexperto del conductor. Cuando bajan del coche, forman una familia que se dirigen a los servicios religiosos del Domingo, ya que el padre lleva en su mano un libro con los preceptos religiosos de la ceremonia. La madre despliega un velo negro sobre su rubia cabellera, y lo sujeta con dos pasadores. Ambos sujetan al niño con sus manos y se dirigen con paso decidido hacia la catedral, saludando con sonrisas y movimientos de cabeza a sus conocidos. Al llegar a la escalinata majestuosa de la catedral se detienen y forman el pasillo para cuando pase el Cardenal. El niño se entretiene mirando las personas que se agrupan alrededor y comparando con sus padres, a veces se siente orgulloso y otras hace disimulo, pero poco de lo que ocurre a su alrededor le pasa desapercibido. Cuando llega el Cardenal se escucha un murmullo, es hombre muy admirado y respetado en la ciudad, camina con paso corto aprovechando el fervor católico, y bendice a diestro y siniestro antes de acercarse y hablar con sus feligreses. Cuando llega a la altura de nuestra familia se detiene, cambia su expresión y se dirige con diligencia hacia ellos, el padre se agacha para besar el anillo pero la mano se retira, la madre hace una inclinación en señal de sumisión y el niño queda indeciso entre ambos.
Se oye la voz del Cardenal y se ve el movimiento de la mano, que con deliberado interés advierte: “ No quiero volver a recibir misivas suyas solicitando autorización para leer libros catalogados por la censura eclesiástica, no entiendo como un cristiano puede leer libros de catadura moral tan dudosa como los de Flaubert”. Después de hablar se da la vuelta e ignorando al resto entra con paso decidido y enérgico por el pórtico de la Catedral.
Nuestra familia se queda quieta, mientras las personas que la rodean los miran con caras de desprecio y condena. Al final se dan la vuelta y se dirigen a recoger el viejo Ford modelo Cuba, mientras la madre recrimina al cabeza de familia la fea costumbre que tiene de leer libros extraños, y la vergüenza que le hace pasar ante toda la comunidad católica por sus vicios. El niño mira hacia arriba buscando un gesto de la cara de su padre, y aunque no lo encuentra, le coge la mano y adopta el mismo gesto adusto del padre.
INDALESIO    10/11/2018

domingo, 28 de octubre de 2018

BARCO FANTASMA




Cuando fueron dadas las campanadas de las doce de la noche del 24 de Agosto me encontraba acompañando al vigía de guardia del puente. Lo recuerdo porque fue la noche que avistamos el carguero “La Asunción” con la única luz de que llevaba encendida, la luz de alcance. Ambos pasábamos algunas guardias juntos, más para hacernos compañía que por amistad, ya que era raro que hablásemos, porque yo no sabía que podía contarle y él era tartamudo y sé avergonzaba al hablar. Pero enfundados en nuestras pellizas y apoyados en borda del puesto de vigilancia del puente, fumábamos algunos cigarros que tanto nos gustaban “Abdulas” que habíamos comprado en el puerto de Ankara. El vigía tenía buena vista y apenas percibió oscilante la luz de alcance del carguero, se movió con brusquedad como si nos fuera la vida, y entró en el puente de mando con el brazo extendido en dirección al carguero, y sin la más mínima duda gritó COLISIÓN.
La respuesta de la tripulación de guardia fue mucho más lenta, a pesar de la presencia del Sobrecargo de jefe de guardia. Desde que se desconectó el automatismo y se viró la caña a estribor pasaron unos diez minutos, como le informé al Capitán con posterioridad. Ese tiempo de respuesta hizo que pasáramos a escasos diez metros del carguero, y pudiéramos contemplar lo absolutamente vacío que se encontraba. Ninguna luz en el puente de mando, aunque algún reflejo daban las luces del cuadro de mando y emisoras, ningún ser humano en sus cubiertas, y como único sonido el ronco runrún de los motores diesel. Por lo hundida que se encontraba su línea de flotación, sospeché que se encontraba lleno de carga, y por el tipo de flete que parecía su carga era grano, aunque bien podía confundirme. Solo el vigía y yo mismo fuimos los testigos de aquel espectro, ya que el resto de guardia se encontraban muy ocupados en la realización de la maniobra. Cuando de nuevo el rumbo se estabilizó y salió el Sobrecargo al puente de vigilancia, “La Asunción” había quedado por nuestra aleta de babor ya fuera de peligro y sin que se pudiera saber nada más por la observación de aquel fantasmagórico barco.
Cuando el Capitán subió a la sala de guardia, la distancia que nos separaba eran al menos tres millas, y solo una tenue silueta algo más oscura podía identificarlo como un barco a la deriva. El capitán dio orden de virar la caña a estribor y gradualmente fuimos volviendo sobre las aguas que habíamos navegado, y en la misma proporción disminuyendo la velocidad, hasta que volvimos a ver al “La Asunción” por la popa con su luz de alcance. Ahora ordenó acompasar la velocidad de ambos buques y entonces se dirigió al radio telegrafista y le pidió que se pusiera en contacto con el armador del buque y que intentara igualmente realizar llamadas al barco que nos precedía.
Varias horas tardó nuestro experto capitán en decidir y en recibir autorización para abordar la motonave a la deriva, ver que es lo que había sucedido, y tomar el mando del buque, para llevarlo a buen puerto. Habló con el Sobrecargo, le dio instrucciones de lo que debía hacer, y al vigía y a mí mismo nos ordenó ponernos a disposición del Sobrecargo, siempre y cuando estuviésemos dispuesto a recibir una parte importante del botín que podíamos rescatar. Sin objeciones y algo nerviosos abordamos nuestra misión con bastante celeridad, ya que el tiempo era benigno y el mar calmo, y pudimos ser trasladado por nuestro bote auxiliar sin grandes dificultades, salvo el trepar a cubierta por un cabo que había lanzado nuestro sobrecargo y que oscilaba como un diablo, golpeando de continuo contra las amuras, nuestros indefensos cuerpos.
Lo que vimos después de que hubimos inspeccionado el barco, fue tan grave que nuestro vigía nunca más volvió a pronunciar palabra alguna, y el Sobrecargo y yo, tuvimos que volver a nuestro barco cargando con el vigía que había quedado tetanizado y era incapaz de mover miembro alguno. El Capitán ordenó cambiar de rumbo y alejarnos lo más rápido de la compañía de aquel mal hallado buque fantasma. El Sobrecargo al llegar a puerto, le fue asignado la dirección de una factoría ballenera en las Islas Tobago, que se pensaba potenciar y que con el paso de los años nunca llegó nada, salvo nuestro intrépido Sobrecargo. Y en cuanto a mí, fui autorizado a contar los hechos ocurridos, después de no muchos pleitos, recursos y contrarecursos, pero que por mi perseverancia y con el dinero de mi abuela conseguí la autorización que me correspondía, pero jamás nadie quiso escuchar mí historia y lo que la escucharon lo más que hicieron fue esbozar una sonrisa y aconsejar que mi internaran en una residencia de enfermos mentales que poseía la Mutualidad de Empleados de la Mar, y desde donde pienso continuar mi lucha para que alguien crea la verdad de lo que pasó en el buque “La Asunción”. 
INDALESIO

jueves, 11 de octubre de 2018

MI VIDA ESPECIAL






Como cada mañana, me despertaba mi madre sentándose en la orilla de mi cama, diciendo palabras dulces y con tonos cariñosos. Abría los postigos de las ventanas del dormitorio de los niños, zarandeaba a mis hermanos y le pedía se incorporara, luego se sentaba junto a mi y me frotaba la espalda. En verdad tenía una especial dulzura para conmigo, quizás porque era el más pequeño y porque desde mi nacimiento había tenido algunas dificultades de salud. Pero tenía que levantarme a la misma hora que mis hermanos, ya que ellos eran responsables de acompañarme hasta la puerta del colegio y no les podía hacer esperar. Madre después de esos gestos de afecto, me sujetaba la pesada cabeza y me giraba el cuerpo para dejarme sentado en le borde de mi cama, me quitaba el pijama y me calaba la ropa del uniforme del colegio. Cuando terminaba, yo aun permanecía dormido y la cabeza colgando hacia un lado, entonces madre pasaba al cuarto de baño, mojaba una toalla y frotaba mi cara, ahora si que despertaba saltando de la cama e hipando por lo fría que estaba el agua. Un vez despierto me empujaba al baño y me daba el cepillo y la pasta dentífrica para que frotara mis diminutos dientes, me miraba en le espejo mientras ella con un peine me alisaba el pelo, mojando la erecta coronilla de mi cabezota. Luego ella sabía que solo me sacaba la churra y hacia pipí sentado como ella me había enseñado. Mi madre me dejaba camino de la cocina mientras les gritaba a mis hermanos para que se levantaran, algo que realizaban entre protestas pero con bastante disciplina como nos había enseñado nuestros padres.
Cuando llegaba a la cocina ya teníamos sobre la mesa de mármol los cuencos medio llenos de una humeante leche, mi padre sentado a la cabecera de la mesa leía el periódico que crujía con frecuencia para enderezarlo, yo me acercaba a la derecha de mi padre y esperaba, entonces doblaba las enormes hojas de papel y lo sujetaba con la mano derecha mientras la izquierda se dirigía hacia mi cabezota y volvía a remover mi rebelde pelo. Después como únicas palabras me indicaba sentarme y beber el espeso liquido blanco recientemente hervido. Giraba sobre los talones de mis zapatos Gorila y quitándome la mochila que solo contenía unos lapices y un cuaderno de hojas cuadriculadas, me sentaba en la silla. Como tenía poca fortaleza arrastraba la silla que tenía asignada, y como cada día mi padre protestaba para que evitara ese desagradable ruido. Le miraba con cara de pedir disculpas, y mis hermanos no se andaban por las ramas y golpeaban con una pescozón mi cabeza. Bueno pues con ninguna de estas acciones yo decía palabra alguna, incluso mis hermanos me llamaban Indalesio el mudíto, y a veces se reían entre ellos por mi ausencia de palabras aun en las condiciones más adversas. Cuando terminaba de beber la leche, cogía el bollo con mantequilla y azúcar envuelto con papel de aluminio y lo metía en la bolsa mochila, luego esperaba a mis hermanos para que me acompañaran a la parada del tranvía.

INDALESIO

viernes, 21 de septiembre de 2018

JUEGOS DE MI INFANCIA







Mi amigo Pascual volvía del colegio pasado el quince de junio, y yo le esperaba con auténtica fruición. Eramos amigos desde hacia años, porque en nuestro barrio no abundaban los niños, y teníamos que agarrarnos a proteger la solidaridad y el afecto entre los dos. Bueno en verdad había otros dos jóvenes pero no teníamos tanta relación como nosotros, así que cuando me daban las vacaciones paseaba por la urbanización como alma en pena, y solo podía relacionarme con los otros dos vecinos, Pepe el largo y Paquíto Santos. Como estábamos en la edad de descubrir cosas, nos ocultábamos en algún lugar discreto y nos contábamos secretos de alcoba, que como ya podemos imaginar desfigurado por la torpe información que disponíamos. El resto del tiempo lo pasábamos inventando artilugios para jugar con pedazos de bicicletas o cojinetes de rodamiento de los abandonados coches. Con extremada precaución hurgábamos en los desvencijados autos y usábamos lo que podíamos desmontar para fabricar la construcción de los carrillos. Con dos tipos, uno corto con tres cojinetes, uno delantero y dos traseros, y otro largo con cuatro cojinetes. Luego fijábamos los rodamientos y nos dejábamos caer por la larga y revirada cuesta de la urbanización. Caídas con bastante frecuencia con rasponazos y heridas superficiales que nos obligo a confeccionar protectores de codo y rodillas de restos de ropa usada. El quince de Junio le dí un tenue esquinazo a los dos vecinos que me habían ayudado a confeccionar los carrillos y los escondí en el garaje de casa, para sorprender a Pascual. Se hizo de esperar ante mi desesperación, y a las doce de la mañana apareció con sus andares pausados y punteras de zapatos en dirección divergentes. Nos abrazamos con auténtico afecto y comenzamos a contarnos las novedades de los meses separados, Pascual no se explayó mucho en sus aventuras del colegio de internado, pero si que por sus buenas notas su padre le había prometido un generoso regalo. Antes que nada le llevé al garaje de mi padre y le enseñe los dos carrillos, le conté los proyectos que tenía para divertirnos mejorando su estabilidad y velocidad, pero no le vi especialmente atento, es más sonreía levantando el labio superior en señal de ligero desprecio, algo que no me sentó bien. Fue entonces cuando me dijo que su padre le había regalado un precioso coche de juguete que funcionaba con baterías. Conforme contaba las virtudes y bellezas de su juguete, yo me iba quedando más planchado y humillado, una vez más había echado por tierra mis esfuerzos y en nada podía aventajarle. Quedamos en que al día siguiente nos veríamos para aprender el manejo del coche y su pilotaje. Al día siguiente, después de un larga y aburrida sesión del manejo, ambos nos sentamos en el coche y nos dejamos deslizar por la cuesta, en realidad era una maravilla, aunque lo que no podía saber era que subiendo la cuesta un gigantesco camión subía haciendo sonar la bocina de su poderoso motor.
INDALESIO


sábado, 25 de agosto de 2018

Álibi






Me encontraba bastante deprimido desde hacia varios meses, había intentado aplicar todos los medios posibles para que mi mente entrara en razón, pero cuando parecía que mejoraba, de nuevo recaía con una profunda tristeza que me asustaba. Soy en verdad un curioso de los estudios de la mente, y desde hace años leo ensayos sobre los muy diferentes comportamiento del ser humano, así que no me fue difícil identificar los signos clínicos de lo que es una depresión profunda o status psicótico. Pero quizás por mi debilidad, estos signos clínicos se difuminaban y perdían la fortaleza que yo inicialmente les daba y los olvidaba, creyendo que podrían ser otros. Pero así pasaron por mi fuero cognitivo muchos malos momentos que me hacían la vida imposible, hasta que decidí consultar con un psiquiatra, y lo hice con gran dolor de corazón. Busqué que no fuera conductista y elegí un freudiano con ramalazos de Lacan, por consejo de mi amigo Nicolás. Y me advirtió:
    • le gusta que le hablen mucho, que le cuentes todo lo que se te pasa por tus entendederas. Él, cuando lleve algo de tiempo te parara y dirá que vuelvas otro día. Pero deja claro que tu no puedes ir de forma continuada, buscando una excusa creíble. Esta excusa te dará un Álibi para no volver a su consulta más, así que lo que te propongo es que uses sus conocimientos en tu favor, y no te dejes engatusar por sus silencios, son peligrosos.
    • ¿Y que me puede pasar ? A veces soy violento cuando me presionan o me siento presionado.
    • No hombre, no tienes que llegar a esos extremos, solo que cuando te des cuenta que está desarrollando un canto de sirena y te está enrollando para hacerte fijo en sus emolumentos, busques un medio de salir de sus garras y ya solo tú completes el trabajo psicoanalítico.
    • ¿ En verdad no lo llevo a comprender en toda su extensión Nicolás?
    • Veras, supón que el origen de todo tu proceso es algo que arrastras desde tu infancia, por ejemplo un abuso sobre tu inexperto e ingenuo cuerpo. Eso te deja una marca en tu subconsciente que puede ser el origen de tus depresiones.
    • ¿Y él, porque lo sabe?
    • Quizás porque se lo has comentado tú.
    • Pero si yo no lo conozco aún, como lo va a saber .
    • Querido amigo, quizás sería mejor que te viera un Psiquiatra al uso, que te mandara un puñado de pastillas y te silenciara, yo en verdad solo he usado alguna coartada cuando me trató, y me fue útil porque en dos sesiones me dí el alta y no he recaído.
Le hice caso a mi amigo Nicolás, me di el alta con un perfecto Álibi y diez días después me tuvieron que internar por un bloqueo psicótico.

INDALESIO


martes, 7 de agosto de 2018

MÉDICO RURAL






Trabajé durante cuarenta y cinco años en el Hospital de mi ciudad. Accedí después de una severa preparación académica y unos años de práctica en lugares apartados del campo español, algo que me resultó muy provechoso, ya que me tenía que enfrentar a muchos asuntos de salud con una formación más teórica que práctica. Con enorme fortuna no tuve que enfrentarme a ninguna complicación grave y me gané el sobrenombre del Doctor Carreras el iluminado. Durante los dos años que pasé en aquella población con doscientos habitantes, decidí mantener una relación cordial y benefactora, estableciendo una relación económica con igualas muy ajustadas y posiblemente muy equitativas. Me gané el afecto de muchos campesinos y el desafuero de los poderosos, pero yo me sentí muy satisfecho porque noté algo nuevo en mi corta experiencia, el respeto de los paisanos.
Cuando se corrió la voz maliciosa de que me iba a la ciudad, me asaltaron amigos y vecinos para presionarme y retenerme, así que tuve que salir en las horas en que se escuchaba “el parte” y con la ayuda de Frasquito el aguador, con una de sus mulas. Me llevó los bultos y la maleta de cartón hasta la parada de autobús, y me abrazo agradeciendo los servicios prestados al pueblo y él en representación de la comunidad del pueblo, como alcalde pedáneo que era. Casi muero de frio dentro de la caseta de parada, tardó más de dos horas y cuando llegó estaba tiritando de frio y abrazado a uno de los bultos que contenía ropa. Tardó más de una hora en cesar la tiritóna, pero me libré de nuevas calenturas, ya que el autobús no volvió a parar hasta llegar a la ciudad, estando la temperatura por encima del cero grado. Llevaba dos mil pesetas como todo ahorro de mis dos años en el pueblo y con la venta de las igualas, algo que dejé a buen recaudo con Frasquito. Después de dejar mis cosas en una taquilla de la estación, recorrí varias posadas y casas con alquiler de habitaciones, en una de ellas me quedé a razón de cincuenta pesetas a la semana con derecho a almuerzo y cena.
Al día siguiente me lancé a la calle en busca de lo que andaba queriendo encontrar, pero volví a la necesidad de alimento y a un tenue descanso. Luego me fui directamente al Sanatorio de la Inmaculada, pero ya no quedaban ningún directivo, salvo el médico de guardia. Me presenté a él y cuando le dije que era médico, me obsequió con una poderosa sonrisa, me ofreció hacer la guardia suya por veinticinco pesetas. Intente poner escusas pero me convenció pensar que era el mantenimiento de media semana. Según él, no había trabajo y si algún interno se ponía pesado se le ponía media ampolla de Largactil y ningún problema. Y ocurrió, no una sino cinco llamadas de urgencia, al menos la enfermera era una mujer con amplia experiencia y que me propuso algunas soluciones que me parecieron muy acertadas, y tanto que al día siguiente me ofrecieron la plaza de médico de urgencia y despidieron al espabilado que me vendió su trabajo. Allí duré cinco años, simultaneando con el Gran Hospital donde me habían aceptado para hacer las rotaciones de las especialidades.
INDALESIO

sábado, 21 de julio de 2018

DAMMATIO MEMORIAE





Su vida profesional discurrió en varios hospitales, unas veces por voluntad propia y otras por necesidades profesionales, y en verdad en todos los lugares donde laboró se sintió a gusto. Fueron tres los Hospitales donde desarrolló su actividad profesional, en el último fue donde permaneció mayor tiempo y donde siendo ya un profesional formado fue capaz de desarrollar sus habilidades y capacidades aprendidas.
No piensen que esa coincidencia puede ser concurrente con la del conocido médico y autor literario Indalesio Carrera, no. Todo es pura coincidencia, porque se llaman de parecida manera y coinciden en su oficio, aunque uno fue médico sacerdote y el otro cirujano de los huesos, oficio que les reportó no pocas satisfacciones y algunos recursos monetarios. A usted lector, le quiero llevar la información solo del que tiene mayor interés, el médico sacerdote que penó en las colonias del Imperio español durante veinte años .
Este robusto sacerdote originario de las provincias de Navarra, entró en contacto con la iglesia en los años de 1650, habiendo sido desde pequeño impulsado por su devota madre a coger los hábitos, como la mejor manera de salir del medio rural. Esperando destino una vez cantada su primera misa, desaparece por los lares de un Priorato gallego, donde permanece dos años dedicado a la gestión económica. Una vez adquirida suficiente formación pasa al seminario de Comillas donde entra a formar parte de la Compañía de Jesús, para su posterior traslado a las colonias americanas y en concreto los llanos de Moxos. Allí participa en la producción de la Quinina, en su depuración y en la demostración de su gran utilidad, en especial a los tozudos ingleses que crearon una negativa leyenda sobre su uso y utilidad. Consigue el jesuita Carrera recomendar su uso para la Condesa de Chinchón que fue diagnosticada de unas malarias y que gracias a su uso curo la chinchona, rompiendo el aislamiento del producto y consiguiendo publicar con gran éxito un libelo sobre sus enormes ventajas y eficacia de la más tarde conocida como Quinina.
Pero toda esta historia quedo apagada y desdibujada por la ley del silencio que hizo desaparecer toda la información sobre los científicos del seminario del Loreto, perteneciente a los Jesuitas, con los informes sobre los beneficios de la corteza del quino y su aplicación en el tratamiento de las jodidas fiebres. Así quedó un silencio impuesto sobre las propiedades de este aún genial producto y de los científicos que lo desarrollaron, desapareciendo el quizás primer médico jesuita que confió en la sabiduría de los pueblos que poblaban las Américas.
INDALESIO