viernes, 2 de septiembre de 2016

EL TRAUMATÓLOGO





Tenía la costumbre de recibir a sus pacientes tumbado en una cama amplia, de colchón duro y sin almohada. Siéntense, por favor, decía señalando unos sillones tipo calzador que se encontraban en el lateral del somier mientras doblaba el embozo de la sábana con la que se tapaba a pesar de estar vestido. Se ponía un gorro blanco de cirujano en un intento de conciliar la postura poco ortodoxa que adoptaba con el venerable oficio que profesaba. No era siquiatra sino traumatólogo por lo que al poco rato tenía que levantarse para realizar las exploraciones que ejecutaba con pericia, empezando la consulta propiamente dicha; eso sí, acompañado de una burocracia espesa que él mismo se encargaba de rellenar.
Había ideado gran variedad de tampones con los que imprimía el formulario más adecuado a cada caso. Escogía una de esas almohadillas de base amplia, la miraba con atención durante unos segundos, la empapaba de tinta roja y tras estamparla en el papel leía los epígrafes en voz alta dirigida al paciente. Después de la filiación recogía datos que a veces parecía que no tenían nada que ver con la medicina pero que él se encargaba de explicar. Si le pregunto que si va mucho al cine es por conocer el tiempo que permanece sentado, condición que se relaciona con las enfermedades de columna y si indago sobre lo que lee es por identificar su personalidad ya que los intelectuales suelen ser sedentarios. Después del pesado trámite se sentaba en una gran mesa a la que acudían varios ayudantes que entablaban una conversación ajena por completo al caso.
Como no creía que pudiera existir un médico tan extravagante acompañé a un amigo que tenía un problema de rodilla y todo ocurrió como se relata, hasta el punto de que una de las colaboradoras que me conocía me preguntó por mi familia como si estuviéramos en tertulia. La cosa se podía haber alargado si un paciente que esperaba fuera no asoma la cabeza por la puerta preguntando: ¿falta mucho? Ya terminamos contestó el doctor con un gesto de resignación como diciendo ¡qué le vamos a hacer! dirigido al nuevo cliente mientras continuaba con nosotros. No se puede uno entretener, la gente tiene prisa y luego pasa lo que pasa, se justificó. Nos despedimos después de que mi amigo abonara la suculenta minuta que fue recibida con alegría por el doctor que se colocaba el gorro al tiempo que se metía en la cama y gritaba ¡que pase el siguiente!

CIRANO

lunes, 22 de agosto de 2016

UNA MAÑANA , DOS ESCENAS







1ª Escena:

Sobre el mostrador de la farmacia, recostada, una señora, como su báculo al lado. Tal vez en la setentena y sobre el mostrador 8 envases de medicamentos. La señora manipula los envases acercándoselos un poco, al estilo miope, la mancebo le pide que se esté quieta: “ tiene en el ordenador por orden los envases y tiene que comenzar de nuevo”. Con un suspiro, algo ansioso, obedece.
Minutos después se reactiva, vuelve a querer identificar los envases, “este colorao no lo reconozco… y ¿ese pá que es?... ah, este pá la tensión…”
-¿Puede ponerme en cada uno pá lo que es?
La cola va aumentando, la señora ha pegado hilo, a continuación, con la mancebo y no advierte la cola…; ésta nos mira rogando compresión, “es que cuando viene necesita echar un ratito conmigo”
Ocho medicamentos, remedios precarios de la sola soledad... Algunos claramente “complacientes”: Diacepam Leo 2mgr que tal vez se pierda en la saliva…y es que la soledad de muchos ancianos ha encontrado consuelo en los medicamentos y en sus prescriptores y expendedores, ganga como no hay otra para los Laboratorios, problema de difícil “gestión clínica” y drama humano y social, muy penoso.

2ªEscena:

Playa de la Cala del Moral, otra señora, ochentona, de pié, junto a una silla, otea el lejano horizonte, por el que desapareció un día hace ya dos años su esposo. Se le ve erecta; de aspecto físico, bien.
Un aluvión de evocaciones: durante varios decenios recibió medicamentos, a varios de ellos psicodependiente. Biografía muy cargada de acontecimientos emocionalmente significativos, depresión crónica : latente, omnipresente, expresión sintomática de lo que se ha denominado “un enganche maligno” en el nivel de las relaciones de pareja…; he aquí otra medicalización, socialmente aprobada para enfrentarse a un conflicto grave de pareja, socialmente taponado, aguantado por cada uno a su manera. En ella, la fuerte “medicalización” (menuda angustia cuando retiraron el Mutabase, antidepresivo barato. Lo buscó por todas las farmacias de Málaga para que no le faltara.) En él, una muerte prematura…
Es la “medicalización “ del sufrimiento… con la bendición de todas las Instituciones.

BIRLIBIRLOQUE


sábado, 6 de agosto de 2016

ALGÚN HÁBITO LITERARIO

                                         

No me apercibí de que mi vida es una constante rutina, no mi vida social que esta ocupada por diversas actividades más o menos entretenidas, sino mis ocupaciones de desarrollo del conocimiento.
Me paré y senté en la butaca que tengo a la izquierda de mi mesa de trabajo, me había pasado por las entendederas las rutinas que cada día me ocupan y no me había dado cuenta de que todo es una consecución de repetición de hechos del mismo formato. Para no olvidar e investigar si eran miméticos de un día para otro, decidí someterlos a observación meticulosa, y resultó algo parecido a lo que describo para el lector.
Es una habitación tranquila y llena de libros, solo puede sonar el reproductor de disco en formato CD, quizás se acerquen a los ciento cincuenta y de música clásica. La construcción es de buhardilla con dos ventanas que solo abro en verano, por la temperatura. También uso la radio pero solo emisoras públicas y algo fundamental, que hablen poco.
Los libros están distribuidos por un orden peculiar, la mitad son ensayos, la otra mitad novelas. Estos dos bloques también tienen un orden, la zona de ensayos contienen libros de pensamientos, materialismo y teorías de la mente, la zona de novela contiene americana, francesas y españolas. En total puede haber unas quinientas novelas y unos trescientos ensayos.
Y ahora viene lo curioso, se los títulos pero no recuerdo el contenido de ningún libro. Así que desde hace dos años no compro libros nuevos, solo releo, siguiendo un orden aleatorio, por ejemplo he leído todo Pio Baroja y me he quedado de piedra porque me ha parecido un auténtico ladrillo, una vez leída una novela las demás mantienen un mismo ritmo y secuencia. He parado mientras escribía este cuento y he calculado que volveré a Don Pío Baroja dentro de diez años, eso si mantengo el buen ritmo de lectura como hasta ahora. Lo que más esfuerzos me cuestan son los ensayos, leo y releo ya varias veces las obras de Arthur Schopenhauer y cuando quiero saber algo genérico sobre el autor no recuerdo nada, absolutamente nada. Así que me agencié una libretilla y tomo nota, aunque me sirve de poco ya que me cuesta trabajo encontrar las anotaciones oportunas. Decidí pues, continuar las lecturas de forma alternativa y me relajé disfrutando de lo que en cada momento leía, y vive Dios que me ha sido de gran utilidad, en ese momento que leo siento un gran placer en esa lectura, hasta que paso la hoja y me enfrento con la siguiente página. Alguna vez que he perdido ocasionalmente la referencia, me paseo por todo el libro y no puedo saber en que pagina estaba, pero da igual busco una página de número par y vuelvo a leer. Con un poco de música y mis letras soy feliz

INDALESIO Enero 2016  

sábado, 25 de junio de 2016

PAPEL Y LÁPIZ




El hombre despierta de la siesta y empieza a buscar algo que ha soñado que ha perdido. Con esa preocupación olvida lo que tenía que hacer al despertarse que era ir al médico. La imagen onírica suplanta la realidad hasta que encuentra lo que había perdido en el sueño. Se trata de una reliquia de sus antepasados que guarda en un armario dentro de una caja de taracea. Al abrirla sale una pequeña araña que le pica en la mano. Asustado tira la caja al retrete y hace funcionar la cisterna. Su mano se hincha y duele por lo que va a urgencias. Cuando saca la documentación encuentra la cita a la que ha faltado. En recepción se lo recuerdan pero miente diciendo que no ha podido acudir a causa de la picadura. Le inyectan urbasón y le proponen colocarlo al final de la lista de la consulta programada pero se acuerda de que ha tirado algo de mucho valor y sale corriendo hacia su casa con tan mala suerte que lo atropella un coche. Él dice que no es nada pero lo obligan a volver a urgencias donde después de atenderlo le informan de que todavía está a tiempo de asistir a la consulta programada. Como ha olvidado el episodio de la caja accede a sentarse en la sala de espera. Allí conoce a la mujer de su vida con la que se casa. En el sueño trataba de buscar la caja con el recuerdo de familia para regalárselo a la mujer que había conocido en la consulta. Mete la mano en el bolsillo y encuentra la caja pero no se atreve a regalársela por si contiene otra araña o incluso la misma que le ha picado. Se mira la mano y ve que ya ha sanado o que nunca tuvo nada. La mujer con la que va a casarse es su mujer que está impedida en casa. Vuelve corriendo porque está sola y la encuentra muerta. La araña le ha picado en la cara y ha anidado en el pelo. Intenta acercarse pero la araña que es monstruosa se eriza dispuesta a saltar sobre él. Retrocede con cuidado hasta la puerta por la que sale; tras cerrarla con llave va a la policía donde lo cuenta todo. Una patrulla lo acompaña y encuentran a su mujer malherida en el suelo. Lo detienen sin dar crédito a su historia y lo meten en el calabozo. Se queda inmediatamente dormido y sueña que ha ganado una prueba de atletismo en una olimpiada por lo que se pone a dar saltos. En uno de ellos cae de la cama y se parte la nariz. Se levanta como puede y se arrastra hasta el salón de su casa porque no estaba en comisaría. Empieza a reflexionar sobre lo sucedido apuntando los hechos en una libreta: soy viudo desde hace diez años, vivo solo en una barriada obrera sin asistencia. Mi familia siempre ha sido pobre. Nunca he tenido una caja con una joya y lo que soñé antes es falso. Ni me ha picado una araña, ni me ha atropellado un coche, ni he estado en un hospital. Soy aficionado a la literatura y desde hace unos días escribo mis sueños. Nunca releo lo escrito porque no lo entiendo. Lo hago para entretenerme. De pequeño quería ser médico pero me obligaron a ser escritor y he fracasado. Durante muchos años me ocupé de la página de sucesos en el periódico local y solo se me ocurren ideas macabras. Con la pensión voy tirando pero tengo la vista cada vez peor y no pienso ponerme gafas. Si tuviera un ordenador podría ver películas porno como mis amigos. Menos mal que me queda papel y lápiz.

CIRANO

martes, 7 de junio de 2016

TRISTEZA INCOMODA






Llevo meses jubilado, nada enturbia mi situación, solo que desde hace unas semanas me siento profundamente triste. Por colocar mis sentimientos diré que jamás me he sentido triste, mi situación personal es buena tanto social como económicamente, y que nada me afecta para sentirme mal, aunque siempre tengo una pequeña tendencia a cultivar el sentimiento trágico de la vida. Algunos amigos me avisaron de que escribía hechos tristes y demasiado dramáticos y tanto presionaron que intente cambiar esa tendencia. Me encontraba incomodo, pero trabajé duro y algo pareció corregirlo, hasta que progresivamente me deslicé a los tiempos en positivos y optimistas. Pero sinceramente no me gustaban los relatos, me parecían banales y vulgares e incluso perdí interés en lo que escribo, así que fui poco a poco abandonando la escritura y me dejé crecer la barba.
Me miraba al espejo y fui notando unas ojeras intensas y de color oscuro, los ojos glaucos y la piel con descamación seborreica que no mejoraba con la limpieza. No le dí demasiada importancia hasta que comencé a sentir un severo estreñimiento, jamás había ocurrido en mis hábitos las dificultades en mi tubo digestivo, pero aquello parecía serio porque a duras penas se corregía con laxantes y con fibras y comencé a sentir preocupación.
Como todo buen ciudadano tengo una hermana conocedora de problemas sanitarios, le llamé y le conté algunos de mis síntomas, sin dudar me recomendó hábitos alimenticios y una sustancia para la limpieza de los intestinos. Aquello no mejoraba y cada día me sentía más constipado y con mayores dificultades, así que decidí tomar una determinación, o me ponía en manos de un médico a pesar de la pereza que me daba, o bien acababa con mi existencia por el camino más corto. Recordé las recomendaciones de los amigos que me aconsejaban no tomar decisiones vitales demasiado exigentes y dramáticas, pero estaba cansado y asustado con ese tema y quería acabar con aquella situación, así que tenía que tomar una decisión, ya.
Evidentemente no tomé la decisión más trágica porque sino no estaría contándolo, fui al médico que tardó en recibirme una semana, me pidió unas pruebas clínicas que tardaron otras dos semanas y cuando las miró ya me encontraba profundamente asustado y daba por hecho que lo mio solo tendría solución quirúrgica. Pero no, nada me había atacado, solo un colón espasmódico por un cuadro compatible con una alteración depresiva de origen no filiado. Salí de la consulta desconcertado y algo más reconfortado sujetando las pastillas de los nervios, pero sabía que aquello solo era el principio de una larga cadena de malas presencias clínicas, porque ya he cumplido los setenta años.
INDALESIO Octubre 2015


viernes, 20 de mayo de 2016

JODIDOS EXPERTOS





No hace mucho que un famoso editor amigo mío que, además, me debe su posición porque fui quién le proporcionó los medios para hacer carrera, me colocó en una coyuntura endiablada de la que no salí nada airoso, situación, por otra parte, no extraña en mi. Había terminado una novela que consideraba pasable. Sabía que no era una obra de esas que arrastran masas, pero creía que merecía la pena publicarla y con esa intención acudí a mi deudo y amigo. Como había confianza no necesité pedir cita. Me presenté en su oficina con el cartapacio y sin entretenerme con la secretaria asomé la cabeza por la puerta del despacho de ejecutivo y le dije: estoy ahí fuera, cuando tengas tiempo me avisas. Inmediatamente la secretaria recibió una llamada para que me pasara a un despacho privado en el que se personó mi amigo para preguntarme si era algo urgente. Le dije que no tuviera prisa. Me entretuve releyendo algunos párrafos que me afianzaron en la idea de la bondad de lo escrito.
Cuando tuvo un claro volvió al despacho donde le presenté la obra a mi manera, sin demasiados preámbulos. Aunque sabía que yo era aficionado a la escritura quedó un poco sorprendido antes de decirme: esto se publica de todas, todas; pero para saber qué terreno pisamos le voy a dar curso normal para que la valoren los expertos y nos digan cual es su porvenir. Cuando oí la palabra experto me recorrió el cuerpo un escalofrío como si me hubiera tirado a una piscina helada en el mes de enero. No hay cosa que más me inquiete que un experto. No creo que sean una categoría profesional sino una condición. Esa gente que asume saber lo que el público quiere, sacará conclusiones ojeando el tipo de letra, registrando algún adjetivo suelto o comprobando si el texto empieza por vocal o por consonante.
A los pocos días se presentó en mi casa a la hora de almorzar y en la sobremesa me sacudió con su propuesta: la editorial te ofrece doscientos mil euros por la novela con la condición de no publicarla. No es que sea mala ni que deje de serlo, me animó, pero los entendidos han pronosticado que no es oportuna. Sumergido en la marea alcalina producto de la digestión me remonté varias generaciones en la familia de los sabihondos poniendo especial énfasis en la línea materna y le dije que la casa se podía meter los doscientos mil euros por donde le cupiera. O mejor, rectifiqué en un alarde de reflejos, te cojo la palabra. Con ese dinero voy a publicar la novela por mi cuenta. Eso no es posible, me contestó, si te damos el dinero la propiedad intelectual pasa a la empresa. Entonces no quiero el dinero, pero sigo con la idea de publicarla por mi cuenta. No lo hagas, me aconsejó, vas a fracasar. Y fracasé.

CIRANO

lunes, 2 de mayo de 2016

LA RECOMPENSA








Hace años que dejé la política, solo me interesaba acabar con las secuelas de la Dictadura, y después de algunos años me di cuenta que tenía raíces profundas y que se podía modificar las formas pero no el fondo. También fui consciente que la cuestión ideológica se había convertido en foro de charla filosófica para los eruditos, pero para nada en herramienta para modificar la sociedad, así que decidí abandonar el compromiso político.
Bien es verdad que tenía medios profesionales para mantenerme, pero el oficio se olvida y volver a ponerse al día no es fácil y lleva su tiempo, y mis necesidades son perentorias, cada mes necesitó dinero para mantener la casa y sus habitantes.
Como el tema es delicado y con mi mujer es imposible compartirlo por su actitud intolerante, decidí preguntar la opinión al que había sido mi responsable político y hombre allegado a la dirección del partido. Con mucha discreción me hice el encontradizo con José Luis, era el responsable político de mayor rango con el que tenía relación y un cierto grado de confianza para consultar lo que me preocupaba. Sabía que tomaba café diariamente en una cafetería de lujo en el paseo marítimo y allí llegué. Entré con cara de distraído y giré mi cabeza en ambos sentidos hasta que le localicé, sin dudar me dirigí donde se encontraba y le saludé, retiré la silla y sin preguntar nada, me senté. Me miró en hito y dejó la prensa sobre la mesa. Charlamos un rato sobre algunas actitudes del partido en los últimos tiempos, hasta que vi que comenzaba a sentir incomodidad, entonces le quité la palabra y le largué mi reclamación, necesitaba ingresar dinero para vivir. Haciendo gestos con las manos, me dijo que a nivel personal nada podía compartir, y que el partido nada tenía que ver conmigo por mi abandono de pertenencia. Le argumenté que nunca se había abandonado a un compañero sin cierta cobertura de todo tipo, tanto económica como social, y que yo podía dar nombres. Aquello le produjo cierto impacto y fijo sus ojos en los míos, yo le di a entender que no era una prueba de fuerza sino una constatación de hechos habituales.
Realmente no esperaba nada de él ni de ningún otro y sabía que lo que hiciera sería cosa mía y del esfuerzo de mi familia, pero sentía cierta angustia y urgencia para saber planificar mi futuro, y más después de haber dedicado más de quince años a labores del partido.
Vi como sacaba una agenda y arrancaba una hoja, metió la mano en el pecho y sacó un lapicero, garabateo algo y me lo dio, después cogió la prensa y siguió su lectura. Leí una dirección y el nombre de un despacho de abogados, le miré y entonces comentó que allí me darían trabajo y remuneración durante una año. Me sentí ofendido y extrañado y con ganas de mandarlo a la mierda, pero las necesidades eran mayores que mi orgullo, así que di la vuelta y salí de aquel lugar odioso.
Nunca fui al despacho donde se traficaban influencias y nunca recibí apoyo alguno, salí adelante con mi esfuerzo y con el apoyo individual de la familia, como es lo común hoy día. Pero cierto día, recibí la llamada de un amigo que me pedía ayuda para recoger unos muebles de un despacho que desmontaban, presentí algo que confirmé cuando me dio la dirección y con animo renovado me presenté con el amigo al despiece del lugar. Todo estaba allí y por cierto bien archivado, cuando llevaba una hora con aquellos documentos en las manos, salí sin despedirme de mi amigo que continuaba hurgando en las pertenencias, iba indignado por el número e importancia de las personas que habían recibido ayuda del principal partido de la ciudad. Como llevaba algunos documentos de alto valor político me dirigí con celeridad al juzgado de guardia. Puse la denuncia en la Comisaria en primer lugar y después me recibió el Juez de Guardia. Pasé directamente al calabozo por orden del juez y los documentos nunca aparecieron, fui condenado a tres años de reclusión y al abono de quinientos mil euros por allanamiento de morada y por ataque al derecho del honor.
Solo mi familia esperó, pero quedó una profunda huella en mis sentimientos, cuando salí ya era mayor para cualquier lucha.

INDALESIO Octubre 2015



jueves, 14 de abril de 2016

BAJO SOSPECHA






No a todo el mundo le interesa disputar para conseguir objetivos lustrosos, o lo que es lo mismo, no todos los humanos son ambiciosos. Rodolfo Malvasía, desde luego, era uno de esos. Había enfocado su existencia hacia la serenidad, procurando, eso sí, cumplir con las obligaciones cívicas derivadas de la condición de ser vivo. Entendía que la evolución es un proyecto colectivo dirigido a la mejora de la especie, esa punta de lanza de la vida, en el que había que implicarse para ayudar al progreso, auque lo que él entendía por progreso no coincidiera con lo que daban a entender los dirigentes del planeta. Pero en lo referente a la parcela privada procuraba no buscar ni acumular eso que se conoce como éxito. Se encontraba conforme con su condición personal sin reclamar algo distinto de lo que le había tocado en suerte ni creerse con más derechos que los que le correspondían. Su objetivo era ser feliz o acercarse a un estado lo más parecido a eso. No empujaba ni quería ser empujado, pero para mayor tranquilidad, procuraba aportar a la sociedad más de lo que ésta le exigía legalmente.
Como conocedor de ciertos conceptos termodinámicos sabía que el futuro es la entropía. Con ese porvenir por delante estaba seguro que no había que esforzarse por sobrepujar al destino. El objetivo era mantener un estado estacionario satisfactorio, gestionando con acierto las pequeñas recompensas que ofrecía la realización eficaz de las ocupaciones diarias. Por eso cuando el viernes por la tarde, después de aparcar el auto en el sótano de los grandes almacenes donde solía adquirir comida, vio en un rincón un carro de la compra con una bolsa de cuero medio abierta, se dirigió al vigilante de seguridad para informar de lo que entendía era un olvido. El guardia, contrariado por el aviso que lo dejaba en evidencia, contestó, algo mohíno, que iría a inspeccionar. Pensando, al ver la reacción displicente del agente, que quizás se había extralimitado en su celo social, Rodolfo se dedicó a recorrer los pasillos entre los estantes repletos de productos superfluos, disfrutando como Sócrates, de la cantidad de cosas que no necesitaba. La abundancia es un reclamo para personas inseguras que creen llenarse de contenido al llenar el carro, pero a él no le apremiaban estas compensaciones. Hizo su trabajo con profesionalidad eligiendo lo que tenía previsto. Cuando estaba en la cola esperando pagar lo seleccionado, se le acercó el empleado de seguridad al que había alertado, para pedirle que lo acompañara al despacho del jefe en donde encontró a la plana mayor de la policía, encabezada por un comisario al que conocía de niño. Después de saludarse con rapidez, agentes de la bofía considerados expertos, le hicieron algunas preguntas sobre si había observado algo sospechoso a las que contestó que no. A renglón seguido le informaron que había descubierto una bomba recién colocada, tanto que quien dejó el paquete no tuvo tiempo de dar la señal de alarma como acostumbran en estos casos. Como no había tiempo que perder, su amigo le dijo que volverían a hablar pero que ahora lo que procedía era evacuar el edificio. Sin coger el coche ni la comida se escabulló para pasar desapercibido porque lo que más temía era verse en las garras de la prensa sensacionalista. El asunto se resolvió sin mayores complicaciones. Empezaba la temporada de verano, vivía en una zona turística del litoral y, como todos los años, los fanáticos intentaban asustar primero y pasar el cepillo después, algo que habían aprendido durante su periodo de formación como monaguillos. Rodolfo no fue identificado ni molestado, se le agradeció su servicio y se le mandó la compra gratis a su domicilio. Ni siquiera tuvo la debilidad de pavonearse en el trabajo porque prefería el silencio al ruido cutre de una pasajera fama local. Se consideró un miembro útil de la comunidad a la que había servido como debía.
Cuando el sábado subía con la bicicleta un carril empinado que cruzaba vegas siguiendo el cauce seco de un arroyo, el recuerdo de su aportación al bienestar común le daba fuerzas para pedalear. Como se iniciaba la estación calurosa había salido temprano bien provisto de agua que consumía a su debido tiempo, anticipándose a la sensación de sed como mandan los cánones. A eso de las doce se paró para orinar debajo del puente de la autopista. Estaba comprobando el color y la densidad del chorro, que hacía un pequeño hoyo sobre el polvo, para sacar conclusiones sobre el grado de hidratación con el que terminaba el entrenamiento, cuando vio un artefacto que le pareció una bomba a la espera de explosionar. Los cables de colores, la olla en donde estaría la metralla, la pequeña caja negra de plástico que supuso era un interruptor lo convencieron de que aquello era otra advertencia de los terroristas. Se apartó un trecho y llamó a la policía. Al momento varios coches patrulla organizaron un monumental atasco al cortar el tráfico de la autopista mientras era interrogado por su amigo. ¡Qué casualidad! Esta vez le fue más difícil escabullirse. En un coche de atestados con la bicicleta apoyada en el capó, lo interrogaron a conciencia antes de dejarlo partir con disimulo para evitar la prensa. Cuando se alejó del bullicio volvió a subir en la bici pensando, harto perplejo, que alguien podía estar espiándolo porque sentía como si le echaran el aliento en el cogote. Comentó el suceso en casa con cierta preocupación recordando que las preguntas que le hizo la policía no eran tan de trámite como las del supermercado.
El domingo se levantó temprano para hacer una pequeña excursión a un monte cercano a su casa. El recorrido era pintoresco una vez superada la primera parte del camino que llevaba, en medio de basura y escombros, hasta un trasformador eléctrico. A partir de ahí arrancaba una ruta que trascurría entre una arboleda de coníferas arropada por monte bajo, chaparros, sabinas, enebros y madroños espesos. Iba ensimismado sorteando los trozos de yeso, ladrillos rotos y enseres domésticos desechados cuando al llegar a la altura del trasformador descubrió lo que sabía con seguridad que era otra bomba. Nada más verla echó a correr hasta perderse en el bosque donde empezaba el camino amable. Supuso que ya era demasiado descubrir artefactos homicidas por lo que consideró continuar el paseo como si no hubiera visto nada, pero a medida que ascendía empezó a contradecirlo el sentido de la responsabilidad. La policía, que estaba seguro de que lo seguía, podía haberlo visto husmear en la trampa por lo que llegaría a la conclusión de que había ido a inspeccionar. Por otra parte le preocupaba que si aquello terminaba explotando podría dañar a alguien ya que la ruta era transitada los domingos por familias que sacaban a pasear a su niños o al perro. Así que en un claro donde encontró cobertura para el móvil llamó a la policía.
Rodolfo hacía tiempo que había hecho profesión de humildad sacando partido de lo que la vida le había enseñado. Sabía donde estaba, de donde venía, quien era, cual era la playa donde lo había arrojado la marea, todo lo que se necesita saber para adoptar una postura sensata, alejada del mundanal ruido, procurando no solo no provocar la envidia de los dioses, sino, sobre todo, evitar el rencor de sus colegas. Esta salida a la superficie a causa de la casualidad lo sumió, nada más dar noticia de su último descubrimiento, en un estado de preocupada reflexión. Ahora le iba a ser muy difícil explicar su recorrido que iba, no como el de las abejas de flor en flor, sino como el de los energúmenos, de bomba en bomba. El sábado le había costado trabajo convencer a la policía de su inocencia, ahora debía evitar que lo ablandaran de entrada en cuanto lo reconocieran. La policía se rige por reglas muy simples una de las cuales defiende que todo, en general, puede ser una pista y que la falta de motivos ya es en sí mismo una línea de investigación sólida. Esta vez tendrás que venir a comisaría para un interrogatorio en regla, le dijo su amigo atusándose el bigote en una actitud muy alejada de las carantoñas que intercambiaban cuando eran juveniles. El comisario era un tipo presumido de los que creen que el bigote es un atributo varonil que hace atractivo a quien lo porta. Tocarse el bigote con gesto serio era como decirle a su interlocutor que le estaba tocando las pelotas, por decirlo en el lenguaje cómodo en el que se expresan los guardianes del orden cuando creen dominar la situación. Los interrogatorios en regla, como las tormentas que se presentan con un airecillo agradable, pueden empezar con preguntas amables, pero terminan arrasándolo todo. También es una norma policial sospechar más del que no aporta nada que del que desembucha. Rodolfo no pudo dar el más mínimo dato sobre la campaña del miedo que la banda había programado para ese curso, tampoco sabía nada de artillería, no recordaba en que cuerpo había hecho la mili, no sabía lo que era un detonador y ni siquiera conocía la fórmula de la pólvora. Lo más cercano a la química belicista que pudo contar fueron los recuerdos sobre unos juegos peligrosos que hacían de chicos con latas rellenas de carburo que salían disparadas como cohetes al añadirle agua. Una vez, les contó a los policías en plan distendido, que no acababa de explotar una, se acercó el experto a ver lo que pasaba en el momento en el que al artefacto le dio por reaccionar saltando con fuerza hacia la ceja del pirotécnico. Como el juez también quiso indagar en el asunto (la mentalidad de Rodolfo nunca había comprendido que hubiera personas que se ofrezcan para dirimir, además de sus asuntos, los conflictos ajenos y creyéndose capaces de saber donde está la verdad) fue llevado a los juzgados en calidad de testigo, ya que no había datos para imputarlo. El lenguaje que utilizó el señor de la toga fue menos coloquial que el que utilizaban los policías que intuyeron en seguida que aquello era un pozo seco. Si a uno lo acusan de sospechoso de sabio no corre más peligro que las zancadillas que le pondrán los necios, pero ser sospechoso de colaboración con banda armada te coloca en una situación en la que todos tus detalles, tus gestos, tus silencios son dudosos. Con rostro serio, asustado, respetuoso, respondió a lo que se le ocurrió preguntarle el señor de la verdad que no tuvo más remedio que dejarlo en libertad o más bien echarlo a los pies de los caballos porque le hizo salir por la puerta principal de la audiencia.

CIRANO

martes, 29 de marzo de 2016

PATOGENIA MIMETICA






Aquella mañana salí de mi domicilio con precipitación, quería hacer una gestión en el banco antes de incorporarme al trabajo. Me dio pereza coger el bus y saqué el coche del garaje para hacer el desplazamiento. No fue fácil encontrar aparcamiento, al fin lo encontré en zona azul y golpeé el frontal con la bola de remolqué del coche de delante. Me enfadé y juré en arameo porque no me gusta tener el coche abollado y más este golpe que con seguridad precisará cambiar todo el frontal y guardabarro delantero. Mientras sacaba el tique en la dichosa maquina expendedora apareció un tipo grande mal encarado con solo camisa blanca que se dirigió a mi en tono amenazador porque había arañado su preciosa bola de remolque. Tuve que pedir disculpas porque sacó todo su plumaje y me amenazo agarrándome por el cuello. Después de varios insultos y de comprobar que no tenía nada anormal en la bola de remolque, me soltó y desapareció no sin antes amenazarme con el dedo indice acusador. Cuando me recompuse me dí cuenta que el vigilante de la zona azul estaba apoyado en el capo de un coche contemplando el abuso del anormal que me había amenazado, le pedí apoyo como testigo pero se giró y desapareció negando con la cabeza, como le llamé cobarde se volvió y tuve que salir por pies porque tenía intenciones aviesas.
En la puerta del banco me encontré con José Luis, me miró con ojos tristes y boca reseca, llegué a preguntar que le pasaba antes de que se desmayara en mis brazos. José Luis es un magnifico amigo desde hace años y jamás había padecido de enfermedad alguna. La ambulancia llegó en pocos minutos y se lo llevó sin permitirme le acompañara. Llamé a su mujer y le conté lo sucedido, ella me dijo que iría al Hospital en breves momentos. Angustiado realicé las gestiones en el Banco, y salí bastante cabreado porque había perdido una cantidad importante de dinero. Cogí un Taxi y me fui para el Hospital, cuando llegué José Luis y su mujer salían de urgencia. Me contaron que estaba siendo tratado de un proceso autoinmune con medicación muy fuerte, que le producían estas crisis de mareos y bajada de tensión con diarreas incoercibles.
Cuando quise darme cuenta eran las 13 horas y al llegar al trabajo sentí que algo pasaba y en efecto recibí una buena bronca, que me hizo sentirme mal.
Los tres días siguientes tuve fiebre y permanecí en cama, el médico me prescribió reposo, comida ligera y medicación sintomática. Cada dos horas tenía una crisis de diarrea que me dejaban sin fuerzas.
Llamé a José Luis para preguntarle como se encontraba, me dijo que llevaba malo dos meses y que parecía que había comenzado a mejorar, pero que estas enfermedades raras se comportan de forma extraña y caprichosa. Busqué en la tablet información sobre la enfermedad y para mi sorpresa todos los síntomas eran coincidentes con los míos, así que decidí que yo también la padecía. Me internaron en la Clínica y comenzaron hacerme pruebas, pinchazos en las venas, invasión de tubos por boca y ano , y un sin fin de cabronadas que resultaron todas sin alteraciones. Cinco días después me dieron el alta.
Dos semanas después me llamó José Luis para agradecerme la ayuda en su enfermedad y para decirme que estaba curado del proceso que los médicos llaman Síndrome de Zelig, que le contagió un muy amigo suyo, que padecía los mismos síntomas y que él lo había mimetizado como suyos. Una vez que el paciente lo entiende desaparece la clínica y esta curado. Le agradecí su información y quedamos para almorzar juntos.
Cuando comprobé la información en Internet sentí como mis tripas sonaban con un ritmo distinto y dejé de sentir espasmos cólicos. Tres días después ya ni me acordaba de mis dolamas.

INDALESIO Octubre 2015



sábado, 5 de marzo de 2016

PRIMERA ESCAPADA







Dedicado al amigo del alma
y de travesuras Manolo Vargas
que seguro no se habría rajado
como otros”.
Una tarde luminosa de octubre cuando jugábamos al futbol en el campo de la Fides Bubi y yo con Pirri el que fue jugador del Real Madrid y de la selección española, apareció el director Don José Burgos cargado de autoridad y de malafollá. El juego era fuerte porque Bubi, bastante mejor que Pirri y, por supuesto que yo, se las tenía con el profesional que picado mostraba el carácter que más tarde lo identificaría con la furia española. Poco amigo del deporte varonil que practicábamos el Burgos bajó al terreno de juego, cuando vio que ni por gestos ni con gritos le hacíamos el menor caso, para amonestarnos o, quien sabe, para castigarnos. Sin darle opción a una cosa ni a la otra salimos disparados cuando lo tuvimos lo suficientemente cerca como para que nos pudiera echar mano. Después de unos cuantos regates de cachondeo nos largamos gritando ¡Pepe Burgos bribón! sin que esto sea una de las hazañas que más me enorgullecen de mi etapa de mala vida.
El caso es que alejado el peligro vimos como el ofendido director se dirigía a mi casa con toda la furia a cuestas, lo que hizo replantearme el horario de vuelta al hogar que ya iba más que apurado. A mi casa tampoco podemos ir, razonó Bubi como si tuviéramos donde escoger mientras bajábamos por Martínez de la Rosa siguiendo los pasos del docente al que vimos acudir decidido a darle el disgusto a mis padres. Ante la inminencia del desastre empezó a bullir la idea de emprender una escapada a Almuñecar donde decía haberse echado novia ese verano el Bubi. A mi que me atraían las ideas disparatadas más que una huerta de membrillos me pareció una salida brillante que merecía ser compartida con otros compinches del barrio. Para que luego no dijera que no contábamos con él llamamos al Julito desde la acera de enfrente con el característico silbido y a los dos minutos lo teníamos a nuestro lado. Me acuerdo como si fuera hoy que nos dijo muy avergonzado que no tenía motivos para irse de su casa (como si nosotros los tuviéramos) y que lo sentía mucho pero que no se escapaba con nosotros. Disminuido en su autoestima y en la nuestra lo dejamos antes de salir hacia la Redonda en busca de la mar.
Anochecía cuando pasado el fielato pudimos subirnos a un camión renqueante que nos sacó de Granada, superó Armilla y tomó la cuesta del Suspiro sin titubear. Confiados en que nos llevaría por lo menos hasta Motril nos acomodamos entre los bultos y ya hacíamos planes de vigilancia cuando el conductor sin parar el vehículo que subía jadeando lo que el moro subió llorando se asomó al cajón y con más sorna que enfado nos mandó bajar ¡Ya mismo!
Enseguida nos colgamos a otro camión más potente al que alcanzamos dadas nuestras excelentes condiciones físicas y cuando ya subíamos a la caja el canalla levantó el volquete dejándonos en tierra cansados y maldicientes. Sin desfallecer lo volvimos a intentar y nos volvieron a desmontar. En esos tiempos se robaba a los camiones por el mismo procedimiento que nosotros usábamos: subía el caco más ágil y lanzaba a la cuneta lo que consideraba que pudiera ser vendido, que prácticamente era todo, para que lo recogiera el compinche. Aunque nuestras intenciones eran otras tuvimos que soportar la dureza de la carretera en las postrimería de los años amargos del hambre. Como a la tercera va la vencida decidimos seguir a pie hasta donde nos llevara el diablo que fue Dúrcal a eso de las tres de la mañana y con un frío que pelaba. Como salimos con lo puesto sin otro abrigo que un jersey de entretiempo sobre una camisa de manga corta debido a que por aquellos entonces hacíamos gala de no tener frío aunque nos heláramos por dentro, la tiritera se podía oír con las persianas bajadas. Derrotados pero no vencidos, con hambre y frío pudimos refugiarnos en un corral al que entramos a tientas tras abrir la puerta con engaño.
Más tarde he sabido que la fermentación bacteriana que se nutre del estiércol desprende calor. Aquella noche lo experimenté en propia carne. Nos acurrucamos sobre lo que creíamos ser un mullido colchón y echamos un sueño hasta las primeras luces con las que despertamos y vimos la realidad de la cama que no era otra que un puñado de boñigas frescas. A la salida del pueblo conseguimos que un camionero nos dejara viajar en el portante hasta Vélez de Benaudalla donde nos despedimos helados y hambrientos pero animosos.
Como sospechábamos que se habría iniciado la búsqueda evitamos las vías principales y nos dejamos ir por el azud donde fuimos entrando en calor con el sol y con la fruta que cogíamos con la habilidad adquirida en los hurtos a la huerta de la Petra y aledaños. Por primera vez apreciamos que la formación salvaje del barrio no había sido en balde y como suponíamos, al hacerse tarde en nuestras casas los padres se movilizaron. Acudieron a Julito quien cantó de plano haciéndose el santo. También en esto el instinto de mangantes que tanto habíamos entrenado nos enseñó el buen camino. Que fueron unos montes interminables, agotadores que nos hicieron sudar la gota gorda hasta aparecer por las playas de Salobreña donde nos dimos un baño redentor que disipó al menos del cuerpo el fuerte olor a vaquería que ya dábamos por nuestro.
Y como cuando las cosas empieza a ir bien siguen bien, aseados y húmedos porque como es natural no llevábamos toalla, hicimos auto stop con éxito hasta nuestro destino a donde llegamos a media tarde. Como Bubi tenía cinco duros nos compramos sendos bollos y dos latas de atún en una tienda por la que ya habían pasado los sabuesos en nuestra busca y desde donde tardaron na y menos en dar la alarma. No habíamos terminado de comer los mejores bocadillos de nuestras vidas cuando llegó la pareja pidiéndonos el carnet de identidad. Como si la prisa con la que salimos nos hubiera permitido, ni por asomo, pasar a recoger la documentación. Entonces tenéis que acompañarnos al cuartelillo, nos dijeron sin darnos tiempo a pensar en una fuga. No nos encadenaron pero nos separaran de manera que no pudiéramos coordinar la carrera en la que habríamos dejado tirados al par de gordos que nos conducían.
En el cuartel estaban nuestras madres echas un mar de lágrimas sobre todo la del Bubi que siempre fue algo histérica. Nos soltaron sin dar parte para que todo quedara en pelillos a la mar y sin antecedentes. Habían venido en un taxi desde Granada y nos adelantaron en algún tramo del trayecto sin lograr localizarnos, algo que nos halagó. Durante el tiempo de búsqueda y captura para aprovechar el viaje al máximo, el taxista había comprado una caja de chirimoyos que colocó entre las banquetas donde nos tumbamos Bubi y yo. Tan a mano estaban que nos comimos unos cuantos de postre antes de quedarnos fritos.
En el trayecto de vuelta contaron las madres el enfado de Don José Burgos al que habría que ir a dar la cara y el chivatazo de Julio que fue puesto como ejemplo. Al llegar a Granada se descubrió la merma de chirimoyos que hubo que reparar y cada uno recibió lo que de sobra merecía. La escapada, como es natural, fue muy comentada entre deudos y amigos, lo que vino a ensanchar la leyenda negra que perseguía a los niños del barrio. En mi cumpleaños alguien tuvo el humor de dedicarme el disco del emigrante interpretado por Juanito Valderrama que mis hermanos tarareaban para mortificarme. El objetivo principal del viaje que era ver a la niña no se pudo cumplir por la interferencia de los poderes establecidos, pero quedó pendiente para un segundo intento que terminó todavía peor que el primero y del que se dará cuenta a su debido tiempo.

CIRANO

viernes, 19 de febrero de 2016

TULLIDO





Pasaba consulta dos días en semana y nunca veía más de diez enfermos. Me entretenía además de arreglar los entuertos del cuerpo, sondear los fracasos del alma, y muchos fueron mis amigos y me lo agradecían.
Una mujer, clienta habitual, me trajo una tarde una bolsa con un contenido que no tuve la curiosidad de ver, a pesar de ser una descortesía, hasta haber terminado de asistir a todos los pacientes, pero lo agradecí con efusión y se me quedaron sus palabras que acompañaban el encargo, “Esta representación esta llena de historia, ya me dirá usted” Cuando terminé la consulta me fui a casa sin abrir ni saber cual era su contenido.
Dos días después lo saqué de la bolsa y le quité la protección, era un precioso cristal pintado. La forma ya me llamó la atención, ovalado y asimétrico en su ecuador, llevaba un cordel en la parte superior para colgarlo, como así hice. Le miré con ojos de poco interés, era un motivo religioso, pero lo colgué en la sala de mi despacho, junto a otros cristales pintados, pinturas por la que sentía una gran atracción.
No recuerdo con exactitud cuanto tiempo pasó para que analizara con detenimiento el motivo del cuadro, se que sería un día en que falló un paciente y se quedó media hora libre. Instintivamente me coloqué delante y me puse a mirar con detenimiento las imágenes.
Indudablemente era una imagen de Jesucristo, de frente y quizás en levitación, estaba coronado de espinas y llevaba una bandeja en su brazo izquierdo con unas monedas doradas, portaba una túnica con flores bordadas en hilos de oro.
Unos perros, quizás tres saltaban en derredor de sus pies y tobillos. El fondo era oscuro y se perfilaba la silueta de unas montañas. Llamaba la atención una serpiente debajo de su pie izquierdo que estaba más corto y girado hacia fuera. En el brazo derecho llevaba una cruz rusa o de Vladimiro, propicia como para la crucifixión de los cojos.
Me llamó la atención tantos símbolos poco usuales en la icono grafía de la Iglesia, así que decidí investigar el origen y los motivos de este interesante cuadro.
Poca evidencia sobre esa simbología, quizás por resumir llegué a la conclusión que Jesucristo era cojo, cojo de la pierna izquierda. Y en efecto la pierna izquierda estaba acortada y girada hacia afuera, como les pasa a los que sufren una displasia o luxación de cadera les suele ocurrir. Esa pierna por ser la imperfecta esta apoyada sobre la pecaminosa serpiente y le servia de estabilización. Como compensación su cuerpo esta deformado, sufre una escoliosis de doble curva para conseguir equilibrar ese quizás imperfecto cuerpo, es lo que se le denomina la curva corporal bizantina, por las muchas representaciones que se encuentran en los lugares de culto del Imperio Bizantino.
Bien es verdad que en la literatura no se encuentran muchas referencias, salvo los conocidos vidrios pintados de origen popular, pintura naif, como simbología y reconocimiento de la adscripción a los diversos cultos. Pero encontré y personalmente confirmé las marcas de la sabana santa de Turín donde se podía apreciar como las deformidades de Jesucristo se encontraban marcadas en el sudario de forma tan precisa como se podría apreciar en la pintura de mi cuadro.


INDALESIO Agosto 2015



jueves, 28 de enero de 2016

INDAGACIONES FRUSTRADAS (o no)





La Facultad de Medicina de Málaga (FM) empezó a funcionar en enero de 1974 en los sótanos del Hospital Civil Provincial. Las clases se daban en el salón de actos situado en la primera planta junto al despacho del director. Un corredor o galería volcaba sobre el jardín que con su capilla rodeada de rosales y árboles frondosos era un remanso de paz. Por la tarde lo paseaban intermitentes monjas que picoteaban las flores como mariposas negras de alas blancas. A veces se alborotaban cuando médicos nerviosos atajaban los pasillos de arrayanes para abreviar hasta las urgencias.
La entrada de la FM estaba en el lateral derecho frente a un solar vacío donde se abrió un bar. Se bajaba por una escalera que daba a un pequeño distribuidor alargado con una puerta al cuarto pequeño de los bedeles, la ventanilla de secretaría y dos habitaciones utilizadas por los funcionarios. El jefe de secretaría, un señor muy educado con gran experiencia administrativa ya que estaba cerca de la jubilación llamado D. Francisco TZ, ocupaba una de esos despachos que cedía con amabilidad al decano si estaba en Málaga o al joven secretario cuando acudía a resolver asuntos que trascendían la lógica administrativa.
El curso empezó el uno de enero por mor del fallido calendario juliano que intentó sin éxito modificar el tradicional formato académico de octubre a septiembre por el de enero a no se sabe cuando. A pesar de ser el primer año las clases arrastraban desajustes docentes desde el Colegio Universitario de la Misericordia. Por eso la primera promoción que ya iba por tercero no había recibido enseñanzas de Fisiología que se cursa en segundo ni la segunda Bioquímica que se cursa en primero. Con semejantes antecedentes se puede imaginar el lío de clases y prácticas que hubo que montar sin contar con profesores numerarios teniendo que recurrir a médicos sin el grado de licenciatura indispensable para la docencia. No obstante los egresados de esos años sin catedráticos fueron los mejor valorados en los exámenes MIR, lo que cuestiona el sistema de selección del profesorado en la Universidad española
El secretario era un inexperto joven que daba sus primeros pasos en lo docente y en casi todo, PNN de inclinación política claramente contraria al régimen al estar muy cercano al PC con cuyos miembros contactó nada más llegar a Málaga. Si hubiera habido donde elegir es claro que este individuo no habría pisado los despachos en los que tuvo que negociar y enredar, pero como necesidad obliga y como demostró entusiasmo y decisión el Decano Comisario, comisionado por el régimen para organizar la FM, acabó depositando su confianza en él.
Por aquellos entonces los representantes estudiantiles los designaba el rectorado pero como las aguas no estaban tranquilas se elegían bajo cuerda delegados de curso que actuaban de manera clandestina, casi siempre como comisarios de los partidos de izquierda de los que el PC era el mejor organizado y el PSOE que todavía no había renunciado del marxismo, mantenía la tradición obrera al menos en la pana que vestían sus dirigentes. El caso es que un día se presentó un comisario de policía en la facultad preguntando por el decano. De estatura normal tirando a baja, robusto y estirado, con terno oscuro y corbata azul, exhibía bigote negro a raya que competía en brillo con el pelo negro engomado con el que se tapaba una media calva galopante. Lo recibió Don Francisco que con su impecable educación le informó que el señor decano estaba en Granada donde residía casi toda la semana, pasando por Málaga cuando se le requería, pero que si se trataba de algún asunto oficial lo podría atender el Sr. Secretario un profesor del centro. El comisario que había aceptado el asiento que el jefe de secretaría le ofreció, accedió a hablar con el secretario que era quien le interesaba. Aunque tenía el teléfono a mano Don Francisco se acercó personalmente al despacho del secretario para informarle de la inesperada visita de la policía. Se trataba de un hombre delgado tirando a alto con las mangas de la bata subidas y pelo largo provocador. Calzaba zapatillas de deportes, pantalón vaquero y camisa de seda con cuello desabrochado.
  • Entonces dice que me buscaba a mi –preguntó el secretario camino del despacho.
  • Parece ser que con quien más interés tiene de hablar es con usted.
  • ¿Y no se sabe de qué se trata?
  • Usted comprenderá que por discreción no se lo he preguntado.
  • Pues me temo lo peor Don Francisco, no me fío un pelo.
  • No debe preocuparse. Se trata de una misión oficial. Pase usted por favor. Señor comisario le presento al Prof. X, secretario de la facultad.
  • ¿Cómo está usted?
El policía le echó una mirada profesional de la que obtuvo información suficiente como para detenerlo en el acto. No obstante se contuvo porque venía comisionado por el de arriba para confirmar de primera mano lo que ya sabían.
  • Encantado, siéntese por favor. Don Francisco no se salga usted, a fin de cuentas estamos en su despacho o ¿prefiere acompañarme al mío?
  • Da igual podemos hablar aquí, no es ningún secreto. Vengo de parte del gobernador para que me de los nombres de los delegados de curso que han elegido de manera ilegal los estudiantes. Sabemos que son tres, uno por curso y que interfieren en la labor de los representantes oficiales.
  • ¿No tienen ustedes otro medio de enterarse que preguntármelo a mi?
  • Lo tenemos, pero el Sr. Gobernador quiere la colaboración de la Facultad.
  • Yo no soy la Facultad.
  • ¡Claro que no! Usted es el secretario y es a quien le estoy pidiendo esa información.
  • Puede que yo no sepa lo que usted me pregunta.
  • En ese caso me dice que no lo sabe y asunto terminado. ¿Sabe los nombres de los delegados?
  • Los sé.
  • ¿Me los puede facilitar?
  • Sé los nombres porque han confiado en mi. Por ejemplo ni el decano ni Don Francisco aquí presente los saben.
  • Entonces no tiene más que dármelos de manera confidencial, si es que no se trata de política.
  • No sé si será cuestión política, lo que sé es que no voy a delatar a nadie.
  • ¿Sabe usted que puede incurrir en desacato a la autoridad?
  • Prefiero desacatar a la autoridad que a mi mismo. Si me convierto en un chivato nadie me respetará.
  • Informaré al Sr. Gobernador.
  • Es su deber.
  • Buenos días.
  • Lo acompaño a la puerta. Usted lo pase bien.
  • ¿Qué le parece Don Francisco?
  • Que ha obrado usted bien pero que le puede traer problemas.
  • Prefiero los problemas con la ley a la vergüenza. ¿No tendrá otra cosa en que pensar el gobernador que en los delegados de curso?
  • Debe ser una cuestión rutinaria.
El secretario se fue preocupado a su despacho a seguir preparándose la siguiente clase. Ese curso debido al mal encaje académico tenía que dar cuatro clases al día cosa que le costaba mucho trabajo. El asunto con el comisario no le dejó tiempo más que para entrar y coger los papeles de clase. Lo bueno que tiene la docencia cuando gusta es que absorbe la mente y relaja el espíritu dejando fluir las ideas como emerge el agua de sus nacimientos. Así que el profesor se olvidó de todo y excitado como estaba por el asunto policial se explayó con la medicina y con la política. Al salir de clase y antes de poder hacerle una señal al delegado clandestino se le acercó un bedel que le apremió para hablarle.
  • Quiero hablar con usted doctor. Don Francisco me ha dicho lo de la entrevista que ha tenido con el comisario y quiero decirle que yo soy guardia civil que estoy destinado aquí para informar y que cumpliendo con mi deber he informado muchas veces de sus reuniones y de sus contactos. Esa es mi obligación pero cuando Don Francisco me ha dicho lo que acaba de hacer que se ha portado como un hombre yo también quiero ser honrado con usted y decirle lo que hago porque yo tampoco soy un traidor, cumplo con mi obligación.
  • Muchas gracias Pedro, no sé si debería haberme dicho eso porque usted comprenderá que tampoco lo voy a callar.
  • Me lo supongo, pero si usted es un hombre yo también lo soy.
  • Pero Pedro ¿usted no sabe el nombre de los delegados?
  • Y ellos también. Lo han querido probar y no creo que le pase nada porque lo que necesita España son hombres y usted lo es.
  • Espero que a usted no le traiga esto ninguna complicación.
  • Y si me la trae no será por haberme arrugado.
  • Bueno, gracias otra vez.

CIRANO

sábado, 2 de enero de 2016

JUSEP TORRES CAMPALAN





No me quedo más remedio, subí al tren expreso camino del exilió y además con bastante celeridad, era eso o la trena. Con discreción me llevaron mis amigos a la Estación y allí los del sindicato me introdujeron con la máxima precaución en un vagón del centro de convoy, donde podría moverme con mayor libertad, aunque no dejaba de ser un eufemismo.
Gracias a los cuidados de los compañeros hice un viaje tranquilo y sin presión, al menos hasta que llegara a la frontera parece que nada me iba a molestar, después ya veríamos. Algo no me agradaba, tantos cuidados me hacían estar aislado y la verdad me aburría, a pesar de las lecturas y de las cabezadas que me producían.
Al llegar a Madrid el tren paro durante una hora, pero me habían recomendado no bajar, podría ser peligroso dejarme al descubierto. Visto que estaba condenado me decidí a pasear por los pasillos para des entumecer mis articulaciones. De vuelta a mi departamento me encontré con un acompañante, antes de entrar comprobé que era mi lugar y asiento, como así era y no me quedó otra que entrar y sentarme. Me latía el corazón con aceleración y sentí miedo.
Me coloqué junto al pasillo y puse la mano en la manija de la puerta. Miré con detenimiento porque el personaje se miraba las manos y no levantaba la cabeza. Era bajo y proporcionado, dos entradas grandes que le despejaban la frente y el poco pelo de color marrón oscuro. Cara anodina y manos muy cuidadas, con las uñas quizás limadas como las de un guitarrista. El tren comenzó a moverse y el miró por la ventanilla bastante tiempo, cuando volvió a su posición anterior, mirándose las manos, su rostro estaba surcado por una lágrimas.
Sacó una libreta y un lápiz, cruzó las piernas y apoyándose en su muslo derecho comenzó a garabatear. Yo desde mi posición no podía ver lo que escribía, aunque eran trazos largos y aveces muy seguidos como si emborronara. Pasó bastante tiempo en esa situación, hasta que debió sentir ganas de orinar y se levantó dejando la libreta al lado de su asiento, yo me hice el dormido con suaves ronquidos. Cuando salió me abalance sobre el cuaderno y lo ojeé. Eran bosquejos de caras, todas diferentes y con expresiones distintas, y con una característica común, estaban perfiladas por un diseño cuadrado, incluyendo boca ojos y orejas.
Lo devolví a su posición y me tranquilicé, un buen dibujante nunca podría ser un facha y menos con esas expresiones tan vanguardistas.
Pasó un vendedor ambulante y compré dos botellínes de agua, cuando mi compañero volvió le ofrecí uno para romper el hielo, como así ocurrió.
Abandoné mi alejado asiento y me puse a su lado, me presenté con mi auténtico nombre y le estreché su mano, dijo llamarse Jusep Torres Campalans.
Medité unos segundos para entablar una conversación inteligente. No quise preguntar lo que parecía obvio, era catalán o valenciano, iba a Francia, tenía pocos recursos y parecía de profesión artista. Cuando le ofrecí el agua y antes de agradecerlo, me miró.
- ¿usted también va para Francia?
Lo dijo con tanta pena que me conmoví y me sentí tan solo como él.

INDALESIO 2015


miércoles, 23 de diciembre de 2015

CUATRO AÑOS







Uno de mis nietos tiene ahora cuatro años. Con esa edad, lo recuerdo muy bien, me partí un brazo en Lanjarón. Fue en casa de tita María y tito Cristóbal cuando intentando saltar sin apoyo la barandilla que separaba la terraza de la galerías tropecé con el borde. Ese día los inspectores de hacienda husmeaban las cuentas de la tienda de telas que tenía mi abuelo en un lateral del garaje. Allí guardaba una de sus varias pistolas que hubo que entregar a la guardia civil para que le taladraran el cañón cuando murió. Mi abuelo gestionaba lo que hoy sería una franquicia de pana y otras telas baratas para la Alpujarra de la red de Juan March que explotaba el monopolio a nivel nacional y que tenía más de estraperlo que de negocio legal.
Como estaban atendiendo o más bien sobornando a los inspectores y no me hicieron caso hasta que se fueron, me pasé el día lloriqueando con las muchachas hasta que se dieron cuenta de que la cosa iba en serio. Pesarosos tomaron el coche camino de Granada donde la radiografía determinó que se trataba de una fractura en tallo verde del radio a la altura del codo. La redujeron bajo anestesia de cloroformo, recuerdo la mascarilla que me durmió, y me colocaron un yeso. Por esa misma época ya me zurraban de lo lindo cuando me salía de madre que eran muchas veces.
Ahora puedo ir a la cárcel si le doy un cachete a mi nieto, que por otra parte es un primor y ni loco pienso hacer tal cosa, porque dicen que eso traumatiza a los niños. Nunca me traumatizaron los malos tratos y más bien pensaba que muchas de las fechorías quedaban impunes. En mis tiempos las reprimendas, las palizas y las lesiones que conlleva la vida salvaje estaban a la orden del día y considerábamos que esa era la servidumbre de la libertad.
Si arrastro algún estigma infantil desde luego que no es doloroso ni traumático: mi niñez fue tan irresponsable como atrevida. Tampoco he sentido el más mínimo rencor hacia mis padres por el abandono de aquel día y en general me considero más verdugo que víctima por los disgustos que les causé. Creo que ese trato me hizo madurar al enseñarme que mi vida era cosa mía y que de mariconadas, ni media.

CIRANO

lunes, 7 de diciembre de 2015

DAÑO FÍSICO





Supón amigo que te encuentras en la edad de la estulticia, esa edad de los doce a los catorce años. Voz que comienza a cambiar, con tono que oscila del falsete al grave, enorme curiosidad por saber de casi todo, aparición de atributos masculinos, pelos en las piernas y cara, y una inexplicable atracción por notar el sexo relleno y duro.
Los conocimientos son reducidos y se funciona por mimetismo, como mucho se producen enfrentamientos para defender alguna idea no sabida solo escuchada en algún corro de jóvenes imberbes. Y en cuanto al comportamiento que decir, se es el centro de todas las soflamas, regaños y requerimientos de la autoridad de la familia y académicas.
Una vez diseñado el perfil, consideramos como se comporta ante el daño físico. Vas en la bicicleta que le has mangado a tu hermano mayor, y henchido de autoridad sobre el control físico, derrapas en las curvas frenando con la trasera, haces el caballito al iniciar un ascenso, y sorteas piedras y restos de construcción en un llano próximo al domicilio. Cuando notas que sudas y respiras fuertes decides dejarlo por el momento, entonces abandonas la atención y chasss, una jodida piedra se cruza en el camino y dobla la rueda delantera, caes con gran violencia y apoyas la mano derecha en el fragmentado suelo, y entonces nota un chasquido y un fuerte dolor en la muñeca. Cuando te enderezas y sientas, ves con auténtico horror que la muñeca derecha está completamente deformada y semeja el dorso de un tenedor. No quieres gritar porque ya eres un proyecto de adulto, pero te duele tanto que sientes como perdida del conocimiento y que sudas con gran profusión. Te sujetas el antebrazo y dudas entre correr hacia tu casa o gritar pidiendo auxilio. Decides dirigirte hacia tu casa y abandonas la bicicleta, aunque no desea perderla. Completamente descompuesto llega a casa y toca el timbre con la frente, no se atreve a soltar el antebrazo, su madre grita al ver la deformidad del brazo de su hijo y organiza el traslado al Hospital. Lloras desconsoladamente porque te duele y porque estas asustado, sabes que solo estás en el inicio del asunto y que en los próximos dos meses no podrás hacer mucho y que el verano está liquidado. Antes de ir para el Hospital te cambias de pantalones porque tu madre se ha dado cuenta que te habías meado encima. Abochornado apoyas tu cabeza en el pecho de tu madre mientras te diriges en un Taxi hacia el Hospital, ahora dejas de jadear y llorar porque sientes el consuelo de tu madre.


INDALESIO Julio 2015

jueves, 19 de noviembre de 2015


DECADENCIA

Vuelven a dejarlos debajo de sus camas sin más protección que el silencio con el que los recibieron, sin más defensa que su fragilidad, sin más abrigo que el que guardan sus pensamientos. Compañeros de viaje para la vigilia cansina del último alivio del día, son la retaguardia de la esperanza. Están acostumbrados a los bostezos y a los abandonos sin protestar ni exigir. Se entregan confiados para ser cobijo del placer perecedero de cada día a sabiendas de que también los echarán de la cama como amantes de agotados encantos.

POR PRECAUCIÓN

Vuelven a dejarlos debajo de sus camas arrugados en posturas indecorosas. Durante la cabalgada gozosa han sentido el roce insistente de la gruta húmeda y la tirantez del esfuerzo redentor. Sin emitir queja alguna han hecho su trabajo defensivo evitando el contacto de millones de enemigos redundantes. En los últimos embates donde se juegan su prestigio aguzan el oído para escuchar el jadeo con el que llega la catarata espumosa tras la que saben que serán abandonados.

EL SUEÑO DE ORIENTE

Vuelven a dejarlos debajo de sus camas hechizados por la tenacidad del mordisco y la laboriosidad del hilado. Los vieron crecer desde que las cuentas guardadas hacía un año en la caja de zapatos empezaron a florecer. Ni un día dejaron de cambiar el lecho reseco por hoja fresca. Siguieron su engorde de morcillas blancas con cabeza ridícula espiando cómo se perdían entre telarañas hasta que renacieron como mariposas que se buscaban con torpeza. Ahora tras la larga observación que los hipnotiza los abandonan a sus trabajos desconociendo que algún día también ellos cambiarán sin saber cómo.

NO ESCARMIENTAN


Vuelven a dejarlos debajo de sus camas bien empaquetados envueltos en papel de periódico, sujetos por cintas para que encajen como sillares del muro maestro de las catedrales. No podían suponer que eso de las comisiones fuera tan sencillo y diera tanto. El único inconveniente fue que como no se fiaban el uno del otro tuvieron que dormir juntos para evitar tentaciones. Por eso cuando entró la policía de madrugada asumieron el regodeo de los guardias que no esperaban encontrar a dos concejales de su ayuntamiento de aquella manera.


CIRANO.     Relatos para la SER

miércoles, 28 de octubre de 2015

OSCURO DESTINO





Modesto fumaba con parsimonia y bastante aburrimiento en el despacho de la Agencia de Detectives “EL DESTINO” Hacia dos días que el teléfono no recibía llamadas, ni la puerta se abría para alguien extraño. Sabía que este negocio de hurgar en vida ajena, era así de caprichoso y sujeto a situaciones concretas, como era el ser fin de mes o las inquietudes que producían las entradas de estaciones como la primavera. Tampoco es que le inquietara en exceso, disponía de recursos suficientes para pagar los recibos domiciliados en el banco, y los céntimos necesarios para comer en la tasca que habitualmente frecuentaba. Siempre fue así y posiblemente seguiría siéndolo. Pero aquella tarde era distinta, aquella tarde sonó los cristales de la puerta de la Agencia aporreados por los nudillos de alguien decidido y firme. Le dio al botón de apertura y dejo el paso franco para un joven bien vestido que preguntó por el Detective Modesto Malcuar, bajo su brazo llevaba unos papeles embutidos en una funda de plástico. Apagó el cigarrillo y entorno la ventana que mantenía abierta por motivos higiénicos.
Se levantó y tendió la mano, con algo de desgana, al intruso. Sospechaba que sería una pregunta con truco o un consejo sobre amoríos, por la edad del joven. Le indicó se sentara e igualmente se sentó, cruzando los dedos de ambas manos le pregunto a que se debía su visita.
Cuando el joven que dijo llamarse Pascual, le contó que andaba buscando una persona que había cinco años que no veía, se tranquilizó, era los casos que más disfrutaba porque con algunas llamadas se podía arreglar todo. Claro que él chasco la lengua, dando ha entender la dificultad que entrañaba la búsqueda de personas. Le preguntó si esa persona deseaba ser encontrada, el joven sonrió y le dijo que lo ignoraba, pero él quería y necesitaba encontrarla. Los motivos eran solo de su incumbencia, según refirió. El Detective giró la cabeza y permaneció mirando por la ventana, refirió que si sus clientes no tenían confianza en su discreción y en su capacidad de gestión mal resultado se podría tener, además de alguna demanda por el derecho de privacidad. No le afectó mucho aquella amenaza, y solo le dijo que cuando terminaran daría más explicaciones. Que además no había nada ilegal y que solo quería tener un encuentro con aquella persona, que era una señora conocida en la ciudad y nada sospechosa de algo turbio.
Modesto Malcuar saco una ficha en cartulina y tomó los datos del cliente, le aseguró que se preservarían sus datos y que siempre estarían bajo su custodia en caja fuerte, y que pasados cinco años se destruiría, según recomienda las normativas legales. Le pidió los datos de la persona a encontrar y elementos útiles para su localización, pero Pascual no disponía de nada, salvo datos difusos. Mujer de pelo claro, alta de un metro setenta y cinco, podría tener unos cuarenta y dos años y de origen latino, hablaba con deje y acento Italiano, por ser oriunda de aquel país. Se dedicaba al diseño y confesión de alta costura en un taller que disponía en una población cercana y estaba casada con señor que desconocía sus ocupaciones, pero que manejaba bastante pasta y con coche de gran cilindrada. Vivían en una urbanización de esta ciudad, en una casa llamada “Villa Solemío” y es todo lo que le puedo contar porque ya no sabia nada más.
Bueno, ella se llama Mimí y el hombre Julí, eso es todo.
El detective se removió incomodo en su asiento, volvió a decir que si desconocía el interés y los porqués de la búsqueda sería mucho más difícil encontrarla. Después de mucho insistir reconoció que aquella mujer era su madre.
El detective Modesto Malcuar no encontró ni rastro del paradero actual de aquella mujer, y así se lo comunicó a su cliente el joven Pascual, que por cierto averiguo era hijo de una importante familia de la ciudad y que había estado los últimos años en la capital de Estado realizando los estudios de Medicina. Además el detective descubrió que la madre del joven Pascual era otra señora que aún permanecía viva y en buena disposición económica.
El joven después de recibir la información, le preguntó cuales eran los honorarios y le pidió la máxima discreción, algo que ofendió levemente al detective.
Después de hacer un recibo lo intercambió por un billete de quinientas pesetas así como un libro donde según manifestó explicaba todos los pormenores de la historia solicitada, se llamaba “SILENCIO TRISTE CASI INCÓMODO” . Nunca más supo de aquel ocasional cliente.


INDALESIO Agosto 2014



lunes, 5 de octubre de 2015

PEGOTE





Por los años cincuenta del pasado siglo patrullaba Lanjarón un municipal que renqueaba de la pierna izquierda al que llamaban Pegote. Apoyado en un bastón de nudos brillantes y cobijado bajo una sucia gorra de plato en la que lucía el águila de cobre que también decoraba el broche del correaje, defendía el patrimonio municipal de las travesuras de los niños con los que me juntaba. No se el peligro que podían traer los juegos infantiles por las naves abandonadas del antiguo edificio del balneario, pero a pesar de sus reiterados fracasos, este mutilado de guerra, nos perseguía como si fuéramos malhechores, o quizás peor, como rojos en potencia. Y todo porque una vez, si acaso, escondidos entre los árboles le gritamos: ¡Pegooooote de mieeeeerda! El caso es que también debería andar mal de la vista porque al rato lo saludábamos mientras echaba un cigarro con mi abuelo que era el alcalde del pueblo y al que respetaba con disciplina castrense. A lo más que se atrevía era a comentar a modo de halago ¡qué nietos más traviesos tiene usted! ¡Y que lo digas Pegote! contestaba el jefe al que le faltaba añadir ¡y a mucha honra!
Dado su poco garbo no servía ni para los mandados, aunque mi abuela le encargaba algunos recados: dile a Fulana que necesito habas tiernas o una lechuga. Pero casi siempre lo utilizaba para que avisara a Dolores la monja. La monja era una pobre mujer que desde que desertó del convento o la echaron por inútil se dedicaba a la costura. Mi abuela la tenía casi a diario enclaustrada en un cuarto con poca luz, colocada debajo de una ventana que daba al patinillo, donde estaba la máquina de coser y que siguió llamándose, hasta mucho después de que ambas murieran, el cuarto de la monja. Para enhebrar la aguja se subía las gafas a la frente, chupeteaba la punta del hilo, estiraba las manos para acomodar la vista e intentaba con poco éxito pasarlo por donde decía Jesucristo que era más difícil que entrara un rico que un camello de regadío. Si nos acercábamos en esos momentos difíciles solicitaba ayuda: ¡anda bonico tú que ves tan bien! A modo de compensación le pedíamos que dijera jamón, jamón, jamón muchas veces y en cuanto empezaba la retahíla la amonestábamos porque decía monja en vez de jamón y eso no valía. Volvía a intentarlo hasta que acudía mi abuela con el soplillo de la chimenea y aguantando la risa nos decía: ¡menudo jamón os voy a dar! ¡a volar tiricual! ¡dejar a Dolores tranquila!
La monja era una buena mujer, fea, sin gracia, tímida y pobre. Cuando salía de casa de mi abuela se iba a la Iglesia a rezar rosarios y letanías a coro con otras beatas que ayudaban al sacristán a limpiar y decorar el templo. Alguna vez nos colocamos detrás de ellas para adelantarnos al ¡ora pro nobis! con el irreverente ¡un automóvil! para escandalizarlas. No creo que se lo dijeran a Don Nicolás, el párroco que mantenía las formas con mi abuela poco amiga de iglesias.
Un día me enteré de que Pegote y la monja vivían juntos formando una de esas parejas de hecho que da la tierra, como los acebuches de los que los romanos consiguieron a base de injertos el olivo. Es posible que fueran hermanos, en cualquier caso una de tantas ruinas que dejó la innoble guerra civil.

CIRANO

sábado, 12 de septiembre de 2015

ABURRIMIENTO




Bostezaba constantemente y los ojos se le llenaban de lágrimas, estaba realmente aburrido. No trabajaba, no porque no quisiera, sino porque le habían despedido de la empresa donde había pasado quince años. Los motivos no los conocía, pero una mañana cuando llegó para fichar su tarjeta no estaba y le dijeron, que le mandarían el finiquito. Fue al sindicato y preguntó. Como no tenía ningún papel no pudieron hacer nada por él. Esperó, pero como no llegaba información alguna por correo, fue a la empresa y exigió papeles. Al fin pudo arreglar el asunto y lo jubilaron, tenia cincuenta y tres años y la pensión era muy exigua, quizás suficiente para Maruja y él. Pero Maruja se enfadó mucho, le decía que era un huevón por permitir que le despidieran. Tanto insistió, que se iba por la mañana a buscar trabajo, con tal de que no le abroncara.
Por supuesto no encontró trabajo y menos con su edad, pero Maruja dejó de gritarle y se acostumbraron a vivir con lo necesario. Cada mañana se levantaban, Maruja salía para sus negocios de ditera y él se sentaba en la sala con un vaso de agua. Al medio día ponía el cocido tres veces en semana, y sobre las dos y medía cuando llegaba Maruja comían cocido muy caliente. Se quedaba dormido después del almuerzo y luego se asomaba al balcón para ver la gente pasar.
Un día, Maruja le dijo que tenía que salir de la casa cuando ella saliera en la mañana, porque no lo quería ocioso todo el día, y que además debía buscar una solución para cuando fuera mayor y alguien le cuidara su vejez, porque ella no lo podía cuidar. Así que cada mañana Maruja le obligaba a salir y cerraba la puerta con llave. Con las manos en los bolsillos paseaba mirando para el suelo, hasta que se le ocurrió ir al Centro de Salud.
Se aprendió el horario y lugar de consulta de cada médico y cada día se ponía en la puerta del Centro para recibir cuantas consultas le hicieran los sufridos pacientes. Se hizo tan conocido en el barrio que muchos le llamaban al Centro de Salud, el Centro de Frasquíto el Huevón.
Una mañana no volvió aparecer y aunque muchos preguntaron a Maruja que había sido de su vida, nunca llego a decir los porqués de su ausencia.

INDALESIO