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lunes, 12 de junio de 2017

DIÁLOGO SIN PRISA





  • ¿Cuándo?
  • Lo previsto.
  • ¿Mucho o poco?
  • Lo justo.
  • Da una señal.
  • Yo soy la señal.
  • Una pista.
  • Está claro.
  • ¿Días, semanas, años…?
  • Tiempo.
  • ¿No puedes concretar?
  • No hay duda.
  • ¿Significa algo que te vea?
  • Es un dato.
  • ¿Se puede aplicar la ciencia?
  • Hay que empeñar la vida.
  • Está empeñada desde el nacimiento.
  • Yo no anuncio nacimientos.
  • ¿Hay prórroga?
  • No.
  • ¿Hay esperanza?
  • No.
  • ¿Hay final?
  • Yo soy el final.
  • Entonces ¿para qué te he visto?
  • Para conocerme.
  • Ya te conozco.
  • Solo de oídas.
  • ¡Márchate!
  • Si me marcho vendrás conmigo.
  • Entonces quédate.
  • Si me quedo dejarás de estar tranquilo.
  • Empiezo a conocerte.
  • Ese es el secreto.
  • Empiezo a quererte.
  • Esa es la paz.
  • Acabaremos siendo amigos.
  • Esa es la lucidez.
  • Agradezco tu premonición.
  • Ese es el camino.

CIRANO

domingo, 12 de febrero de 2017

SOBRESEIMIENTO




Los dos habían sido, los dos querían ser. Quizás lo que buscaban al escribir no era que los leyeran sino que los escucharan, que las amistades que habían cultivado a lo largo de su vida, eso que los romanos llamaban gente, los oyera. Esa era también la ilusión de Cervantes tras el fracaso de las comedias. Imaginaba a su gente alrededor de un lamparón de aceite atenta a la lectura del Quijote como si fuera él quien hablara. Formar coro, tener auditores que se fijen en las ideas que transmite es el objetivo del poeta. Que su gente quede colgada de la palabra, que vea horizontes nuevos, que comparta lo que el autor acaba de descubrir.
No sé si el artista se viste o se desnuda al publicar su obra. El desnudo es la realidad que el vestido tapa. Habría que preguntar si el silencio es lo natural y la palabra lo que cubre o engaña. La pintura funde forma y expresión, pero la escritura es el destilado del pensamiento. En ambos casos el valor reside en la verdad que deja ver el autor, porque lo único que puede llegar a conocer el artista es la propia intimidad, aunque a veces no la comprenda. Es más, cuanto menos se entienda a sí mismo más explícita es su obra. Si no alcanzas a sorprenderte no vas a sorprender a los demás. En eso consiste la originalidad, lo admirable. Tan seguros estamos de nuestro final que lo más apreciado es el atisbo de novedad: una oferta que oriente, aunque solo sea de manera imaginaria, hacia otro destino distinto a la muerte. Nuevo frente a caduco.
Quizás deberías dedicarte a la poesía, le comentó su amigo, donde las palabras dicen más de lo que significan. El efecto estético del poema se sostiene como el arco de medio punto. La prosa, en cambio, depende de la coherencia interior. No es estética a lo que me refiero sino a fluidez. Puedes hacer incluso poesía automática, ese reclamo del subconsciente que se enciende como luciérnaga. Yo me voy a dedicar a la poesía barata como antes me dediqué a la prosa barata y a la filosofía barata. No es por lo fácil es por lo rápido. Necesito producir como antes necesitaba operar enfermos para sentirme satisfecho. En realidad tengo una lista de poemas en espera de creación como no la había tenido nunca de pacientes. Esto no son consejos, son sugerencias que me hago para salir del pánico de la inoperancia. Al final todo se resolverá de manera sencilla conformándome con lo que sea, como hago siempre.
CIRANO


lunes, 30 de enero de 2017

MI ESCRITURA




Llevo más de un año sin escribir, lo que me ha producido una suerte de pereza para la escritura, que no consigo vencer, por más que he luchado por volver a escribir algunos de los cuentos cuya ficción pensé que merecía la pena salvar de la destrucción. Por el contrario he avanzado en la lectura hasta el punto, que me produce tanta satisfacción que para nada añoro la escritura, y eso me hace alejarme de mi deseo de conseguir escribir alguna narración que me satisfaga.
Aprovechando que me encuentro sumergido en los Diarios de Kafka, con toda libertad he decidido escribir con mayor automatismo y regularidad estas series continuadas de palabras que me sirvan para vencer la pereza que me produce, como a Kafka, la escritura y en especial la buena elaboración.
No quiero corregir, ni hacer esfuerzo en conseguir una sintaxis buena, si no escribir, escribir, escribir, lo más que pueda para vuelva de nuevo EL DESEO, único motivo que me impulsa continuar en el mundo literario, e incluso en la pelea diaria por sobrevivir en este vulgar y zafio mundo que nos ha tocado vivir.
Bueno pues manos a la obra, lo primero, ignoró él porqué, me esta costando tanto trabajo volver a recuperar el tono de escritura, cada golpe del teclado me cuesta la misma vida. Una fuerza en mi cerebro me pide parar, no continuar, volver a la lectura, donde mi cerebro se ha acomodado para recibir el placer de descifrar las letras y su significado, pero también sé que cada dos horas tengo que hacer una parada de acomodación, y que debo cambiar de actividad literaria porque también algo me lo pide, bueno pues entre col y col, pondré una lechuga, y así reuniré muchas palabras, porque sé que me da alegría verlas aunque no las vuelva a leer. 
¿Será verdad lo del síndrome de Bartleby? O es una fantasía para justificar mi pereza, o incluso el no querer ver como realidad esas letras que yo pongo juntas y que en su conjunto no valen nada. Bueno pues sea lo que sea, escribiré, continuaré escribiendo para mi solaz y alegría. (13/08/02)
INDALESIO

lunes, 5 de diciembre de 2016

AL FINAL DECIDÍ NO COMPRAR EL LIBRO




En los ambientes políticos e intelectuales donde se anda siempre con la escopeta de la crítica cargada la indulgencia no está bien vista. La comprensión se entiende como debilidad. A los conciertos, por el contrario, acude por lo general un público entregado que aplaude las actuaciones de la orquesta y no digamos a los solistas porque lo que busca es diversión. En un estado de ánimo intermedio, admirando a la figura y expectante ante el discurso acudí a la presentación que hizo Baltasar Garzón en El Ateneo de su último libro “En el punto de mira”. Buscaba razones para comprar y leer el libro además de apoyar con mi presencia su valiente trayectoria que para mí no necesita más justificación que el talento.
Se podría decir que como el señor K del Proceso de Kafka “sólo había venido por pura curiosidad o, lo que era imposible de aducir como explicación, para comprobar que el interior de esa justicia era tan repugnante como el exterior”. Es decir quería que alguien al que considero inteligente me contara ciertos entresijos de la justicia española ya que entendía que “este señor es el informante. Él da a las partes toda la información que necesitan y, como nuestra justicia no es muy conocida entre la población, se reclama mucha información. Conoce la respuesta a todas las preguntas. Si tiene alguna puede probar. Pero no sólo posee ese mérito, otra de sus virtudes es su elegante forma de vestir”. Es el informante voluntario, se entiende, que se ofrece a aclarar en un abultado volumen asuntos de interés general.
Por eso le pedí al final del ágil coloquio que mantuvo con el presidente que me informara acerca de la percepción que tenía como entendido del funcionamiento de la justicia en este país y me contestó con evasivas de encuestas de opinión muy conocidas y finalmente me explicitó que si lo que yo quería era una opinión personal me alegro de verte bueno.
Yo fui como el pardillo que va al mecánico porque nota que el coche no funciona y le hubiera gustado que el técnico le explicara si solo se trata de un poco de carbonilla en el carburador o si por el contrario es un problema serio que necesita una reforma profunda, pero me insinuó que me preocupara de conducir que ellos se encargarían del mantenimiento. No sé si el corporativismo y las generalidades son la solución de los problemas. Entiendo que la respuesta que da el conferenciante correlaciona con el respeto que le merece el que la hace y en este caso el señor Garzón consideró que no había por qué esforzarse. Como, aparte de cotilleo, mi pregunta trataba de indagar sobre la profundidad de los argumentos que pudiera ofrecer por escrito y dado que no me parecieron de suficiente calado, decidí no comprar el libro.
CIRANO

PD. Con que me hubiera contestado lo que dice la prensa me habría conformado:

Una justicia lenta, politizada, antigua y ahogada en papel

viernes, 14 de noviembre de 2014

DECÁLOGO DE NOVELISTA



o   La estatura (altura/grandeza) de un novelista es la de sus personajes.
o   La fuerza (el estilo) es la calidad de su ironía.
o   La ironía es la sonrisa de un dios que se contempla en su criatura.
o   La ironía es distancia pero también es cercanía.
o   La sonrisa de la Gioconda nos resulta tan enigmática porque es la sonrisa de ella que nos ve mientras la contemplamos. Es decir, de Leonardo.
o   Los grandes novelistas consiguen que durante la lectura el lector sea su criatura.
o   Un artista sin ironía es un artesano.
o   La ironía de Cervantes era compasiva, la de Kafka corrosiva, la de Tolstoi inconsciente, la de Shakespeare comprensiva, la de Proust radiográfica, la de Mann temerosa, la de Joyce endiosada, la de Beckett espantada, la de Homero homérica, la de Dante psicoanalítica, la de Dostoievski anulada, la de Freud engreída, la de Nietzsche alucinada. La de Walser es excelsa y la mía leve. Para interesados, Borges era Borges.
o   La novela es una guía de viaje al País del Alma.
o   Novelista no es quien mira sino el que ve.
o   Y la imaginación se tiene o no se tiene.
o   El trabajo de novelista no es de narrador ni cuenta cuentos (medios o instrumentos de los que puede valerse). El novelista inventa/aventura vidas, que a este nivel sería ingenuo confundir con biografía. La vida es vivencia. Es decir, el cómo nos vivimos (o nos soñamos).
o   El novelista habla, usa de la palabra como el músico de la nota musical, para evocar estados de sentimiento o de emoción. Y más allá de narración o personajes, es decir de la parte figurativa del cuadro, están los trasfondos en que se pierde. Yo busco la expresividad, intentando tirar el lastre de la frase. Es más, diría que para mí (novelista), toda frase es un lastre en sí misma. He ahí la dificultad de servirse de la tosca piedra para esculpir la estatua que nos contempla.
o   Yo novelo la soledad (más diría, el aislamiento intrínseco) de la criatura humana y para ello, entre las letras, busco seres que respiren.
MIGUEL CARREÑO

viernes, 18 de julio de 2014

MANUSCRITO ENCONTRADO EN ALPANDEIRE




Volvimos al papel y al teléfono fijo cuando empezaron a cobrar. Primero whatsApp pidió cinco euros al año, luego las redes introdujeron la cuota y al final el propio internet exigió pago por servicio. Estaban en su derecho, pero hay que reconocer que nos tenían mal acostumbrados. No era solo la conexión, eran las descargas de música, vídeos, películas e, incluso, había quien se bajaba libros. Aquello era como la calle en donde todo se ve, todo se encuentra, todo se chalanea. Pero cuando más confiados estábamos, cuando nos tenían cogidos, empezaron con las excusas de los gastos, de que aquello no era una ONG (¿y qué es eso de una ONG? ¿algún juego nuevo o una red de pago? Lo que sea, ellos no eran eso, querían recuperar la pasta que cuesta trasmitir y sostener las infraestructuras. Escondidos en palabras complicadas nos llevaron a huerto y en un país donde hay más parados que currantes ya me diréis que se puede hacer.
Antes, por lo menos, te tirabas el día colgado del muro, oyendo música, descargando vídeos y transfiriendo archivos que no es que fueran cosa para pensar, pero por lo menos entretenían. Lo que es ahora se pasa uno las horas muertas sin nada que hacer, esperando a los colegas que ya están más vistos que el portal de tu casa, repitiendo lo mismo sin ser capaces de organizar esa marcha de protesta para que nos devuelvan el espacio virtual que nos han quitado. Porque ya no está uno para nada, pero esas cosas en otros tiempos terminaban en tangana. Siempre había alguien que reventaba las manifestaciones y empezaban los palos, las fotos, los videos y las llamadas de televisión para que les pasáramos las escenas en las que se vieran a los guripas dar leña. Ahora ¿para qué se va uno a manifestar si ni siquiera se puede gravar?
Y en papel no hay quien escriba y aunque se haga ¿para qué sirve? No vas a ir con la carta en la mano a dársela a uno que tienes al lado y al que no sabes que decirle. Con el móvil era otra cosa, las palabras te salían solas, que cómo estás, que qué haces, a quien ves, mira lo que me acaba de mandar fulano, esto si que es guay. Cosas de esas, inventando palabras y siglas, usando signos raros, dando cancha al coco. Lo que es ahora parecemos muertos sin saber que hacer ni a donde ir. Todo vale una pasta y cualquiera se mete en una página porno, te sale por un ojo de la cara. Ahora el que quiera fiesta que se busque un rollo o se la machaque con la imaginación, es lo único que todavía sale gratis. Dicen que es por la polución pero la pínga cada vez está más triste y tampoco tiene uno para viagra.

CIRANO

viernes, 29 de noviembre de 2013

RELATOS MARIPOSA




            Los escritores cuentan las cosas como si los hechos fueran un relato, pero la realidad nunca es un relato, sino algo más amplio que lo que guarda la palabra, porque tiene dimensiones que no se pueden expresar. En la realidad cuenta el dolor invisible o el placer inexplicable que son mucho más que signos porque esconden la individualidad. También son tiempo que no se deja atrapar ni empaquetar en una frase. Las palabras están hechas para reproducir ideas o pensamientos y los hechos ni son ideas ni son pensamientos y cuando se convierten en ideas y pensamientos ya no son hechos, es pasado y el pasado tampoco es hechos. Por eso no hay más literatura que la de ficción ni más historia que la de ficción porque el recuerdo tampoco es hechos, ni la memoria, ni la fotografía o el cine. Los hechos son ese río donde decía Heráclito que no puedes entrar dos veces, los hechos son la vida y la vida vivida se puede imaginar pero no se puede rehacer. Como toda narración es creación (no se puede entrar dos veces en la misma idea) cada pensamiento brota como si fuera la primera vez.  Hay cosas que no se olvidan, dicen los sufridos, pero tampoco se puede volver a lo que no se olvida. Lo que fue ni se olvida ni se revive. Se sufre cada vez con un dolor nuevo, renovado, más alejado del hecho y más cerca del olvido. Si se apaga el amor que trabaja a favor tuyo, también se puede serenar el dolor que te maltrata. Los relatos son como hojas muertas que se hacen al viento creyendo que son mariposas.

CIRANO

viernes, 18 de enero de 2013

CUCARACHA







El lugar era oscuro y de difícil acceso, e ignoro como llegué allí, pero sentí de pronto la necesidad de moverme. Giré a derecha e izquierda y sentí que estaba algo atenazado, pero el impulso de moverme era aún mayor, así que continué moviéndome, hasta que la presión sobre mi cuerpo fue cediendo gradualmente. Abrí los ojos y no vi nada, todo oscuro y quizás solo una claridad de fondo, pero aún no sentí el deseo y el impulso de desplazarme hacia ella. Así que me dediqué a reconocer mi cuerpo.
Junto a mi se desprendió una carcasa de material untuoso y algo rígido, que sospecho era lo que me atenazaba, lo olisqueé y me pareció podría comerse, como así hice, me lo zampe todo. Cuando terminé descubrí que tenía unas extremidades largas y articuladas que eran útiles para el reconocimiento de mi cuerpo, y albricias también para limpiar mi boca y sus aledaños. Le dediqué unos buenos tiempos a recorrer todo mi cuerpo con mis patas, porque además descubrí que tenía otros patas detrás y que me eran de gran ayuda para levantarme.
Mi cuerpo dispone además de las patas, de dos apéndices planos y que cubren la parte superior del tronco, que además se mueven y me impulsan, aunque siendo el lugar tan angosto, me ha sido imposible probarlas para calibrar su impulso.
Pasé las patas por la zona superior de los apéndices planos y sentí que ese gesto me producía placer, quizás porque me reconocía como ser del mundo que, aunque abandonado a su suerte parecía tener vida e instintos de supervivencia. Mis antenas delante de la nariz me ayudaron a detectar movimiento cerca de mi lugar, giré y aprecié otro ser de las mismas hechuras que el mío, e instintivamente me acerqué a él. En este caso ella, porque era una preciosidad. Bueno, realmente no puedo decir que me gustara, solo que un severo instinto me llevó a colocarme encima de ella y meter por un agujero en su parte trasera el floreciente miembro que desconocía y que salió de mí entrepiernas. Al momento caí de lado y una agradable sensación recorrió mi cuerpo, ella me ignoró y se alejó con caras destempladas.
En pocos momentos estaba recuperado, pero continuaba con la falta de instinto de salir de aquella madriguera, así que terminé de comer los restos de la coraza y algún que otro supongo que alimento, porque no sabía mal y parecía haberme dado fuerzas después del desgaste de mi lucha con la compañera guapa. Tuve un movimiento de tripas y dejé caer por mi agujero trasero unas apestosas bolas untuosas y que producían asco. Me moví hacia un lateral para no soportar el mal olor de lo que salio por detrás.
De nuevo escuché un batir de miembros cercano a mí, y en efecto era otra preciosa criatura de gran parecido a mi, pero que me producía  una gran atracción. Recordé lo ocurrido por mi falta de experiencia y entablé un intercambio de información. Aquel delicado ser, emitió un sonido de rechazo y advertencia, y solo me produjo de nuevo un comportamiento bestial, subiéndome  encima y volviendo a meter mi miembro por su ancho agujero en esta ocasión. Al momento y antes que yo me repusiera de aquel delicado momento, me abandono corriendo desaforadamente hacia algún lugar que yo desconocía.
Poco a poco se fue despertando mi instinto de moverme, a dios gracia, y comencé a moverme en pequeños círculos. Bueno parecía interesante, había muchas cosas que  olisquear y muchos rastros de olor de los seres que me dejaban subir encima y penetrar en su cuerpo, pero no veía movimiento alguno. Decidí que cuando volviera a ver alguna criatura sin preguntar nada me subiría encima  y ñaca ñaca, después de la decepción que me lleve con la segunda no pensaba volver a establecer relación estable con ninguna.
La claridad parecía que iba en aumento, pero mi instinto no tenía aun fuerza como para llegar al lugar de donde partía esa claridad. Fue entonces cuando vi otra criatura igual, aunque ausente de esa atracción tan grande que me producían las anteriores. Me acerqué y en efecto era igual, pero sin atracción. Ignoré lo sentidos que salen del vientre y recordando lo agradable que había sido las anteriores relaciones, y me subí encima. Cuando me disponía a penetrarla, sentí una sacudida y caí de encima, para recibir a continuación una patada en toda la boca. Displicentemente se alejo de mi compañía sin ninguna muestra de buena relación. Realmente pensé que todo este mundo es una mierda y en cuanto te descuidas recibes una torta en los morros y mal royo con los demás congéneres. 
Dolido en mis sentidos, confuso por los comportamientos tan dispares, y espabilado en mis futuros comportamientos decidí que ya era hora de salir al exterior y aprender más, para no recibir tortas. Adelanté las antenas que precedían mi cuerpo y las hice útiles para andar seguro, como así fue. Atravesé el agujero que era el fin de mi mundo, y observé el inmenso lugar al cual me asomaba. De la oscuridad más absoluta, pasaba a un lugar de altura difícil de valorar y con una iluminación magnífica, centrada  en dos puntos de incandescencia que daba una preciosa luminosidad a la gran sala. Unos gigantescos objetos de utilidad desconocida para mi, llenaban el lugar, y encima de uno de ellos aparecía algo grande y blando  que tenía un movimiento discreto pero sonoro. Este ruido procedía de un lugar similar a agujero por donde yo suelo alimentarme, franqueado por un cepillo de pelos duros que se movían al compás de cada resoplido.
Todo el lugar estaba lleno de objetos, las paredes con restos de papel colocados horizontalmente, y el suelo cubierto por una espesa lana dura cuyo olor era bastante indescriptible.
Confiado al fin por encontrarme en un lugar, se podría decir acogedor, decidí poner en funcionamiento los atributos que me dio la madre naturaleza, aunque algo atribulado por la ignorancia que mi falta de experiencia y conocimientos poseía. Solo sabía que había llegado a un lugar oscuro, quizás seguro pero inhóspito, que tenia un instinto de atracción hacía algunos seres parecidos a mí y que se me presentaba un futuro esperanzador, a la vista de lo que se me presentaba delante. Así que desplegué los atributos, los agité con intensidad y sentí que mi cuerpo comenzaba a elevarse como si no tuviera gravedad. Con una grandísima potencia levante el vuelo hacia este atractivo mundo tan lleno de posibilidades, y conforme me elevaba iba quedando más maravillado de lo hermoso que era el lugar donde me encontraba.
He decir en verdad, que a la par de estar maravillado por el lugar donde me encontraba, estaba impresionado por las grandes cualidades de desplazamiento que poseía mi oscuro y alargado cuerpo. Gire varias veces cuando mis antenas me alertaban que un objeto impenetrable se acercaba, al girar mi cuerpo cambiaba de dirección y evitaba un seguro impacto. Y yo realmente no lo deseaba, después de la experiencia del dolor producido por la caída desde el cuerpo de mi congénere. Y por cierto, no aprecié que ningún ser parecido a mí se encontrara en el mismo lugar, lo cual me daba una enorme ventaja para aprender y explotar las ventajas de aquel idílico lugar.
Encontrándome inmerso en la complacencia y disfruté de mis vuelos, y asimilando experiencia cada momento que transcurría, giré mi cuerpo 180º y volé en dirección a una claridad que mis antenas me advertían eran impenetrable, aunque me llamaba la atención que el lugar que había  detrás parecía haber objetos verdes con vida. Así que respetando la información de mis antenas, de nuevo giré para esquivar ese muro impenetrable que me separaba de ese otro mundo que más adelante conocería.
Pasé sobre ese objeto blando que resoplaba, realizando un tirabuzón que me llevó hacia la tela de lana que cubría el suelo, tome contacto con la tela de forma torpe, pero al ser bando no me lastimé. Comí multitud de restos que había en la tela de lana, y  ahíto  me dispuse a reemprender los vuelos para conocer.
Escuché un gran alarido, algo así como CUCA AMERICANA, y el ser blando que resoplaba, se abalanzó sobre mi brillante y esbelto cuerpo, con una apestosa zapatilla de cuadros.
INDALESIO

viernes, 11 de enero de 2013

PRETÉRITO IMPERFECTO




 


(La vida debería tener sentido, entonces todo sería más fácil, o al menos más comprensible; pero lo cierto es que mientras andemos a ciegas, sin un soporte intelectual como el que hace sentir la fuerza de la gravedad sobre la materia, quedan más recursos a la imaginación. Hay quien supone que todo fue cuando el espíritu decidió iluminar al elegido para que explicara lo inexplicable; más humildes otros prefieren creer que todo sale del barro oscuro de la mente, pero en definitiva la escritura es una de las formas que tiene la vida de manifestarse o de concretarse. Retomando el hilo de la historia, que no es más que una hebra de la gran cordada que constituye la verdadera historia, eso que no existe por mucho que se empeñen los recuerdos en retenerlo, se pueden hacer algunas conjeturas sobre unos hechos que acontecieron en aquella época de creencias inciertas, cuando el pensamiento había dejado de ser útil.)

Santiago Individuo era por entonces un poeta olvidado de poco fuste que dudaba entre mantenerse, en el anonimato, o darse a conocer sabiendo que sufriría el desprecio de los consagrados junto a la envidia de los consanguíneos. Intuía que el tiempo le iba a ser propicio cuando conoció a Concepción Armenteros, hija de una antigua colegiala de las Teresianas, asidua de conferencias y conciertos, dada al estudio, al trabajo, a una alegría infundada de soledad, sacrificada por un revés del azar que la dejó sin las frustraciones de la rutina del matrimonio, porque apagó de pronto la llama que todavía calentaba en la casa solariega de los Carvajales. Amparada en silencios de precipitada madurez, la madre crió a los retoños en el olvido, un distanciamiento que se impuso como homenaje al tiempo de felicidad, pero sobre todo, con resolución de heroína, una apuesta a lo cotidiano sin concesiones a la pena para que no turbara el despertar de unas bellezas que recordaban el tallo cimbreante de las palmeras rubias de los desiertos. Además, los hijos, de motu propio, se dejaron llevar por el pensamiento de la madre que los guió con la docilidad del amparo protector de la debilidad. No utilizó nunca la fuerza de carácter que debía emplear en el trabajo para conducirlos por el camino que consideraba acertado, el que le inspiraba el sentido propio, la sencillez, la lógica de su situación y todas las dificultades que la vida pone en la trayectoria de los mortales. Crecieron en la armonía y en la concordia, asegurándose cada uno la complicidad de los demás para cubrir sus necesidades que venían a ser las mismas, compartían lo compartible, evitaban enfrentamientos, dominaban las necesidades que pudieran entrar en conflicto con los intereses de los otros. La madre, sobre todo, leía los pensamientos de su hija porque conoció a su padre y sabía lo que los genes podían aportar. Cuando la niña empezó a leer los poemas de Santiago Individuo, notó que aquellos versos limpios, burdos, elementales como refranes por inventar, se pegaban en el alma sencilla de su hija como la arena mojada se pega a los pies en la playa; sabía que bastaba solo con dejarla secar para deshacerse de ella, pero no le gustaba que su hija sintiese ese cosquilleo pueril de persona inconclusa. No creyó conveniente contradecirla en algo que podría abrir la primera diferencia seria en sus relaciones, pero sintió un escozor agrio al que se resistió a darle el nombre de celos.
Saborear el alma de un poeta a través de sus versos es como desnudar a una mujer con el pensamiento, nunca se llega a la verdad, nunca se descubre nada, nunca se besa la carne ni se siente el aroma oculto de la piel guardada. Toda interpretación es una conjetura, es una inmersión en la propia vida amparado en recursos ajenos. Es casi siempre el reflejo de uno mismo, se alaba lo que a uno le gusta porque se parece a sí, se critica lo que uno detesta porque no se encuentran referencias en uno mismo.
Los poemas de Santiago Individuo no tenían la más elemental trama, eran como hojas secas que descansan en las umbrías a la espera de que la humedad las destruya. No tenían más que ser apretados con la mano para que se deshicieran como figuras hechas en arena. A veces podían ser decorativos como flores de plástico, aunque como elementos ornamentales eran imprevisibles. En ocasiones podían causar una impresión agradable al transmitir el sabor ligero de lo intrascendente, la alegría de lo meramente efímero, pero otras, eran sencillamente empalagosos y vacíos, aunque eso no era motivo para desdeñarlos ya que podían causar impresión en el alma débil de una niña, sobre todo, si eran recibidos del labio de su autor.
Alejandra Concepción de Armenteros no leía los versos ni para satisfacción de su espíritu ni tampoco para criticarlos, indagaba los efectos que aquellas apretadas caricias podían tener en Concepción, obligada novicia de pasajes en donde lo intrincado se convertía en simple y lo difícil en fácil. Hablar de amor como lo hacía Santiago Individuo podía parecer hasta impúdico en una persona de su edad y de su retraimiento, pero resultaba eficaz y contagioso. No se podía decir que fuese relamido o cursi, era simplemente fiel a una verdad que late en cada uno de nosotros y que casi nadie se atreve a enunciar o a reconocer. Su pasión aflorada con naturalidad, no era el premio a un acto heroico o una desventura dolorosa como padecían los románticos, tampoco se trivializaba ni se rebajaba a hechos fisiológicos como pretendían los novísimos distanciados del amor como si la realidad se analizara a través de un experimento, era tan cotidiana, tan natural, tan poco poética si se quiere, que resultaba de una fogosidad contagiosa, estimulando secreciones que ella pensaba que tenía definitivamente cerradas, provocando la aparición de un ambiente de enrarecidos perfúmenes que dio lugar a que el deseo se apoderara de Alejandra y que la inquietud la visitara cuando la niña salía sin decir a donde iba. Llamaba a Santiago Individuo con excusas mínimas indagando asuntos que no le correspondían, le comentaba versos y le interpretaba su obra con exageración. Terminó por enamorarse del poeta por prevención, con la ferocidad de una madre que imaginaba defender a su hija cuando, en realidad, lo que hacía era dar salida a una pasión demasiado tiempo retenida.

Mientras tanto Concepción se dejaba llevar por una de esas pasiones que devoran en la adolescencia: sin complejos, sin límites, sin pormenores, arrastrada por ella misma, consiente de que aquel hombre no era su hombre, pero que en esos momentos era el hombre. Amaba con despreocupación, sin las inquietudes que atenazaban a su madre, comprendiendo la simplicidad de los actos y la profundidad de los placeres. A medida que se consumaban los retos que al principio le parecían imposibles crecía en ella una sensación de seguridad que la elevaba por encima de las demás niñas de su edad, conoció que no hay nada como conservar un secreto para sentirse superior, se hizo mujer en los brazos del poeta y se alejó hacia su vida cuando comprendió que todo lo que podía esperar de la madurez era confianza.

EUBULEO BOMHOME

*Capítulo, o cuento, de un tratado en ciernes de Gramática Parda

domingo, 30 de diciembre de 2012

EL RETRATO





Doña Mercedes Didier escuchó un estruendo, hacia mal tiempo y pensó en una tormenta seca, ya que era verano. Estaba en el salón de la casa leyendo un libro de Charles Dickens, con la ayuda de una lámpara de sobremesa. Levantó la cabeza y pensó en las posibilidades de que fuera truenos y las repercusiones que podría tener. Nada había ocurrido en su larga vida y menos en aquella casa que se encontraba protegida por un gran pararrayos que había colocado su padre hacía treinta años.
Se quitó las gafas de lectura y aguzó el oído para esperar otro trueno, pero solo escuchó ruidos dispersos en el jardín, el resto de la casa se encontraba en silencio como era habitual, después de la marcha del servicio doméstico.
Notó que había más oscuridad de la habitual y entonces pensó en la posible presencia de nubes y que podría llover. Bueno, no vendría mal que el jardín recibiera agua limpia y pura de las nubes y además gratis, nada más oportuno.
Buscó el cortador de páginas que usaba para poder saber donde continuar la lectura, y lo colocó en el lugar donde había interrumpido la lectura. Miró que era la pagina 185 y que correspondía aproximadamente a la mitad del libro, que por cierto le gustaba mucho, aunque era la tercera vez que lo leía.
Durante estos momentos no volvió a escuchar ruido alguno por causa de la climatología, así que decidió tomar un té para calmar sus ruidos intestinales, se levantó y caminó arrastrando los pies hacia el living.
Se recordó que había propuesto caminar levantando los pies, según recomendaciones del doctor Fajardo, después de haberse caído en dos ocasiones por engancharse con la alfombra de la entrada y la del salón, así que comenzó lo que llamaba caminar con paso de Oca, lenta y pausadamente. Aquello le parecía algo ridículo, pero debía ser un buen ejercicio para evitar caídas y para fortalecer los flojos muslos. Se vio en el espejo de la entrada y no le quedo más remedios que reír, aquel ridículo ejercicio le hacia parecer patética. Quizás le sería más fácil usar el bastón y continuar caminando como la naturaleza le mandaba.
Sacó agua del samovar e hizo la infusión con el cariño que le gustaba practicar en la preparación del té. Le bautizo con dos terrones pequeños de azúcar negra, y un par de gotas de ginebra, ya que sentía que aquello le sentaba fenomenalmente para continuar la lectura el resto de la tarde, eso si acompañado por la dulces melodías de música clásica de la radio.
Se sentó en el banco que le permitía descansar sus adormecidas piernas y sorbió el té con autentica fruición. Mientras miró hacia el jardín y comprobó que continuaba muy oscurecida la tarde, pero sin escuchar trueno alguno. Pensó que debía ser algo pasajero porque al fin y al cabo estábamos en el mes de julio y solo podría ser ruidos y poca agua, mañana comprobaría si el césped estaba húmedo. Se asomó por la poterna que daba a la parte posterior de la casa, donde había un tendedero y miró, aunque sabía que la información sería falsa ya que ese tendedero siempre estaba en umbría y no había conseguido que secara las ropas blancas. Continuó sorbiendo el té hasta que lo terminó, lavó la tasa, guardó el bote de azúcar y limpio la cucharilla para guardarla en el cajón. Más reconfortada cogió el bastón y cruzó el comedor, había decidido asomarse al jardín para ver si caía agua. Apartó el visillo de la ventana que da al jardín y pudo comprobar que caían unas gruesas gotas de agua sobre las piedras que formaban el camino que cruza hacia la puerta de entrada. Miró al cielo, pero no pudo ver nada, el seto de bambú que circundaba el jardín estaba muy alto y le impedía ver el cielo, aunque le pareció ver nubes dispersas y algo negras.
Sacó del bolsillo el cuaderno negro con el lápiz y anotó llamar a Paco el jardinero y pedirle que rebajara la altura del seto de bambú, claro que eso solo podría ser después del verano, en la época de poda y cuando podara el cinamomo. Vio a través del cristal como se formaban charcos y el repiqueteo de las gotas de agua sobre las hojas de los pensamientos, giró la cabeza varias veces y soltó el visillo. Giró su cuerpo lentamente, notaba algo de desamparo y quiso volver al salón para continuar la lectura, respiró hondo y cogió de la mesa de la entrada el periódico del día, necesitaba ver noticias locales. Con el periódico en la mano izquierda y el bastón en la derecha camino hacia el salón, levantó la cabeza y miró al fondo, entonces exclamó: AHHHGGG.
Cuando la Señora Didier levantó la cabeza y pudo ver un retrato que colgaba del fondo del salón, era un retrato de su hermano Enrique, realizado por un pintor local que firmaba Pedro Sanz, fue entonces que recordó que su hermano se encontraba en el jardín como era su costumbre.
Su único hermano, Enrique, era un hombre que había sufrido mucho en su infancia, además había caído de los brazos de su nurse golpeándose la cabeza, desde entonces padecía bastante confusión mental y su comportamiento era muy peculiar, aunque ella le tenía un gran afecto y desde siempre había vivido juntos, incluso cuando se casó con el Señor Didier. Su madre le entregó con la condición de que eran hermanos y no se podrían separar nunca.
De inmediato giro sobre sus talones, no sin precaución ante el pánico que tenía de caerse, pero pensando que había olvidado a su querido hermano y que sabría Dios que abría sido de él. Se dirigió hacia la puerta principal y de un poderoso tirón consiguió abrir el cerrojo que bloqueaba la puerta, desplazó la hoja pesada que no estaba bloqueada y salió al exterior.
Miró a derecha e izquierda buscando la figura desgarbada de su hermano, y allí estaba cuan delgado era y totalmente empapado de agua. Con un intenso temblor, balbucía el nombre de Mercedes.
Le sujeto de los hombros y le pidió caminar, pero parecía anclado al suelo, entonces le hablo:

- Vamos Enrique hace frío y estas mojado, tenemos que secarte

- No, no quiero está lloviendo y me puedo mojar

- No te preocupes yo te secaré y entraras en calor, vamos sé justo yo he tenido la culpa, y te compensaré. Te haré un pastel de moras, veras que bueno.
Al fin le convenció y sujetándole le ayudo a caminar hacia el interior de la casa. En la misma entrada le quitó los zapatos que estaban mojados y parte de la ropa, le seco el pelo blanco y su enjuto cuerpo, después le llevó al cuarto y le puso el pijama. Más tarde le calentó con una botella de agua caliente en los pies.
Llamó al Doctor Fajardo esa misma noche porque le encontraba raro, no abría los ojos y el temblor era muy tenue. Su frente despedía un intenso calor perlado, y su olor era difícil de definir pero despedía un hálito de muerte. Cuando el Doctor Fajardo llegó, Enrique ya no respiraba, solo pudo certificar su muerte por causas naturales.



GUILLERMO GARCIA-HERRERA REBOUL JUNIO 2012



domingo, 25 de noviembre de 2012

DESAYUNO EN LA ALHAMBRA



Era ya cumplido el solsticio de invierno por el tiempo infernal, frío y lluvia, pero aquella mañana se adivinaba que sería buena. Sentado en el muro de la plaza de San Nicolás, vio aparecer los primeros reflejos de luz perfilando el contraste de la Sierra y de las ruinas de la Alhambra. Animó su castigado cuerpo con los primeros rayos de sol y decidió que debería entretener su humor y olvidar sus penas para aprovechar el esplendido día.
Los días previos le habían castigado mucho, aclarando el entuerto de los libros plúmbeos y de las piedras blancas y negras del Monte Valparaíso. Pero habiendo dado luz, a los torpes que dirigían las leyendas, equivocas por más señas, y centrando los pensamientos en el buen sendero, en que lo colocó el amado Pedro y sus discípulos Cecilio, Tesifon e Hiscio, se decidió pasar del cansancio y en no abandonar esta tan bella ciudad que tantas alegrías y bienaventuranzas habían facilitado.
No sentía necesidad de alimentarse, pero si de disfrutar de un prolongado y tranquilo descanso en un lugar donde los bullicios no alteraran el sosiego necesario, y se eligió los jardines de las Torres Bermejas. En otra ocasión había estado allí y le pareció que podría ser uno de los paraísos terrenales que con mayor placer había creado.
Sintió con distracción que iba hacia el lugar elegido, pero sin sentimiento de desplazamiento, como era lo habitual en sus circunstancias. Eligió un frondoso lugar cercado por plátanos orientales y olmos viejos, y se acomodo bajo la protección de ramas de castaño. La sola quietud del lugar le había permitido recuperar el equilibrio perdido, si es que alguna vez El podría perder su magnificencia. Cerró los ojos y le apareció una imagen del sacrificio de Cecilio, pero se deshizo por su falta de consistencia, entonces sintió la agradable sensación del sueño.
Este sueño se vio perturbado por un rumor de palabras que ascendía por la ladera de los jardines, se mantuvo alerta y en efecto eran sonidos producidos por gargantas humanas. Se recolocó sobre la presencia de esos personajes y les miró con curiosidad.
Eran cuatro personas, tres hombres y una mujer. Jóvenes de una veintena de años y cuidadosamente vestidos, quizás demasiado. Estaban sentados sobre una manta y en el centro una cesta de mimbre con viandas y algunas botellas de alcohol, algo que producía habitualmente algo de asco por lo mal que tolera la juventud las bebidas espiritosas.
Hablaban sobre cosas mundanas, y cargaban con ironía sobre la mujer que sobrellevaba aquellos gestos orales con bastante elegancia. En algún momento y debido a alguna actitud sobrepasada de uno de los personajes, la mujer se levantó y protestó de forma airada a la vez que se bajaba el vestido motivo de la discordia. Aquello provocó una actitud de excitación en todos los personajes que airadamente reprocharon su descortesía. La mujer se levantó y se dispuso a marcharse, no sin antes referir palabras gruesas al personaje provocador, que algo aturdido intentaba excusarse.
Pero las excusas sirvieron de poco, la mujer se fue clamando solidaridad para acompañarla, pero fue inútil, nadie más se movió. Cuando la mujer había desaparecido y calló silencio sobre sus cabezas, uno de ellos el provocador de la circunstancias habló, y dijo que el hecho había sido inducida con la intención de que se fuera. Los demás levantaron sus cabezas y dibujaron una interrogante en sus caras. El inductor explicó con parsimonia que necesitaba hablar en privado con sus amigos, el motivo era un asunto que implicaba a la mujer y a él mismo.
Fue entonces cuando nuestro maestro se aplicó con mayor interés y escuchó con atención. El joven contaba, con una voz de humillación, que jamás había tenido relación alguna con mujer y que enamorado de la mujer objeto de la discordia, está le había solicitado ayuntamiento. Y que cuando lo hicieron con extremado cuidado, él había eyaculado antes de la penetración, sin haber dado el placer necesario que se debía a una mujer que le amaba y además le solicitaba cumplimiento de culminación.
Los amigos removieron sus cuerpos en señal de incomodidad, pero ninguno dijo nada, en señal de esperar elaboración de consejos adecuados. Después de unos minutos, fueron hablando con mayor o menor capacidad de persuasión, pero esquivando implicación directa en la solución del problema que aquejaba al joven, hasta en el momento que confesaron su ignorancia de estos asuntos.
Un penetrante silencio atravesó la reunión, mientras nuestro maestro permanecía muy atento y ya curioso por conocer cuales eran los conocimientos que atesoraban estos estúpidos humanos. Y aunque la reunión y charla continuó nadie aportó nada de interés, sino bien palabras de distracción para romper el hielo que había caído sobre ellos.
El joven afecto, con signos de temblor en su cuerpo, pidió discreción a sus compañeros y ayuda cuando fuera de menester, por si algún conocimiento llegaba a sus oídos. Todos recogieron los enseres de la merienda y marcharon cabizbajos y meditando.
Nuestro maestro valoró la conveniencia de intervenir y aclarar su situación, más llevado por la lastima que por sus capacidades, pero fue cuando entendió los porqués del asunto de los libros plúmbeos y de las piedras que lo protegían. La insatisfacción de la mujer sería muy dilatada en el tiempo y solo cuando la estupidez de los hombres disminuyera se conseguirá un buen entendimiento y que los apareamientos sean satisfactorios para ambas partes, así volverá la piedra blanca a recuperar su lustre y su desgaste tan pronunciado.

ENERO DE 2011





domingo, 11 de noviembre de 2012

LA MANO





Soy una persona tranquila, muy tranquila e incluso alarmantemente pausada, así que cuando sentí que me agarraban de mi gran cabeza y tiraban, me gustó poco. Aquello que atenazaba mi cuerpo y me obligaba a salir de mi calido escondrijo me enfado bastante, de forma que fue la primera vez que hice tronar mis cuerdas vocales a modo de enfado. Seria una mentira si dijera que recuerdo ese momento, no porque acababa de llegar y no sabía como se las gastan en este nuestro mundo, pero el caso es que mis primeras sensaciones fueron de unas manos duras, recias y seguras y me soltaron en otras manos menos ásperas pero que me manejaban con una seguridad y volatilidad que me dio vértigo. Después de cambiar mi acogedor tabuco amortiguado por un líquido cálido y suave, por un ridículo gorro y una arpillera que me envolvía mi delicado tejido epidérmico, y dispuesto ya a mover mis cuerdas vocales a forma de enfado, sentí que unas manos suaves y llenas de cariño me sujetaban el cuerpo y mi poderosa cabeza, y me estrechaban contra su delicado pecho, mereció la pena el viaje y el nuevo lugar donde comenzaba a sentir algo nuevo hasta ahora ignorado pero que creía ser muy superior a lo conocido, cariño.
Quizás pasaran varios días, y encontrándome contento porque con una severa puntualidad rigurosa se me administraba un cálido mamelón que se introducía en la boca y al succionar me derramaba un liquido dulzón y de sabor muy agradable, que me daba satisfacción llenando mi panza y mis deseos. Pero, sujetando ese mamelón, aparecían unos dedos quizás el segundo y el tercero que dirigían y estrujaban ese maravilloso pezón para que drenara para mí esa embriagadora y exquisita leche. Entonces me quedaba mirando esos dedos, que desprendían un tenue olor a limpio y a ser próximo e íntimo, terminado en algo más duro que deslizaba por mi cuerpo provocando un repeluzno que me hacia sentir aún más si es posible un gran estremecimiento.
Parecía que cada día añoraba menos el cubículo lleno de líquido, por encontrarme entre los brazos delicados de aquel ser tan tierno que me alimentaba y me daba tanto amor. Cuando estaba en sus brazos y sujeto por sus manos me cambiaba de pecho y volvía a colocar el pezón entre mis labios con la ayuda de esos dedos seguros y ágiles. Cuando terminaba me colocaba sobre su hombro sujetándome con una mano y con la otra daba suaves golpes en mi trasero, hasta que sentía una extraña burbuja de aire ascender por mi pecho y salir por mi pequeña boca. Entonces abría mis ojos en señal de sorpresa y seguro que emitía una sonrisa de satisfacción.
Un dulce duermevelas me invadía y los ojos comenzaban a cerrarse, entonces me recostaba en un lecho tierno, no sin antes haberme lavado mi productivo trasero con una esponja suave y secado con un paño, colocaba varios trapos protegiendo mi sexo y taponando mi orondo culo.
Entonces el sueño me invadía y me quedaba absolutamente inmóvil, con un leve gesto de mover los labios, como si continuara mamando de los pechos de mi querida madre. Otras veces me sentía incomodo y llorisqueaba en son de protesta, entonces escuchaba su voz que me hablaba y me tranquilizaba colocándome de lado.
Pero conforme fui adquiriendo días, fui descubriendo cosas y una de ellas fueron mis manos. Eran como las que orientaban el pezón hacía mi boca, pero muy pequeñas y menos atractivas. Jugaba con ellas moviéndolas en círculo, o acercándolas a mi cara, aunque he de tener precaución porque alguna vez me golpeaba mi cara y no me gustaba. Tampoco me gustaba las uñas, porque las de mi madre se deslizaban por mi piel produciendo una sensación de placer muy importante, pero las de mis manos cuando tocaban mi piel me producían heridas que me dolían.
Alguna vez, al despertar de mis placenteros sueños, y con unas enormes ganas de comer, además de poner en funcionamiento mi garganta, intentaba calmar mis necesidades imitando los gestos de mi madre, así que me acercaba mis manos y chupeteaba lo que más se parecía a mi adorado pezón, el dedo gordo. Porque, después con los años lo supe, mi madre no quería que usara el chupete de caucho, lo consideraba la puerta de entrada de infecciones y deformaba el paladar y los labios. Así que el sustituto del pezón se fue convirtiendo en mi dedo pulgar.
Con el paso de los meses mi cuerpo fue tomando volumen, y como mis necesidades alimenticias aumentaban mi madre fue retirando su adorado pecho y sustituyéndolo por una goma perforada que si chupabas salía un enorme chorro de leche, pero ahí! que diferencia de leche, sabía a algo tan nuevo para mí que lo tomaba solo porque mis necesidades eren mayores que mis lamentos. Ahora ese bote con goma le faltaban los dedos que orientaban la tetina, y ya sus dedos estaban apoyando el culo del biberón, para mi muy lejos, demasiado lejos.
Sus manos fueron alejándose de mí, y yo las fui sustituyendo por esas manitas que me pertenecían, gorditas y torpes, pero que al fin y al cabo eran mías. Y fueron tomando relevancia en mis necesidades y placeres, así que salvo en los momentos en que comía el resto de día colocaba el pulgar entre mis labios y en el interior de la boca, cuando lo sentía allí me tranquilizaba sometiéndolo a un chupeteo de vaivén que saciaba mi intranquilidad.
Mis recuerdos saltan años, cuando comenzaba a darme cuenta de unas poquitas cosas, una de ella era que mi madre no me pertenecía, la compartía con mi padre y el resto de mis hermanos. Cuando observé que yo no era el centro de atracción de todo el universo de mi casa, que mi madre abrazaba a mis hermanos, que también se ocupaba de su aseo y de sus cuidados, y que mi padre era en realidad el Dios de la casa y que incluso compartían la cama que había junto a mi cuna, entonces con desesperación introducía el dedo gordo en mi boca y lo succionaba con autentica fruición.
Callaba mi dolor porque no fui un niño llorón, pero lo pagué con mi dedo, ya que a la edad de cinco años mí querido dedo que tanto me ayudaba le salieron unas pompas en la parte de la yema, esas burbujas se complicaron con infecciones de tocar el suelo, la tierra y mi culito.
Mi madre me curaba con dulzura y bajo los consejos de mi padre, con un desinfectante y después me colocaba un capuchón de tela sujeto por unos cordeles que se ataban a mi muñeca. Pero, ¿que podía hacer yo sin mi dedo? Cuando no me veían, retiraba con cuidado los cordelillos e introducía el dedo en mi boca, pero era horroroso, sabía a desinfectante y a un sabor amargo. Fui olvidando la necesidad de mi dedo pulgar, pero necesitaba algo que supliera tanto dolor y desafección, y pasé a rozar mis labios sobre el canto de mi muñeca, y aún con más interés cuando los pelillos se endurecieron y raspaban con leve dolor mis castigados labios.
Se que las heridas de mi dedo cicatrizaron, no recuerdo con que edad, pero ya tenía capacidad para acumular recuerdos, y además se me confeccionó más de un dedil. Lo de pasar mis labios por el canto de la muñeca aún lo practico cuando tengo necesidad de concentrarme. Mi padres murieron hace muchos años, y jamás me llamaron la atención sobre mis costumbres onanísticas.





GUILLERMO GARCIA-HERRERA        Junio 2012





jueves, 19 de agosto de 2010

MICRORELATOS DE LA ESPERA IV

Escuché el grito a una distancia que no era corta, pero presentí que ocurría algo preocupante. Me detuve y oriente mi cabeza en el sentido que las orejas puedan escuchar mejor, volví a oír el grito, ahora con deje de lamentación muy elevado. Ya sabía de donde procedía, bueno al menos en que dirección, me miré los zapatos y sospeché que sufrirían algún deterioro. Es curioso que me preocupen estas tonterías y en especial en que momentos más delicados, pero lo cierto que no es la primera vez que me ocurre. Una vez me desvié conduciendo de la calle por donde transitaba porque presencié un accidente, y temía que los heridos me mancharan la tapicería y además que podía hacer yo por aquellos desgraciados gravemente lesionados, si mis conocimientos sanitarios son muy escasos.
Abrí la puerta de la casa de mis padres, una cancela de madera con listones pintados de verde y terminados en punta, y salí al llano por donde pasa el coche que tiene mi padre. Corrí en dirección a las escaleras de Bobastro y al culminar la rampa del llano que da acceso al garaje del coche, pisé un charco de agua sucia y pringosa de haber lavado pescado, que minutos antes Juan el cenachero había usado para lavar el pescado que había vendido a Erika la dueña de la Pensión Alemana.
Me sacudí el pie derecho con irritación y enfado y jure con palabras soeces, acordándome de Juan e incluso de la persona emisora de los gritos que continuaba gritando cada vez con mayor intensidad y desesperación.
Me detuve y contemplé el zapato, que al tener rugosidades en las costuras de las piezas que formaban la envoltura de la pala, tenía adherida escamas y algunas espinas de los dichosos júreles, que nadie quería salvo Erika que los consideraba bueno para hacer sopa de pescado e incluso para freírlos.
Me paré y busqué un papel en el limite del derribo que se encontraba a la izquierda del llano, como no lo encontré corté unas matas de un arbusto y restregué la funda de todo el zapato, pero observé que quedaba mal y miré en derredor para encontrar algo más útil. Un trozo de trapo endurecido de quitar pintura asomaba entre escombros, tiré de él y saqué un buen pedazo que sirvió para tintar todo el zapato de blanco y esparcir las escamas del pescado por todo lo ancho y largo del jodido zapato. Tiré el trapo indignado, y volví a jurar en mi mala suerte.
Recordé el motivo de mis prisas y me asomé al inicio de las largas escaleras de Bobastro con la sensación de que tendría que correr para llegar al auxilio de la persona accidentada, pero solo recuerdo que resbalé y caí rodando hasta el primer tramo. Tardaron más de media hora en subirme en una camilla para llevarme al Hospital, perdí el zapato derecho y jamás supieron decirme quién se había caído antes que yo, e incluso comentaban que todo había sido por el golpe que sufrí en la cabeza.
9 de junio de 2007  INDALESIO