domingo, 6 de julio de 2014

UN VASO DE AGUA FRESCA



                             



Debió ser por la mediación de los años sesenta, ya acababa el curso de preparación para la Universidad y mi padre me sentó mientras almorzaba y me planifico la vida en los próximos años. Tenía que ir a la ciudad próxima donde había Universidad y prepararme para los estudios de medicina. Imaginaba que no podría ser otra cosa, porque tanto él como mi hermano mayor también eran y vivían de la medicina. Así que acepté no con resignación, pero si sin sorpresas.
 Mis conocimientos eran escasos, los estudios en un colegio de Jesuitas no eran brillantes porque el profesorado era bastante mayor y los métodos de estudio basados en la memoria. Jamás había leído, ni me habían hablado de política, ni de metodología de análisis, ni de nada salvo bastante religión y unas gotas de filosofía poco comprometida.
Mi estancia  en la ciudad de la Alhambra fue magnifica, pude administrar mis tiempos y algunas libertades comunes a todos los jóvenes que comenzaban el largo periodo de preparación profesional. Comenzábamos a relacionarnos con las jóvenes, y relacionarnos no pasaba de coger la mano después de un largo periodo de espera. Podíamos acudir a algo desconocido como el cine de autor y el cine forum al terminar la proyección, donde se hablaba de algo desconocido como era Democracia, que sonaba a Cicerón  y Grecia antigua. En algunos círculos se comentaba el compromiso de luchar contra el fascismo y el desmontar el franquismo, pero daba miedo porque se sabía que la represión contra estas cosas era muy dura, y además el desconocimiento de estos conceptos era la moneda común entre los amigos más habituales.
En los dos últimos días, al pasar por la Avenida de Calvo Sotelo camino de la Facultad, habíamos visto varias camionetas de policías rodeando el edificio del Sindicato, pero realmente le habíamos dado poca importancia y era algo que nos resultaba ajeno.
Pero el miércoles 26 de marzo, a las nueve menos veinte de la mañana, pudimos ver una gran concentración de trabajadores de la construcción delante del edificio, nos paramos para enterarnos de que se trataba, cuando escuchamos un espontáneo griterío de voces que llamaban asesinos a los policías nacionales, y comenzaba un ensordecedor ruidos de disparos a la vez que una lluvia de ladrillos surcaban nuestras cabezas. Corrí despavorido abandonando a mi compañero de estudios y me refugié en el portal de una casa que por pura caridad no habían cerrado. Antes de poder sacar la cabeza para mirar y con todo mi cuerpo temblando de miedo y pánico, se desplomó sobre mi esmirriado cuerpo un hombretón  completamente lleno de manchas de sangre. Aquel hombre tenía desencajada la cara y sus ojos oscilaban buscando seguridad o apoyo para con su vida. Olvidándome de manchar mi chaquetón marino, sujeté la cabeza del herido, mientras la colocaba un pañuelo sobre un boquete que perforaba su prominente barriga. El hombre me miró y me pidió un vaso de agua fresca.
Olvidándome del volumen del herido, le cogí por los brazos y tiré de él, pero evidentemente no pude moverlo más que unos metros. En ese momento sentí que alguien se proponía ayudarme, era un joven como yo, quizás algo más fuerte y alto, me dijo que era médico y que lo llevaríamos al Clínico que estaba bastante cerca. Le aumentó los trapos sobre su herida  y fajamos con la chaqueta  su prominente vientre, su cabeza parecía sin vida y estaba caída sobre uno de sus hombros.
Olvidándonos de lo que ocurría fuera, carreras y continuaban los ruidos  de disparos, sacamos aquel hombre del portal y corrimos asfixiándonos hacia la acera izquierda de la Gran Avenida. En mitad del recorrido recibimos apoyo de varias personas que nos ayudaron al transportar aquel hombre cuyos ojos parecían  estar vidriosos y carentes de vida. Subimos la cuesta de la calle del Dr. Oloriz jadeando y sin más fuerzas para seguir, al menos yo. Pero llegamos, a trompicones y con el herido con la ropa medio arrancada, pero lo depositamos en los escalones de la urgencia. Mi voz no salía de mi garganta y la puerta se encontraba atascada o mejor cerrada.
Golpeé con ambos puños gritando auxilio, pero no parecía haber nadie, el otro estaba con ambas rodillas en el suelo y tumbado jadeando por falta de aire. Al fin se levantó y se acercó a la puerta, grito su nombre y a los pocos minutos se abrieron las puertas. Reconocí al catedrático de Cirugía General que ordenaba a gritos que llevaran al herido al quirófano, mi compañero de traslado, el que era médico, entró por la puerta siguiendo a nuestro  auxiliado hombretón. Me quedé en la puerta llorando.
Al día siguiente me enteré de todo lo acontecido, de que el hombre que llevamos había muerto en quirófano, junto a varios compañeros del gremio de la Construcción. Que la Policía se había asustado por la multitud y que se había disparado más de quinientos cartuchos, que los muertos eran cinco y los heridos veintitrés. La huelga de la construcción acabo sin resultado alguno, a los diez días nadie hablaba de aquella masacre y se limpiaron los restos de impactos de balas. Yo comencé mi peregrinar en las Juventudes Comunistas, pidiendo el ingreso y afiliación.

INDALESIO Dic 2013   


lunes, 23 de junio de 2014

MENTIRAS NOVELADAS


                         



Desde pequeño y por voluntad de mis padres, soy un lector empedernido y un amante de las fantasías que desearía escribir, y en camino de ello me encuentro en estos momentos.
Perdido ando con mis escritos, porque por más que lo intento no consigo elaborar un texto del que me pueda sentir totalmente satisfecho, algo que no me desanima porque lo continuo intentando cada día de cada mes y de cada año. Ignoro también el porqué los lectores, escasos de mis relatos, piensan que lo que se escribe es realidad y hechos ocurridos en la vida de cada uno de los modestos escritores. Al principio me molestaba en sacarlos de semejante error, pero por más que lo intentaba no conseguía su aceptación, así que desistí de ese esfuerzo y acordé que cada cual hiciera lo que le viniera en gana.
En esta situación me encuentro, cuando he decidido escribir una historia que es fruto de mi imaginación y que se desarrolla en la más absoluta de las locuras posibles. Se trata de unos hechos ocurridos a  un vecino imaginario y que le ocurren acontecimientos tan disparatados que casi es muy difícil que sucedan en la realidad, pero que si ocurren sería un escándalo de marca mayor.
La historia en forma resumida consiste en la vida y misterio de un vecino al que le endosé la realización de un atraco con delito de sangre y al que no se consigue descubrir por sus habilidades. Su descripción como persona ha sido exhaustiva y su personalidad extremadamente detallada. Elegí como victima también a una vecina que me constaba disponía de bastantes recursos económicos y a la que conocía por motivos familiares.
El plano detallado de la casa, los movimientos del servicio doméstico y las costumbres de sus habitantes  me permitió una  amplísima y bien argumentada descripción, que le hacia parecer con mucho, una exagerada realidad.    
Cuando leí las cuartillas, unas veinte, me sorprendió la vivencia y lo convincente que parecía la historia y animado por haber descubierto y desarrollado una historia tan creíble me dispuse  a sacarlo a la luz en mi blog con la celeridad que me apetecía.
Pude comprobar en días posteriores que el volumen de visitas era abundante y que los sistemas operativos eran uniformes, y no recibí ningún comentario, solo algunas salutaciones sobre me gusta o no me gusta con importantes números. En el cuarto día, cuando ya me disponía a comenzar un nuevo relato con los mismos parámetros, llamaron al portero electrónico, antes de abrir, pregunté  de quien se trataba, era la Policía.
Sufrí durante muchas horas y varios días la brutalidad de la policía, con un interrogatorio que yo pensaba se daba solo en las películas, pero no, vi que me quedaba corto incluso con mis fantasías. Al parecer habían descubierto el cadáver de la misma mujer de mi relato, y con fácil lógica y fruto de una mente de las que piensan que todo vuelve a ser realidad y sale a la luz, y más en los escritores cuya acto fallido esta en lo que escribe. Desconozco el nombre concreto del delator, aunque barajo varios personajes, todos del círculo de mis amigos y a los cuales quiero olvidar por haber dudado de mi honorabilidad.
Al tercer día sin dormir y ya dispuesto a confesar lo que me pusieran por delante, de forma brusca cambiaron las tornas y empezaron a tratarme de forma diferente, nada de violencia y gritos, ni brutalidades físicas ni incluso mentales, hasta que me confesaron que había aparecido el producto del robo de la casa de Doña Martina y el autor del asesinato. Me advirtieron que podía reclamar una indemnización, pero que lo pasaría mal para poder demostrar si había habido violencia, y por el contrario estaban dispuestos a condonar las multas que recibiera al menos en dos años.
Mantuve un discreto silencio hasta que me permitieran salir, que por cierto no se dieron prisa, y cuando salí de la comisaría lloré de horror.
Dejé la literatura, la lectura y la escritura, bloqueé mi blog y todos los escritos y vendí la casa herencia de mis padres. Me compré un velero, palicorto y mangudo, lo equipé con todo lo que necesitaba y me dispuse a soltar amarras y lanzarme a un mundo más tranquilo y menos agresivo. Antes he escrito estas notas para avisar a los escritores que como yo, cuentan fantasías, para que estén alertas y cuiden mucho lo que cuentan, porque pueden sufrir como yo una supuesta equivocación, si supuesta, porque algo de culpa tuve en todo este embrollo.

INDALESIO Abril 2014         



viernes, 6 de junio de 2014

SUEÑOS PERDIDOS



                                 

Habitualmente caigo en la cama tan cansado que a los diez minutos de leer, el libro cae sobre mi cara. Recojo los aperos y apago la luz. Como soy de edad avanzada, pero no viejo, al menos una vez en la noche tengo que levantarme para aliviar mi vejiga, pero con rapidez vuelvo a coger el ritmo de mis ensoñaciones. Al despertar, ayudado por el reloj biológico que tengo dentro de mi cabeza, me levanto como un resorte y mientras hago la cama intento recordar mis sueños más placenteros, pero aunque lo suelo hacer con celeridad, nunca consigo recordar cual ha sido mi sueño más grato.
Se que sería muy interesante y emotivo el poder disfrutar de mis ensoñaciones, porque sé que son gratos, no me predicen cosas desagradables y contribuirían  a completar la felicidad que conduce el descanso temporal de la noche.
Pasaron algunos días antes de que me volviera a las entendederas lo de los sueños, y decidí tomar algunas medidas. Coloqué al alcance de mi mano una grabadora para relatar con precipitación y antes de levantarme lo que contenía  mis sueños. Inútil u baladí, aunque lo intenté llegaba tarde y el sueño se desaparecía como por arte de magia, cuando no se  iba olvidando con la misma celeridad que lo intentaba recordar y verbalizar.  A los varios intentos lo di por imposible y olvide la grabadora y me resigné a no recordar mis sueños.
Pero nunca olvidé mis deseos de disfrutar de los hechos de la vida durante la inducción del sueño, y me informe. Decidí tomar medicación psicotrópica que aligeraba el sueño y lo hiciera más presente, pero me producía el efecto inverso, dormía como un lirón. Cuando lo suspendí tarde tiempo en regularizar el sueño, y ya nunca lo volví a recuperar con la armonía con la que lo disfrutaba antes.
Al fin y no sin que pasaran muchos meses e incluso años, olvide que deseaba recuperar para el consciente mis sueños, hasta que se cruzo en mi camino un personaje peculiar y de indudables dotes de genialidad para la hipnosis. Me convenció de que me sometería a una sesión de hipnosis y conseguiría sacar de mi mente todas esas maravillosas ensoñaciones que habían adornado mis noches. Hablaría conmigo mientras me encontraba inducido y gravaría nuestra charla, incidiendo con mayor insistencia en aquellos aspectos menos escabrosos de mi subconsciente. Se llamaba El MAGO HERMANN BROCH y era oriundo de loa países germánicos.
Cuando me pregunto por la parte que no quería que removiera, me comenzó a rondar por la cabeza hechos que solo podía compartir conmigo mismo y que bajo ningún concepto debían pasar a la luz, así que empecé a tener dudas y algo de miedo, porque como ya dije en otra ocasión he cometido delito, muchos delitos, y jamás querría que nadie se enterara, ni incluso yo mismo. Así que lo mejor que podía hacer es no remover lo que bien asentado está. Le pedí disculpas y achaque mis dudas a convicciones religiosas insuperables.
Hace más de cinco años que aunque duermo mal, no tengo ni lo más mínimos atisbos de ensoñaciones y sinceramente no quiero  recuperarlos.

INDALESIO Abril 2014


viernes, 23 de mayo de 2014

LOS AMIGOS


                                         



Soy un afortunado, tengo muchos amigos. Aunque en realidad  y siendo bastante exigente no todos son amigos. Claro que depende de lo que se entienda por amigos, si es el que te abre el monedero en caso de necesidad pues es un conocido rico o generoso, pero incluso es menos amigo, porque muchas veces  te lo reprocha o te piden que  le devuelvas la dádiva. Ese tiene poco interés, yo no lo incluyo en la categoría de amigo.
También está el aburrido, siempre cuando le citas trae las manos en los bolsillos y resopla. Le hablas y te mira con desgana, entonces te suelta una larga perorata de lo difícil que es todo para él y su entorno. A veces terminas por no volver a llamarlo, nunca te puedes fiar de él porque siempre te guarda algo en la recamara que te  reprocha. Este amigo si forma parte de esa categoría, porque como su actitud es cansina, la mayor parte de las veces llena un espacio necesario y terminas por apreciarlo.
Otro prototipo es el listo, mezcla de espabilado e inteligente. En un principio muñidor, queriendo quedarse con la dirección espiritual del grupo y que después cuando ya se da cuenta de las dificultades pasa a dirigir a otro para que dé la cara, mientras él le chivatea cosas al oído. No tiene maldad por eso de ser listo, pero no goza de mucha popularidad. Pulula por muchos grupos donde va sembrando discordias y después las cuenta como cosa ajena.
El gorrón se escaquea hasta para dar su opinión, siempre tiene prisa o tiene que ir al baño cuando o se tiene que pagar o se tiene que mojar en explicar algún asunto de su interés. Suele resoplar y cuenta noticias económicas para justificar lo mal que están las cosas. Jamás pide prestado y nunca tiene deudas, aunque también es verdad que dispone de poco patrimonio. Suele enseñar un billete de cincuenta euros para pedir le pongan lo suyo. No compra tabaco  así lo mates, pero es tu amigo y siempre pones algo más en el bolsillo pensando en él.
Por último está el pesado, cuenta anécdotas y noticias ya sabidas por todos y te exige que le escuches. Cuenta todo porque llega tarde y ya se ha hablado del asunto, pero él insiste y vuelve a contarlo todo. Nadie le hace caso, pero tiene correa y aguanta. A veces se siente triste porque nadie le escucha, y entonces todos le piden que lo cuente, aunque en realidad nadie le presta atención.   Esté siempre es un buen amigo.
Buscamos un proyecto en común, pero jamás sale nada, eso si ya hemos superado la época de salir con las mujeres y soportar grescas y malas maneras. Ahora salimos, poco tiempo pero solos, y hablamos de hacer algo común, pero nunca encontramos coincidencia. Cuando se propone andar, uno no quiere porque le duelen los pies. Si es cultivar un huerto, alguno dice que no le gusta comer césped y que lo hagas tú solo. Si acaso es reflotar un barco viejo, otros te miran con cara de extrañeza y dicen que ya se acabo el tiempo de los esfuerzos. En fin, que aunque pasen el tamiz de la amistad, los amigos son difíciles y los que nos mantiene unido es el cariño de años aguantando.
Por un casual alguien sale del grupo y se refugia en otro, que lo que les une es que son desechos de tienta y no tienen relaciones sociales con otros, y quieren ampararse  en un grupo que lo único que tienen es la dispersión. No pasan más de diez días  cuando de vuelta te vuelves a refugiar con los amigos de siempre. Y así….. ¿a ti que te parece mi querido amigo?   


INDALESIO  Abril 2014    


domingo, 11 de mayo de 2014

EL VENDEDOR DE LIBROS



            Tenía, ribeteándole los ojos, en los pómulos, una serie de puntos negros como concentraciones de carbón; minúsculas bocas de mina que le daban una impresión de suciedad arraigada y profunda. Su interlocutor pensó que aquello era una señal de miseria, no tanto material como espiritual. Por lo demás toda su expresión era raída y sucia. Calzaba unas zapatillas de las de andar por casa sobre las que caían los sobrevueltos de unos pantalones negros con vetas blancas de un tejido como de lino, poco moldeable y que colgaban sin garbo por unas piernas que se adivinaban finas y nudosas como sarmientos. Llegó envuelto en una sensación de cansancio, más ficticia que real, como queriendo añadir un factor de sufrimiento al valor de los libros que le intentaba vender. Era un Quijote en tres tomos, publicado hace unos diez años por una de esas casas editoriales que se fijan más en el aspecto estético de los libros que en su contenido, poniendo al alcance de una gran masa de público obras maestras que jamás tocarán y que solo le servirán para adornar el salón de su casa.
            Este hombre, por motivos que vagamente confesó como dificultades económicas, se veía obligado a desprenderse de aquella parte de su sala de estar y la ofrecía a un precio tres veces superior al que había pagado hace un lustro en cómodos plazos. Todo su aspecto reflejaba bien a las claras las penurias económicas presentes, aunque por mucho que se fijara uno no entresacaba de su oscura fisonomía ningún signo que pudiera hacer referencia a tiempos mejores.
            Junto con los puntos negros que tapizaban sus ojos llamaba la atención el pelo blanco y ralo que cubría medianamente el cráneo y las profundas arrugas que nacían de los susodichos puntos negros y que se abrían hacia las sienes como los surcos que deja la sequía en terreno quebradizo. Tenía los hombros caídos hacia adelante rebajando un poco más su escasa estatura.
            Si su aspecto físico era poco agraciado su conversación no lo era más. Planteaba un tipo de argumentos de una pobreza casi insultante, comparando el mercado de los libros con el de los pisos, asegurando que de la misma forma que las viviendas incrementan su precio, también los libros lo hacen y se revalorizan. Pero quizás lo más repulsivo que le había resultado al presunto comprador de sus joyas bibligráficas fuera el olor añejo de suciedad incrustada y vieja. Se figuró que el vendedor de libros tendría el cuerpo lleno de esos hoyos negros en donde acumulaba la porquería que iba cosechando durante los trasiegos de acarrear libros y sudar las solaneras implacables de las calles terrosas y secas de la ciudad, porque se había presentado un día de junio en medio de los calores subidos del mediodía de este sur de sures.
            Este hombre insignificante esperó pacientemente a que su cliente hiciera una gestión telefónica para indagar el verdadero valor de los libros que ofrecía. Durante el tiempo de espera se fué haciendo a la idea de que la venta finalmente no se realizaría y que tendría que acarrear otra vez la pesada carga en lugar de volver al coche con la ligereza de los billetes de banco y no con aquellos insufribles mamotetros que ni siquiera había tenido la curiosidad de hojear desde el día que los recibió. Calculó por su parte que no debería abaratar el producto y pensó, durante todo el rato que duró la conversación telefónica en contraatacar con el argumento de los pisos.
            Así que cuando su interlocutor le ofreció exactamente la tercera parte de lo que él pedía que era, a su vez, el valor que tuvo el libro cuando se puso a la venta hace unos diez años, contestó, rápido como una bala y ágil como una liebre, mientras recogía los libros: Pero de eso hace ya casi trece años y los libros como los pisos suben de valor.
-¿No me irá usted a comparar un libro viejo con un piso? preguntó a modo de respuesta su interlocutor.
-¿Y porqué no? Los dos se revalorizan con el tiempo, respondió también a modo de pregunta el hombrecillo y pensando que debería añadir un toque de distinción continuó, no crea, yo también soy universitario y se lo que valen los libros y las oportunidades que uno pierde a veces. Una vez no quise yo comprar una enciclopedia de las ciencias a un precio determinado y más tarde tuve que pagar el doble porque la necesitaba mi hijo, el doble, le digo, tuve que pagar.
-Pero no es el caso, contestó impávido su interlocutor.
-Una obra de arte, continuó el vendedor sin interpretar el último inciso de su interlocutor, siempre tiene valor y un libro vale más que el oro...
-En un sentido figurado dirá usted, interrumpió el ya abortado comprador.
-Nada de eso, el oro puede depreciarse y de hecho ahora está en baja, pero en cambio las obras de arte siempre estarán en alza.
-Quizás, puede, pero lo siento, perdone las molestias, si alguna vez piensa en bajar el precio del libro quizás pudiera interesarme.
-Ni hablar, prefiero quedarme con él. Por lo demás esto son cosas del negocio, adios, buenos días.
            El hombrecillo desapareció con una sonrisa natural, nada fingida, sintiéndose quizás por primera vez relajado. En el fondo amaba a ese libro y no quería desprenderse de él. Eran muchos los años que le venía acompañando en la estantería de la sala junto con los retratos familiares y otras piezas domésticas. Apretándolo contra el pecho se dirigió hasta el coche para irse a casa. Allí volvió a colocar el Quijote en su sitio, se sentó en su butaca que sabía acogerlo como nadie y se sintió aliviado alegrándose de no haberse desprendido de una parte de su intimidad.

CIRANO

sábado, 3 de mayo de 2014

PARA EDUCAR A LOS NIÑOS

                                               




Quise ser un niño común y corriente, pero siempre estaba en el eje de las tormentas. Miraba con admiración esos niños que se ríen y que juegan con signos evidentes de alegría, les envidiaba. Quise emularlos e intenté reír con fuerza, pero solo salió un remedo de sonrisa, por más que lo intentaba no conseguía darle naturalidad y alegría a mis actos. Cuando salía del colegio veía a los demás compañeros, sujetos por los hombros, gritarse entre risotadas,  palabras alegres y divertidas. Yo decidí que tenía que cambiar, que debía parecerme a los demás, y emulé su comportamiento, pero se veía que yo simulaba y que mis gritos y risas  no eran ni parecida a la de los demás, así que antes de que me desplazaran me aparté yo.
Todo aquello no pasaba desapercibido a los curas que vigilaban nuestras vidas, y un día me citaron para hablar conmigo. Me dijeron que no les dijera nada a mis padres, que después ya tendríamos tiempo. Obedecí 
Me recibió un cura joven y muy fuerte, me ordenó sentarme y me puso el brazo por encima de mis hombros. Acercó su cara y me bisbiseo unas palabras que parecían las propias de un confesionario, me separé prudentemente para manifestar mi rechazo a ese tipos de cosas, pero continuo como si tal cosa, me habló de lo cercano que deberíamos estar  los unos con los otros, como ayudarnos y como conseguir alegrar nuestros corazones. Un cura mas talludo y con aspecto de dominio de situaciones entró, me saludo y se sentó a distancia detrás de una mesa. Me dijo que estaban muy preocupados conmigo, mis malas calificaciones, ni retraso en aprender me estaban llevando al aislamiento personal y eso para un joven como yo era muy preocupante. Queremos ofrecer a tus padres la posibilidad de que entres en la casa que tenemos para preparar jóvenes con la categoría de Hermano, ya que por tus bajas capacidades será la mejor que aspires a ser Hermano y te prepares para un desarrollo personal y profesional de nivel adecuado. Podrás ayudar a tus superiores en todo aquello que te lo soliciten y ellos serán la guía espiritual y mundana que con toda seguridad necesites.
Nada dije, solo le pregunte que cuando hablarían con mis padres, ellos me pidieron que mantuviera silencio sobre lo que tendríamos que continuar hablando. De momento mi director espiritual sería el padre Jordan aquí presente, cualquier cosa que deseara o necesitaras saber, le preguntas a él.   
Como no podría ser menos, aquella misma noche hablé con mis padres y le conté, armándome de valor, todo lo que me había sucedido y mis preocupaciones, cuando terminé me mandaron a la cama. El día siguiente me despertó mi madre y me vistió de fiesta, me llevaban al médico, callé y colaboré. Después de muchas pruebas psicotécnicas, físicas e intelectuales llegaron a una conclusión, padecía una soberana y alarmante sordera, causa de mi falta de atención y de mi atraso secular. Salí del gabinete con un aparato acoplado a mis orejas, resultaba que el mundo era distinto, tenía sonido y ese sonido entraba en mi cerebro como por una autopista.  Comencé a comprender cosas, me pude relacionar con mis semejantes, hice amigos con los que compartí alegría y secretos, y mi vida dio un cambio que  me hizo acercarme a la normalidad  y en especial disfrute con el conocimiento.

INDALESIO Marzo 2014


sábado, 26 de abril de 2014

CUANDO PEPE PERDIÓ LA FE

                               


Luces apagadas, unas velas enclenques, titubeantes, proyectaban sombras fantasmales en las paredes húmedas del recinto. En los primeros  ejercicios espirituales de Pepe una voz bronca, con exaltaciones momentáneas, relataba la infortunada corta biografía de Pepito.
Niño ejemplar… Pepito; la alegría de sus padres…; de 10 en estudios, urbanidad y disciplina...; en gracia de Dios por su primera comunión recién recibida… he te aquí que cayó en manos de malas amistades… le roba una peseta a su madre… sale a la calle… le cae una “tea,” lo mata… y Pepito para siempre a arder en el fuego eternoOOO!, tronaba la voz del predicador que hasta la sombras de las velas se agrandaban.
Pepe entre entristecido, temeroso e increyente se fue a su casa.

Al año siguiente, en el mismo escenario. Pepito se había hecho  la primera paja, había caído en el horrendo hábito. Y otra vez la voz tronante… con la misma mala suerte de la “tea”…y el mismo destino por los siglos de los siglos…
 Entonces  en Pepe,  a pesar de su  edad, aumenta la increencia  y abandona los ejercicios espirituales y “corta con los curas”:

 “Ya sabía yo de sobra -decía – lo que le iba a pasar a Pepito cuando fuera por vez primera a una “casa de putas”


BIRLIBIRLOQUE   Abril 2014

jueves, 17 de abril de 2014

ME ACUSO

                            


                  
He tenido que prepararme para dar un paso definitivo, tengo que penar mis delitos. Si, porque  he cometido muchos… quería decir pecados, pero aunque sea un cabrón que he cometido actos antisociales, tengo y permanezco en una situación laica, por lo cual son actos contra la vida misma y no contra mi moral, que por demás me importa un carajo.
Durante varios años he intentado escribir sobre mi patético comportamiento, pero era incapaz de rellenar más de dos hojas, y no porque mis delitos sean pocos y pequeños, no…. Son muchos y muy grandes, quizás no para mi, pero si para el resto de los mortales.
Desde que tuve conciencia de ellos sentí  pesadumbre, que me llevaba a enseñar una cara  con gestos de angustia, que a todos  inquietaba y les hacia apartarse de mi, evitando relación alguna, pero yo me refugiaba en mi soledad y me hacia fuerte con mi desespero por el daño que infligía.
En alguna ocasión me abordaba algún conocido y me interpelaba sobre mis comportamientos sociales, yo bruscamente me apartaba de su presencia, pero descubrí que llamaba más la atención y me atosigaba con más preguntas, así que decidí contestar mintiendo aún más, lo cual me producía más desasosiego y quizás tranquilizara a mi interlocutor.
Cuando la angustia tomaba un cariz alarmante y sentía necesidad de desahogo, encontraba que me afectaba físicamente, y las más de las veces vomitaba de forma violenta y con grandes arcadas, después me tranquilizaba y volvía a respirar con parsimonia. También encontré fruto de la casualidad que la música de Schubert me relajaba con mucho y en especial las sinfonías, así que compré varias versiones de orquestas y directores y me pasaba gran parte del día escuchando su música. Pero cada vez era más difícil controlar los ataques de angustia y desasosiego y las crisis se repetían con mayor frecuencia, así que decidí pedir ayuda.
Pero quién, que persona podría entender de los graves delitos que había cometido, no tenía amigos o al menos no con la suficiente confianza como para revelar mis inquietantes delitos. Pensé en un sacerdote pero me producía animadversión y soy bestialmente laico por lo cual lo descarté con prontitud. Me quise refugiar en un médico pero la sola mención de que necesitaba descargar los delitos, le alarmó tanto que me despidió con caras destempladas. Con mucha precaución lo intenté con un psiquiatra, pero cuando se dio cuanta que le estaba sondeando, quebró mis intenciones y renunció a ser mi terapeuta.
Ahora me encuentro delante de ti, te miró a los ojos y necesito que me comprendas, tú eres lo único  que me queda de posibilidades para poder descargar la angustia y el desasosiego que me producen el enorme cúmulo de delitos que he cometido. ¿Serás capaz de ayudarme? Solo te pido  compartir conmigo la pesadumbre  de mis delitos, ayúdame!!!!  

INDALESIO Marzo 2014       

sábado, 5 de abril de 2014

ALGO DENTRO DE MI CABEZA


                             



Sabía que mi padre había muerto de un problema vascular, pero siempre lo recordaba como algo muy lejano, y que me encontraba tan alejado de una edad peligrosa, que nunca tomé precauciones sobre mi salud. Tenía todos los factores de riesgo, fumaba, bebía y comía como un poseso, pero nada me preocupaba, porque además no estaba obeso y cuidaba mi forma física con un ejercicio moderado, jugaba al golf.
En todos los años de mi existencia no había tenido ninguna enfermedad sería, algún achaque ocasional que podía resolver con un analgésico, y pare usted de contar. Lo que ocurre a partir del 12 de febrero de 2010, forma parte de recuerdos pero poco fiables porque sufro un trastorno físico y psíquico que me produce muchas limitaciones.
Me han contado que me encontraba jugando al golf, cuando al realizar el segundo golpe del hoyo nueve me desvanecí cayendo al suelo. Me hicieron primera asistencia, compañeros de partida médicos, mientras llegaba una ambulancia de los servicios de urgencia. Que entré en estado de coma en el Hospital y que me diagnosticaron de accidente cerebro vascular, que me hicieron cantidad de maniobras diagnosticas y terapéuticas por el interés que mostraron mis amigos médicos, pero que auguraban un mal porvenir porque la destrucción de cerebro que padecía era tan extensa que seguro me dejaría secuelas graves.
A partir de los siguientes días comencé a despertar mis sentidos muy lentamente, y solo desde la tercera semana  comencé a sentir. Reconocí a mi mujer y mis hijas, pero cuando intentaba  hablar solo conseguía  balbucear cosas sin sentido. Como me agité me dieron explicaciones y me pidieron paciencia para conseguir recuperarme, y que empleara todas mis energías en la rehabilitación. A los varios días apareció una joven que dijo llamarse Cándida y que se ocuparía de mi fisioterapia. Le miré como si usara  signo de comprensión y asentimiento y me sonrió. Levantó el brazo derecho y me pareció que levantaba el de alguien ajeno, cayo inerte junto a mi cuerpo. Con la pierna derecha paso igual, no conseguía reconocerla como mía y no tenía actividad alguna. Mi lado izquierdo no parecía tener deficiencia alguna, cuando le miraba le reconocía como mi mano de siempre y se movía cuando se lo pedía, eso si realizando un esfuerzo con mi mente.
Dos horas más tarde apareció un señor mayor que dijo ser logopeda, no me gusto porque mascaba chicle y comenzó con bastante desgana a pedir que dijera el abecedario, como si fuera un niño pequeño, por más que lo intenté no conseguí articular palabra. Se fue cuando le miré con los ojos de “vete a hacer puñetas” 
La tarde estaba dedicada a mi familia, que se sentaban y cuchicheaban, me imagino cosas de sus vidas llenas de esperanzas. Usando mi mano izquierda hice señas para conseguir papel y lápiz, pero solo al final me prometieron traer una pizarra de cuando eran jóvenes y les enseñaba las letras.
Aquella noche sentí escalofríos y me invadió un terrible pesar. Cuando llego Cándida en la mañana siguiente, le miré con los ojos de tristeza y me entendió. Se sentó junto a mí y me dio papel y lápiz. No tenía práctica y me costó colocar alguna palabra, pero le escribí “Ayúdame” Sonrió y me tocó la mano con cariño, después muy en su papel comenzó a moverme mi absurdo  lado derecho del cuerpo, y todo seguía igual, el antebrazo doblado sobre un codo muy rígido y los dedos cada cual por su lado señalando las direcciones del espacio.  Ante mi especial desmotivación me propuso ir al gimnasio el día siguiente, para comenzar a levantarme y  ver las cosas de forma distintas, se lo agradecí y paso otro día con logopedas, visitas, familia y quizás deudores. Estando al fin solo, pude centrarme en escribir algunas notas, cuando mi mujer vino a última hora de la tarde-noche se lo enseñé. Le pedía me ayudara a bien morir, no quería vivir con esta severa limitación y dependiente todo lo que viviera de ayuda ajena. Con mucha paciencia me pidió comprensión para con toda la familia, que no fuera egoísta y que seguro me recuperaría lo suficiente para tener independencia. Que había hablado con los bancos y que había liberado nuestros dineros y que disponiendo de él y con su gestión, seguro que no tendrían dificultades. Negué con la cabeza y señalé el papel, quería que entendiera que yo quería evitar pasar por todo este calvario. Me contentó con unos “cariños” poco sentidos y me aseguró continuaríamos aquella charla.
Pasé toda la noche en blanco pensando en como podría retomar las riendas de mi vida, porque algo tenía seguro, así no estaba dispuesto a mal vivir lo que me quedara de vida. ¿Pero como? Escribí y firme unas últimas voluntades para disponer de libertad y tiempo en acabar lo que yo dispusiera, y me quedé dormido bastante satisfecho de mis decisiones. 
Me despertó el ruido del desayuno y el griterío de las pinche, pero aunque había dormido poco y lo sentía dentro de mi cabeza, estaba contento. Ya con más práctica conseguí escribir otra nota para la dulce Cándida, que en cuanto llegó para acompañarme al gimnasio, se la entregué. Se sentó  en la cama y me habló con entereza. Estaba viviendo con una chica  y era feliz con ella, su religión le impedía tomar medidas trágicas para con la vida de los demás y de la suya, y el único sentimiento que tenía para mi desgracia era luchar para conseguir mejorar mi calidad de vida. 
Perdí las esperanzas y entre en una profunda depresión que solo se alivio con el uso de medicación intensa y el alta hospitalaria para continuar la rehabilitación de forma ambulatoria. Durante tres meses  me rehabilitaron diversos fisioterapeutas que consiguieron poco, hasta que la Compañía de Seguro decidió  a través  de un pomposo médico rehabilitador darme el alta. Mi situación era la siguiente, una severa incapacidad  física, a duras penas caminaba y contando que me desplazaba hacia un lado, no podía hacer la mayoría de las necesidades higiénicas, me cansaba prestar atención más de veinte minutos por lo cual leía muy lentamente, me era imposible salir a la calle por agotamiento físico, había perdido mi interés por los sentimientos y por el sexo, y yo solo era y soy, un remedo de lo que he sido y es una persona. Mi familia me propone llevarme a un clínica donde tenga los cuidados necesarios y me ayude a valerme solo, pero sé que ni llega al grado de compasión, es solo que están cansado de ver un ser aburrido y tullido, que no tiene esperanza y solo desea morir. Cada día me dan montones de pastillas de Xeroquel, que yo sé acabaran conmigo y mientras espero, sentado en un butaca con una ulcera en el sacro y mirando a un infinito que parece interminable. Si alguien quiere visitarme, vivo en la Residencia Diógenes, calle del Buen Suspiro numero 22 de la ciudad de Bucaramanga. 
INDALESIO  Marzo 2014 


sábado, 22 de marzo de 2014

LA TERTULIA

                                        



Hace meses me llamó mi amigo de nariz rota. Me proponía vernos para almorzar y poder cambiar impresiones sobre nuestro mundo, era escueto en sus explicaciones, así que acepté sin mayor duda.
Me preguntaba que buscaría, porque era un hombre culto e interesado en la literatura y filosofía, y su nivel algo por encima de lo normal, y yo soy un hombre con mucho interés y curiosidad, pero de formación muy dispersa y más social que política. Supuse que le interesaría la literatura y es quizás un campo donde ambos podemos coincidir, así que pensé en cosas en las que ambos podríamos tener intereses comunes.
El día elegido, ambos decidimos elegir un restaurante asequible económicamente y tranquilo, y llegamos puntuales. Nos saludamos y pude comprobar que éramos cuatro, todos conocidos y hombres de inquietudes intelectuales. Aquello terminó con manifestaciones  de alegría y afecto pero sin desarrollar programa alguno. A partir de ese día decidimos reunirnos una vez al mes y en la medida que nos fuéramos conociendo y tomando confianza, hablar de los temas que más nos inquietara.  
Cambiamos de lugar por otro más culto y más asequible y fuimos invitando a un mayor número de participantes. Pero nada coincidía con algo parecido a una tertulia, y además todos parecíamos estar cómodos, salvo nuestro inquieto nariz rota, que en algunos momentos soltaba un regomello, que todos ignorábamos. Y así fueron pasando los meses  hasta que pasó lo inevitable, nuestra tranquila reunión de amigos explotó.   
Era un día gris y lluvioso, hacia frío en nuestro reservado y se hablaba en pequeñas charlas de proximidad. Pero una conversación comenzó a dominar sobre las demás, se trataba de la oportunidad de la jubilación y del peso tan enorme que tenía que soportar el estado para mantener tanto inútil e improductivo ciudadano, y encima en edad provecta que precisa cuidados sanitarios y sociales. Se fueron formando dos grupos, los defensores  de la voluntariedad en una edad propia, los setenta años, y los que defendían que  la jubilación no se adecuaba a las necesidades  de los ciudadanos, sino al ciclo circadiano de la muerte natural. La pasión fue apareciendo en el comportamiento de algunos ya si, tertulianos, y se organizó una algarabía impropia de unos seres civilizados como nos creíamos. Tanto fueron las palabras, que pasaron de gruesas a   violentas, y terminó en violencia física con mamporros de inolvidables catadura.
Recibí mi merecido sin haber participado ni tomado parte alguna, como me suele pasar, y sufrí lo indecible para restablecer el orden con la exclusiva ayuda del camarero de sala que nos debería haber traído el almuerzo. Cada uno salió como bien pudo, entre el entramado de sillas y mesas rotas, pagué los desperfectos de mi exclusivo peculio y nunca más volvimos a saludarnos. Por supuesto no volví a pertenecer a ningún grupo de amigos o similares. Se que nariz rota se dedicó al deporte de la  bicicleta y que algún que otro porrazo ha recibido, de los demás nadie me ha contado ninguna noticia. Sé que todos se jubilaron y reciben la pensión del estado, pero  también, que miran con recelo cuando pasean por las calles de nuestra ciudad.


INDALESIO  Febr. 2014

sábado, 8 de marzo de 2014

ESCUELA DE ESCRITORES


                           




Hace algunos años decidí mejorar mi capacidad de escribir, me llevaron varios motivos, uno mi torpeza a juntar palabras, otras dar salida a mi inagotable capacidad de fantasear y por último que me permitía permanecer en mi cueva dando salida al gran volumen de lectura que poseía.  
Mis primeros escritos los guardo por ese pudor  que produce  incluso tirarlos a la basura, porque pudiera ser que alguna vez me riera de semejantes colección  de burradas, y de incorrecciones ortográficas. Pero en vez de pararme me sentí estimulado a continuar, y contaba cosas sin límites, los guardaba en los soportes digitales y quizás hasta me olvidaba de haberlos escritos. Lo digo, porque descubrí no hace mucho la reiteración de algunos temas, que parece me inquietan en exceso.
 Pero existe algo que no conseguí corregir, uno mi dificultad para corregir lo ya escrito, me cansa una barbaridad y además quizás hasta desvirtuaba mis primigenias intenciones, y le hago perder la frescura de lo escrito, por expreso deseo. La otra cosa es la reincidencia en escribir en primera persona y de asuntos que pudieran rallar lo tétrico, oscuro, triste y abyecto.  
Me di un plazo y desarrollé una rutina, escribir durante dos horas los fines de semana, mañana y tarde, el resto del tiempo lectura sin parar. Pero tenía un inconveniente, la sensibilidad en lo escrito no es igual un viernes tarde que un domingo de mañana, y cuando dejaba una idea a medias, era incapaz de coger el mismo ritmo y sentido que cuando le comencé.
Como pude constatar que no  conseguía corregirlo, y estando deseoso de escribir algo que realmente me gustara, busqué ayuda en el exterior. Después de muchas vicisitudes, encontré una escuela de escritores que trabajaban “on line” y en presénciales dos veces al mes, y con un precio asequible a mis posibilidades.  Mi tutor se llama Sunny, es bastante bonita y parece tener mucha idea de estructura literaria, pero poca del tratamiento que se debe dar a los sentimientos del escritor. Ayer tarde cuando hablábamos del sentimiento trágico de mis escritos, me dijo que me olvidara de corregir esa tendencia, porque formaba parte de mi manera de ver el mundo, y que si realmente quería quitarlo de mis pensamientos debería ir a un psiquiatra, aunque las posibilidades eran pocas, porque mi mente esta más cerca de la perversión  fruto de mi soledad, que de una normalidad, que incluso ella misma no conocía.   
Le recriminé que no supiera cuales son los limites de la normalidad y que yo al fin le pagaba para que me ayudara a salir del marasmo en que me encontraba, porque necesitaba escribir algo que realmente me gustara tanto a mi como a mis hipotéticos lectores. Entonces se ofreció a escribir algo para mí, realmente bueno, una novela corta en la que llevaba trabajando años. Me quedé parado y por mi mente pasaron más de doscientas posibilidades, hasta que de pronto decidí una. Aceptaría, ¿porque?
Soy una persona con posibles y quiero dejar algo que ocupe espacio en el recuerdo de la literatura, aunque sea del mundo más cercano  donde vivo. Yo como persona, ni he sido ni seré nada, y quedando poco para acabar con mi triste existencia quiero aunque sea con un engaño, dejar algún recuerdo.
La novelita que publique se llama EL ATERRADOR DESEO y solo se vendieron treinta ejemplares, de mi  se continua sabiendo poco  y de Sunny menos porque se dedico a las novelas de terror, fruto de su gran desengaño literario y personal, porque se caso conmigo.


INDALESIO Febr.2014     

domingo, 23 de febrero de 2014

EL HOMBRE QUE AMABA IMÁGENES

                      



La primera vez que tuve conciencia de que algo no marchaba bien, fue cuando me incorporé a la Carrera universitaria en la cercana ciudad de la Alhambra. Era un muchacho inquieto y algo curioso, afectuoso y riguroso con mis obligaciones, y conocía muchos de  mis defectos, pero joven como era, recién cumplidos los veintiún  años, me llamaba la atención el cometer algunas locuras de juventud. Bueno en realidad les llamo locuras, pero creo que no pasan de simples incumplimiento de costumbres y hábitos culturales.
En realidad soy bastante tímido y no he conseguido desarrollar mucha amistad con mis compañeros, es más yo diría que no tengo ningún buen amigo, y menos hacer confidencias de magnitud intima y orden sexual.
Es ahora, cuando por recomendación  del terapeuta   he decidido plasmarlo en un papel y llevarlo a la próxima sesión, y tener valor para contarlo.
No recuerdo cuando sentí por primera vez excitación sexual, pero sé que me produjo inquietud y miedo. Por alguna extraña  razón me creí portador de alguna anomalía  en mi aparato sexual, ya que cuando me excitaba y era con frecuencia, desplegaba una excesiva clava que me avergonzaba. Así que me fui retrayendo en mis relaciones con chicas de mi edad, jamás comenté esta situación con mis compañeros y evitaba momentos que me pudieran producir algún tipo de excitación.
Cuando llegué a la ciudad Universitaria y dentro de lo que se consideraba novatadas, me obligaron a ir a una casa de latrocinio para que diera buena cuenta de mi virginidad. Era en las primeras horas de la noche, y me  habían obligado a compartir bebida durante varias horas, lo cual me hizo sentir mayor relajación y olvidar el enorme pánico que sentía. Compartía excursión con varios novatos y nos acompañaban tres mayores, el lugar elegido era lúgubre, y se pasaba directamente a una habitación donde una mujer de edad provecta me ayudo ha desvestirme. Cuando la mujer vio mi sexo, sin mayor esplendor, salio de la habitación jurando que jamás podría hacer nada con semejante personaje. Aquel fue el comienzo de mis pánicos y siempre pensé que le podría hacer daño a cualquier mujer con la que pudiera compartir coyunda.
Así fue que me acostumbre a recibir consuelo contemplando imágenes de mujeres ligeras de ropa y en situaciones de excitación, y procuré huir de relaciones con compañeras o conocidas,  sujetándome el sexo con una suave cinta al muslo derecho.
Cuando terminé los estudios universitarios y me traslade a mi ciudad, recibí muchas presiones de mi familia para que mantuviera relaciones formales con mujeres en edad propicia, pero yo continué con mis miedos y lo evite. Cuando mi hermano me habló con recato sobre mi posible homosexualidad, le conté lo que hasta ahora no había contado a nadie, el miedo hacer daño a la mujer que quisiera. Aún recuerdo sus risas y sus primeras explicaciones, después me presentó a la terapeuta, que esbozo una tenue sonrisa sin poder evitar mirar el bulto de mi entrepiernas. Seis meses después contrajimos matrimonio y soy un hombre felizmente casado. Nunca se quejó del tamaño de mi miembro.

INDALESIO Enero 2014 


viernes, 14 de febrero de 2014

LA FIERA QUE LLEVO DENTRO

                      


Me desperté en una habitación blanca y absolutamente vacía, salvo la camilla donde me encontraba tendido, y por cierto sujeto. Cuando digo sujeto, en realidad digo atado de pies y manos.
Me pregunté que hacia yo en aquel lugar, pero no recordaba nada, solo notaba un sabor medio dulzón en mi boca y la imposibilidad de moverme. Tiré de los brazos, pero no cedía ni un milímetro, también los pies estaban no solo sujetos sino muy apretados. Una sabana me sujetaba el pecho e impedía me incorporara, en fin inmovilizado completamente. Tendría que esperar que las circunstancias cambiaran y alguien me liberara de esta situación. Usé el tiempo para recordar cosas, bueno sabía quién era, datos personales y donde y como vivía, pero que hacia allí y como y porque estaba, era un absoluto vacío, no recordaba nada, pero absolutamente nada.
Sentí escozor en los nudillos de la mano derecha, y girando levemente la cabeza pude ver que estaban desollados y ensangrentados, moví los dedos para aliviar la tensión pero aún me dolía más, decidí parar y reposar.
Debí quedarme dormido, porque al abrir los ojos sentí la presencia de una respiración en la habitación, moví la cabeza buscando la compañía que me pudiera liberar, y si era en efecto una joven vestida  de blanco que cargaba una jeringa con alguna medicina contenida en un frasco de cristal. Le hablé pero no parecía muy dispuesta a soltarme ni a darme comprensión, pero cuando se disponía a clavarme la aguja en mis potentes venas, me resistí moviéndome, lo poco que podía. Ella gritó y se le calló la jeringa de las manos. Al momento entró otra persona, igualmente vestido de pijama, seguido de un hombre con una bata y bolsillo en el pecho derecho lleno de lapiceros e instrumentos de escribanía, me extrañó que el bolsillo lo llevara en la pechera derecha, porque lo habitual es en la izquierda, pero no me atreví a preguntar porque parece que llevaba la voz cantante, y tomaba decisiones con voz autoritaria. Le indicó al forzudo que me sujetara la cabeza pasando las manos debajo de mi maxilar inferior y que tirara. Aquello me dejo jodido, porque cuando intentaba hablar el tipo levantaba las manos y me hacia mucho daño. Se acercó y me preguntó si los ataques de furia eran muy habituales. Yo ni intenté moverme porque aquel bestia me tenia medio arrancada la quijada, solo asentí con los ojos. Aunque en realidad yo no recordaba haber tenido ataques de furia, si alguna pelea con mi hermano mayor y algún que otro descalabro producido quizás en el juego de la pelota. La enfermera ya respuesta y con la jeringa de nuevo cargada me clavo la aguja con algo de saña y mirándola me volví a quedar sopa.
No sé cuando tiempo paso, solo sé que cuando volví abrir los ojos, tenía hambre. Esperé sometido a un duerme vela, porque  no se oían ruidos por todo el entorno, luego sentí ruido de llaves abriendo la puerta y de nuevo personas entrando en la habitación. Se colocaron alrededor de mi camilla, al menos siete personas dirigidas por el sanitario con bolsillo lleno de material de escritura y en lado derecho. Era definitivamente médico, porque llevaba un bigotito fino y unos pelillos en el cogote levantados y fijados por gomina, además dirigía y daba ordenes, y explicaba que el sujeto que se encontraba en la camilla, es decir yo, era un tipo peligroso afecto de una enfermedad mental mal definida que se llamaba el Síndrome de Amok , que produce brotes de ira ciega que puede provocar daños a su rival e incluso a si mismo. No tiene cura, dijo con una extraña seguridad, y  quedara siempre así sujeto en esta posición  y sin posibilidad de rehabilitarlo, tenga en cuenta que este personaje parece ser que mató a más de diez personas e intentó la autolísis comiéndose las manos y dedos.   
Debió ser verdad, aunque yo no lo entendiera, porque hasta hace seis meses y después de más de diez años, no me han soltado de la camilla y ahora con una rehabilitación física puedo al menos sentarme y ejercitar mis manos escribiendo en una burda maquina de escribir. Yo no tenía conocimiento de que fuera tan agresivo, ni que me pasaran esas cosas tan extrañas, pero si ellos lo dicen será verdad.

INDALESIO  Dic. 2013        

domingo, 2 de febrero de 2014

PASAJE DE REALIDAD

                                   


Siempre me asustaron los ruidos intensos, incluso con las tormentas y su aparato eléctrico, buscaba protección bajo la cama de mi cuarto. Pero lo que no pude sospechar es que ocurriera en cualquier lugar y en cualquier circunstancia.
Tarde más de veinte años en terminar los estudios, ni tenía prisa ni nadie me esperaba, mis padres habían muerto años atrás y vivía solo. Mi posición económica era buena e incluso tenía trabajo, eso si, sin complicaciones, porque me encontraba detrás de una ventanilla despachando billetes de tren, trabajo del que me jubilé a los pocos años de practicarlo, porque realmente me cansaba y aturdía el ruido de los trenes.
 Había tenido un amigo, pero aquella relación no resulto apropiada, siempre quería salir e ir de diversiones y yo en verdad, soy muy casero, además su higiene era poco adecuada, y  a veces me provocaba arcadas. En fin que con bastante brusquedad le cerré la puerta de la casa, que por cierto es mía, y le puse todas sus pertenencias en el rellano del piso.
Olvidado este arcano incidente, mi vida trascurría con mucha tranquilidad, salía una sola vez al día, almorzaba en una cafetería y compraba dos rebanadas de pan para el sanwiche de la noche. El resto del día lo pasaba en diversos menesteres.
En un principio, cuando termine los estudios me dediqué a aprender el swahili, y le llegue a dominar bastante bien, pero lo fui olvidando porque realmente no lo practicaba con nadie. Miento, le escribía a una joven que se llamaba Tomba y que conocía el idioma, pero cuando me propuso conocernos me dio pereza y abandone la relación epistolar.
En otro tiempo, me propuse hacer construcciones de barcos dentro de una botella, bueno realmente los construía fuera y lo introducía plegado, una vez dentro elevaba la arboladura mediante minuciosas maniobras con hilos que retiraba lentamente. Y así fui pasando el tiempo y me fui haciendo mayor, aumentando mis rarezas exponencialmente. Y viene al cuento porque, un día que decidí salir a comer y a llevarle un pantalón al sastre para que le hiciera un desplazamiento del primer botón por motivos de engrosamiento de mi cintura, ocurrió un acontecimiento que condiciono el resto de mi vida.
Realmente no prestaba mucha atención a lo que acontecía en mi entorno y en mis circunstancias, el caso es que aquel día no había casi nadie en la calle, era un día plomizo y caían  gotas de lluvia, pero lo curioso es que la cafetería donde solía comer y comprar algún alimento estaba cerrada y sin ninguna actividad. Volví sobre mis pasos, por supuesto sin salir de mi misma calle y me dirigí al taller del sastre Guzman, cuando una enorme explosión sacudió todo lo largo de la calle y una gran llamarada incendió casas y locales comerciales. Yo salí despedido y mi cuerpo orondo de 140 kilos, se empotro contra la verja de una tienda de velas religiosas. Cuando me desperté estaba siendo atendido por un sanitario, según constaba en el cartelito de su pechera, y curaba las heridas producidas en mi cara y brazos.
La verdad es que no recuerdo que fue lo que paso, ni siquiera a que fue debido, pero yo no volvía a salir de mi casa. Los desperfectos de mi casa no tuvieron relevancia, solo el baño quedo inservible, pero no me importó porque jamás la usaba, solo el inodoro.
Ahora vivo pendiente de los ruidos, me he preparado un parapeto con varios colchones de la cama de mis padres y tías, y observo cuidadosamente y regularmente para no ser sorprendido, aunque la verdad ya no puedo moverme del sillón e incluso mis necesidades las tengo rodeándome. No cómo nada, bebo con una manguera que se encuentra conectada al grifo de la cocina y escribo estas notas para que pueda ser cristianamente enterrado junto con mi familia y allegados. Y espero…. 


INDALESIO Dic.2013

sábado, 25 de enero de 2014

LA CLARA. UN RECUERDO DE JOSE JIMENEZ VILLAREJO

            



No más de ocho años de edad, cuando me pidieron hiciera de rodrigón, bueno pedirlo tampoco, me indicaron acompañar a mi hermana en sus paseos con el joven con el que salía. Aquello me gustaba, era divertido y me trataban con generosidad o quizás con elegancia, porque me compraban  un cartucho de patatas en papel de estraza y me sentaban en las piedras del paseo marítimo, algo que me producía un gran sosiego.
El otro recuerdo que guardo es quizás años después, alquilaba simbólicamente por unas  perrillas la barca de un marengo de pedregalejos, que le llamaba la Clara y que nos servía para alejarnos del agua sucia del rebalaje y darnos un baño en las procelosas aguas de la bahía de Málaga.
El joven acompañante de mi hermana, que después fue su marido y padre de sus nueve hijos, era y fue un gran jurista que defendió las leyes con  la independencia y prudencia que da la visión democrática  y cristiana de su  vida, algo realmente extraño en este nuestro país.
A él le debo mucho. Siendo un muchacho que deseaba comenzar los estudios universitarios con ganas de diversión y mucha curiosidad, y encontrándome algo perdido por la educación recibida por los jesuitas de los años sesenta, le conté mis cuitas de desasosiego por el trato recibido en el último año de bachillerato. No solía dar consejos de exegeta, pero aconsejaba con sentido práctico. Me presentó a Alfonso Carlos Comín y me sugirió le acompañara a la zafra de la Axarquía. Acepté y fue una experiencia que jamás olvidaré, conocí gentes humildes y sin nada de cultura, cuya único bagaje era su enorme generosidad y ganas de ayudar al prójimo, así  compartíamos  la mucha miseria que en aquellos entonces había. Y me hizo sentir una inquietud que extrañamente se adaptaba muy bien a mi manera de pensar y sentir. Ese fue el germen de lo que fue después mi compromiso social y político.
Años después, y habiendo terminado mis estudios universitarios, me ofreció participar en una plataforma creada por un grupo de cristiano- demócratas que se llamaba a la sazón Demos 68, donde se fue germinando la buena costumbre de dialogar independientemente de la ideología  que se dispusiera o que cada cual quisiera. Allí conocí a personajes de enorme talla personal y política que me enseñaron a ser tolerante y a saber encontrar el camino para acabar con los comportamientos del tardo-franquismo.
El azar hizo que nuestras vidas siguieran por caminos diferentes, pero siempre fue un placer cambiar opiniones con él y recibir su enseñanza mensurada, cauta y firme en cada uno de los temas que debatíamos.
Murió como vivió, con una tenue sonrisa de comprensión y cariño a todo su entorno. Al menos así me lo contaron los que compartieron los últimos momentos con él. Gracias y descansa en paz.  

INDALESIO Dic. 2013

domingo, 19 de enero de 2014

DE ESTA AGUA NO BEBERÉ






            Cuando le preguntaban de pequeño lo que quería ser de mayor contestaba, despachando dos por uno, que ni iba a ser médico ni se iba a casar. Semejante petulancia profetizaba, esta vez con acierto, la sucesión de derrotas que le visitarían a lo largo de su vida. Y es que, sus esperanzas tempranas oscilaban, desde una vocación soñadora, entre dedicarse a la literatura o ser piloto. Con la primera pensaba eludir la realidad indagando el mundo interior  y con la segunda el exterior. Como la poesía no se conciliaba con la vida salvaje que se llevaba en el barrio, no la expresaba sino en contadas ocasiones y siempre con el propósito de ligar. Llevaba en secreto sus escritos, de natural amorosos, con lo que se sentía realizado en el plano intelectual, compensando de esta manera los descalabros escolares. Lo de aviador estaba más en consonancia con lo que le pedía el cuerpo, con lo que hacía y con lo que se figuraba que podía hacer. Hubo una época en la que se le conocía como el Piloto; fue cuando empezó a participar en las pruebas de atletismo de los campeonatos escolares que lo llevaron a competir en los absolutos. Pero las cosas se aclararon al pisar el jardín de los prodigios, donde comprobó que lo que tanto daba que hablar, se concretaba, de pronto, en una realidad que aventajaba con mucho los sueños más optimistas. El caso fue que amistó con una niña deportista que manejaba la bicicleta con soltura y que de un día para otro desplazó la tacañería de las del barrio que, a buenas horas mangas verdes, lanzaron mensajes de remisión cuando los asuntos estaban más que cuajados con la del Cañaveral, a la que el poeta piloto llamaba la Geva.
            Con su padre tenía convenido que aunque se examinara para la Academia del Aire en San Javier cursaría Preu por lo que pudiera pasar. Pero para esos tiempos sus planes habían cambiado mucho. Además de volverse estudioso, cuestionó la idea de estar cuatro años separado de una hembra en la que había conocido el mundo, el demonio y la carne hasta hartarse. Otro asunto vino a armonizar sus propósitos y fue que visitando a un amigo del barrio que había sufrido un accidente en la piscina del Camping de la carretera de Jaén, le dio un jamacuco al ver el aparatoso vendaje del ojo izquierdo en el que se le clavó el cristal de las gafas de bucear cuando alguien se le tiró desde el trampolín. Al sentir los primeros síntomas de la lipotimia quiso ganar la puerta pero se derrumbó de narices contra el rodapié del pasillo dejándolas pegadas al piso. La operación chapucera a la que fue sometido no logró enderezarlas ni mantener el tabique en su sitio, por lo que se unió el hambre a las ganas de comer y, además de grandes, quedaron torcidas de por vida. Como las partes más nobles del cuerpo no se vieron afectadas por el incidente, prevaleció la armonía sin mengua alguna en la calidad.
            En junio aprobó la Reválida de Sexto y con el pretexto de prepararse para la Academia se quedó en Granada sin acompañar a su familia a Lanjarón, lo que les permitió descubrir que en la cama rentaba más la pasión queen el campo, el portal o el coche donde practicaban a diario. Además, la pareja cerró un plan que esta vez sí se cumplió como estaba previsto. Llegado septiembre preparó la maleta, recibió el dinero para el billete del tren y la pensión, y se instaló durante tres días en un secadero de tabaco desde cuya parte alta se veía la ventana de la Geva. Como podía ser localizado por los colegas del barrio que trillaban la vega varias veces al día, estuvo recluido en el palomar, bajando del coro al caño cuando la ocasión lo permitía, hasta que lo pillaron los dueños. Hubiera acabado en el Cuartelillo sino lo identifican a tiempo como de la farmacia. Con las mismas se fue a Lanjarón donde dijo que no había pasado el examen médico (versión que mantiene su vigencia) y que no había podido examinarse, con lo que al llegar octubre empezó Preu sin saber qué camino tomar, aparte del que llevaba con su amiga. Cuando el curso siguiente su padre le oyó decir que quería estudiar Filosofía y Letras lo matriculó en Medicina sin que él se enterara y así fue como empezó la carrera. Llegado a tercero y para evitar las prácticas se pasó a libre, adelantó curso y se casó confirmando aquello de que nunca digas de esta agua no beberé.

SALVATORE MALATESTA

sábado, 11 de enero de 2014

...Y TODAVÍA LA FUERZA DEL SINO

                         


Ha caído la noche. Los perros ladran  y ladran… El tintineo de algunas cencerras evocan la rumiación de las cabras. Una única luz, tenue, en la fachada de una casa de campo, solitaria. Con mi bastón avanzo desconfiado, pues uno de los perros, de noche, se torna muy agresivo. La noche esta densa y oscura. Una silueta aparece pegada, como esos dibujos sobre los cristales de las ventanas de Les Halles parisino, pero enigmática y expectante. Atenta a cualquier movimiento del exterior. Al acercarme a la casa, yo no puedo contener la angustia y cierto miedo al evocar la figura de una mujer perennemente tras los cristales de un lagar del arroyo Gálica, que en nuestros paseos dominicales, durante años, veíamos con miedo y perplejidad. Más tarde supimos que llevaba años esperando al novio que la dejó."La tia Juana enloqueció y ha pasado todo una vida detrás de esa ventana.”, nos decía un sobrino.
Nuestra protagonista tiene 35 años. Apenas abandona la casa familiar para ir al pueblo de compras o para llevar al médico a sus padres. Como en “Aguas para chocolate”, es la menor de  siete hermanos y  le ha tocado cuidar los años crepusculares de sus progenitores. Como el destino se alía, a veces diabólicamente, con las costumbres coercitivas, tuvo un novio y una relación feliz, se casaron y, aunque le habían adaptado una cuadra de la casa para ellos, "que su dinerito había costado,” se instalaron en la ciudad.  Poco tiempo después nuestra Tita estaba de nuevo, donde tenia que estar, en casa, con sus padres para cumplir su destino. Incógnita total. No se sabe qué ocurrió.
Han pasado varios años de soledad, silencio, frustración y trabajo en la casa y  con el ganado. Es una pastora bíblica.
 Por otra parte esa misma noche el único varón que aún vive en casa, ya había salido y volverá tarde, según la madre. “Cosa que viene haciendo casi todos los días. Ha debido encontrar alguna cosilla”. Es el que antecede a nuestra Tita en la fratría, pero su destino es  otra cosa, de hombre.
Hace unos meses el jefecillo de unos trabajadores de la autopista, de 55 años, separado, en  su ir y venir sedujo a nuestra protagonista. Que es guapa, discreta, atractiva y  en pleno esplendor, como mujer en la flor de la vida. Le costó obedecer las llamadas de su Deseo… y se fue con él. Su viveza natural le hace revolverse y soñar que puede  zafarse de su destino…pero volvió
Y otra noche, semanas más tarde,  atenta al guiño de su enamorado le siguió y convivió  con él un tiempo…; pero pronto, ¡ ay ¡,  de nuevo la fuerza del sino, y vuelta al hogar, dulce hogar.
Y los padres  con  gran regocijo lo celebran. Pocas preguntas.
El padre comenta:
- Ya ves, le lleva 20 años. Y a cuidar ya mismo un viejo haciéndoselo tó encima… ¡¡ A saber porqué está descasao y el pollo que está hecho. No habría tenido otra mujer que mi niña  desde Benamejí hasta aquí.!!
Entre felicitaciones por la vuelta y prédicas recriminatorias por lo que había hecho, nuestra Tita se debate en una pura dialéctica , conflicto de severa lealtad:  el destino contra su Deseo y éste contra aquél…y  el sino triunfa otra vez.
Un buen día, poco después, tras ayudar al ordeño, coge su coche y se refugia en los brazos de su amor. Dura unas semanas, vuelve. En la batalla personal sigue perdiendo el Deseo..
 Y así es como la otra noche en la fría cámara  de la casa espera pegadita a los cristales que venga a recogerla el dueño de su corazón; ahora la sutil coerción aprieta. Aplasta.   ¿ Será capaz de una nueva fuga?
 Pero, ¡ ay ¡, terrible decepción, no era él. Era yo… a por huevos.
 Cuál será “ la suite “ de la presente historia: ¿vencerá  el  tradicional destino o la viveza de nuestra protagonista?

 BIRLIBIRLOQUE 

sábado, 4 de enero de 2014

LUIS


                                               



Seguro que era verano porque yo estaba ocioso, y el recuerdo de Luis siempre va asociado a cielos luminosos y altas temperaturas. La historia se desarrolla en el jardín de la casa de mis padres y donde vivíamos toda la familia. No era un jardín enorme, pero si espacioso y lleno de flores y árboles frondosos. Adosado al jardín una enorme terraza de mármol blanco y desde donde se podía divisar toda la bahía de esta ciudad del sur del continente.
El jardín era además lugar de transito por donde inevitablemente se tenía que pasar para salir y entrar en la casa. La umbría y el paso de toda la familia   había hecho un surco en el césped y yo había puesto, `por encargo de mi padre, unas lozas de pizarra que nivelaba el suelo y hacia desaparecer la fea senda de los elefantes. En la valla de separación del derribo que lindaba al oeste, había un parterre plantado con multitud de calas y algunas rosas de   colores fuertes y pétalos grandes y luminosos. Justo delante de aquel parterre había un banco de madera y una butaca de mimbre donde habitualmente se sentaba Luis.
Luis siempre fue adulto, obeso y con una sola muda de vestir, unos pantalones blancos de lino y zapatos haciendo juego con la camisa igualmente blanca.  Cara gorda y con papada, llamaba la atención unos ojos inquietos y muy pequeños, que oscilaban en todas direcciones, como buscando no ser sorprendido. A veces se paraban y miraban algún lugar fijamente, entonces sonreía porque se sabía observado por mí.
La especial peculiaridad de Luis es que era hermano de mi padre, y mi padre era su referencia, igual que lo era para todos nosotros. Como mi padre estaba asociado siempre con libros, todos amábamos los libros y por supuesto Luis siempre llevaba un libro incorporado a  su sudado sobaco, y siempre el mismo, quizás porque no era muy grande y su portada estaba tapizada por un barniz que le daba una luminosidad que le debía llamar la atención, era Al faro de Virginia Wolf.
Como en mi barrio había pocos niños, pasaba mucho de mi tiempo cuidando de Luis, aunque no sabía que tenía que cuidar porque él se cuidaba con suficiencia. Quizás porque mi padre me dijo meses atrás, que cuando era niño, Luis se había caído de los brazos de su mucama y se había hecho daños en su cabeza, por eso había que ser cariñoso con él y cuidarlo.
Yo le hablaba, pero no él no contestaba a lo que le preguntabas, sino que decía alguna frase ajena a la pregunta, entonces me miraba y se reía. A veces me acercaba por detrás para darle un susto, y siempre me sorprendía, incluso cuando estaba con su libro abierto, libro que habitualmente sostenía en sus manos y se encontraba al revés. Después de contestarme algunas de sus lapidarias frases, ponía el libro delante de sus narices y continuaba largas horas moviendo los labios en su ignara lectura.
En la hora del almuerzo, le preparaban una mesita en la cocina y comía solo con mi  infantil compañía. Profundamente ordenado, nunca dejaba nada en el plato, y limpiaba hasta la perfección los cubiertos y platos. Después descansaba en la butaca de mimbre del jardín, con leves ronquidos que yo no terminaba de ver y oír, porque era la hora de la comida de mis hermanos y madre.
Por la tarde, cuando el sol comenzaba su declinar y era indefectiblemente las ocho en punto, con precisión que yo siempre dudé de donde sacaba, porque su reloj no tenía manecillas y siempre estuvo parado, se levantaba de la butaca, colocaba una larga tira de papel entre algunas páginas y colocándose el libro en su sobaco, se dirigía  de nuevo a la cocina para recibir su dosis de caldo con fideos y una naranja que pelaba de camino a la pensión donde pasaba la noche, a cincuenta metros de nuestra casa y siempre en mi compañía. Para despedirse me daba la mano y jamás aceptó que le diera un beso de despedida.
Murió cinco años después de forma fortuita en el incendio de un cine, lugar donde pasaba todas las tardes en los inviernos, viendo la misma película hasta cinco veces, con un pase que les proporcionaban a mi padre los dueños del cine que eran clientes de su clínica.



INDALESIO  Octubre 2013