domingo, 23 de junio de 2013

LOS HOMBRES MUEREN Y NO SON DICHOSOS







Solía ir caminando al trabajo cada mañana. Creía tener controlado la gestión de su farmacia y se permitía esa pequeña licencia, dejar que abrieran los empleados. Aquella mañana de octubre sintió un leve escalofrío cuando cruzaba el semáforo del Camino de Antequera, y la verdad, era extraño porque se sentía termo regulado como solía decir, a propios y extraños. Caminaba por la acera derecha y sus pies se tropezaban con las hojas del otoño y pensaba en la buena suerte que tenía con este oficio que tanto le apasionaba, y que tantos beneficios esperaba recoger.
Se preguntó porque las hojas de  los plátanos orientales estaban tan arrugadas. Bueno sabía que era una micosis que les ataca, pero ignoraba cual sería en concreto la especie y como combatirlas, porque toda la ciudad estaba llena de la plaga de hongos que ataban los hermosos árboles. Tampoco los recordaba en sus estudios de botánica de Farmacia. 
Cuando buscó con su mirada el mirto que tenía enfrente de su dispensario, notó que debajo de su pie derecho no había nada que le mantuviera y sintió como perdía el equilibrio y caía en un enorme agujero. Braceo para sujetarse a la nada porque no existía nada, y cayó del lado derecho, notando como un chasquido se producía dentro de su cuerpo, y más en concreto en su pelvis.
En un principio grito, quizás a la vez que caía, después lanzó un poderoso lamento que se escuchó en todo el barrio. El agujero no era profundo y su cuerpo sobresalía más de la mitad, pero su pierna estaba en una dirección no habitual, y lo peor era que le resultaba imposible cambiar su nueva dirección. No pasó más de tres minutos sin que se formara un coro alrededor de su descompuesto cuerpo, hasta que suplicó llamaran una ambulancia, que acudió en breves minutos. Cuando los sanitarios contemplaron la posición, se asustaron y no se atrevían a moverlo a pesar de sus lamentaciones. Al fin una doctora de emergencias, le puso una inyección en el muslo a través de su pantalón y fue cuando comenzó a notar que sentía como una persona. Entre los técnicos lo subieron a la camilla, mientras el perdía el conocimiento y sus ojos bailaban en sus alojamientos del cráneo. Despertó cuando sentía los golpes de la ambulancia, esos golpes le hacían sentir además de un intenso dolor, una especie de inestabilidad en sus piernas. Aturdido por el dolor y el fuerte sonido de las sirenas, entraba y salía de niveles de conciencia. Cuando despertaba podía ver la doctora de la inyección en el muslo hurgando en la flexura del codo, buscando imagino una vena para hacer algo positivo. Pero los traqueteos de la camioneta le impedían hacer su trabajo, y bien que se lamentaba jurando en arameo.
No transcurrió demasiado tiempo, por la proximidad del Centro Hospitalario, y entró con un fuerte frenazo, que le volvió a quitar los niveles de conciencia. Despertó gritando porque alguien le levantaba el miembro lesionado y lo subía a un cacharro que mantenía elevada su pierna, le ataron el pie con una venda para que mirara hacia el techo. Quizás algo le tranquilizó, pero aquella lesión de su cuerpo debía ser grave porque jamás había pensado que una caída, por muy mala fortuna que tuviera, doliera tanto. Al momento apareció un joven con la cara llena de adornos, en  nariz oreja y labio, no dijo nada, solo   extendió  el brazo y le dio unos buenos dos o tres pinchazos en la flexura del codo. Mientras mascaba chicle le colocó una vía intravenosa por donde le pasaba suero y un calmante, según dijo. El joven le miró, esperando algún gesto, pero se sentía muy mareado y falto de vida, así que solo le pudo dar  una leve sonrisa. Cuando abrió los ojos, se encontraba en el mismo lugar, solo que se movía  al son de los empujones de un camillero. El momento de conciencia que disponía lo uso en pensar que se sentía tan mal que quería y sentía próxima su muerte, porque no existía persona que pudiera aguantar semejante sensación de falta de vida. Y antes de  pasar a la pérdida de sentidos, escuchó un fuerte grito que decía: ¡Necesita una transfusión!
Despertó en un lugar espacioso, lleno de tubos y de multitud de aparatos, inmovilizados ambos brazos e incapaz de mover piernas. Un soniquete marcaba un ritmo machacón pero esperanzador, ya que suponía que significaba vida. De vez en cuando se acercaba una persona vestida con batas de papel y hurgaba en sus monitores, que a su vez volvían a tocar melodías de pitos cuando se alejaba. Intentó hablar, pero se encontraba sin fuerzas y algo ocupaba su boca y garganta.
Quizás pasara varias horas o quizás varios días, el caso es que cuando abría los ojos no podía saber nada de su situación. Recordó que tenía familia, si mujer y dos hijos, y no sabía que les había pasado o quizás si les abrían llamado para decirles que estaba roto, eso roto. Y además su Farmacia, tenía que hacer pedidos y ocuparse de los turnos, en fin una multitud de faenas y ocupaciones. Pero no podía haber pasado mucho tiempo, no. Quizás es un mal sueño, aunque los malos sueños no dolían como duele este. Después volvía a entrar en somnolencia y sueños más agradables que la realidad que le atenazaba.
En cierto momento que recuperó el contacto con este mundo, abrió los ojos y encontró mirándole un hombre de edad media y poco pelo, se encontraba a distancia de su cama y los brazos cruzados sobre el pecho.    
No hizo esfuerzo alguno en entender ni quién era, ni que deseaba, cerró los ojos e intentó volver al lugar de los sueños agradables. Pero tronó una voz que le llamaba por su nombre, abrió los ojos seguro que entraba en realidad.
-         Señor, soy el Doctor Quesada, esta usted sedado para controlar el dolor, pero necesito hablar con usted.
Nuestro hombre asintió con la cabeza y quizás pensó porque no le hablaba a su familia, ¿O quizás no tenía? Bueno, no se nada, quizás este hombre me de alguna explicación.
-         Vera usted, ha sufrido un accidente y tiene una fractura de pelvis. Esas lesiones son muy graves por el sangrado. Cuando usted vino a urgencia, su estado era crítico, en especial por una grave anemia. Se le transfundió tres bolsas de sangre y resulta que usted tenía anticuerpos contra este tipo de sangre, lo cual le ha producido una grave leucemia que le ha paralizado las piernas y alguno de  sus órganos. Su situación es crítica y necesitamos su autorización para poder realizarle un lavado de su sangre y si la cosa fuera mal, realizar otros tratamientos y en su defecto usar sus órganos no dañados para trasplantes en otras personas.
Nuestro amigo intentó hablar e incluso gritar porque era lo que le apetecía, pero nada salió de su garganta. El Doctor Quesada se acerca con los papeles y sin ningún miramiento le cogió la mano derecha y le acompaña para realizar un garabato en la base del documento. Después se acerca y le dice al oído:
-         ¿Tiene algún último deseo?
Nuestro hombre quiere hacer algún daño a ese inmundo personaje, pero no tiene fuerzas y además sabe que va a morir ya, así que haciendo un gran esfuerzo, levanta la mano derecha la misma con la que ha firmado y hace una burda y desdibujada higa. Después cierra los ojos y vuelve a su estado latente.

 INDALESIO     Agosto 2012
   







viernes, 14 de junio de 2013

REGAZO


                                          



Siempre tuve el deseo de estar protegido en el regazo de una mujer. Nací en el seno de una familia adaptada a tiempos modernos, de manera que nací en mi domicilio y atendida mi progenitora por una partera que usaba maneras muy avanzadas. Cuando me enfrenté al mundo, pasé de las manos de la partera al pecho de mi madre, donde con sus cálidas manos  sentí los primeros latidos de un corazón que me demostraba cariño. Después, y siguiendo los consejos de la matrona metió un pezón en mi boca, donde se derramaba un liquido dulce y templado.
Luego pasé por muchas manos, manos ásperas en ocasiones y otras suaves y acogedoras. Pero regazos lo identificaba de inmediato, era mi madre que me acogía con dulzura y me apretaba sobre sus pechos. Recuerdo el olor y la tibieza de su piel, su voz templada que no alteraba mis frágiles oídos, hablándome con la suavidad que me producía placer.
Luego un largo periodo donde ningún regazo me acogía, quizás no era costumbre y las personas se reconocían frotándose las mejillas o tocándose las manos. A veces, cuando reconocía alguna persona que añoraba, intentaba abrazarla a manera de estrechar su regazo, pero era rechazado con malas maneras por ser una costumbre atrevida. Y más atrevida aún cuando siendo un joven ya en edad de sexualidad despierta, intentaba estrechar mi cuerpo contra una amistad, eso se consideraba un atrevimiento de una persona degenerada.
Así que fui olvidando las agradables sensaciones de encontrarme acogido por un regazo y pase a engrosar las nóminas de los convencionalismos sociales, que se saludan golpeando la espalda o estrechando las manos sudorosas y la más de las veces ásperas.
Después me fui convirtiendo en un ser huraño, cuando ya la vida me había dado todo lo que deseaba, y los placeres se fueron apagando y desdibujando. Pero sintiéndome solo y ausente de las requerimientos de los demás, pensé en que, quedándome  ya poca vida quisiera elegir un regazo donde pasar los últimos momentos de mi estancia en la vida de por aquí.
Pero, como ya era lógico mi madre había desaparecido y no podía acogerme en su regazo. Miré lo más cercano y deduje que fuera mi familia. La madre de mis hijos, estaba más ocupada en hacer acogedora su vejez atendida por extraños, y ya le había  atacado esa terrible enfermedad de los mayores, el tedio. Mis hijos razonaron entre risas, porque sus múltiples ocupaciones seguro que no le permitirían disponer de ese tiempo, y ya cuando se presentara se buscaría alguna solución. En fin, lo de siempre excusas y miedos ha enfrentarse a una muerte acompañado, que era lo único que yo deseaba.
Y cuando llegó, a saber ahora, estoy solo, me acompaña un terrible dolor en el pecho y nada de fuerzas para moverme y pedir una regazo donde morir. Así que con los últimos estertores de mis parcas fuerzas he escrito estas notas, no dejéis de elegir un regazo que os acoja en los últimos momentos de vuestra corta vida, seguro que será el último placer de lo que llamamos vida.


INDALESIO mayo 2013

miércoles, 5 de junio de 2013

LA DUDA






            Estaba sentado a una mesa en donde le sirvieron una bandeja con la comida. No sabía si debía comer o esperar, sospechaba que, en realidad, estaba al borde del sueño y que aquella idea se le esfumaría en cuanto cerrara los ojos. Dudaba, pues, entre levantarse para dejar una nota que le recordara la idea a la mañana siguiente o seguir adormecido entre las sábanas. No sabía si la idea pudiera ser genial aunque lo más probable era que no. Pero de lo que estaba seguro es de que si se levantaba terminaría desvelado porque sentía bullir, como hace el agua cuando hierve en una cacerola puesta al fuego, ideas intermitentes en su mente. Si dijera que ese personaje era yo quizás no mentiría, pero, aunque el que estaba acostado era yo, el que duda entre levantarse o hacerse el remolón es el protagonista. De eso estaba seguro, la escena la veía clara: un hombre en una habitación difusa, quizás un reservado de un restaurante, retrepado en un sillón al que le acercaban una comida, puede que en bandeja, que no sabía si debía ingerir o si debía esperar a alguien (confusión que estaba seguro no dependía de él). El sujeto de la duda era el que, en cualquier caso, debería levantarse, ponerse las zapatillas, abrir puertas, encender luces, llegar al cuarto de estudio y anotar una idea que se le había ocurrido a un hombre que esperaba descansar después de un día ajetreado. La cosa se resolvió de la siguiente manera: yo razoné que no era ningún escritor famoso que viviera de mis ideas, por lo que si hasta ahora no había tenido ninguna brillante, no la iba a tener, precisamente,la noche que necesitaba descansar; el comensal se difuminó al desaparecer de mi mente interesada en soñar duermevela que retendría el relato y quien dudaba si levantarse o quedarse en la cama no se movió, así que la idea se desmoronó y la duda se resolvió a favor del sueño. Esta mañana tenía que hacer un par de horas en bicicleta y las he hecho.

CIRANO

sábado, 25 de mayo de 2013

EL SALVORI


                                    


Su imagen la tengo gravada en mis recuerdos, aunque yo realmente era muy pequeño entre los diez y doce años, pero he de confesar que le tenía miedo, tanto miedo que cuando llegaba a la carretera donde tenía que coger el tranvía para ir al colegio, antes miraba por si aparecía Salvori.
Flaco, extremadamente delgado y de una gran altura. Aquel hombre de caminar encorvado con pasos cortos y rápidos, me inspiraba miedo porque veía que no era tan humano como el resto de los mortales. Siempre con una colilla en su boca hueca porque no tenía dientes, y habitualmente apagada, aunque lo encendía cada momento. Lo más que llamaba la atención era que su ropa, vieja y descolorida, siempre estaba limpia, aunque estuviera ajada.
El pelo ralo y alborotado le hacía aumentar el desgarbo, pero lo que más llamaba la atención era sus ojos. Muy pequeños, como si hubiese padecido alguna enfermedad o se los hubiese cosidos en señal de castigo, solo se veía unos puntitos negros que oscilaban en su cuenca de la cara.
Jamás  hablaba con nadie, y solo ocasionalmente se acercaba a un adulto para pedir una limosna, eso si solo con el gesto de alargar la mano con una perrilla en su hueco. Después se marchaba mascullando y dando pequeños saltitos por la acera o detrás de un tranvía.
Los jóvenes eran su cruz, porque respondía con supuesta violencia al ruido repetido de cruzar las palmas. Nunca se le conoció violencia alguna, pero se paraba cuando escuchaba hacer palmas y hacía espavientos en dirección al infractor de sus normas. El porqué de esa respuesta a las palmas nadie las conocía, solo que le irritaba y por esa crueldad de los otros humanos cada vez que aparecía se escuchaban las palmas tronar. En cierta ocasión en que sonaron las palmas, se volvió y con gestos de furor corrió con su desgarbado cuerpo hacia donde me encontraba yo. Tuve que refugiarme en un jardín y esconderme detrás de un seto de bouganvilleas. Cuando pasó de largo me di cuenta que me había meado en los pantalones, y volví a mi casa todo avergonzado.
Quizás unos años después, se corrió la voz que había muerto, pero cuando volví a encontrarlo detrás de un tranvía con su paso ligero y con un ligero rengo, me alegre porque aún se mantuviera vivo. Fue entonces cuando me enteré de su verdadera historia.
Era hijo de familia humilde pero trabajadora, era el mayor de cuatro hermanos, su padre cajista en una imprenta se ganaba las habichuelas con decencia. Su hijo se preparaba en la escuela de formación profesional de los jesuitas y las hijas ayudaban en la medida de sus posibilidades. Aguantaron la guerra en la ciudad hasta la llegada de los italianos en febrero del 1937, después ocurrió la huida hacia Almería. En el camino detuvieron a toda la familia, se dice que comenzaron a fusilar primero los padres y después hijos. Salvori escuchó las palmadas para avisar el fusilamiento del padre y después la madre, cuando le llegó el turno a la hermana gritó y se abalanzó sobre los soldados. Le encerraron en la cárcel y se pasó seis meses escuchando las palmadas de aviso para fusilamiento, ignorando el destino de sus hermanas. Lo pasaron al pabellón psiquiátrico donde vivió atado con cadenas más de siete años, enmudeció y sobrevivió a unas quemaduras en la cara  que le arrojaron con sal fuman un compañero de desdichas.
La única hermana que estaba viva fue a por él al pabellón, y se lo llevo a su casa, donde le alimentaba y le lavaba la ropa. Nunca recobró el juicio de los ganadores y solo respondía  cuando el sonido de la palmas le despertaban el recuerdo de lo que sufrió en la guerra. Debió morir  años después con la única compañía de su hermana, como otros muchos.

INDALESIO  Mayo 2013


domingo, 5 de mayo de 2013

EL ARMARIO DE HERTMANN























El señor HERTMANN volvía cada verano a descansar en la Pensión Alemana que se encontraba algo apartada del bullicio del centro de la ciudad. Era una urbanización de personas mayores con algún aislado y poco travieso niño aburrido, lo cual daba una tranquilidad grande a la persona que deseaba descansar con los rigores del verano y su canícula. Nadie le importaba la vida de los demás, pero todos conocían las costumbres y comportamiento de cada uno de los habitantes del lugar, salvo la del señor HERTMANN  que solo acudía dos meses al año y no daba tiempo a saber de él. La dueña de la Pensión era de origen Alemán y todos sus clientes por tanto eran alemanes, salvo algún personaje perteneciente a la bohemia del arte, que vivía permanentemente en las habitaciones que daban al jardín con entrada independiente.
Existía un pacto no explicitado, con algún componente de miedo, de que nadie se inmiscuía en la vida ajena, pero todos sabían que en aquella Pensión se refugiaban alemanes participes de la segunda guerra mundial, y HERTMANN no era menos.
Una mañana soleada y refrescada con una brisa de levante, se escucha el runruneo cadencioso de un motor de auto grande  que podía ser un camión, los vecinos apartan los visillos porque quieren saber, y ven un camión humeante que escala la empinada cuesta de la urbanización. Cada cual apuesta por un destino, pero pocos aciertan porque llega casi hasta el final justo a la Pensión alemana.
Dos hombres se bajan del camión y se dirigen a la dueña de la pensión, ella les explica que tienen que subir los bultos a la segunda planta, y los hombres protestan porque sospechan que no podrán. Sale el señor HERTMANN y les ofrece una compensación y su ayuda como hombre fuerte, algún otro  voluntario como el mismo relator deciden ayudar sin ánimo de lucro, solo de buena vecindad.
Varios bultos, maletas y cajas van saliendo del vientre del camión y se van apilando en la puerta, se organiza bajo la tutela y orientación del alemán el desfile de sus pertenencias hasta la segunda planta, hasta que llega lo último, un enorme y pesado armario de madera de caoba y de color rubio.
Los dos hombres lo van desplazando gradualmente con giros progresivos hasta llegar al límite de la caja del camión, allí se decide que se debe de tumbar para sacarlo deslizándolo. El armario es extremadamente pesado y progresa muy lentamente, cuando llega al límite no pueden sostenerlo y cae por el cabecero golpeando una esquina y se abre como una alcachofa podrida. En su interior aparecen grandes cantidades  de papeles de todo tipo, unos escritos a mano y cosidos a diente de perro, y otros papeles de tipo oficial como certificaciones y documentos informativos, por supuesto todos en caracteres alemanes. Como la carretera esta inclinada, ruedan libros y se desperdigan papeles por todo lo ancho del camino, que son recogidos y apilados junto a los paneles que forman el armario.
El señor HERTMANN esta visiblemente afectado y corre de un lugar a otro recogiendo y ordenando papeles, algunos piden sean llevados a sus aposentos y él pasa el resto de día subiendo y ordenando papeles. Cuando llega la noche aún no han conseguido recuperar todos y se cumbre el armario y los papeles con una lona grande. Todos desaparecen para le merecido descanso, agotados por esfuerzo, el señor HERTMANN agradece la atención prestada, pero los camioneros le exigen sus emolumentos y aunque se dan unas palabras gruesas al fin se llega a un acuerdo y se acaba el disgusto.
Pero aquella noche, alguien guiado por la curiosidad y por algunas pistas que observa cuando ayuda a la recogida, acude amparado por la oscuridad y hurta un bloque grueso de documentos. Se desplaza hacia el recodo de la carretera y lee bajo la tenue luz de una farola de poca intensidad, escoge lo que parece más de interés y el resto los devuelve al interior del armario.
La mañana siguiente, el señor HERTMANN  ayudado por otro personaje que no se reconoce por no perteneces al barrio, terminan de transportar el resto de papeles a los aposentos del alemán, pero dejan el armario en la puerta apilado, y le piden a la propietaria de la Pensión que busque alguien que le interese comprarlo por el módico precio de doscientas pesetas. Se que alguien lo compró, y que aún su nieto le mantiene como elemento de decoración en el salón de su casa, no sin antes haberlo decapado y barnizado. Pero ignora que existe un doble fondo en la base del armario y que allí se esconden documentos comprometedores para aclarar el lado oscuro de la historia de la segunda guerra mundial.
Sé que consta de cinco documentos de depósitos bancario no en moneda sino en lingotes de oro, en el Swisse Bank de Ginebra, por un valor no mensurado, pero que se aproxima a los trescientos  kilos de oro. Los demás documentos desempeñaron un importante papel en el desarrollo del espionaje de la guerra mundial, están documentados por Alan  Turing  y constan de 735 páginas cosidas con hilo de cáñamo y llenas de escólios a pie de página. Casi todas las hojas reproducen formulas matemáticas y ecuaciones logarítmicas, y en su portada lleva inscrito el titulo de: “LIBRO DE LAS ESTADISTICAS DE REPETICIONES”.
Como todos sabemos este
documento sirvió para descifrar e interpretar los mensajes militares, pero lo que nadie sabía era que también estaba a disposición de los militares alemanes, lo cual puede hacer pensar que Alan Turing fue un agente doble y que pudo traicionar a los suyos.
Quizás algún día el propietario del armario se le ocurra desmontar las piezas de madera que forman los laterales y puertas  y buscar el resorte que abre el doble fondo, allí encontrara todo ese tesoro. Quizás no cambiara el curso de la historia, pero aclarara mucha de las incógnitas que aun perduran en la desconocida marcha del curso de la Guerra Mundial. También sabrá quien lo puso allí, los motivos que llamaron la atención al personaje que guardó  estos papeles, e intentar recuperar la propiedad de ese oro que le aliviaría de muchas penurias.


INDALESIO   JULIO 2012


sábado, 27 de abril de 2013

ENTRETENIMIENTO








            En un bar vulgar donde desayunaba entró una pareja de ancianos que pidió café con leche y tostadas. Cuando la camarera puso sobre el mostrador el plato, el hombre lo atrajo un poco hacia sí. Inmediatamente la mujer corrigió la posición desplazándolo una insignificancia a su lado. El varón sin detenerse lo volvió a colocar donde prefería y la hembra hizo lo propio. Iniciaron así una especie de competencia de corrección sin ademanes violentos y sin mostrar contrariedad o enfado. Simplemente, en cuanto uno terminaba de correr el plato, la otra lo llevaba al lado contrario. Lo hacían de manera mecánica como cumpliendo un ritual que parecía eterno. Yo asistía a esa ceremonia de tozudez entre divertido y admirado. Daba la sensación de que no iba a terminar nunca, así que, cuando finalicé mi desayuno, me ofrecí de árbitro para resolver el desatino que me parecía tanta ofuscación.
-         ¿Quieren que les coloque yo el plato en su sitio? Pregunté inmiscuyéndome donde no me llamaban.
            Los dos me miraron con sorpresa pero asintieron con la cabeza. Entonces yo coloqué el plato donde me parecía que debía estar.
-         Ni lo pongo aquí que es donde usted quería, dije dirigiéndome al hombre, ni aquí tampoco que es donde usted prefiere, continué hablándole a la mujer. Lo dejo en sitio de nadie, donde los dos puedan llegar con comodidad.
-         Está bien, aceptaron ambos, pero esto no soluciona nada.
-         ¿Qué no soluciona nada? Exclamé asombrado.
-         No resuelve lo principal, contestó el hombre.
-         Nunca estaremos de acuerdo en nada, dijo la mujer.
-         ¿Y cómo se las arreglan en casa?
-         Allí deciden los hijos o los nietos cuando están. Si nos quedamos solos siempre estamos enfrentados por motivos insignificantes.
-         ¿Luego están casados?
-         -Desde hace más de cincuenta años
-         ¿Y siempre ha sido así?
-         Siempre.
-         ¿No han pensado nunca en separarse?
-         Nunca. ¿Qué iba a ser de nosotros separados? Somos felices, casi no nos conocemos, nos pasamos la vida disputando y no hay tiempo de nada, no tenemos tele, ni radio, no leemos ni viajamos. Estamos tan entretenidos por tonterías que nos sentimos dichosos. No se que va a ser del otro cuando uno falte.
Pagué mi consumición y me fui.
CIRANO

viernes, 19 de abril de 2013

OTRO SUEÑO






Días tranquilos, sueño reparador. Quizás me levante para evacuar mi vejiga por la estranguria que me atormenta. Luego vuelvo a ese lecho acogedor, me tapo con el embozo y adelanto la pierna izquierda. Busco el frío por los laterales de cama y de nuevo cierro los ojos para quedar profundamente dormido. Quizás me hubiese gustado contar ovejitas, esas ovejitas que vemos en los campos cuando viajamos en los trenes modernos, muy rápidos y que no da tiempo a contar, pero que nos miran con caras de indiferencias. Y solo tengo tiempo para recordar el cuento, si en singular, el cuento de la oveja.
Pero hace dos días me encontré sentado en mi cama con un enorme sobresalto y sobrecogido. Tarde varios minutos u horas para centrar la causa por la que había sufrido ese sobresalto. Había soñado que una crisis comicial había atacado mi cerebro y me había producido una enorme convulsión. Cuando mi corazón bajo de revoluciones, y mis ideas comenzaron a colocarse en su lugar y pude reconocerme, me asusté por que no sabía si había soñado el hecho o bien era una realidad que había sufrido.
Me dejé caer sobre la almohada y reposé, porque sentía confusión  y mis sentidos aturdidos. Debí dormir un buen rato, aunque nunca supe cuanto, pero cuando desperté, ahora si estaba más conectado con la realidad.
Repasé lo acontecido y encontré un silencio de algunos minutos en mis recuerdos. ¿Pero que había pasado en esos minutos? Vagamente visualice mi cuerpo sentado en la cama, mi corazón latiendo desaforado y un regusto a sangre en el interior de mi boca. No podía ser más que una crisis comicial, o la ficción de un sueño muy cercano a la realidad.
Pero yo jamás había padecido de enfermedad neurológica alguna. Esperé varios días y nada aconteció, así que solo sentía que dormía muy mal, despertaba por las noches y a veces con dolor en algún pie porque golpeaba las estanterías que rodeaban mi lecho y las sabanas fuera del meticuloso lugar donde las solía colocar.
Acudí al Médico, era un neuropsiquiatra recomendado por algún escéptico que pensaba más en una neurosis que en algún proceso de mi corteza cerebral. Me dio un listado de pruebas médicas a realizar y ni me realizo la más mínima exploración  clínica. Tres preguntas y después la lista. Eso si cuando la tuviera completada volviera a pedir cita para diagnostico y tratamiento. Le pregunté si sospechaba algo, se encogió de hombros.
Aquella noche sentí pánico, me desperté con medio cuerpo fuera de la cama y con un estado de severa confusión mental. Recuperé algunos sentidos cuando el sol se encontraba en la vertical. Me dirigí al teléfono y llame a mi ex. Mi ex-esposa, ex-madre, y cientos de ex, incluso había decidido que no sería ella la persona con la que había decidido reposar mi cabeza momentos antes de mi muerte, pero era solo ella la única que estaba más a mano.
Cuando llegó a la casa, comprobó el estado de pánico en que me encontraba. Como era Médico me reconoció detalladamente, y me dijo con toda sinceridad que no encontraba nada, salvo mi habitual estado de imbecilidad, apelativos que solía usar con mucha frecuencia. Me llevó al Hospital y me ingreso en observación.
Aquella tarde comprendí que todo había sido una paranoia propia de un hombre de sesenta años y fruto de una mala experiencia vivida en mi juventud con la enfermedad de mi padre, cuyo desenlace viví muy intensamente.
Bronca con mi ex y salí del Hospital con el convencimiento pleno que prefería acabar mis días  con la  tranquilidad que puede dar una soledad bien acompañada. Y sobre todo bien asumida. 

INDALESIO. FEBRERO 2013

jueves, 28 de marzo de 2013

SIESTA





            
Estaba muy metido en mi asunto, realizando correcciones de la novela cretense que acababa de terminar de escribir, pero sentía que había algo que me estaba causando alguna perturbación, sin darle mayor interés. Al cabo de un rato, cuando levante la mirada hacia delante, me distraje y me di cuenta que era un zumbido agudo y profusamente incomodo. Miré en derredor buscando el origen del ruido, pero en un principio no encontré nada. Pero estaba allí, muy cerca porque la el sonido era muy próximo. Fue entonces cuando me apercibí que era una criatura pequeña, pocos años quizás dos, que se encontraba sentado en una banqueta ex profeso. Regularmente emitía un grito intenso, con toda su potencia y mirando hacia donde yo me encontraba. Quedé estupefacto durante unos momentos para intentar comprender que era aquello, porque  parecía  no tener lógica. Después hice un gesto con la cara, de desagrado, por el grito tan penetrante, y el jovencito sonrió cambiando a su vez el ritmo de los gritos, que aunque continuaban su misma intensidad,  ahora  sonaba en los intervalos impares. Giré la cabeza varias veces en todas las direcciones buscando alguien responsable de aquel salvaje, pero no había nadie, solo él y yo.
Fue entonces cuando consideré la posibilidad que el extraño fuera yo, porque hijos ni sobrinos tenía, pero la habitación donde me encontraba era la mía, allí estaban mis libros, cuadros y todas mis radios, todo exactamente como siempre, sin alteraciones. ¿Pero entonces de donde había salido aquella criatura? Yo no lo conocía ni a él ni a ningún niño, y menos tan pequeños que son tan odiosos. Como la fiera continuaba sus irritantes chillidos, siempre con la misma cadencia e intensidad, decidí hablarle para pedirle, o bien que se callara, o bien  pedir socorro para que alguna persona se hiciera cargo de aquella insolencia con patas. Pensé primero que decir y lo ejecuté, pero solo salio de mi garganta el sonido del intento de hablar, porque palabra alguna se escuchó. Alarmado carraspeé, pero con el mismo resultado, nada solo el alboroto de los intentos, pero nada productivo. Aquello pasaba ya de castaño a oscuro, el sonido penetrante me molestaba cada vez más, y necesitaba tomar alguna resolución, y de momento solo sabía que aquella criatura sonreía con mis gestos. Bueno pues me decidí a levantar y sacar aquella fiera de mi santuario, eso si sería cuidadoso porque jamás he maltratado a nadie y menos a un niño pequeño, solo buscaría a su madre y le pediría se hiciera cargo de aquel bicho y su poderosa garganta.     Cuando hice el gesto para levantarme, quise apoyar mis manos en los laterales de la butaca y así tomar impulso para ponerme en pie, pero mis manos no se movieron ni un ápice de los laterales del ordenador. Volví a intentarlo pero con idéntico resultado, no me podía mover ni un milímetro. Ya si me sentí alarmado, no podía ser que ninguna de mis facultades físicas funcionara, y que permaneciera allí con la única que si funcionaba, el oído y que además en la situación más incomoda posible. Yo además padezco de fobias con los ruidos, me producen agresividad y me hace sentir tan mal como con una enfermedad. Así que decidí pasar a la acción, tenía que resolver aquel conflicto antes que me hiciera volver loco, usaría el entendimiento, nunca me falla. Bueno pues comenzare  por lo que conozco, responde a estímulos de gestos faciales, pero tendría que conocer algún dato más, con solo aquello no conseguiré nada. Pero no, que más podría hacer sino puedo mover nada de mi cuerpo, solo dispongo de lo que tengo, gestos. Además no debo abusar de ellos porque puede ser que se canse de ver mis gestos y me quedé sin herramientas contra él. Hice el mismo gesto que al principio, pero solo conseguí aumentar el volumen del grito, pero bueno si en un principio funcionó ¿qué es lo que pasa ahora?  Alarmado comencé a sentir pánico y realicé unos gestos como de llanto, fue entonces cuando comenzó a bajar el volumen de sus gritos. Insistí algo más para conseguir algún respiro, pero ya la intensidad del ruido no bajaba y permanecía con el mismo volumen. Algo más tendría que descubrir para alterar el funcionamiento de aquel despreciable ser que estaba consiguiendo volverme loco. Probé con gestos de la boca, pero solo conseguí llamar su atención, hice volver mis ojos hacia arriba como para que desapareciera  las pupilas y levantó las cejas como con sorpresa. Al fin me puse bizco y eso provocó… una risa larga e intensa que advirtió a mi mujer, que me despertó en la hora de la siesta, porque estaba haciendo muecas extrañas desde hacia media hora.
INDALESIO                         23 de abril de 2007         

domingo, 17 de marzo de 2013

EL FANTASMA DE LA REPUBLICA






Al fin me liberé de los famosos fantasmas que desde hacia varios días me atosigaban, y digo famosos porque me enteré de su existencia en la prensa del movimiento nacional que apareció con hoy tres días. Me explicó, en las letras redondillas del asqueroso libelo que reparten sin cargo en los puestos de suministro de víveres, aparece una noticia que me perturbó y que con toda seguridad inquietó a todos los conciudadanos, una imagen grande y cubierta con un paño negro de franela se encontraba desde hace dos días subida a la cornisa del Ministerio del Interior, en un lugar imposible de llegar y por supuesto de rescatar. Se aviso con urgencia a los especialistas del ejercito, únicos especialistas ya que los civiles aún no habían sido localizados y menos movilizados. Pero carecían de medios para poder realizar una recuperación en toda regla. Un observador muy experimentado y con muchas medallas en su haber concedidas por la caza de maquis con carabina de alta precisión, fue localizado y preguntado por su opinión del objeto que permanecía en la cornisa, este especialista permaneció observando con un catalejos durante varios minutos y al fin dio su parecer, era una persona acorpórea  que para ser visionada se había puesto un manto que diera forma a su imposible visión de masa corporal. Para confirmar la teoría del especialista se elevó un micrófono con una pértiga, y se escuchó detenidamente si emitía sonido alguno, siendo imposible poder confirmarlo. Fue entonces cuando me buscaron, yo me encontraba detenido en el cuartel de Caballería número 22, por un delito del que no me consideraba culpable, había sido visionario de los movimientos del ejercito que guerreaba contra la república, y sospechaban tenía un don sobrenatural para descubrir estrategias militares, así como descubrir enrevesados problemas de identidad. Fui sacado casi arrastra de mi celda colectiva, porque sospechaba me iban a fusilar, como ocurría casi a diario. Pedí un cigarrillo como última voluntad y mi carcelero se rió. Me condujeron delante de un Comandante con bigote finito y pelo engominado, y me explicó que me necesitaban para resolver un asunto vital, yo acepté que más podía hacer. Fui llevado con violencia en una camioneta junto al apeadero del Ministerio del Interior, después y aún con mis manos atadas con cuerdas de pita, me señalaron hacia la cornisa donde permanecía la figura cubierta con el paño negro de franela.                                                     ¿Qué es aquello? Me preguntaron, con una pistola apoyada en mis sienes. ¿Yo que podía responder?  Sino lo hacia, seguro que el subteniente especialista de los fusileros que apoyaba su pistola en mis sienes dispararía, dije lo que creí en aquel momento. Aquello era el fantasma del Presidente de la República, que se había corporeizado para ser testigo de los acontecimientos de la devastación de la capital de la República.                    El subteniente hizo amago de apretar el gatillo y yo sentí el preámbulo del disparo, pero se escuchó una voz que detenía aquella ejecución y pedía que le llevaran a su presencia al atrevido personaje que había dicho semejante locura. No pude sino tragar saliva, y agradecer al destino que me permitiera vivir unos momentos más. En aquellos días había decidido que yo era un personaje sin pasado y aún menos sin futuro. Delante de un orondo personaje con traje negro y peinado hacia atrás, me colocaron levantando mi cabeza tirando de mis débiles pelos. Encendió un cigarro y me miro durante varios minutos, me preguntó el porqué de relacionar la silueta de la cornisa con el fantasma del Presidente de la salvaje República. Yo buscando conseguir algunos minutos para respirar, le respondí que mis poderes no guardaban relación lógica, solo eran atributos recibidos durante mi gestación, y que eran distribuidos por mi madre y mi desconocido padre, pero que estaba seguro que no me equivocaba. Tiró el cigarrillo y ordenó que me devolvieran a la cárcel, después habló con el personaje militar que me había llevado, de algo que nunca sabré. Soñé varios días con el fantasma del Presidente de la República, y al amanecer del cuarto día me llamaron y me condujeron junto con otro personaje algo obeso y con gafas tipo quevedos al paredón del cementerio municipal, allí dispararon tres descarga de fusilería sobre nuestros maltrechos cuerpos.
  INDALESIO                                                                   28 de abril de 2007    

domingo, 24 de febrero de 2013

LOS ZAPATOS DE LUTERO










Tenía por costumbre hacer el recorrido con los zapatos en la mano, para que no se deterioraran, eran los únicos que habían podido comprarles sus padres.
Comenzaré desde los inicios. Cada día acudía a la escuela para recibir enseñanza del maestro Staupitz, y para ganarse algo de su sustento diario recorría las casas del pueblo platicando pequeñas canciones en forma de lieder que le había enseñado su querida madre. Así sus vecinos que le tenían en gran aprecio por su sencillez y por su bonita voz le proporcionaban alguna ración de cecina o semillas secas para masticar.
Aún no había amanecido cuando Marthín se sentaba en el tranco de la puerta de la casa de sus padres, se desabrochaba los cordones de cuero y se sacaba los abotinados calzados. Con ellos en la mano se dirigía a la escuela parándose en cada casa y recitando cancioncillas alegres y populares durante varios minutos. Alargaba la bacina de peltre para recibir la dadiva y continuaba su caminar. Algunos vecinos le insistían para que se cubriera los pies, pero él continuaba su costumbre, hasta que llegaba a la puerta de la escuela donde se calaba los blandos calzos.
Alguna noche, su madre, mujer juiciosa y entregada a la causa de los intereses de la familia, le insistió a Marthin  que dentro de sus obligaciones como buen cristiano era el obedecer a sus padres, y que ella le pedía “por los clavos de cristo” que se pusiera los zapatos para ir cada mañana a la escuela. El le explicaba con infinita paciencia, que los zapatos deformaban los pies y hacían perder su función de sustento del cuerpo, y que  sentía que el caminar en contacto con la propia tierra le acercaba más a lo humano, como su padre y hermanos, que trabajaban la tierra para extraerles sus riquezas.
Era el otoño del 1505, en una lúgubre y ófrica mañana, con nuestro Marthin entumecido por el frío y dirigiéndose a la escuela, ambos zapatos en las manos, y sus pensamientos recordando que la noche anterior su padre le pedía mayor esfuerzo para conseguir el Bachillerato y poder llegar a los estudios de leyes. Un exagerado ruido de tormenta sobre su cabeza, que ahogaba sus cánticos cotidianos, y Marthin mirando hacia los cielos para escrutar indicios de lluvia, cuando vio acercarse una imponente luz que se dirigía hacia el lugar donde se encontraba. La explosión fue enorme sintiendo como pasaba por su interior una fuerza de gran magnitud y que salía por los dedos de los pies.
En ese mismo instante, se invocó a Santa Ana y le prometió clausura si conseguía no deteriorar su pobre salud. Tardó más de tres semanas en curar las quemaduras de los dedos de los pies, que respondió bien a los ungüentos que le aplicaba cada día su querida madre. Pero quedaron secuelas en los dedos, con deformidades que le acompañarían  toda la vida, y que le condicionarían el uso de zapatos confeccionados a medidas. También sus andares se vieron alterados, puesto que al caminar realizaba un balanceo intenso debido a las ulceras que con frecuencia le aparecían en las plantas de los pies.
Pero Marthin consideró que fue un milagro el conservar la vida y que su promesa de clausura tendría que cumplirla, a pesar de la oposición de su padre, ilusionado  con el deseo de que fuera experto en leyes.
Fue rechazado de varios monasterios, por lo delicado del padecimiento de los pies. Así que decidió con la ayuda del zapatero de su pueblo en confeccionar unos calzados con refuerzos de suela de cuero a la forma y manera de los coturnos de los romanos, y así consiguió que las ulceras y heridas cerraran para siempre y que jamás sintiera mayor dolor, dedicando las molestias a corregir los sentimientos de sus tres perros peligrosos: “la ingratitud, la soberbia y la envidia, que cuando muerden dejan una herida muy profunda”
INDALESIO  DIC.2012     

sábado, 9 de febrero de 2013

BAÑOS SALADOS Y MICHEL FOUCAULT






Una suave brisa dio en mi cara y alivió el padecimiento que sentía. Estaba quemado por la acción del sol del estío, ya que  mi piel es muy blanca y sensible, y aquella mañana había caminado por la playa de la mano de mi mejor amiga.
Bueno, no me gustaba llamarla amiga porque realmente era mi amante. Si, aunque soy bastante joven y es poco usual en mi civilización tener una amante, yo por necesidades perentorias e ineludibles, tengo una amante en todo su más amplio sentido. Y por una motivación estética disfruto más llamándole amante que no mujer o amiga, términos anodinos  y con  poco contenido afectivo.
Verán ustedes, y disculpas por el usted, yo asistía a las clases de Michel Foucault con notable aplicación, cuando el maestro me llamó a su despacho particular del Collége de France, para hacerme una advertencia, si continuaba soliviantando a los alumnos de la clase de las diecisiete horas, se vería obligado a hacerme una advertencia de abominación, lo cual reduciría considerablemente la asignación que mi influyente padre me tenía dedicado.
Protesté airadamente, porque el maestro no conseguiría resquebrajar mi voluntad, sobre las aficiones y costumbres que yo practicaba en la clase, a saber mear por las esquinas del aula o ventosear con alevosía durante la fase de conclusiones del final de la disertación. Todo ello debido, no a mi condición de ser un marrano, sino por ser hábitos propios de mi cultura, algo que el maestro no aceptaba.
Pero me he desviado de mi inicial intención de contar que, yo teniendo la piel muy poco pigmentada y caminando con mi amante por la playa de mi ciudad, sentí frescor en mi faz por una brisa de aire húmedo. Que aunque soy una persona de edad poco avanzada, se me ha permitido mantener una relación de amantes con mi actual compañera, hechos por lo cual se me ha etiquetado de cabrón consentido por el Sistema. Que yo indignado por el uso y abuso de semejante apelativo, me dispuse a plantear a mi respetado maestro Foucault que, siendo un personaje heterosexual no se me debería tratar de la peor manera que se conocía, aunque aceptaba ser analizado pero bajo ninguna manera el ser etiquetado.  El maestro planteó que antes que la ética estaba la disciplina, por motivos de respeto a los demás, y que mis compañeros se habían quejado de mi comportamiento poco disciplinado e higiénico, y que valía más sus opiniones colectivas que la mía aislada e irreflexiva. Demande de esta manera ser escuchado por el claustro del Collége para así poder defender mi posición, hecho que no gustó al maestro pero no le quedó más remedio que aguantar.
Advirtió que era la primera vez que se elevaba a consulta del claustro una falta contra él, salvo las conocidas por sus desvíos sexuales, y que usaría toda su influencia para conseguir no perder semejante demanda, quizás la más importante a la que se había enfrentado. Ante semejantes amenazas me sentí acosado y un severo malestar me invadió, tanto que sufrí mi primera crisis de impotencia en las noches sucesivas, y que solo pude resolver con el uso de la Sertralina, durante un tiempo no menor al año.
Como era previsible, no superé la demanda de amparo al claustro, ya que era muy fuerte la influencia del maestro Foucault, y fui expulsado del Collége por un periodo no menor a los tres meses y no mayor a los seis meses, para que pudiera superar los exámenes necesarios. Pero decidí acabar con aquella cobardía y me propuse crear una plataforma para denunciar en todos los foros posibles los contenidos ideológicos y de comportamiento de los miembros del Collége de France.
Así nació un libelo llamado EL GARROTIN que salió a la luz un día nebuloso del mes de Agosto de los años setenta, editado por un tal INDALESIO  CARRERA nacido en el continente americano y en el conocido como país  y ciudad con el nombre de ASUNCION  de BOLIVIA, como bien reza en el exergo de la portadilla. Las tripas contenían un análisis exhaustivo sobre la obra del maestro Foucault, denominada “EL GOBIERNO DE SÍ Y DE LOS OTROS” con tal virulencia que ese mismo día apareció en mi domicilio el maestro acompañado por uno de sus discípulos  para negociar la retirada del libelo, ya que enarbolaban como bandera blanca de la paz, mi vuelta a la disciplina académica, y unas vacaciones pagadas  en las Antillas Francesas durante veinte días naturales.
Considerando que el esfuerzo que realicé para leer y entender los apuntes del maestro, bien merecía la pena este trato, y no encontrándome dispuesto a continuar con otros tomos de apuntes, acepté y además me permití la licencia de denominarlo el gran filosofo de la causa griega.
Varios días después cogí un vapor, para comenzar mis vacaciones pagadas, y en dirección al Caribe y en concreto a la isla de  Antigua, acompañado por mi amante, exultante de buena disposición. Allí y con extremada precaución comencé mis baños de mar, siempre con protección solar y con ropa que me preservara de posibles quemaduras. A los quince días mi piel se había tornado de un tono entre rojiza y negrusca con una impregnación profunda que me hacia presagiar que mi coloración había tornado de la extrema palidez hacia una tonalidad próxima a la humana de raza árabe, de donde eran oriundo mis queridos padres.  
INDALESIO DIC. 2012

domingo, 27 de enero de 2013

UN DESCUIDO







El señor Santos no siempre era tan metódico y cuidadoso como creía ser, con relativa frecuencia  cometía algunas imprudencias que le daban algún disgusto y no precisamente pequeño. Por contra tenía algunas virtudes que suplían con creces sus descuidos, y su poder de seducción hacía de él un hombre aplaudido socialmente y querido por una serie de personajillos que no paraban de adularlo y de aplaudirles sus gracias y sus comportamientos.
En su círculo más próximo, jamás era puesto en duda, y se le mostraba con gran efusión señales de afecto y respeto, aunque su mujer era una persona de carácter y no le permitía comportamientos abusivos.
Cierta mañana, coincidía con el fin de semana, se encontraba en la cama con su mujer y como era habitual y después de algunas caricias y arrumacos, pasaron a la acción afectiva. Ella se sentó a horcajadas sobre el sexo de nuestro hombre que ya se encontraba inhiesto y comenzaron las maniobras habituales de una relación sexual.
La habitación era grande y luminosa, grandes balcones permitía la entrada del sol de la mañana y por ser verano se encontraban abiertas. Unos visillos aislaban por la intimidad la zona sur de la habitación, y sobre unas impolutas y cotonías sabanas se revolcaban la pareja de los señores Santos.
Por un momento se produjo un efecto que sacó a la pareja de sus habituales y repetidos actos amorosos, fue como si algo sonara muy lejano en la zona sur este de la habitación. El señor Santos levantó la cabeza y la giró en dirección al ruido, lo cual supuso que la señora Santos entrara en realidad y viera a su esposo atento a un suceso ajeno a su relación amorosa.
Ella saltó de su postura, pasando su pie por delante de la cara del señor Santos, al que golpeo con un impacto seco en el mentón.
El emitió un lamento brusco y le injurió con maldad semejante agresión, mientras ella le reprochaba su falta de atención e interés en los juegos amorosos. Ambos se encararon y comenzaron una suerte larga de reproches que aumentaban conforme pasaban los minutos, hasta el punto que se produjeron agresiones físicas de poca intensidad pero rodeadas de gestos de desprecio y manifestaciones de odio. Al fin salieron de la cama y se pronunciaron palabras gruesas sobre la continuidad de sus relaciones.
Mientras la mujer se encerraba en el baño, para entre gemidos lamentarse de su desgracia por soportar a un hombre que no acababa de darle la satisfacción que ella necesitaba, y prometerse que en la primera oportunidad que tuviera le pondría los cuernos sin mayor disgusto y preocupación; el, José Santos y Pérez se preguntaba cual había sido el motivo que le produjera la distracción mientras amaba a la pesada de su mujer, que pretendía ordeñarle cada semana para que se quedara sin fuerzas por si se le pasaba por la cabeza alguna infidelidad, circunstancia que con bastante frecuencia le ocurría.
Don José Santos supo que los enfados le durarían como siempre cuatro días, que durante este tiempo pensaría fantaseando que deseaba dejarla, que era un petardo de mujer y que estaba cansado de sus cabreos y sus insultos, pero que como ocurría siempre no la dejaría, y al final se pedirían disculpas y volverían durante al menos dos meses a seguir con sus rutinas amatorias y su tolerancia fruto de sus hábitos de años de convivencia.
También supo que la mujer no saldría de baño en varias horas y que sus planes para jugar al Golf esa mañana se habían ido al traste, como venganza por la pelea que acababa de acontecer. Así que se levantó de la cama, no sin antes ponerse las piezas del pijama, y se dirigió al balcón por donde había sentido la sensación de la distracción. Cuando completó la apertura de las hojas del balcón, y sus ojos fijaron toda la superficie de la bahía de la ciudad, sintió una gran conmoción, todo el horizonte que contemplaban sus ojos, se encontraban envuelto en  llamas de una enorme amplitud y altura.
Dio un salto hacia atrás por lo inexplicable del panorama que sus ojos contemplaban, y como mecanismo de defensa por el susto y miedo que sintió. Valoró la situación y sacó como conclusión que en treinta minutos las llamas llegarían a la casa, porque aunque el fuego había comenzado en la playa por el impacto de un avión incendiado, todo un enorme fuego se había prendido en los árboles y manglares que colindaban con los montes que formaban su urbanización.
Con enorme celeridad se dirigió hacia el cuadro de Torres Campalans y lo giró haciendo aparecer la caja de seguridad. Marcó los números de la combinación y abrió la puerta, sacó todo lo que pudo, suficiente por supuesto, y lo metió en la bolsa de ropa del golf. Después se vistió, y volvió al balcón, comprobando que sus sospechas se confirmaban, las llamas se encontraban en los jardines de la casa próxima. Sin dilación corrió para salir del dormitorio y se detuvo en la puerta, porque  escuchó la voz de la señora, que hablando para ser oída, decía:
-         No pienses que en esta ocasión te será fácil convencerme de que te disculpe, porque aún no ha
     nacido el guapo que me hace una cosa así, y menos tú que eres un completo sopla gaitas.
José Santos y Pérez, se encogió de hombros y girándose cerró la puerta de la habitación con la llave que en forma de adorno que estaba introducida en la cerradura de siglos de antigüedad. Después se dirigió a las cocheras y salio disparado en el coche más veloz que disponía.


GUILLERMO GARCIA-HERRERA      JULIO 2012            
        


viernes, 18 de enero de 2013

CUCARACHA







El lugar era oscuro y de difícil acceso, e ignoro como llegué allí, pero sentí de pronto la necesidad de moverme. Giré a derecha e izquierda y sentí que estaba algo atenazado, pero el impulso de moverme era aún mayor, así que continué moviéndome, hasta que la presión sobre mi cuerpo fue cediendo gradualmente. Abrí los ojos y no vi nada, todo oscuro y quizás solo una claridad de fondo, pero aún no sentí el deseo y el impulso de desplazarme hacia ella. Así que me dediqué a reconocer mi cuerpo.
Junto a mi se desprendió una carcasa de material untuoso y algo rígido, que sospecho era lo que me atenazaba, lo olisqueé y me pareció podría comerse, como así hice, me lo zampe todo. Cuando terminé descubrí que tenía unas extremidades largas y articuladas que eran útiles para el reconocimiento de mi cuerpo, y albricias también para limpiar mi boca y sus aledaños. Le dediqué unos buenos tiempos a recorrer todo mi cuerpo con mis patas, porque además descubrí que tenía otros patas detrás y que me eran de gran ayuda para levantarme.
Mi cuerpo dispone además de las patas, de dos apéndices planos y que cubren la parte superior del tronco, que además se mueven y me impulsan, aunque siendo el lugar tan angosto, me ha sido imposible probarlas para calibrar su impulso.
Pasé las patas por la zona superior de los apéndices planos y sentí que ese gesto me producía placer, quizás porque me reconocía como ser del mundo que, aunque abandonado a su suerte parecía tener vida e instintos de supervivencia. Mis antenas delante de la nariz me ayudaron a detectar movimiento cerca de mi lugar, giré y aprecié otro ser de las mismas hechuras que el mío, e instintivamente me acerqué a él. En este caso ella, porque era una preciosidad. Bueno, realmente no puedo decir que me gustara, solo que un severo instinto me llevó a colocarme encima de ella y meter por un agujero en su parte trasera el floreciente miembro que desconocía y que salió de mí entrepiernas. Al momento caí de lado y una agradable sensación recorrió mi cuerpo, ella me ignoró y se alejó con caras destempladas.
En pocos momentos estaba recuperado, pero continuaba con la falta de instinto de salir de aquella madriguera, así que terminé de comer los restos de la coraza y algún que otro supongo que alimento, porque no sabía mal y parecía haberme dado fuerzas después del desgaste de mi lucha con la compañera guapa. Tuve un movimiento de tripas y dejé caer por mi agujero trasero unas apestosas bolas untuosas y que producían asco. Me moví hacia un lateral para no soportar el mal olor de lo que salio por detrás.
De nuevo escuché un batir de miembros cercano a mí, y en efecto era otra preciosa criatura de gran parecido a mi, pero que me producía  una gran atracción. Recordé lo ocurrido por mi falta de experiencia y entablé un intercambio de información. Aquel delicado ser, emitió un sonido de rechazo y advertencia, y solo me produjo de nuevo un comportamiento bestial, subiéndome  encima y volviendo a meter mi miembro por su ancho agujero en esta ocasión. Al momento y antes que yo me repusiera de aquel delicado momento, me abandono corriendo desaforadamente hacia algún lugar que yo desconocía.
Poco a poco se fue despertando mi instinto de moverme, a dios gracia, y comencé a moverme en pequeños círculos. Bueno parecía interesante, había muchas cosas que  olisquear y muchos rastros de olor de los seres que me dejaban subir encima y penetrar en su cuerpo, pero no veía movimiento alguno. Decidí que cuando volviera a ver alguna criatura sin preguntar nada me subiría encima  y ñaca ñaca, después de la decepción que me lleve con la segunda no pensaba volver a establecer relación estable con ninguna.
La claridad parecía que iba en aumento, pero mi instinto no tenía aun fuerza como para llegar al lugar de donde partía esa claridad. Fue entonces cuando vi otra criatura igual, aunque ausente de esa atracción tan grande que me producían las anteriores. Me acerqué y en efecto era igual, pero sin atracción. Ignoré lo sentidos que salen del vientre y recordando lo agradable que había sido las anteriores relaciones, y me subí encima. Cuando me disponía a penetrarla, sentí una sacudida y caí de encima, para recibir a continuación una patada en toda la boca. Displicentemente se alejo de mi compañía sin ninguna muestra de buena relación. Realmente pensé que todo este mundo es una mierda y en cuanto te descuidas recibes una torta en los morros y mal royo con los demás congéneres. 
Dolido en mis sentidos, confuso por los comportamientos tan dispares, y espabilado en mis futuros comportamientos decidí que ya era hora de salir al exterior y aprender más, para no recibir tortas. Adelanté las antenas que precedían mi cuerpo y las hice útiles para andar seguro, como así fue. Atravesé el agujero que era el fin de mi mundo, y observé el inmenso lugar al cual me asomaba. De la oscuridad más absoluta, pasaba a un lugar de altura difícil de valorar y con una iluminación magnífica, centrada  en dos puntos de incandescencia que daba una preciosa luminosidad a la gran sala. Unos gigantescos objetos de utilidad desconocida para mi, llenaban el lugar, y encima de uno de ellos aparecía algo grande y blando  que tenía un movimiento discreto pero sonoro. Este ruido procedía de un lugar similar a agujero por donde yo suelo alimentarme, franqueado por un cepillo de pelos duros que se movían al compás de cada resoplido.
Todo el lugar estaba lleno de objetos, las paredes con restos de papel colocados horizontalmente, y el suelo cubierto por una espesa lana dura cuyo olor era bastante indescriptible.
Confiado al fin por encontrarme en un lugar, se podría decir acogedor, decidí poner en funcionamiento los atributos que me dio la madre naturaleza, aunque algo atribulado por la ignorancia que mi falta de experiencia y conocimientos poseía. Solo sabía que había llegado a un lugar oscuro, quizás seguro pero inhóspito, que tenia un instinto de atracción hacía algunos seres parecidos a mí y que se me presentaba un futuro esperanzador, a la vista de lo que se me presentaba delante. Así que desplegué los atributos, los agité con intensidad y sentí que mi cuerpo comenzaba a elevarse como si no tuviera gravedad. Con una grandísima potencia levante el vuelo hacia este atractivo mundo tan lleno de posibilidades, y conforme me elevaba iba quedando más maravillado de lo hermoso que era el lugar donde me encontraba.
He decir en verdad, que a la par de estar maravillado por el lugar donde me encontraba, estaba impresionado por las grandes cualidades de desplazamiento que poseía mi oscuro y alargado cuerpo. Gire varias veces cuando mis antenas me alertaban que un objeto impenetrable se acercaba, al girar mi cuerpo cambiaba de dirección y evitaba un seguro impacto. Y yo realmente no lo deseaba, después de la experiencia del dolor producido por la caída desde el cuerpo de mi congénere. Y por cierto, no aprecié que ningún ser parecido a mí se encontrara en el mismo lugar, lo cual me daba una enorme ventaja para aprender y explotar las ventajas de aquel idílico lugar.
Encontrándome inmerso en la complacencia y disfruté de mis vuelos, y asimilando experiencia cada momento que transcurría, giré mi cuerpo 180º y volé en dirección a una claridad que mis antenas me advertían eran impenetrable, aunque me llamaba la atención que el lugar que había  detrás parecía haber objetos verdes con vida. Así que respetando la información de mis antenas, de nuevo giré para esquivar ese muro impenetrable que me separaba de ese otro mundo que más adelante conocería.
Pasé sobre ese objeto blando que resoplaba, realizando un tirabuzón que me llevó hacia la tela de lana que cubría el suelo, tome contacto con la tela de forma torpe, pero al ser bando no me lastimé. Comí multitud de restos que había en la tela de lana, y  ahíto  me dispuse a reemprender los vuelos para conocer.
Escuché un gran alarido, algo así como CUCA AMERICANA, y el ser blando que resoplaba, se abalanzó sobre mi brillante y esbelto cuerpo, con una apestosa zapatilla de cuadros.
INDALESIO