domingo, 26 de julio de 2020

LA ESCALERA DE BOBASTRO







Era tan inevitable como el hecho de respirar, no me quedaba más solución que pasar cada día, el calvario de tener que subir los doscientos escalones que separaban la carretera por donde circulaba el tranvía, de la puerta de mi casa. En especial al considerar que yo sólo tengo la edad de once años, y que habiéndome criado protegido por una legión de mucama y una fratría de hermanos que me deseaban amparar de la educación tan descuidada que nos impusieron nuestros padres. El caso es que me encontré de sopetón con el ineludible hecho de tener que asumir un día concreto y a una hora concreta las odiadas escaleras. Volvía de la escuela donde se supone que aprendía hechos concretos de realidades inventadas, lo cual me producía aburrimiento de lo más extenso. Y volvía en un delicioso tranvía eléctrico de madera y color amarillo para que siempre fuera apercibida su llegada, y lleno de muchachos alegres y joviales en las últimas horas de las jornadas escolares. Bajaba en la parada de Bobastro y allí quedaba además de sólo, atenazado por la incertidumbre de tener que subir las dichosas escaleras, y para más dificultad en la hora esa en la que el crepúsculo avanza inexorablemente a una velocidad que se podía apercibí ostensiblemente. El primer tramo se encontraba abovedado por una enredadera tupida que ocultaba la poca claridad que permanecía, y sólo una triste y bruna lámpara justo en el centro del tramo que disponía de cuarenta y ocho escalones. Solo disponía de dos puertas, a derecha e izquierda, aproximadamente a la mediación del oscuro tramo de escalera, y daban a casas matas abandonadas. Aquel tramo aún con suficientes fuerzas, los recorría con soltura y esperanza de una posible huida por la entrada inferior que daba a la carretera. El segundo tramo se presentaba después de recorrer doscientos metros de carril oscuro, y lleno completamente de ruidos arbóreos y sonidos de animales dispuestos para arrullarse o bien dormir sin demasiada ceremonia. Este segundo tramo disponía de sesenta escalones de inusual altura que precisaba un importante esfuerzo físico para poder recorrerlos del tirón. A la derecha y formando frontera discurría un farallón de piedra y cemento protegiendo un jardín de no demasiadas extensión pero si disponía de una densa foresta. En algunos trozos del farallón existía un pasamanos destruido con restos que picudos trozos metálicos, y en el tramo medio había una cancela de hierro amarrada por una cadena con candado. Como los escalones eran tan altos, para mis aún menguadas y poco desarrolladas piernas, subía los escalones apoyándome en las rodillas para impulsarme hacia el siguiente, así subía con sólo dos descansos de breves segundos. Además y debido a la oscuridad de la hora, la situación de pánico me atenazaba hasta tal punto que necesitaba canturrear para avisar, a quién fuera de menester, que se aproximaba un posible problema, a saber un jovial y asustado muchacho de once años. Tardaba tres minutos en recorrer aquellos tramos y desembocar en el llano que daba paso a la casa donde vivía, eso sí llegaba extenuado y con la boca seca más que por el esfuerzo por el inmenso susto y horror que había pasado. Claro que en aquel llano aún no me encontraba seguro, porque la más absoluta oscuridad me acompañaba hasta la puerta de villa Candela. ¿Qué por qué me asustaba, y en especial el segundo tramo de escaleras? Porque allí había vivido un sacerdote grande, que resoplaba como un mulo, y que había muerto arrollado por el tranvía amarillo de madera con jardinera que lo traía de vuelta de la cárcel de mujeres donde desarrollaba su jodido ministerio. Se comentó en el barrio, que había muerto maldecido por alguna mujer medio bruja de la cárcel, y que su fantasma y el de algunos hambrientos represaliados vagaban por aquéllos andurriales.
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miércoles, 8 de julio de 2020

EL PIANO DE LOS DIDIER






Aunque el jardín era umbrío por la enorme pantalla de cu presos que lo cercaba por la orientación sur, nos parecía que era nuestro mejor lugar para jugar, por su extensión y porque siempre podíamos recuperar la pelota que servia para nuestro juegos. La casa se llamaba villa Sintra y vivían dos hermanos muy mayores por encima de los setenta años, de origen belga. Eran muy amable con nosotros y mientras en la tarde tomaban el té bajo la pérgola , nos permitían correr con la condición de no gritar ni que les golpearan con la bola de goma. Yo nunca había entrado en la casa, pero desde la puerta se podía contemplar un salón con las paredes llenas de cuadros y sillones muy grandes de colores alegres y algo llamativos. Una tarde Mercedes como se llamaba la mujer, me pidió que le alargara una revista que estaba en la entrada, me asomé y me quedé sorprendido por la gran colección de cuadros que tenían, pero lo que me llamó la atención era un piano de cola que estaba situado delante de uno de los grandes ventanales que daban al jardín. Volví corriendo por educación hacia donde se encontraba los hermanos, y le entregue la revista. Después de agradecerme mis servicio y cuando me giraba para continuar mi juego, paré y le pregunté: - ¿Quién toca el piano? Doña Mercedes me miró y sonriendo me dijo – Mi hermano Andrés, es un virtuoso. -¿Que es virtuoso? Le pregunté dentro de mi ignorancia. Pues que tienes unas virtudes únicas, -¿ y cual es su virtud ? Tocar el piano. Me dejó sorprendido a mis diez años, y según me encontraba delante suya, con un dedo hurgando mis narices, fue cuando ella con su dulce y cándida voz , me dijo - despierta jovencito y no hagas pelotillas . ¿Te interesa la música? Me encogí de hombros, manifestando desconocimiento, y ella volvió a sonreír. - Le diré a mi hermano Andrés que toqué un concierto para piano, por ejemplo el número 1 para piano de MENDELSSOHN, ¿ le has oído? Negué con la cabeza y mostré interés sentando me delante suya. Se levantó y se dirigió hacia su hermano que caminaba haciendo círculos por el extenso jardín. Me asustó pensar que todos lo considerábamos deficiente, pero hablaron y Andrés negaba con su cabeza tonsurada por calva pero con un pelo intensamente blanco y largo. Al fin parece que se pusieron de acuerdo y el con el ceño fruncido entró en la casa. A los veinte minutos, Doña Mercedes me llamó y me indicó una butaca, luego ese mismo dedo lo puso en vertical delante de sus labios e indicó silencio. Mi hermano y el amigo Augusto, salieron de la casa mostrando desinterés y falta de curiosidad. Cuando Don Andrés comenzó a golpear las teclas, tuve un sobresalto por la intensidad del sonido que salía del piano, pero a los pocos minutos sentí que aquel ruido me embargaba y que resultaba muy grato su audición, me apoyé en el brazo del sillón y deje que el ruido tan novedoso para mi me atrajera, me sorprendía que hasta ahora no hubiera disfrutado con aquel trepidante sonido. Miré hacia el maestro que movía los brazos levantando hasta la altura de su cara, pero cuando miré sus manos me dejo sorprendido porque cuando entraba en mi campo visual, veía los manojos de dedos moviendo se sin control. Me levanté y con sumo cuidado me acerqué a ver los movimientos de aquellos dedos, que a una velocidad de vértigo buscaba y encontraba las teclas que sacarían aquel fascinante ruido. De pronto paró pero los dedos continuaban moviendo se hasta que los agarró con la palma de sus manos, solo entonces pararon de moverse. Se giró hacia su hermana y mi persona e hizo una reverencia no muy pronunciada. Esa fue la primera vez que vi al que fue mi maestro de música y me hizo concertista de piano, pero jamás le pude adelantar en su maestría y virtuosismo, porque movía los dedos de una forma peculiar y a una gran velocidad ya que según me dijo, su cerebro estaba afectado por una degeneración neurológica de los ganglios estriados y hacían que sus dedos aporrearan las teclas de forma genial y certera.

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miércoles, 17 de junio de 2020

vIOLENCIA DE GENERO







Berta salió de la cama con mucho cuidado, no quería despertar a su marido para que le permitiera campar a sus anchas en esa mañana tan luminosa. Saco de bajo del edredón una pierna y sintió el frio de la habitación, volvió a su lugar de origen a buen resguardo y notó la diferencia de temperatura de ambas piernas, giró la cabeza y comprobó que Augusto continuaba dormido, elevó la cabeza por encima del hombro de su hombre y miró la hora. Si quería hacer todos sus planes para esta mañana tenía que levantarse ya, pero sin la presencia molesta de Augusto que seguro no pararía  de hablarle y pedirle estúpidos encargos. Una vez que había sacado ambas piernas, se paró para confirmar que todo continuaba bajo los mismos cuidados de no despertar a su compañero Augusto. Tiró del cuerpo y se sentó en el borde del colchón, al bajar la pierna izquierda metió el pie en la escupidera con tan mala fortuna que al volcar la vasija se rompió en varios trozos, pero con el acierto de que no sufrir daño físico alguno, salvo que su agresivo marido se despertó. Con cara de ausente y voz de aguardiente preguntó que carajo pasaba. Berta le intentó tranquilizar, pero sabía que el día comenzaría con bronca, y entre otras cosas porque la vasija era una de sus piezas favoritas. Se levantó, mientras que Augusto se deslizaba y asomaba por el lateral del colchón y contemplaba el destrozo de la escupidera, regalo de su tío Edmundo. Un severo y profundo rugido salió de su garganta, nombrando sin poder identificar con claridad a Berta. Volvió a repetir esta vez con mayor claridad el nombre de su mujer, mientras ella cerraba con pestillo la puerta del baño, y él aporreaba la puerta soltando por la boca todo tipos de insultos e improperios. Pasados varios minutos se fue haciendo el silencio y solo se escuchaba el resoplido de Augusto intentando unir los trozos de porcelana de la asquerosa escupidera. Berta tenía miedo porque ya había vivido otras situaciones parecidas y había sufrido la violencia de aquel cenutrio de hombre, pero sabía que en el fondo no tenía maldad y que en unos minutos quizás se le pasaría el cabreo. Colocó la silla apoyándola en la cerradura para reforzar la defensa, y se decidió a realizar sus abluciones con tranquilidad, pero después de unos minutos se escuchó como explotaba de nuevo la escupidera sobre la puerta del baño.
  • Abre la puerta Berta, necesito usar el baño.
  • Pues promete que no me pegaras.
  • Seguro tía torpe, pero me tendrás que encontrar otra vasija igual, y no quiero que te vean con la jeta llena de cicatrices.
Berta había terminado de realizar todas sus ablusiones y escuchaba con detenimiento las actividades de Augusto, le tenía miedo porque en otras ocasiones le había pegado con violencia y sin miramiento. Se apoyo en la puerta y se dejo caer apoyada en su espalda, cuando se había sentado y escuchó un bisbiseo muy cera de su oreja, agudizo su oído y pudo confesar que el sonido procedía del interior del dormitorio, pero no se atrevía a tomar alguna determinación, conocía al Augusto violento e irracional que cuando se enfadaba era un auténtico peligro. Apoyó ambas manos en la puerta y entre ellas su oreja derecha que era la que mejor funcionaba. Continuaba sonando un rumor cercano de lamento, pero Berta no quería abrir la puerta que defendía su integridad física. Luego de un largo espacio de tiempo y sin que se cambiaran las condiciones de su defensa y sin que se modificaran los signos de agresividad de Augusto, que parecía solo realizar ese ruido parecido a un rumor de lamento, se decidió a tomar alguna solución cansada ya esperar la explosión de genio de Augusto. Aunque no ignoraba que ese ruido tenue y parecido a un resoplido podía ser una simulación para que Berta abriera la puerta,y esperando que ya la violencia se hubiera mitigado. Pero Berta sabía que Augusto emplearía todas su artimañas para saciar su sed de violencia golpeando con saña su delicado cuerpo. Habrían pasados más de dos horas sin que se modificaran las condiciones de su situación, cuando Berta decidió salir del baño y enfrentarse a lo que hubiera. Primero hablo pidiendo perdón por su torpeza, sin recibir respuesta, después movió el cerrojo de la puerta sin abrirlo e igualmente sin sentir respuesta. Aguantó la respiración y evitó ruidos para no dar señales, y deslizó la puerta para permitir ver el interior del dormitorio, pero sujetando con el pié para evitar la eventual patada sobre la hoja de la puerta. Terminó por abrir completamente ambas hojas de la puerta del baño y vio que Augusto estaba tendido en el suelo. Se acercó con cautela y vio que los ojos estaban cerrados, le llamó con su tenue voz , pero no recibió repuesta. Le movió desde el hombro y se dio cuenta que el cuerpo estaba inane, cayo de rodillas y emitió un grito sordo, Augusto estaba sin respuesta y con toda certeza sin vida. Berta suspiro hondo y decidió como enfrentarse a esta delicada situación, con miedo acompañado de temblor decidió que debía llamar a un abogado y que resolviera su situación. Pero estaba tan asustada que las dudas le atenazaban, decidió huir porque si no le caería encima una responsabilidad que le provocaría crisis de pánico y en esa actitud tenia las de perder. Se puso ropa de abrigo e hizo un hato con lo imprescindible, corrió hacia la puerta con la decisión clara de huir como así fue . Dos días después lo encontraron sin vida y le acompañaba una nota en su mano derecha, decía que se había lesionado fruto del azar y quizás del pánico, pero que Augusto había muerto debido a su estupidez y empleo de la agresividad , acompañado de una insuficiencia cardiaca, Lo firmaba Berta


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jueves, 4 de junio de 2020

LA ASUNCIÓN







Cuando fueron dadas las campanadas de las doce de la noche del 24 de Agosto me encontraba acompañando al vigía de guardia del puente. Lo recuerdo porque fue la noche que avistamos el carguero “La Asunción” con la única luz de que llevaba encendida, la luz de alcance. Ambos pasábamos algunas guardias juntos, más para hacernos compañía que por amistad, ya que era raro que hablásemos, porque yo no sabía que podía contarle y él era tartamudo y sé avergonzaba al hablar. Pero enfundados en nuestras pellizas y apoyados en borda del puesto de vigilancia del puente, fumábamos algunos cigarros que tanto nos gustaban “Abdulas” que habíamos comprado en el puerto de Ankara. El vigía tenía buena vista y apenas percibió oscilante la luz de alcance del carguero, se movió con brusquedad como si nos fuera la vida, y entró en el puente de mando con el brazo extendido en dirección al carguero, y sin la más mínima duda gritó COLISIÓN.
La respuesta de la tripulación de guardia fue mucho más lenta, a pesar de la presencia del Sobrecargo de jefe de guardia. Desde que se desconectó el automatismo y se viró la caña a estribor pasaron unos diez minutos, como le informé al Capitán con posterioridad. Ese tiempo de respuesta hizo que pasáramos a escasos diez metros del carguero, y pudiéramos contemplar lo absolutamente vacío que se encontraba. Ninguna luz en el puente de mando, aunque algún reflejo daban las luces del cuadro de mando y emisoras, ningún ser humano en sus cubiertas, y como único sonido el ronco runrún de los motores diesel. Por lo hundida que se encontraba su línea de flotación, sospeché que se encontraba lleno de carga, y por el tipo de flete que parecía su carga era grano, aunque bien podía confundirme. Solo el vigía y yo mismo fuimos los testigos de aquel espectro, ya que el resto de guardia se encontraban muy ocupados en la realización de la maniobra. Cuando de nuevo el rumbo se estabilizó y salió el Sobrecargo al puente de vigilancia, “La Asunción” había quedado por nuestra aleta de babor ya fuera de peligro y sin que se pudiera saber nada más por la observación de aquel fantasmagórico barco.
Cuando el Capitán subió a la sala de guardia, la distancia que nos separaba eran al menos tres millas, y solo una tenue silueta algo más oscura podía identificarlo como un barco a la deriva. El capitán dio orden de virar la caña a estribor y gradualmente fuimos volviendo sobre las aguas que habíamos navegado, y en la misma proporción disminuyendo la velocidad, hasta que volvimos a ver al “La Asunción” por la popa con su luz de alcance. Ahora ordenó acompasar la velocidad de ambos buques y entonces se dirigió al radio telegrafista y le pidió que se pusiera en contacto con el armador del buque y que intentara igualmente realizar llamadas al barco que nos precedía.
Varias horas tardó nuestro experto capitán en decidir y en recibir autorización para abordar la motonave a la deriva, ver que es lo que había sucedido, y tomar el mando del buque, para llevarlo a buen puerto. Habló con el Sobrecargo, le dio instrucciones de lo que debía hacer, y al vigía y a mí mismo nos ordenó ponernos a disposición del Sobrecargo, siempre y cuando estuviésemos dispuesto a recibir una parte importante del botín que podíamos rescatar. Sin objeciones y algo nerviosos abordamos nuestra misión con bastante celeridad, ya que el tiempo era benigno y el mar calmo, y pudimos ser trasladado por nuestro bote auxiliar sin grandes dificultades, salvo el trepar a cubierta por un cabo que había lanzado nuestro nuevo Capitán y que oscilaba como un diablo, golpeando de continuo contra las amuras, nuestros indefensos cuerpos.
Lo que vimos después de que hubimos inspeccionado el barco, fue tan grave que nuestro vigía nunca más volvió a pronunciar palabra alguna, y el Sobrecargo y yo, tuvimos que volver a nuestro barco cargando con el vigía que había quedado tetanizado y era incapaz de mover miembro alguno. El Capitán ordenó cambiar de rumbo y alejarnos lo más rápido de la compañía de aquel mal hallado buque fantasma. El Sobrecargo al llegar a puerto, le fue asignado la dirección de una factoría ballenera en las Islas Tobago, que se pensaba potenciar y que con el paso de los años nunca llegó nada, salvo nuestro intrépido Sobrecargo. Y en cuanto a mí, fui autorizado a contar los hechos ocurridos, después de no muchos pleitos, recursos y contrarecursos, pero que por mi perseverancia y con el dinero de mi abuela conseguí la autorización que me correspondía, pero jamás nadie quiso escuchar mí historia y lo que la escucharon lo más que hicieron fue esbozar una sonrisa y aconsejar que mi internaran en una residencia de enfermos mentales que poseía la Mutualidad de Empleados de la Mar, y desde donde pienso continuar mi lucha para que alguien crea la verdad de lo que pasó en el buque “La Asunción”. 
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domingo, 10 de mayo de 2020

URGENCIA QUIRÚRGICA








Había trabajado toda la tarde intensamente. Soy cirujano del aparato locomotor y había recibido una urgencia con lesiones graves en un piernas que me obligó a realizar suturas vasculares y nerviosas, además de la inevitables rotura osea expuesta. Fueron cinco horas en la sala quirúrgica acompañado por un estúpido aprendiz torpe e inepto que me hizo enfadarme más de una vez.
Cuando conseguí alinear los fragmentos óseos y sujetarlos con una placa de seis tornillos, ya había suturado los vasos sanguíneos y los nervios con sutura apoyada por un microscopio, algo que cansa mucho por la precisión del gesto quirúrgico y la mucha atención que debes prestar. Moderadamente satisfecho le pedí al ayudante bobo que terminara, cerrando con precaución los planos musculares y fáscias. Me miró y dijo que no, que el no estaba allí para cerrar heridas sino para salvar vidas, entre puñetas y más puñetas lo expulsé del quirófano y cerré con meticulosidad las heridas. Luego ante la posibilidad de que tuviera algunas palabras de más con el estúpido ayudante me duché y salí del área quirúrgica, deje dicho donde me disponía a ir, al Bar Ricardo justo enfrente del Hospital.
La puerta era batiente y cuando tiré de ella salió una tufarada de humanidad y tabaco que por poco me tira de culo. Había dos personas en la barra, un hombre vestido con ropa del Hospital y una mujer con falda corta que dejaba ver unos magníficos muslos embutidos en una medias cristal. Saludé a Ricardo y balbucee un buenas noches generales que no fue correspondido.
Le pedí un martini seco especialidad de la casa y me apoyé en la barra sacudiendo la cabeza como si hubiese tenido un repelús, luego pasaron unos minutos antes de pedir una segunda copa y anclado sobre el mostrador de la barra no pude apreciar que la mujer de piernas bonitas se había acercado hasta la banqueta de al lado y me miraba con descaro. Levanté la copa brindando por mi y para que se diera cuenta que estaba vivo y fue entonces cuando me volví y la pude mirar. Su cara era muy interesante y no tenía arrugas lo cual la situaba en la banda de los treinta años. El cuerpo no le podía apreciar porque estaba sentada, pero me gustaban los muslos y los exuberantes pechos, después que terminé de observarla ella sonrió y me habló. -"Espero que no te importe hablar conmigo, estoy muy preocupada por mi marido que le están operando ahora por haber sufrido un accidente de moto, y seguro que algún matasano del Hospital le esta terminado de machacar. Me ha informado un cirujano joven que su ayudante esta terminando de operarlo y que las lesiones son muy graves, que él ha hecho todo lo posible, pero lo que puede ser sera. Así que me ha dejado muy preocupada." ¿Conoce usted alguien del Hospital? "Lo siento pero estoy de paso y nada sé de ese lugar". 
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miércoles, 22 de abril de 2020

EL PERCHAS





Joaquín caminaba con pasos distraídos mirando todos los rincones de la calle, llevaba unos enormes lentes que por su peso le resbalaban por su arrugada nariz sudorosa. Hacia varios años que acudía, al menos tres veces en semana con un saco en su espalda lleno de perchas, visitando casas y ofreciendo las útiles perchas que siempre echamos en falta.
Su cara denotaba que vivía para otro mundo, y es de esas personas que desconocemos lo que sufría porque es difícil relacionarse con ellas. Gritaba con voz ahuecada el nombre de su producto, mientras con su pie golpeaba un guijarro, e insistía con meticulosa prontitud de nuevo con el grito de Percchhass. Hacia tantos años que vivía entre nosotros que le habíamos perdido el respeto que en un principio le teníamos, por la rareza de su cara, de su lenguaje y de su manera de comportarse.
Cuando oíamos su reclamo, le acechábamos, y cuando divisábamos su desgarbada figura, le llamábamos por su apodo “Perchas”. Aquello por no sé que extraño motivo le enfadaba, y comenzaba una retahíla de voces llamándonos por nuestros nombres, con voz bronca y lastimera. Cuando callaba, de nuevo lo provocábamos y volvía a insistir repitiendo nuestros nombres, hasta que nos identificábamos por pura conmiseración o por reclamo de algún vecino cansado de escuchar los gritos. Con los años perdió la visión y llevaba una gancha con la que golpeaba el suelo mientras acudía a las casas, no ya para vender perchas sino para recibir alguna ayuda con la que subsistir. Cualquier voz o ruido que escuchaba la identificaba con una exactitud que inducía al miedo.
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viernes, 3 de abril de 2020

REANUDO LA PERORATA






Nueve años después, recupero estos escritos que se encontraban encriptados en una maquina digital. Los releo con curiosidad y va , resulta que son interesantes. Mezclan los deseos con narraciones fragmentadas de ficciones posibles pero no reales, y el resultado mantiene mi curiosidad.
Lo primero es que han pasado tantos años que las cosas han cambiado, sobre todo se ha modificado mi salud, pero no la salud física sino la del pensamiento. Tengo una inmensa laguna llena de olvido, y no dispongo de herramienta alguna para encontrar los conocimientos, ni redes ni buscadores ni traductores, nada, así que saco como conclusión que mi entendederas están disminuidas y como resultado la producción literaria está resentida. Pero como estas letras son solo para mi, se que el nivel de exigencia sera alto aunque se resienta la calidad, pero de nuevo he de contar que mis deseos de juntar letras son impresionantes, que padezco de una suerte de pereza para hilar una nueva novela y que para combatir mis artrosis en las manos he de teclear el artilugio digital sin parar cada día.
Bueno, he de darle también un sentido práctico a estos escritos, porque si la memoria falla solo me queda estos diarios para su recuperación, así que me contaré todas mis cuitas y proyectos para su recuperación próxima o lejana.
He releído los relatos del Sr. K, me ha llamado la atención que lo habitual era que solo publicara relatos extensos y muy trillados por las editoriales, pero curiosamente los pocos conocidos, los muy cortos o los muy incoherentes están muy ignorados y mantienen tan mala distribución, que su lectura resulta tediosa. Pero quiero significar que les encuentro la misma distorsión e incoherencia, que a resultas son relatos sin lógica posible pero terriblemente atractivos, en resumen ficciones posibles pero con visos de poca realidad. Quizás la construcción sintáctica este automatizada y por eso llama la atención, quedando algo confuso el entendimiento, que obliga a la re lectura. Sea culpa de la loca ficción del Sr.K o bien de las pésimas traducciones, a saber.
Agotado por el esfuerzo mental y confundido por los sones de la Sinfonia 3 de SHOSTAKOVICH, cierro estos párrafos más fruto de mis deseos que de una utilidad intelectual, para lo cual doy fe en la ciudad de Málaga a 8 de febrero del 2016. Puff
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sábado, 7 de marzo de 2020

EL CORREDOR






El corredor se pone en marcha cuando sale de su casa, se siente orgulloso de su equipación, zapatillas deportivas, pantalones a medio muslo, cinta sudadera y un registro para conocer sus pulsaciones y la distancia recorrida. Se mira hacia abajo y ve el efecto que produce su visión desde el cenit. Piensa el ritmo que le va a dar a su carrera de dos horas, y decide que no debe forzar porque aún tiene dolor en su rodilla derecha desde el último día. Baja el paseo lleno de hojas, aún recién comenzado el Otoño, cruzándose con pocos peatones y se entretiene acompasando el volumen de su respiración. Por el momento no encuentra esa sensación de bienestar que le produce el esfuerzo, pero piensa que aún es pronto, que sus músculos están entumecidos ya que lleva dos semanas sin trabajarlos. Cruza la amplía avenida llena de coches, sorteando vehículos y cuidando no distraerse por las motos, así llega al Paseo Marítimo su lugar preferido para correr.
Nada más llegar a la parte terriza, le detiene un compañero de trabajo, es Alberto, quiere hablar con él. Se detiene y le da su versión, muy amplia por cierto, de lo acaecido en la reunión de la mañana, él que también ha asistido y no entiende él porque de tanta explicación de hechos que son repetidos casi todos los días y que le aburren. Aún así continua su exposición, y quiere estimularlo para que comparta su punto de vista, el corredor se cansa de escucharlo y decide darle la razón para que lo deje tranquilo y pueda correr. Al cabo de unos minutos lo consigue y se siente liberado, no sin que antes el tal Alberto le concierte una cita para el próximo día y pueda continuar su explicación. Cuando lo abandona, gira los ojos al cielo en señal de resignación, y comienza de nuevo a pensar en sus músculos y en su frecuencia cardíaca, tendrá que forzar un poco para coger ritmo y buenas sensaciones. Mira al horizonte, que confunde la mar blanca y el cielo azul de otoño, y piensa que el día es magnifico para el ejercicio y para la posterior ducha, también dormirá como un niño chico por estar impregnado de endorfinas. Escucha una voz tenue que le llama por su nombre, gira la cabeza y contempla en el paseo su adorable y pesada tía Carmina. Se detiene y trepa la muralla que los separa para llegar a saludarla, varios besos y las manos sujetas, le pide su parecer con los acontecimientos ocurridos en el Partido Conservador, cuando le da una impresión somera y reducida más por cortesía que por interés, tiene que escuchar en primer lugar la reprimenda por su actitud crítica y liberal, y con posterioridad una amplísima versión sobre su justificación de la metedura de pata del líder conservador. Cuando comienza a sentir la piel erizada, se acerca y después de darle dos besos se despide con confianza, aunque aún tiene que sentir a sus espalda el apelativo de Radical.
Cien metros delante encuentra a Rosita, una antigua y deseada novia que con un magnifico conjunto contonea su atributos en espera de mejorarlos si es que eso es posible. Rosita viene de vuelta, aunque según refiere ella no corre más de una hora a paso soportable, y por su aspecto así lo diríamos. Le cuenta los problemas que tiene con sus padres y explica él porque de esa actitud, hace un análisis pormenorizado de los momentos en que le han hecho insoportable su vida y los motivos que tenían por sus continuas desavenencias personales y de pareja. El corredor intenta quitarle importancia, pero Rosita amplia su disertación incluyendo su postura sobre el feminismo y el uso de la píldora. Hace fresco y el sol se ha ocultado, Rosita decide despedirse y deja al corredor que mira como se aleja contoneando sus atributos a paso de expectación.
El corredor cruza la carretera del Paseo Marítimo y se introduce en los callejones que van hacia la Avenida, piensa que hoy tampoco podrá hacer su ejercicio que tantas satisfacciones le produce y que también le sienta, pero sobre todo se encuentra muy molesto porque esta cansado de escuchar las opiniones de todo el mundo y él no quiere escuchar opiniones, solo quiere correr y sentir las drogas que tiene oculta en sus entrañas.
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domingo, 16 de febrero de 2020

EGOÍSMO







Me pregunté él porqué de sus gustos, desconocía por completo aquel personaje, y ahora me encontraba con toda este enorme volumen de libros y discos. Miré en derredor y calculé que podía haber unos tres mil libros, de cuyo contenido no sabia nada. Los más próximos a los discos de música eran libros menudos y muy usados, de temas muy poco uniformes y que para nada me interesaban. Los de su izquierda libros de Psiquiatría, que ignoraba su utilidad ya que mi padre nunca se dedicó a esta especialidad ya tan en desuso. Moviendo mi cuerpo con precaución, me dirigí hacia el lado contrario donde me encontraba, sorteando cajas llenas de libros y papeles, junto con revistas esparcidas por todo el suelo sobre literatura y política, algo difícil de entender.

Pasé junto a la turca, y deslicé la colcha que la cubría para ver que abultaba. Inicialmente no comprendí que era, pero en escasos segundos un horror recorrió mi cuerpo, aquel bulto era una persona boca abajo y en estado de momificación. Su pelo cubría una superficie muy adherida al cráneo, de color y textura muy parecida al cuero, y estaba largo y muy tieso. Sus manos eran huesos cubierto por la misma piel curtida, marrón y tersa que cubría todo el resto de piel que se pudiera ver . La espalda se encontraba al descubierto por haberse deshecho la tela de la camisa que lo cubría. Al retirar el mueble pude ver su cara, pero nada reconocí, aunque no parecía tener el rostro y gesto de sufrimiento. Junto a la turca y sobre una biblioteca baja, había unos papeles sueltos, los cogí y me puse a leerlos para aliviar mi tensión, eran frases elegidas de su lectura habitual que iba anotando para mantener su recuerdo. Otra hoja contenía un poema dedicado a su hijo, a nuestro hijo León.
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Fragmento de un libro 



jueves, 23 de enero de 2020

PÁGINA EN BLANCO






La primera vez que me enfrenté a un folio en blanco con el deseo de comunicar una idea, me encontraba en la universidad. Me aburría por una mala administración del tiempo libre, y decidí escribir unos requiebros amorosos a la joven que se encontraba en la ventana central del patio del colegio de las universitarias . Había decidido escribirle porque soy un tímido compulsivo y no tenía valor para invitarla a tomar un refresco. Cogí papel y lápiz y me lancé, ¿que le digo? Levanté la cabeza y volví a mirar en la dirección de la ventana donde se encontraba ella, se levantó y desapareció. La verdad que el gesto me desanimo, pero decidí continuar y contar mis deseos castos para con ella. Volví al papel y puse el encabezado, “mi querida amiga” puaff.. es una cursilería, como voy a dirigirme a ella llamándole “Querida”se reirá de mi. Continué arrancando hojas del cuaderno y lanzando a la papelera, pero de escribir nada de nada. En verdad no lo intenté muchas más veces en aquellos tiempos y me colgué la etiqueta de “no tengo puñetera idea de escribir” lo mio es la comunicación oral. Años más tarde y siendo ya un profesional, necesité hacer algunos informes que realicé sin mayor dificultad, y quizás me reconcilio con la organización conjunción y armonía de las letras. Pero siendo ya avanzada mi edad, bueno sin exagerar, debió ser pasados los treinta y cinco años, decidí por motivos de vanidad escribir algún relato que me permitiera competir con la pluma de mi compañera, licenciada en filología hispánica. Decidí escribir con ordenador y puse música de fondo, eligiendo los poemas sinfónicos de Lisz. Por aquellos entonces fumaba y disfrutaba con los cigarrillos, así que tenía un ambiente perfecto, solo me hacia falta escribir. Cuando pulsé la primera tecla y apareció la letra y después la frase, creí morir de gusto, había superado mi asignatura pendiente, ya sabía escribir. Imprimí la hoja de un relato que llamé Ítaca y lo volví a leer, me sentí a gusto y satisfecho, esa sería el primero de una larga sucesión de cuentos que el mundo aceptaría con honores. Lo pasé a mi compañera y me humilló, faltas ortografías, incorrecciones sintácticas y una vulgaridad de composición, así que me tragué mi vanidad y pasaron varios años antes de que volviera hablar de escribir. Decidí continuar escribiendo aunque fueran paparruchadas y así lo hice, cada semana escribía un relato, hasta que conseguí una extensa colección de novelas y relatos, que ya con mayor criterio almacené sabiendo que valían poco pero que me divertían, hasta el punto que ya no podía vivir sin escribir cada día un par de horas. Pero cuando la jubilación se apodero de mi vida y después de algunos problemas mal resueltos, me aparté dos meses de la escritura, esa fue mi perdición. Sentía pánico cuando me sentaba a escribir, y claro ya no tuve valor para superar la barrera del hecho narrativo. Fueron años difíciles, tuve que conformarme con la lectura.
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lunes, 6 de enero de 2020

ALGO NUEVO




Durante años he escrito de una forma peculiar, ni bien ni mal, sino de forma entre confusa y llamativa. Me guió la necesidad de ser entendido y usé y quizás abusé de la descripción narrativa, y para darle un toque de originalidad ciertas pinceladas de escritura automática, algo que no me resultaba fácil pero si el camino que deseaba emplear. La experiencia con la escritura automática fue en cierto sentido frustrante, no estaba habituado y su desarrollo me llevaba a cierta incomodidad que me hacia no estar contento, así que lo abandoné, sustituyendo le de nuevo por lo narrativo, eso si con cierto grado de peculiaridad por el uso de abundantes palabras cultas. Pero nunca abandoné el deseo no solo de mejorar mi escritura, sino de darle la frescura que me costaba tanto trabajo. Aprovechando que me encontraba fuera de los riesgos de la depresión habitual, en mi cotidiana personalidad, y acompañado de las necesaria urgencia por sentir que se acababa mi tiempo en los margenes del hombre lento, me dispuse a buscar cierto grado de originalidad en mis escritos. ¿Pero como hacerlo? Dividí los escritos en dos deseos, el deseo de la idea, y el deseo de la forma, me sentía cómodo en las ideas, porque fluían con naturalidad en mis composiciones, y cuando sentía que el vacío llenaba mis intenciones, abandonaba la escritura, con algo menos de cuatro días en mi tabuco, donde en compañía de la música esperaba el fin de mis momentos. Bueno he de decir que en la mayoría de mis escritos tienen un componente trágico, algo que ignoro los porqués, pero se que enfada a mis hipotéticos lectores que para nada quieren desgracias, que ya bastantes tenemos en nuestra vida cotidiana. Yo le llamo a este escritura la del sentimiento trágico de la vida, pero que puedo decir, me sale de forma natural aunque no me lo proponga. En cuanto al deseo de mejorar la forma, tengo mayores dificultades, muchas debido a mi falta de disponibilidad de tiempo y también a una cierta disléxia que me viene al pelo cuando me doy cuenta de mis errores, algo que no siempre me ocurre. Me pongo a escribir y cuando llevo tres renglones, me doy cuenta que escribo con letra cada vez más pequeña, tanto que antes de llegar a la mitad de pagina he convertido las letras en un reguero de hormigas y con bastante dificultad se puede leer. Busco una lupa de aumentos y el último renglón no puede distinguir que es lo que he escrito, así que debo dejar de juntar letras porque esta micrografía terminará por parecer una cinta en código morse. Me propuse que tenía que decidir, o abandonaba la escritura y me dedicaba a la lectura, o escribía solo para mi, aún con las muchas dificultades que se me presentaban, como es la la letra pequeña. Me senté en la butaca y puse en marcha la audición de HAYDN, cerré los ojos y esperé, había decidido que el tiempo se hiciera cargo de las mejorías que deseaba para mi vida.
 INDALESIO

sábado, 14 de diciembre de 2019

ESCENAS DIVERTIDAS






Año de 1966, acabados los estudios elementales y aceptado en la Universidad, me propuse pasar un verano glorioso y de lo más divertido, claro que tendría que buscar compañía porque divertirse solo no deja mucho margen para alegrarse. Mi padre que no se fiaba un pelo de su hijo por experiencias previas, le propuso un plan propio de personas inteligentes, ayudaría a mi tío Francisco en la clínica Santa Clara, así comenzaría su larga y abigarrada experiencia en el mundo sanitario. No me gustaba mucho la idea porque restaría tiempo para poner en valor mi planificación de diversión, pero dos acontecimientos ayudaron a aceptar el encargo de mi padre, uno era que me retribuirían simbólicamente con cincuenta pesetas mensuales, y lo otro que mi principal amigo del barrio y a la sazón pariente próximo tendría que estudiar en la vacaciones por fracaso escolar. Así que el primer día del mes de julio, me coloqué una enorme bata de mi padre que me hacía parecer adulto y unos zapatos deportivos blancos de tela de mi hermano mayor que me quedaban ajustados pero soportable, me miré en el espejo y me pareció interesante y muy profesional, con esa aprobación y el visto bueno de mi madre que no pudo remediar una tenue sonrisa, me lancé a mi primera experiencia laboral. Rechacé la oferta de mi padre de llevarme en su coche, todos le huíamos por lo mal que conducía, y salí de villa Candela con pasos poderosos y seguros, en menos de diez minutos me encontraba en la puerta de la clínica, tiré de un mango seguido de un cadena y sonó un tintineo al fondo de la casa, en breve me encontré acompañado de otro muchacho no mayor que yo que no paraba de observarme y que según me dijo se llamaba Paquíto y era hijo del jardinero, portero y celador. Me acompañó hasta el despacho del Director y me abandonó en la puerta, me dijo que no tardaría pero pasé allí toda la mañana aburrido como una mona. Al fin apareció jurando en arameo “por la puta fractura de rotula” y me saludó con un escueto “Hola”. Me citó para el día siguiente y se encerró en su despacho. En casa todos esperaban para que les contara como había ido el primer día de trabajo, pero me negué salvo con mis padres que no tuve más remedio de contarle todo. Mi padre me pidió paciencia y tolerancia con las rarezas de mi tío y magnifico cirujano . El día siguiente fue calcado al precedente, mi extraño tío no compareció, pero no me quedé allí, busqué al joven hijo del celador y le pedí me enseñara los contornos de la clínica, me miro en hito y asintió con la cabeza. De forma divertida me enseño todo los recovecos del edificio, cuando me señaló un sótano que según él era rehabilitación, me acerqué con precaución y por un ventanuco me asomé, una pareja, hombre y mujer estaban en buena coyunda con enormes jadeos y gritos sordos. Paquíto se fue corriendo porque al parecer era su padre, yo por contra ignoraba que era eso y que hacían, que al parecer se pegaban y gritaban de dolor. Me quité la bata y me fui a mi casa, no tuve más remedio que contarle a mis padres lo acontecido, ellos me libraron de continuar con mi asistencia a la Clínica y buscaron una excusa para con mi tío. Por aquellos días tuve una larga conversación con mi padre, que me puso al día de algunos aspectos que yo ignoraba, sobre las relaciones entre los seres humanos, y la deformada explicación que nos suelen dar en los colegios y en las familias.


INDALESIO  

martes, 19 de noviembre de 2019

UN MAL TROPIEZO








Cada jueves de la semana habíamos decidido salir a caminar, por varios motivos y el principal era mi precaria salud que me obligaba a realizar ejercicios físico para poder controlar mis impotencias. El grupo que se formo era muy agradable, no más de cinco y todos del mismo gremio, sanitarios. El lugar elegido, el camino de los Almendrales, lugar habitual pero no único. El grupo se formó por iniciativa de los más mayores, en especial del generoso profesor y lector de las mentes, que cuido siempre de que la armonía y equilibrio de nuestras podridas mentes estuvieran controlada por la rectitud de sus sabios consejos. El otro pilar del grupo igualmente era quien suministraba el espíritu filosófico, y aunque se empeñaba que ese espíritu era de filosofía barata, a mi siempre me pareció divertido y riguroso en sus planteamientos.
Este relato lo construí hace más de dos años, cuando aun mis torpezas estaban controladas por medicación y por los muchos ejercicios que realizaba casi a diario. Como ya podéis imaginar estas notas no van dirigidas a nadie ni representa situaciones peculiares, solo deseaban contar una historieta para hacer trabajar esa parte de mi cerebro que estimulan los instintos cognitivos. Pero como suele pasar, una vez que mejoré de mi enfermedad, me lancé a pecho descubierto a los ejercicios para el desarrollo físico, gimnasio tres días y de nuevo paseo por el monte. El jueves quince de octubre salimos desde los inicios del sendero que solíamos recorrer, íbamos con buen humor y gestos de complicidad, la temperatura era aún muy agradable sin sobrepasar los veinte y seis grados. Solo escuchábamos el ocasional grito de la tórtolas y un silencio muy acogedor, pero ese no era mi día, ni diría que tampoco era el de mis compañeros. No llevaríamos más de media hora cuando bajando un pequeño balate perdí contacto con el pie derecho y se torció el tobillo, escuché el sonido de desgarro del pie dentro de la bota y me senté para lamentarme. Pocos minutos después el tobillo se inflamó y me quedé incapacitado. Intenté caminar con la ayuda de los bastones, pero dolía mucho. Me explore quitándome la bota y supe que no estaba roto el hueso, pero si los ligamentos externos del tobillo. Me volví a colocar la bota, ante el riesgo de que tuviera dificultad para que entrara de nuevo en el calzado. Me ayudaron a levantarme para buscar la forma de evacuarme de aquel lugar, el maestro filosofo se colocó a mi izquierda y el terapeuta mental a mi derecha, al estabilizarme para incorporarme fallaron las manos del filosofo y caí a plomo sobre un voluminosa piedra y sentí un fuerte dolor. El terapeuta le reprochó al filosofo su debilidad y el ocasional daño que me podía haber hecho, aunque me recuperé con cierta prontitud un poco alarmado por el rostro de reproche que apareció en la cara del filosofo. Se dijeron algunas lindezas con demasiada agresividad aunque en el descenso intenté transmitir sosiego sacando temas inocentes y banales. Aquella historia acabó bien para la recuperación de mi tobillo que en tres semanas podría volver a mis actividades físicas, pero mal para mis amigos que aun se guardan rencor de forma incompresible y continuada.

INDALESIO

miércoles, 30 de octubre de 2019

LLAMADA TELEFÓNICA









Escuché el irritante sonido del teléfono de baquelita del pasillo de la casa y le dejé sonar durante unos minutos, pero aquel artilugio no cesaba de repiquetear, así pues decidí que debería cogerlo antes que causara un conflicto con mi padre. Corriendo con la única protección de los calcetines atravesé el salón y llegué al pasillo donde estaba ubicado el jodido aparato de comunicación. Lo descolgué y escuché el clic de colgar al otro extremo del auricular, dejé caer el auricular a la vez que aparecía mi madre con cara de preocupación.
 - ¿Quién era?
-No sé llegué tarde. Lo siento
Volví a la sala donde escuchaba la radio con un sonido amortiguado por un trapo del polvo que cubría todo el aparato de audición para no molestar a mis padres, cuando me senté y elevé el sonido se escucho en la distancia de nuevo el sonido del teléfono. En esta ocasión no lo dudé corrí sin dilación empujando todas las puertas que me encontraba por delante , llegué acelerado y descolgué el auricular. Después de saludar y preguntar quién era me quedé sorprendido,cuando contesto parecía yo mismo por el tono de la voz y por las preguntas que solía hacer. No fui consciente de lo mucho que se parecía aquella voz con la mía , separé el auricular y de forma infantil miré en aquel objeto algo que pudiera justificar las respuestas que se hacían con mi propia voz . Luego lo solté con un gesto de violencia cayendo entre mis piernas de forma caprichosa , me quedé atenazado y sorprendido apoyado contra la pared. Poco a poco me volví acercar porque se oía un suave parlancheo de fondo , sujeté el auricular y lo miré con detenimiento, nada me parecía anormal, salvo que la voz que hablaba era la mía. Aquella voz cuando la acerqué a mi oreja se fue aclarando sin perder el tono que era exactamente como el mío, presté atención y le escuché, me llamaba por mi nombre . Pasaron unos minutos durante los cuales siempre repetía lo mismo , Armando me de valor contesté con un timorato “ si soy yo” Separé el auricular con miedo , cuando fui consciente del gesto lo volví acercar , entonces escuché la voz, mi voz, que me preguntaba si saldría aquella tarde .Yo respondí preguntando con el quien eres y no una vez sino varias , pero volvía siempre a la pregunta de Armando me da valor . Luego cambio la pregunta, y repitió si saldría aquella tarde. Sentí un escalofrío de puro miedo y ya no me atreví a decir nada, pensé que hacer, aquello no me parecía normal pero sentía cierta curiosidad. Me vino a la mente la posibilidad de que fuera un fenómeno paranormal parecida a la sinestesia , o en su defecto un imitador de voz , pero yo no conocía ninguno. Cuando decía esto recordé a mi amigo Fernando,  era un imitador buenísimo 
con algunas voces, en especial las de tono grave como era el mio. Entonces grité , imbécil .
 INDALESIO

sábado, 21 de septiembre de 2019

MARÍA LA DEL GARAJE







Aquella mañana amaneció con un sol radiante, normal porque era el mes de julio y en esta ciudad siempre hace una luminosidad muy agradable, precisamente por eso le llaman la Costa del Sol. Vivo cerca de la ciudad en una barriada de casas unifamiliares de una burguesía rancia y rica, y cuya composición social esta formada por algunos nacionales emigrados de la comarca de Camero, y un nutrido grupo de burgueses extranjeros emigrados de las nacionalidades de Europa. En total no sobrepasan las veinte casas y familias, todas las casas con un generoso jardín y ausencia de niños y jóvenes que pudieran hacerme compañía. Así que mis padres decidieron enviarme a realizar los estudios pertinentes de bachiller superior a la cercana ciudad de Granada donde bajo la tutela de los religiosos de San Cosme me licencie con suficiencia. Pero los periodos vacacionales me reintegraba a la vida familiar de nuestra soleada y bella ciudad de Málaga, donde me aburría como una ostra. Cada mañana me levantaba y mientras desayunaba meditaba que faena podría organizar para ocupar el dilatado día del estío. Al terminar el desayuno completaba el aseo y salía de casa para sentarme en el muro del llano donde esperaba que fuera la hora para ir a la playa con mi madre. A veces ideaba identificar el ruido del motor de un auto y esperaba que pasara para averiguar si había acertado, pero esa mañana el sol era intenso y me sentía torrar mi rapada cabeza. Así que decidí acercarme a la empinada cuesta que daba acceso al llano de entrada de la casa de mis padres, cuando llevaba recorrido la mitad del trayecto me llamó la atención que de la puerta del garaje salía una tenue cortina de humo, raro porque ni se usaba para guardar coches ni cualquier otro uso. Llamado por la curiosidad me acerqué despacio haciéndome el distraído e incluso lance un tenue silbido para que no me sorprendiera algo pecaminoso, pero fue inútil, solo pude apreciar el humo negro que por un angulo de la puerta buscaba la verticalidad. Cuando llegué a la altura de la puerta me separé para no ser sorprendido, pero con la cabeza girada hacia la derecha para poder apreciar que era lo que pasaba detrás de la enorme puerta. Estaba entornada y dejaba una separación en el último pliegue del fuelle de la puerta y por el angulo superior salía el humo. Alejado fui abriendo el angulo de visión conforme me desplazaba hacia la izquierda hasta que pude ver su interior, pero como estaba orientada al sol de levante la sombra no me dejaba ver. Inicialmente decidí irme hacia mi casa, pero hacia la mitad del camino, la curiosidad me hizo volverme para ver el interior del garaje y el origen del humo. Cogí un palo de forma instintiva y apoyándome en él me dirigí con diligencia hacia la puerta del garaje, volví a separarme de la entrada y avizore el fondo del habitáculo. Tarde unos minutos en acoplar la intensa luminosidad a la oscuridad del interior, entonces y aún sin saber que era lo que me iba a encontrar me acerqué hacia la apertura, conforme me acercaba iba distinguiendo los bultos del interior, pero sin poderlo definir, hasta que llegué al portón. Entonces echándole valor use la voz para preguntar quien había allí dentro. Considerando que solo tenia doce años perdí el miedo y avancé hacia el interior, pude observar un bulto envuelto en una manta y la zona desde donde salía el humo. Eran unos troncos en rescoldo quizás húmedos que lanzaban una gran cantidad de humo y también había prendido una de las esquinas del enorme bulto. Con el palo que llevaba empuje el bulto, pero no conseguía identificar el contenido del objeto. El resto de la habitación estaba vacía, salvo una goma de rueda apoyada sobre una de las paredes, el resto era suciedad y un severo olor pestilente que oscurecía todos mis sentidos. Insistí con el bulto pero seguía sin poder saber de que se trataba , me pegué a la pared y le miré hacia el costado anterior del bulto, entonces me dí cuenta de que era una persona y di un salto que me hizo caer de culo en mitad del garaje, me giré y realicé un escorzo que me hizo ponerme en pie y corrí como un poseso hacia la puerta. Desde la puerta e hipando corrí hacia mi casa desaforadamente, hasta que me encontré de frente con mi padre. Le conté lo que había visto y algo más de imaginación fruto de mi estado de excitación, me miró con dudas y me dijo: - Espero que no sean fantasías tuyas. Con agitación insistí en que había visto una persona y que estaba ardiendo por uno de sus extremos. A pesar de las dudas de mi padre decidimos ir ambos a ver que era lo que pasaba, me sujeto del hombro y me pidió cautela y tranquilidad. Recorrimos el llano, le señalé el garaje y el humo que salía por la puerta, y ambos nos precipitamos hacia el interior. Agarró el bulto y tiro de él hacia fuera, apago la humeante manta y lo acercó a la puerta. Entreabrió las hojas de la puerta y deslió el bulto, yo me separé de aquella figura que para más inri era una mujer consumida por el fuego y posiblemente por la indigencia. Muy alarmado mi padre me ordenó me fuera a casa y me pidió le dijera a mi madre que llamara a la policía. Un par de horas después llegó la autoridad pero yo me encontraba clausurado en mi habitación y con los consuelos de mi madre que aún me consideraba un niño pequeño. Ese fue mi primer cadáver y no el último. Se trataba de una indigente que vivía de la limosnas de los vecinos del barrio, le llamaban “María la del garaje”, había sufrido mucho durante la guerra civil ya que perdió a su marido y a sus dos hijos. Desde que acabo la guerra hacia algunos encargos para los vecinos y mal vivía en garajes y casas abandonadas. Aquella noche lloré solo en mi habitación, porque aprendí lo que el destino les deparaba a los perdedores y miserables.
INDALESIO

sábado, 24 de agosto de 2019

MI MÚSICA






Mi padre era un amante y aficionado de muchas cosas, quizás la que más le despertaba pasión era la música. Cada día después del almuerzo se sentaba en su butaca preferida, sintonizaba la música clásica en el armatoste a lamparas que tenía junto a su cabeza, y reposaba con un pañuelo bajo el ojo derecho sujeto con su misma mano. Luego se escuchaba un leve pero intenso ronquido y la música pasaba a un segundo plano. Yo sentado enfrente le miraba y observaba cada sonido que compartía con la radio, el caso es que me gustaba bastante más el sonido de la música clásica que los ronquidos que emitía la garganta de mi padre. Cuando despertaba, se agitaba y frotaba con la mano de apoyo y comentaba : Magnífico concierto . Yo sonreía y él me guiñaba como signo de complicidad. Quizás había cumplido los doce años, cuando mi padre me comentó que había conocido al catedrático de guitarra del conservatorio y que habiéndole parecido un gran persona y un genial docente, con método propio de enseñanza, merecía la pena que lo aprovechara para que me enseñara el manejo del laúd, ya que mi hermano que tenía mejores condiciones musicales aprendería el uso de la guitarra. Me quedé perplejo porque aunque entre hermanos no teníamos dificultades, la rivalidad existía y yo deseaba mostrar mis facultades para desbancar su superioridad no solo por la edad sino por mi motivación y ambición. Como siempre ocurría aceptábamos las indicaciones de padre sin rechistar, aunque a mi no me gustara, desplegué la cara de triste y enfadado, e iba suspirando mis penas por los lugares de uso común, incluso tuve el atrevimiento de no escuchar el concierto de la siesta, con mi padre en el “dolce far niente”. Cuando en la noche me cruce con él, metió sus dedos en mi tupida cabellera despeinándome sin más contemplaciones. Fuimos informado por mi padre que el maestro de guitarra vendría dos días a las doce del medio día, y aunque rompía el programa de juegos de la mañana aceptamos sin rechistar las indicaciones de padre. Luego me hizo indicaciones para que fuera al garaje y dentro del coche encontraría una guitarra y un laúd adquirido por mi padre para los menesteres de la formación musical. La guitarra era nueva y estaba reluciente,el laúd era de segunda mano y se notaba el rayado de las uñas del maestro que lo había usado, no me gusto tampoco ese gesto para con mi ambición y llené mis ojos con más lagrimas de lo habitual. Mi padre sacó del bolsillo un juego de cuerdas y dos cejillas y las colocó sobre la caja y el mástil, luego las depositó sobre el sofá y nos advirtió que si queríamos demostrar nuestras habilidades lo hiciéramos ahora y sino cuando viniera el maestro. Yo me lancé sobre la herramienta y con una púa froté las cuerdas sin que el sonido tuviera la coherencia necesaria. Mi hermano con la guitarra demostró tener habilidades naturales y el sonido que sacó era lo más parecido a una melodía. Al día siguiente, media hora antes de la llegada del profesor agarré el laúd y lo abracé, mis pocos años me hicieron pensar que si le mostraba cariño, ella respondería con un sonido como los que escuchaba en la radio. Pero no fue así y yo bien que lo he sentido, porque no conseguí pasar de ser un mero oidor distinguido. El maestro llegó a su hora, iba vestido de negro y con una cinta en el brazo, señal de viudo, portaba un sombrero de ala corta también de color negro, sus ropas lucían manchas y lamparones de diversos tamaños e intensidades. Sacó del bolsillo un paquete de hojas de liar cigarros y escogió una hojilla, luego cuatro o cinco colillas de tabaco y les vació mezclando todos los contenidos, los envolvió en la hoja y encendió con un chisquero. Una columna de humo denso salió de su boca piorreica, deposito el cigarro en el clavijero y agarró el instrumento, cuando escuché el sonido me quedé patidifuso, por la caja de resonancia salia un ruido de una belleza inigualable, y fue entonces cuando supe que jamás llegaría a sacar ese magnifico ruido al instrumento que me había conseguido mi padre, y así lo entendió, lo cambio por la lectura sin limite y bajo su control. Mi hermano consiguió dar una semana de clase, porque el maestro Navas don José murió de una ataque al corazón. Continúo escuchando música y no me pierdo ningún concierto velando el sueño de mi padre.
INDALESIO

sábado, 27 de julio de 2019

ESCENAS DE LA GUERRA DE LOS ESPAÑOLES








He calculado la edad que tendría cuando sufríamos la guerra civil, y eran los siete años. En ese momento paré de aporrear las teclas porque mis ojos se encontraban llenos de lágrimas. Saqué el pañuelo y enjugué ambos ojos, continué no sin antes respirar profusamente para alivio de mi congoja. Luego continué escribiendo aunque me encontraba sobrecogido por una enorme cantidad de recuerdos vividos y padecidos. Cada imagen que me aparecía despertaba los recuerdos más sensibles del almacén de mis entendederas, y también un sentimiento de odio y de repulsa contra los que me hicieron daño, tanto a mí como como a los que formaban parte de mis circulo de familia y amistades. En esta ciudad de Málaga la guerra mantenía ocupado a los adultos, pero los niños no deseábamos ver sufrimientos ni los desatados odios de los que hablaban los mayores, así que nos refugiábamos en lugares donde podíamos jugar a las canicas o mirar el cielo por donde sobrevolaban aviones y proyectiles que nos parecía algo sobrenatural por el lugar que ocupaban. Como eramos niños curtidos en varios años de guerra y miseria, sabíamos cuando nos esperaban para comer y cuando no hacia falta que apareciéramos porque nada había que comer. Esos día nos colábamos en el jardín de Villa Patrocinio y nos sentábamos bajo los naranjos de cachorreñas, nos comíamos tres o cuatro naranjas, con la tripa llena descansábamos durante las horas de mayor canícula. Después arreábamos con los aros metálicos, los más favorecidos, y nos dirigíamos a la casa del cónsul para observar las pasadas que todas las tardes realizaban los aviones, y las descargas de bombas sobre la ciudad, que solo podía defenderse haciendo sonar las las sirenas de aviso para la sufrida población. El viernes ocho de febrero amaneció muy nublado y con bastante frio, mi madre había sufrido algún trastorno y no conseguía hablar pero continuaba organizando nuestra casa, padre salía para conseguir algunas monedas realizando trabajos de enseñanza, era secretario del Instituto Gaona y daba lecciones a los niños de los barrios colindantes y clases particulares a los niños con posición económica más desahogada. Después de un tazón de achicoria con dos gotas de leche, mi padre nos daban recomendaciones sobre los cuidados que deberíamos tener. Yo el más pequeño recibía cuidados e instrucciones especiales, en especial que tenía que estar de vuelta antes de la seis de la tarde con el atardecer. Nos reuníamos en el Jardín de los Monos, aunque siempre se retrasaba alguno de los chavales, y subíamos el Camino Nuevo correteando para que según el orden de llegada proponer lo que íbamos hacer durante el día. Hacía tres meses que no había escuela y solo al final de la tarde cuando volvíamos a casa, mi padre nos sentaba en la sala comedor /dormitorio, y nos contaba episodios de la Historia de España, la mayor de las veces nos quedábamos dormidos apoyados en los antebrazos. Aquella mañana del ocho de febrero llegué el primero a los jardines del Ingles y me gané el privilegio de llamar a la puerta para recibir algunas galletas maría, que después repartía con el resto de la tropa. Aquel día, no salio Reme, la mujer que cuidaba la casa y nos proporcionaba las galletas, sino el propio Inglés con cara desencajada. Nos habló durante un rato en ingles, y nos quedamos mirándole porque ninguno de los nuestros había podido aprender el confuso idioma, pero nos alegró el momento ya que también nos proporciono las deseadas galletas. Luego aquel hombre comenzó a mover los brazos y señalando el lugar por donde habíamos venido, sin más y con los ojos llenos de lágrimas se metió dentro de la casa dando un severo portazo. Un ruido de difícil definición comenzó a oírse e iba en aumento, todos los cuatro chicos nos asustamos y nos refugiamos en los restos de una casa abandonada. Desde allí divisamos una columna de tanques y camiones que se colocaron en formación y que en pocos minutos comenzaron a lanzar bombas y balas en todas direcciones. Cerca, muy cerca de donde estábamos cayeron dos bombas que nos lanzaron por el aire y que dejo inane los cuerpos de mis compañeros de juego. Miré mi pierna derecha y ví roto el pantalón, lo remangué y me quedé horrorizado, tenía un pedazo de carne colgando y un trozo de ladrillo clavado, le saqué y sujeté la herida con la tela del pantalón , me puse de pie y caminé, y milagro podía. El único lugar hacia donde podía dirigirme era al sur, para conseguir alejarme de aquellos salvajes que no paraban de lanzar disparos, corrí por el Camino Nuevo teniendo que pararme de vez el cuando porque se caía la tela que sujetaba la enorme herida. Llegué a la carretera y el panorama era desolador, la mayoría de las casas estaban derruidas y humeantes, yo que aún estaba conmocionado instintivamente me dirigí hacia el oeste quizás el lugar que mejor conocía. Llegué al Hospital de Sangre a la vez que una incesante multitud de gentío corría en dirección contraria a la mía. En la puerta del Hospital caí de bruces a la vez que un celador me intentaba sujetar, me recogió del suelo y me llevo al interior del Hospital. Según me dijo mi padre estuve dos días con fiebre muy elevada y durante ese tiempo me operaron y colocaron una escayola. Tres meses después mi familia fue fusilada, salvo yo que quedé con una severa discapacidad y la necesidad de usar una muleta. Me recogió durante dos años una familia adinerada que jamás manifestó afecto alguno por mi persona y que decidió ingresarme en el colegio de huérfanos de la Misericordia para que enmendara la perra vida que los rojos me habían dado. Luego estuve en una Sanatorio durante diez años curándome de la infección del hueso de la pierna, cuando me dieron el alta busque ayuda pero nada encontré, así que me acogieron en el Cottolengo lugar donde aguardo acabar mis días en la mejor de las situaciones.

INDALESIO

miércoles, 26 de junio de 2019

MARÍA LUISA






No era guapa pero si le gustaba la elegancia, quizás influía que no era alta pero si estaba proporcionaba. Un rasgo facial, una mínima cicatriz de juego en la infancia, le daba una característica muy peculiar, porque iba acompañado de una pequeña contracción del parpado inferior . Lo que más llamaba la atención era los inicios en la conversación con cualquier persona, una sonrisa acompañada las primeras palabras para después seducir ampliamente con los susurro de sus frases. Siempre y con todos, nos dejaba perplejo con el severo contenido de su conversación y con la dulzura de las maneras.
Pero bueno no escribo esto para contar las beldades de María Luisa, sino la historias de los hechos que acontecieron en la vida de esta mujer, y que tanta influencia tuvo en los que convivimos con ella. Por motivos del azar y la necesidad la conocí en la Universidad, fue en una taberna donde realizábamos los encuentros y que se llamaba Natalio, allí comenzamos el compromiso político teórico para prepararnos para la lucha contra el franquísmo. Y como no, la responsable de la acción política era María Luisa, que tenía una elevada formación ideológica y una condiciones innatas para despertar el compromiso de todos los inquietos muchachos que nos parecía necesario que las cosas cambiaran en nuestro país. He de confesar que no me llamó la atención hasta que comenzó la perorata habitual de los círculos comunistas y seguidores de Marta Harnecker, fue entonces cuando quedé prendado y seducido por la habilidad del uso del verbo. Al terminar me acerqué y un compañero me presentó. María Luisa iba con un tipo que la sujetaba del codo y que no parecía tener relación alguna con ella, sobre todo por su pinta de pijo. Según me dijeron era su marido, pero nada tenía que ver con ella, parecía más un florero que un guarda espalda, valoré su posición y mis posibilidades y llegué a la conclusión que debía seguir vigilando aquella persona para conocer si podía acercarme a mi líder sin que el tipo se mosqueara. Como era habitual en aquellos tiempos, no volvimos a vernos hasta que transcurrieron varios meses, ya que las medidas de seguridad eran muy severas, por lo imprudentes que a veces eramos. Fue un uno de mayo repartiendo propaganda en la fuente del Triunfo, nos pillaron como pardillos con toda las octavillas bajo la camisa, y pasamos varios días incomunicados en la comisaria de la plaza de los Lobos. Cuando nos dejaron el libertad me estaba esperando en las escaleras de la facultad de derecho, intenté hacerme el loco mirando para otro lado pero ella de dirigió directamente a mi y me dijo que quería tomar un café para aclarar algunas cosas. Me pidió sentarnos porque le dolían las piernas, deslizó la pierna bajo la mesa y levantándose la falda me enseñó el muslo completamente morado. Horrorizado e indignado quité la vista de aquellas carnes laceradas y lancé una larga perorata de insultos para con los maderos. Ella me puso los dedos en mis labios y me pidió silencio, luego habló sobre la estancia en Comisaria y los daños sufridos, yo conté lo que pude y me pareció prudente, cuando terminé me invitó a salir. Aquella noche me llevó a su casa y me enseñó todo su cuerpo, me dijo que su marido estaba de viaje en Barcelona, y que deseaba pasar la noche conmigo porque había tenido una crisis de pánico y se había sentido muy mal y muy sola. Con extremado cuidado fui besando sus verdugones extendido con saña por todo su cuerpo, luego con un trozo de hielo envuelto pasé con suavidad por las zonas más comprometidas. Cuando era la media noche, me dí cuenta que estaba dormida, la tape con una manta y apagué la luz. Media hora después sentí un tenue temblor en mi cuerpo y decidí que me tendría que ir y recuperar mis deteriorados sentidos. Salí de su casa sin hacer ruido y me fui a la pensión. Nunca jamás la volví encontrar pero si guarde un intenso recuerdo de su personalidad y comportamiento. También de unas palabras que me dijo: “Olvida la moralidad de los hechos y los motivos”

INDALESIO




jueves, 30 de mayo de 2019

MALOS PASOS






Me llamó Rafael Sánchez, tengo cincuenta años y paso por un mal momento físico y anímico . Los porqués son complejos de averiguar, pero teniendo la necesidad de contarlo, me descubro ante mis amigos. Hace quizás cinco años me apunté en un gimnasio para mejorar mi condición física, me dolían los muslos cuando caminaba algo más de lo habitual, también porque mi constitución anatómica es de piernas y muslos finos y atróficos. Después de seis meses de duro ejercicio, no encontré ni mejoras en el esfuerzo ni mejora en el desarrollo muscular, así que decidí buscar otro tipo de ejercicio que al menos fuera más entretenido. Decidí que lo primero que tendría que hacer es analizar cuales eran mis alteraciones físicas, y que como consecuencia había desarrollado una profunda tristeza y psicopatía que agravaba mi situación. ¿Cuales eran mis alteraciones físicas? Lo identifique con facilidad, porque tenia conocimiento sanitarios , era una marcha anormal. Caminaba con oscilación, me desplazaba hacia los lados cada varios pasos, aunque siendo verdad lo primero que me pude apercibir es que caminaba despacio, y todo el mundo me adelantaba. Observé que siendo alto de 1 metro y 83 centímetros, y que el ritmo de mis piernas parecía normal, avanzaba mucho más lento que las demás personas y que quizás perdía impulso con este tipo de marcha. Busqué información sobre la marcha y los tipos de alteraciones posibles y encontré que existen multitud de tipos de marcha, y no menos alteraciones y orígenes de patologías detectables con el análisis de los tipos de desplazamiento con las piernas. Estos análisis podían ser de gran utilidad para detectar multitud de enfermedades de origen neurológicos, psiquiátricas y constitucionales, y yo según mis observaciones podía ser un compendio de todas ellas. Decidí que ya que no conseguía identificar el problema concreto, al menos podía poner en marcha algún sistema de corrección, que me produjera mejoría clínica y en la autoestima. Por supuesto serían ejercicios fáciles y adaptados a la vida cotidiana, el primero de los cuales fue el seguir la linea recta que marca la unión de las lozas del suelo. Empecé con interés pero poco a poco me fui aburriendo, no conseguía corregir las desplazamientos laterales y seguía con la marcha lenta insegura, pero ya tenía casi seguro que no parecía progresar, aunque tampoco mejoraba mi estabilidad psíquica. Dejé los esfuerzos de concentración y me lancé a ejercicios de caminar por senderos del monte, y aunque no parecía que tuviese utilidad al menos era divertido y olvidaba los males que me acechaban. Escribí a un Gabinete de análisis de la marcha y les pedí cita para que me realizaran un estudio que me permitiera tener un diagnostico que me tranquilizara, mientra busqué y encontré ejercicios que me fortaleciera equilibrio y la musculatura erectora del tronco. Consistía en marcha lateral hacia ambos lados, en grupos de de treinta saltos y después en carrera hacia atrás todo lo que aguantara. Cada día hacia mis ejercicios durante una hora, y aunque me parecía ridículo le puse empeño hasta que corriendo de espalda, tropecé y caí por un terraplén de unos diez metros y en cuyo fondo había una cantera de piedras que sirvieron de amortiguador de mi espalda. No podía moverme y mis piernas no respondían, y tenía enormes dificultades para respirar. En esa posición permanecí hasta que sentí que caía liquido sobre mi imposible cuerpo, miré y era un hombre que meaba tranquilamente desde el borde del camino. Hice señales con mis brazos y el campesino dio un salto y desapareció de mi vista, al momento volvió a asomarse y me gritó que era lo que hacia allí. No me moleste en contestarle, pero moví los brazos en señal de que estaba vivo, una hora después me sacaban en camilla y me trasladaban al Hospital. No volví a caminar y aun continuo vivo después de diez años de reposo obligado, solo podía leer y a buena fe que lo hice, pero nunca pude averiguar porque había caminado de esa forma tan peculiar, tampoco los muchos especialistas que me visitaron y que les pregunte con curiosidad.

INDALESIO

sábado, 11 de mayo de 2019

¿OLVIDÉ MI LIBRO ?






Me llamo Nicolás y desde hace años tengo una gran afición por los libros. Creo que todo empezó cuando mi madre me pedía dormir la siesta en la biblioteca, donde unas enormes estanterías se encontraban colmatadas de libros de diferentes lomos, tamaños y colores. En la mullida alfombra reposaba mi cabeza sobre una almohada de plumas, y desde allí leía lo escrito en el lomo de cada ejemplar. Aprendí la situación de los más de tres mil ejemplares y los nombres de sus autores, aveces me quedaba dormido agotado de buscar y completar los títulos de los libros más pequeños y con letras doradas que me obligaban a un sobre esfuerzo. Al iniciar la siesta, me tumbaba y orientaba hacia el lugar que había decidido le tocaba repasar la ubicación de textos, conseguí los mínimos fallos y decidí usar la escalera de madera para llegar a mirar las posibles dudas, en especial los libros pequeños y con nombres difíciles. Una vez que tenía bastante seguridad en la localización de los textos, me llamo la atención el contenido, pero no fue hasta los doce años cuando les pedí consejo a mis padres sobre el que leer, y así fue cayendo en mis manos las maravillosas fantasías de Kipling, Conrad, Salgari y Melville. Y fue definitivo porque ahora leía con una enorme voracidad y así continué muchos años de mi vida, tanto que decidí que mi profesión fuera la enseñanza de la literatura y los fenómenos que ocurren en derredor.
El último acontecimiento ha sido el encuentro de ocasional de un libro depositado en un banco del parque de mi ciudad. Inicialmente solo vi la forma del libro, no muy grande y envuelto en papel transparente de color verde claro, no hice mucho caso y pasé de largo, aunque veinte pasos después  paré en seco y volví sobre mis pasos. Me quedé anonadado  y observé que tenía la forma de un libro y que se transparentaba unas letras gruesas. Mire en derredor y no había nadie que mostrara interés, me acerqué y sin dudar era un libro, me agaché con algo de desconfianza y lo cogí. De inmediato continué mi marcha sin hacer caso de saber de que se trataba, cuando llevaba un largo trecho pude mirar que era un libro y cuyo título rezaba LA EDUCACIÓN SENTIMENTAL de Gustavo Flaubert. Edición de bolsillo de Penguin clásicos. Todo lo averigüé sin quitar el forro que lo envolvía, así que decidí sentarme y ver cual era la intención de aquel objeto, que tanto me llamaba la atención. Me senté y miré hacia ambos lados, cuando terminé me di cuenta que a poca distancia había una chica que me miraba, me hice el distraído y sujeté con ambas manos el libro que era más grueso de lo que aparentaba. Me pareció que podría pasar un mal rato si la joven pedía la propiedad de aquel libro, así que valoré la posibilidad de montarme en el próximo autobús, cuya parada tenía delante. Me levanté muy rápido cuando el bus paro y abrió sus puertas, me encontraba dispuesto a subir cuando sentí que me agarraban de la chaqueta.-Señor, se deja el libro y es muy bueno. Tiene muchas referencias en su interior y seguro que sabrá apreciarlo.
Cogí el libro que me alargaba y las puertas del autobús se cerraron. Vi como la joven agitaba su mano en señal de despedida. Cuando llegué a casa me senté y abrí el envoltorio, tal como me había dicho el libro estaba lleno de anotaciones en diversos idiomas y en la portadilla contaba un personaje llamado Amanda, quizás la chica que me pasó el libro. Como se organiza una cadena B.C y el largo recorrido que había vivido este interesante libro. Fue así como me incorpore a estas rotaciones de libro y puse en circulación el programa de liberación de libros de mi biblioteca. Un año después me llegó de vuelta uno de los primeros libros liberados de mi biblioteca, me pareció que le hacia un gran beneficio a la literatura . INDALESIO