sábado, 5 de abril de 2014

ALGO DENTRO DE MI CABEZA


                             



Sabía que mi padre había muerto de un problema vascular, pero siempre lo recordaba como algo muy lejano, y que me encontraba tan alejado de una edad peligrosa, que nunca tomé precauciones sobre mi salud. Tenía todos los factores de riesgo, fumaba, bebía y comía como un poseso, pero nada me preocupaba, porque además no estaba obeso y cuidaba mi forma física con un ejercicio moderado, jugaba al golf.
En todos los años de mi existencia no había tenido ninguna enfermedad sería, algún achaque ocasional que podía resolver con un analgésico, y pare usted de contar. Lo que ocurre a partir del 12 de febrero de 2010, forma parte de recuerdos pero poco fiables porque sufro un trastorno físico y psíquico que me produce muchas limitaciones.
Me han contado que me encontraba jugando al golf, cuando al realizar el segundo golpe del hoyo nueve me desvanecí cayendo al suelo. Me hicieron primera asistencia, compañeros de partida médicos, mientras llegaba una ambulancia de los servicios de urgencia. Que entré en estado de coma en el Hospital y que me diagnosticaron de accidente cerebro vascular, que me hicieron cantidad de maniobras diagnosticas y terapéuticas por el interés que mostraron mis amigos médicos, pero que auguraban un mal porvenir porque la destrucción de cerebro que padecía era tan extensa que seguro me dejaría secuelas graves.
A partir de los siguientes días comencé a despertar mis sentidos muy lentamente, y solo desde la tercera semana  comencé a sentir. Reconocí a mi mujer y mis hijas, pero cuando intentaba  hablar solo conseguía  balbucear cosas sin sentido. Como me agité me dieron explicaciones y me pidieron paciencia para conseguir recuperarme, y que empleara todas mis energías en la rehabilitación. A los varios días apareció una joven que dijo llamarse Cándida y que se ocuparía de mi fisioterapia. Le miré como si usara  signo de comprensión y asentimiento y me sonrió. Levantó el brazo derecho y me pareció que levantaba el de alguien ajeno, cayo inerte junto a mi cuerpo. Con la pierna derecha paso igual, no conseguía reconocerla como mía y no tenía actividad alguna. Mi lado izquierdo no parecía tener deficiencia alguna, cuando le miraba le reconocía como mi mano de siempre y se movía cuando se lo pedía, eso si realizando un esfuerzo con mi mente.
Dos horas más tarde apareció un señor mayor que dijo ser logopeda, no me gusto porque mascaba chicle y comenzó con bastante desgana a pedir que dijera el abecedario, como si fuera un niño pequeño, por más que lo intenté no conseguí articular palabra. Se fue cuando le miré con los ojos de “vete a hacer puñetas” 
La tarde estaba dedicada a mi familia, que se sentaban y cuchicheaban, me imagino cosas de sus vidas llenas de esperanzas. Usando mi mano izquierda hice señas para conseguir papel y lápiz, pero solo al final me prometieron traer una pizarra de cuando eran jóvenes y les enseñaba las letras.
Aquella noche sentí escalofríos y me invadió un terrible pesar. Cuando llego Cándida en la mañana siguiente, le miré con los ojos de tristeza y me entendió. Se sentó junto a mí y me dio papel y lápiz. No tenía práctica y me costó colocar alguna palabra, pero le escribí “Ayúdame” Sonrió y me tocó la mano con cariño, después muy en su papel comenzó a moverme mi absurdo  lado derecho del cuerpo, y todo seguía igual, el antebrazo doblado sobre un codo muy rígido y los dedos cada cual por su lado señalando las direcciones del espacio.  Ante mi especial desmotivación me propuso ir al gimnasio el día siguiente, para comenzar a levantarme y  ver las cosas de forma distintas, se lo agradecí y paso otro día con logopedas, visitas, familia y quizás deudores. Estando al fin solo, pude centrarme en escribir algunas notas, cuando mi mujer vino a última hora de la tarde-noche se lo enseñé. Le pedía me ayudara a bien morir, no quería vivir con esta severa limitación y dependiente todo lo que viviera de ayuda ajena. Con mucha paciencia me pidió comprensión para con toda la familia, que no fuera egoísta y que seguro me recuperaría lo suficiente para tener independencia. Que había hablado con los bancos y que había liberado nuestros dineros y que disponiendo de él y con su gestión, seguro que no tendrían dificultades. Negué con la cabeza y señalé el papel, quería que entendiera que yo quería evitar pasar por todo este calvario. Me contentó con unos “cariños” poco sentidos y me aseguró continuaríamos aquella charla.
Pasé toda la noche en blanco pensando en como podría retomar las riendas de mi vida, porque algo tenía seguro, así no estaba dispuesto a mal vivir lo que me quedara de vida. ¿Pero como? Escribí y firme unas últimas voluntades para disponer de libertad y tiempo en acabar lo que yo dispusiera, y me quedé dormido bastante satisfecho de mis decisiones. 
Me despertó el ruido del desayuno y el griterío de las pinche, pero aunque había dormido poco y lo sentía dentro de mi cabeza, estaba contento. Ya con más práctica conseguí escribir otra nota para la dulce Cándida, que en cuanto llegó para acompañarme al gimnasio, se la entregué. Se sentó  en la cama y me habló con entereza. Estaba viviendo con una chica  y era feliz con ella, su religión le impedía tomar medidas trágicas para con la vida de los demás y de la suya, y el único sentimiento que tenía para mi desgracia era luchar para conseguir mejorar mi calidad de vida. 
Perdí las esperanzas y entre en una profunda depresión que solo se alivio con el uso de medicación intensa y el alta hospitalaria para continuar la rehabilitación de forma ambulatoria. Durante tres meses  me rehabilitaron diversos fisioterapeutas que consiguieron poco, hasta que la Compañía de Seguro decidió  a través  de un pomposo médico rehabilitador darme el alta. Mi situación era la siguiente, una severa incapacidad  física, a duras penas caminaba y contando que me desplazaba hacia un lado, no podía hacer la mayoría de las necesidades higiénicas, me cansaba prestar atención más de veinte minutos por lo cual leía muy lentamente, me era imposible salir a la calle por agotamiento físico, había perdido mi interés por los sentimientos y por el sexo, y yo solo era y soy, un remedo de lo que he sido y es una persona. Mi familia me propone llevarme a un clínica donde tenga los cuidados necesarios y me ayude a valerme solo, pero sé que ni llega al grado de compasión, es solo que están cansado de ver un ser aburrido y tullido, que no tiene esperanza y solo desea morir. Cada día me dan montones de pastillas de Xeroquel, que yo sé acabaran conmigo y mientras espero, sentado en un butaca con una ulcera en el sacro y mirando a un infinito que parece interminable. Si alguien quiere visitarme, vivo en la Residencia Diógenes, calle del Buen Suspiro numero 22 de la ciudad de Bucaramanga. 
INDALESIO  Marzo 2014 


sábado, 22 de marzo de 2014

LA TERTULIA

                                        



Hace meses me llamó mi amigo de nariz rota. Me proponía vernos para almorzar y poder cambiar impresiones sobre nuestro mundo, era escueto en sus explicaciones, así que acepté sin mayor duda.
Me preguntaba que buscaría, porque era un hombre culto e interesado en la literatura y filosofía, y su nivel algo por encima de lo normal, y yo soy un hombre con mucho interés y curiosidad, pero de formación muy dispersa y más social que política. Supuse que le interesaría la literatura y es quizás un campo donde ambos podemos coincidir, así que pensé en cosas en las que ambos podríamos tener intereses comunes.
El día elegido, ambos decidimos elegir un restaurante asequible económicamente y tranquilo, y llegamos puntuales. Nos saludamos y pude comprobar que éramos cuatro, todos conocidos y hombres de inquietudes intelectuales. Aquello terminó con manifestaciones  de alegría y afecto pero sin desarrollar programa alguno. A partir de ese día decidimos reunirnos una vez al mes y en la medida que nos fuéramos conociendo y tomando confianza, hablar de los temas que más nos inquietara.  
Cambiamos de lugar por otro más culto y más asequible y fuimos invitando a un mayor número de participantes. Pero nada coincidía con algo parecido a una tertulia, y además todos parecíamos estar cómodos, salvo nuestro inquieto nariz rota, que en algunos momentos soltaba un regomello, que todos ignorábamos. Y así fueron pasando los meses  hasta que pasó lo inevitable, nuestra tranquila reunión de amigos explotó.   
Era un día gris y lluvioso, hacia frío en nuestro reservado y se hablaba en pequeñas charlas de proximidad. Pero una conversación comenzó a dominar sobre las demás, se trataba de la oportunidad de la jubilación y del peso tan enorme que tenía que soportar el estado para mantener tanto inútil e improductivo ciudadano, y encima en edad provecta que precisa cuidados sanitarios y sociales. Se fueron formando dos grupos, los defensores  de la voluntariedad en una edad propia, los setenta años, y los que defendían que  la jubilación no se adecuaba a las necesidades  de los ciudadanos, sino al ciclo circadiano de la muerte natural. La pasión fue apareciendo en el comportamiento de algunos ya si, tertulianos, y se organizó una algarabía impropia de unos seres civilizados como nos creíamos. Tanto fueron las palabras, que pasaron de gruesas a   violentas, y terminó en violencia física con mamporros de inolvidables catadura.
Recibí mi merecido sin haber participado ni tomado parte alguna, como me suele pasar, y sufrí lo indecible para restablecer el orden con la exclusiva ayuda del camarero de sala que nos debería haber traído el almuerzo. Cada uno salió como bien pudo, entre el entramado de sillas y mesas rotas, pagué los desperfectos de mi exclusivo peculio y nunca más volvimos a saludarnos. Por supuesto no volví a pertenecer a ningún grupo de amigos o similares. Se que nariz rota se dedicó al deporte de la  bicicleta y que algún que otro porrazo ha recibido, de los demás nadie me ha contado ninguna noticia. Sé que todos se jubilaron y reciben la pensión del estado, pero  también, que miran con recelo cuando pasean por las calles de nuestra ciudad.


INDALESIO  Febr. 2014

sábado, 8 de marzo de 2014

ESCUELA DE ESCRITORES


                           




Hace algunos años decidí mejorar mi capacidad de escribir, me llevaron varios motivos, uno mi torpeza a juntar palabras, otras dar salida a mi inagotable capacidad de fantasear y por último que me permitía permanecer en mi cueva dando salida al gran volumen de lectura que poseía.  
Mis primeros escritos los guardo por ese pudor  que produce  incluso tirarlos a la basura, porque pudiera ser que alguna vez me riera de semejantes colección  de burradas, y de incorrecciones ortográficas. Pero en vez de pararme me sentí estimulado a continuar, y contaba cosas sin límites, los guardaba en los soportes digitales y quizás hasta me olvidaba de haberlos escritos. Lo digo, porque descubrí no hace mucho la reiteración de algunos temas, que parece me inquietan en exceso.
 Pero existe algo que no conseguí corregir, uno mi dificultad para corregir lo ya escrito, me cansa una barbaridad y además quizás hasta desvirtuaba mis primigenias intenciones, y le hago perder la frescura de lo escrito, por expreso deseo. La otra cosa es la reincidencia en escribir en primera persona y de asuntos que pudieran rallar lo tétrico, oscuro, triste y abyecto.  
Me di un plazo y desarrollé una rutina, escribir durante dos horas los fines de semana, mañana y tarde, el resto del tiempo lectura sin parar. Pero tenía un inconveniente, la sensibilidad en lo escrito no es igual un viernes tarde que un domingo de mañana, y cuando dejaba una idea a medias, era incapaz de coger el mismo ritmo y sentido que cuando le comencé.
Como pude constatar que no  conseguía corregirlo, y estando deseoso de escribir algo que realmente me gustara, busqué ayuda en el exterior. Después de muchas vicisitudes, encontré una escuela de escritores que trabajaban “on line” y en presénciales dos veces al mes, y con un precio asequible a mis posibilidades.  Mi tutor se llama Sunny, es bastante bonita y parece tener mucha idea de estructura literaria, pero poca del tratamiento que se debe dar a los sentimientos del escritor. Ayer tarde cuando hablábamos del sentimiento trágico de mis escritos, me dijo que me olvidara de corregir esa tendencia, porque formaba parte de mi manera de ver el mundo, y que si realmente quería quitarlo de mis pensamientos debería ir a un psiquiatra, aunque las posibilidades eran pocas, porque mi mente esta más cerca de la perversión  fruto de mi soledad, que de una normalidad, que incluso ella misma no conocía.   
Le recriminé que no supiera cuales son los limites de la normalidad y que yo al fin le pagaba para que me ayudara a salir del marasmo en que me encontraba, porque necesitaba escribir algo que realmente me gustara tanto a mi como a mis hipotéticos lectores. Entonces se ofreció a escribir algo para mí, realmente bueno, una novela corta en la que llevaba trabajando años. Me quedé parado y por mi mente pasaron más de doscientas posibilidades, hasta que de pronto decidí una. Aceptaría, ¿porque?
Soy una persona con posibles y quiero dejar algo que ocupe espacio en el recuerdo de la literatura, aunque sea del mundo más cercano  donde vivo. Yo como persona, ni he sido ni seré nada, y quedando poco para acabar con mi triste existencia quiero aunque sea con un engaño, dejar algún recuerdo.
La novelita que publique se llama EL ATERRADOR DESEO y solo se vendieron treinta ejemplares, de mi  se continua sabiendo poco  y de Sunny menos porque se dedico a las novelas de terror, fruto de su gran desengaño literario y personal, porque se caso conmigo.


INDALESIO Febr.2014     

domingo, 23 de febrero de 2014

EL HOMBRE QUE AMABA IMÁGENES

                      



La primera vez que tuve conciencia de que algo no marchaba bien, fue cuando me incorporé a la Carrera universitaria en la cercana ciudad de la Alhambra. Era un muchacho inquieto y algo curioso, afectuoso y riguroso con mis obligaciones, y conocía muchos de  mis defectos, pero joven como era, recién cumplidos los veintiún  años, me llamaba la atención el cometer algunas locuras de juventud. Bueno en realidad les llamo locuras, pero creo que no pasan de simples incumplimiento de costumbres y hábitos culturales.
En realidad soy bastante tímido y no he conseguido desarrollar mucha amistad con mis compañeros, es más yo diría que no tengo ningún buen amigo, y menos hacer confidencias de magnitud intima y orden sexual.
Es ahora, cuando por recomendación  del terapeuta   he decidido plasmarlo en un papel y llevarlo a la próxima sesión, y tener valor para contarlo.
No recuerdo cuando sentí por primera vez excitación sexual, pero sé que me produjo inquietud y miedo. Por alguna extraña  razón me creí portador de alguna anomalía  en mi aparato sexual, ya que cuando me excitaba y era con frecuencia, desplegaba una excesiva clava que me avergonzaba. Así que me fui retrayendo en mis relaciones con chicas de mi edad, jamás comenté esta situación con mis compañeros y evitaba momentos que me pudieran producir algún tipo de excitación.
Cuando llegué a la ciudad Universitaria y dentro de lo que se consideraba novatadas, me obligaron a ir a una casa de latrocinio para que diera buena cuenta de mi virginidad. Era en las primeras horas de la noche, y me  habían obligado a compartir bebida durante varias horas, lo cual me hizo sentir mayor relajación y olvidar el enorme pánico que sentía. Compartía excursión con varios novatos y nos acompañaban tres mayores, el lugar elegido era lúgubre, y se pasaba directamente a una habitación donde una mujer de edad provecta me ayudo ha desvestirme. Cuando la mujer vio mi sexo, sin mayor esplendor, salio de la habitación jurando que jamás podría hacer nada con semejante personaje. Aquel fue el comienzo de mis pánicos y siempre pensé que le podría hacer daño a cualquier mujer con la que pudiera compartir coyunda.
Así fue que me acostumbre a recibir consuelo contemplando imágenes de mujeres ligeras de ropa y en situaciones de excitación, y procuré huir de relaciones con compañeras o conocidas,  sujetándome el sexo con una suave cinta al muslo derecho.
Cuando terminé los estudios universitarios y me traslade a mi ciudad, recibí muchas presiones de mi familia para que mantuviera relaciones formales con mujeres en edad propicia, pero yo continué con mis miedos y lo evite. Cuando mi hermano me habló con recato sobre mi posible homosexualidad, le conté lo que hasta ahora no había contado a nadie, el miedo hacer daño a la mujer que quisiera. Aún recuerdo sus risas y sus primeras explicaciones, después me presentó a la terapeuta, que esbozo una tenue sonrisa sin poder evitar mirar el bulto de mi entrepiernas. Seis meses después contrajimos matrimonio y soy un hombre felizmente casado. Nunca se quejó del tamaño de mi miembro.

INDALESIO Enero 2014 


viernes, 14 de febrero de 2014

LA FIERA QUE LLEVO DENTRO

                      


Me desperté en una habitación blanca y absolutamente vacía, salvo la camilla donde me encontraba tendido, y por cierto sujeto. Cuando digo sujeto, en realidad digo atado de pies y manos.
Me pregunté que hacia yo en aquel lugar, pero no recordaba nada, solo notaba un sabor medio dulzón en mi boca y la imposibilidad de moverme. Tiré de los brazos, pero no cedía ni un milímetro, también los pies estaban no solo sujetos sino muy apretados. Una sabana me sujetaba el pecho e impedía me incorporara, en fin inmovilizado completamente. Tendría que esperar que las circunstancias cambiaran y alguien me liberara de esta situación. Usé el tiempo para recordar cosas, bueno sabía quién era, datos personales y donde y como vivía, pero que hacia allí y como y porque estaba, era un absoluto vacío, no recordaba nada, pero absolutamente nada.
Sentí escozor en los nudillos de la mano derecha, y girando levemente la cabeza pude ver que estaban desollados y ensangrentados, moví los dedos para aliviar la tensión pero aún me dolía más, decidí parar y reposar.
Debí quedarme dormido, porque al abrir los ojos sentí la presencia de una respiración en la habitación, moví la cabeza buscando la compañía que me pudiera liberar, y si era en efecto una joven vestida  de blanco que cargaba una jeringa con alguna medicina contenida en un frasco de cristal. Le hablé pero no parecía muy dispuesta a soltarme ni a darme comprensión, pero cuando se disponía a clavarme la aguja en mis potentes venas, me resistí moviéndome, lo poco que podía. Ella gritó y se le calló la jeringa de las manos. Al momento entró otra persona, igualmente vestido de pijama, seguido de un hombre con una bata y bolsillo en el pecho derecho lleno de lapiceros e instrumentos de escribanía, me extrañó que el bolsillo lo llevara en la pechera derecha, porque lo habitual es en la izquierda, pero no me atreví a preguntar porque parece que llevaba la voz cantante, y tomaba decisiones con voz autoritaria. Le indicó al forzudo que me sujetara la cabeza pasando las manos debajo de mi maxilar inferior y que tirara. Aquello me dejo jodido, porque cuando intentaba hablar el tipo levantaba las manos y me hacia mucho daño. Se acercó y me preguntó si los ataques de furia eran muy habituales. Yo ni intenté moverme porque aquel bestia me tenia medio arrancada la quijada, solo asentí con los ojos. Aunque en realidad yo no recordaba haber tenido ataques de furia, si alguna pelea con mi hermano mayor y algún que otro descalabro producido quizás en el juego de la pelota. La enfermera ya respuesta y con la jeringa de nuevo cargada me clavo la aguja con algo de saña y mirándola me volví a quedar sopa.
No sé cuando tiempo paso, solo sé que cuando volví abrir los ojos, tenía hambre. Esperé sometido a un duerme vela, porque  no se oían ruidos por todo el entorno, luego sentí ruido de llaves abriendo la puerta y de nuevo personas entrando en la habitación. Se colocaron alrededor de mi camilla, al menos siete personas dirigidas por el sanitario con bolsillo lleno de material de escritura y en lado derecho. Era definitivamente médico, porque llevaba un bigotito fino y unos pelillos en el cogote levantados y fijados por gomina, además dirigía y daba ordenes, y explicaba que el sujeto que se encontraba en la camilla, es decir yo, era un tipo peligroso afecto de una enfermedad mental mal definida que se llamaba el Síndrome de Amok , que produce brotes de ira ciega que puede provocar daños a su rival e incluso a si mismo. No tiene cura, dijo con una extraña seguridad, y  quedara siempre así sujeto en esta posición  y sin posibilidad de rehabilitarlo, tenga en cuenta que este personaje parece ser que mató a más de diez personas e intentó la autolísis comiéndose las manos y dedos.   
Debió ser verdad, aunque yo no lo entendiera, porque hasta hace seis meses y después de más de diez años, no me han soltado de la camilla y ahora con una rehabilitación física puedo al menos sentarme y ejercitar mis manos escribiendo en una burda maquina de escribir. Yo no tenía conocimiento de que fuera tan agresivo, ni que me pasaran esas cosas tan extrañas, pero si ellos lo dicen será verdad.

INDALESIO  Dic. 2013        

domingo, 2 de febrero de 2014

PASAJE DE REALIDAD

                                   


Siempre me asustaron los ruidos intensos, incluso con las tormentas y su aparato eléctrico, buscaba protección bajo la cama de mi cuarto. Pero lo que no pude sospechar es que ocurriera en cualquier lugar y en cualquier circunstancia.
Tarde más de veinte años en terminar los estudios, ni tenía prisa ni nadie me esperaba, mis padres habían muerto años atrás y vivía solo. Mi posición económica era buena e incluso tenía trabajo, eso si, sin complicaciones, porque me encontraba detrás de una ventanilla despachando billetes de tren, trabajo del que me jubilé a los pocos años de practicarlo, porque realmente me cansaba y aturdía el ruido de los trenes.
 Había tenido un amigo, pero aquella relación no resulto apropiada, siempre quería salir e ir de diversiones y yo en verdad, soy muy casero, además su higiene era poco adecuada, y  a veces me provocaba arcadas. En fin que con bastante brusquedad le cerré la puerta de la casa, que por cierto es mía, y le puse todas sus pertenencias en el rellano del piso.
Olvidado este arcano incidente, mi vida trascurría con mucha tranquilidad, salía una sola vez al día, almorzaba en una cafetería y compraba dos rebanadas de pan para el sanwiche de la noche. El resto del día lo pasaba en diversos menesteres.
En un principio, cuando termine los estudios me dediqué a aprender el swahili, y le llegue a dominar bastante bien, pero lo fui olvidando porque realmente no lo practicaba con nadie. Miento, le escribía a una joven que se llamaba Tomba y que conocía el idioma, pero cuando me propuso conocernos me dio pereza y abandone la relación epistolar.
En otro tiempo, me propuse hacer construcciones de barcos dentro de una botella, bueno realmente los construía fuera y lo introducía plegado, una vez dentro elevaba la arboladura mediante minuciosas maniobras con hilos que retiraba lentamente. Y así fui pasando el tiempo y me fui haciendo mayor, aumentando mis rarezas exponencialmente. Y viene al cuento porque, un día que decidí salir a comer y a llevarle un pantalón al sastre para que le hiciera un desplazamiento del primer botón por motivos de engrosamiento de mi cintura, ocurrió un acontecimiento que condiciono el resto de mi vida.
Realmente no prestaba mucha atención a lo que acontecía en mi entorno y en mis circunstancias, el caso es que aquel día no había casi nadie en la calle, era un día plomizo y caían  gotas de lluvia, pero lo curioso es que la cafetería donde solía comer y comprar algún alimento estaba cerrada y sin ninguna actividad. Volví sobre mis pasos, por supuesto sin salir de mi misma calle y me dirigí al taller del sastre Guzman, cuando una enorme explosión sacudió todo lo largo de la calle y una gran llamarada incendió casas y locales comerciales. Yo salí despedido y mi cuerpo orondo de 140 kilos, se empotro contra la verja de una tienda de velas religiosas. Cuando me desperté estaba siendo atendido por un sanitario, según constaba en el cartelito de su pechera, y curaba las heridas producidas en mi cara y brazos.
La verdad es que no recuerdo que fue lo que paso, ni siquiera a que fue debido, pero yo no volvía a salir de mi casa. Los desperfectos de mi casa no tuvieron relevancia, solo el baño quedo inservible, pero no me importó porque jamás la usaba, solo el inodoro.
Ahora vivo pendiente de los ruidos, me he preparado un parapeto con varios colchones de la cama de mis padres y tías, y observo cuidadosamente y regularmente para no ser sorprendido, aunque la verdad ya no puedo moverme del sillón e incluso mis necesidades las tengo rodeándome. No cómo nada, bebo con una manguera que se encuentra conectada al grifo de la cocina y escribo estas notas para que pueda ser cristianamente enterrado junto con mi familia y allegados. Y espero…. 


INDALESIO Dic.2013

sábado, 25 de enero de 2014

LA CLARA. UN RECUERDO DE JOSE JIMENEZ VILLAREJO

            



No más de ocho años de edad, cuando me pidieron hiciera de rodrigón, bueno pedirlo tampoco, me indicaron acompañar a mi hermana en sus paseos con el joven con el que salía. Aquello me gustaba, era divertido y me trataban con generosidad o quizás con elegancia, porque me compraban  un cartucho de patatas en papel de estraza y me sentaban en las piedras del paseo marítimo, algo que me producía un gran sosiego.
El otro recuerdo que guardo es quizás años después, alquilaba simbólicamente por unas  perrillas la barca de un marengo de pedregalejos, que le llamaba la Clara y que nos servía para alejarnos del agua sucia del rebalaje y darnos un baño en las procelosas aguas de la bahía de Málaga.
El joven acompañante de mi hermana, que después fue su marido y padre de sus nueve hijos, era y fue un gran jurista que defendió las leyes con  la independencia y prudencia que da la visión democrática  y cristiana de su  vida, algo realmente extraño en este nuestro país.
A él le debo mucho. Siendo un muchacho que deseaba comenzar los estudios universitarios con ganas de diversión y mucha curiosidad, y encontrándome algo perdido por la educación recibida por los jesuitas de los años sesenta, le conté mis cuitas de desasosiego por el trato recibido en el último año de bachillerato. No solía dar consejos de exegeta, pero aconsejaba con sentido práctico. Me presentó a Alfonso Carlos Comín y me sugirió le acompañara a la zafra de la Axarquía. Acepté y fue una experiencia que jamás olvidaré, conocí gentes humildes y sin nada de cultura, cuya único bagaje era su enorme generosidad y ganas de ayudar al prójimo, así  compartíamos  la mucha miseria que en aquellos entonces había. Y me hizo sentir una inquietud que extrañamente se adaptaba muy bien a mi manera de pensar y sentir. Ese fue el germen de lo que fue después mi compromiso social y político.
Años después, y habiendo terminado mis estudios universitarios, me ofreció participar en una plataforma creada por un grupo de cristiano- demócratas que se llamaba a la sazón Demos 68, donde se fue germinando la buena costumbre de dialogar independientemente de la ideología  que se dispusiera o que cada cual quisiera. Allí conocí a personajes de enorme talla personal y política que me enseñaron a ser tolerante y a saber encontrar el camino para acabar con los comportamientos del tardo-franquismo.
El azar hizo que nuestras vidas siguieran por caminos diferentes, pero siempre fue un placer cambiar opiniones con él y recibir su enseñanza mensurada, cauta y firme en cada uno de los temas que debatíamos.
Murió como vivió, con una tenue sonrisa de comprensión y cariño a todo su entorno. Al menos así me lo contaron los que compartieron los últimos momentos con él. Gracias y descansa en paz.  

INDALESIO Dic. 2013

domingo, 19 de enero de 2014

DE ESTA AGUA NO BEBERÉ






            Cuando le preguntaban de pequeño lo que quería ser de mayor contestaba, despachando dos por uno, que ni iba a ser médico ni se iba a casar. Semejante petulancia profetizaba, esta vez con acierto, la sucesión de derrotas que le visitarían a lo largo de su vida. Y es que, sus esperanzas tempranas oscilaban, desde una vocación soñadora, entre dedicarse a la literatura o ser piloto. Con la primera pensaba eludir la realidad indagando el mundo interior  y con la segunda el exterior. Como la poesía no se conciliaba con la vida salvaje que se llevaba en el barrio, no la expresaba sino en contadas ocasiones y siempre con el propósito de ligar. Llevaba en secreto sus escritos, de natural amorosos, con lo que se sentía realizado en el plano intelectual, compensando de esta manera los descalabros escolares. Lo de aviador estaba más en consonancia con lo que le pedía el cuerpo, con lo que hacía y con lo que se figuraba que podía hacer. Hubo una época en la que se le conocía como el Piloto; fue cuando empezó a participar en las pruebas de atletismo de los campeonatos escolares que lo llevaron a competir en los absolutos. Pero las cosas se aclararon al pisar el jardín de los prodigios, donde comprobó que lo que tanto daba que hablar, se concretaba, de pronto, en una realidad que aventajaba con mucho los sueños más optimistas. El caso fue que amistó con una niña deportista que manejaba la bicicleta con soltura y que de un día para otro desplazó la tacañería de las del barrio que, a buenas horas mangas verdes, lanzaron mensajes de remisión cuando los asuntos estaban más que cuajados con la del Cañaveral, a la que el poeta piloto llamaba la Geva.
            Con su padre tenía convenido que aunque se examinara para la Academia del Aire en San Javier cursaría Preu por lo que pudiera pasar. Pero para esos tiempos sus planes habían cambiado mucho. Además de volverse estudioso, cuestionó la idea de estar cuatro años separado de una hembra en la que había conocido el mundo, el demonio y la carne hasta hartarse. Otro asunto vino a armonizar sus propósitos y fue que visitando a un amigo del barrio que había sufrido un accidente en la piscina del Camping de la carretera de Jaén, le dio un jamacuco al ver el aparatoso vendaje del ojo izquierdo en el que se le clavó el cristal de las gafas de bucear cuando alguien se le tiró desde el trampolín. Al sentir los primeros síntomas de la lipotimia quiso ganar la puerta pero se derrumbó de narices contra el rodapié del pasillo dejándolas pegadas al piso. La operación chapucera a la que fue sometido no logró enderezarlas ni mantener el tabique en su sitio, por lo que se unió el hambre a las ganas de comer y, además de grandes, quedaron torcidas de por vida. Como las partes más nobles del cuerpo no se vieron afectadas por el incidente, prevaleció la armonía sin mengua alguna en la calidad.
            En junio aprobó la Reválida de Sexto y con el pretexto de prepararse para la Academia se quedó en Granada sin acompañar a su familia a Lanjarón, lo que les permitió descubrir que en la cama rentaba más la pasión queen el campo, el portal o el coche donde practicaban a diario. Además, la pareja cerró un plan que esta vez sí se cumplió como estaba previsto. Llegado septiembre preparó la maleta, recibió el dinero para el billete del tren y la pensión, y se instaló durante tres días en un secadero de tabaco desde cuya parte alta se veía la ventana de la Geva. Como podía ser localizado por los colegas del barrio que trillaban la vega varias veces al día, estuvo recluido en el palomar, bajando del coro al caño cuando la ocasión lo permitía, hasta que lo pillaron los dueños. Hubiera acabado en el Cuartelillo sino lo identifican a tiempo como de la farmacia. Con las mismas se fue a Lanjarón donde dijo que no había pasado el examen médico (versión que mantiene su vigencia) y que no había podido examinarse, con lo que al llegar octubre empezó Preu sin saber qué camino tomar, aparte del que llevaba con su amiga. Cuando el curso siguiente su padre le oyó decir que quería estudiar Filosofía y Letras lo matriculó en Medicina sin que él se enterara y así fue como empezó la carrera. Llegado a tercero y para evitar las prácticas se pasó a libre, adelantó curso y se casó confirmando aquello de que nunca digas de esta agua no beberé.

SALVATORE MALATESTA

sábado, 11 de enero de 2014

...Y TODAVÍA LA FUERZA DEL SINO

                         


Ha caído la noche. Los perros ladran  y ladran… El tintineo de algunas cencerras evocan la rumiación de las cabras. Una única luz, tenue, en la fachada de una casa de campo, solitaria. Con mi bastón avanzo desconfiado, pues uno de los perros, de noche, se torna muy agresivo. La noche esta densa y oscura. Una silueta aparece pegada, como esos dibujos sobre los cristales de las ventanas de Les Halles parisino, pero enigmática y expectante. Atenta a cualquier movimiento del exterior. Al acercarme a la casa, yo no puedo contener la angustia y cierto miedo al evocar la figura de una mujer perennemente tras los cristales de un lagar del arroyo Gálica, que en nuestros paseos dominicales, durante años, veíamos con miedo y perplejidad. Más tarde supimos que llevaba años esperando al novio que la dejó."La tia Juana enloqueció y ha pasado todo una vida detrás de esa ventana.”, nos decía un sobrino.
Nuestra protagonista tiene 35 años. Apenas abandona la casa familiar para ir al pueblo de compras o para llevar al médico a sus padres. Como en “Aguas para chocolate”, es la menor de  siete hermanos y  le ha tocado cuidar los años crepusculares de sus progenitores. Como el destino se alía, a veces diabólicamente, con las costumbres coercitivas, tuvo un novio y una relación feliz, se casaron y, aunque le habían adaptado una cuadra de la casa para ellos, "que su dinerito había costado,” se instalaron en la ciudad.  Poco tiempo después nuestra Tita estaba de nuevo, donde tenia que estar, en casa, con sus padres para cumplir su destino. Incógnita total. No se sabe qué ocurrió.
Han pasado varios años de soledad, silencio, frustración y trabajo en la casa y  con el ganado. Es una pastora bíblica.
 Por otra parte esa misma noche el único varón que aún vive en casa, ya había salido y volverá tarde, según la madre. “Cosa que viene haciendo casi todos los días. Ha debido encontrar alguna cosilla”. Es el que antecede a nuestra Tita en la fratría, pero su destino es  otra cosa, de hombre.
Hace unos meses el jefecillo de unos trabajadores de la autopista, de 55 años, separado, en  su ir y venir sedujo a nuestra protagonista. Que es guapa, discreta, atractiva y  en pleno esplendor, como mujer en la flor de la vida. Le costó obedecer las llamadas de su Deseo… y se fue con él. Su viveza natural le hace revolverse y soñar que puede  zafarse de su destino…pero volvió
Y otra noche, semanas más tarde,  atenta al guiño de su enamorado le siguió y convivió  con él un tiempo…; pero pronto, ¡ ay ¡,  de nuevo la fuerza del sino, y vuelta al hogar, dulce hogar.
Y los padres  con  gran regocijo lo celebran. Pocas preguntas.
El padre comenta:
- Ya ves, le lleva 20 años. Y a cuidar ya mismo un viejo haciéndoselo tó encima… ¡¡ A saber porqué está descasao y el pollo que está hecho. No habría tenido otra mujer que mi niña  desde Benamejí hasta aquí.!!
Entre felicitaciones por la vuelta y prédicas recriminatorias por lo que había hecho, nuestra Tita se debate en una pura dialéctica , conflicto de severa lealtad:  el destino contra su Deseo y éste contra aquél…y  el sino triunfa otra vez.
Un buen día, poco después, tras ayudar al ordeño, coge su coche y se refugia en los brazos de su amor. Dura unas semanas, vuelve. En la batalla personal sigue perdiendo el Deseo..
 Y así es como la otra noche en la fría cámara  de la casa espera pegadita a los cristales que venga a recogerla el dueño de su corazón; ahora la sutil coerción aprieta. Aplasta.   ¿ Será capaz de una nueva fuga?
 Pero, ¡ ay ¡, terrible decepción, no era él. Era yo… a por huevos.
 Cuál será “ la suite “ de la presente historia: ¿vencerá  el  tradicional destino o la viveza de nuestra protagonista?

 BIRLIBIRLOQUE 

sábado, 4 de enero de 2014

LUIS


                                               



Seguro que era verano porque yo estaba ocioso, y el recuerdo de Luis siempre va asociado a cielos luminosos y altas temperaturas. La historia se desarrolla en el jardín de la casa de mis padres y donde vivíamos toda la familia. No era un jardín enorme, pero si espacioso y lleno de flores y árboles frondosos. Adosado al jardín una enorme terraza de mármol blanco y desde donde se podía divisar toda la bahía de esta ciudad del sur del continente.
El jardín era además lugar de transito por donde inevitablemente se tenía que pasar para salir y entrar en la casa. La umbría y el paso de toda la familia   había hecho un surco en el césped y yo había puesto, `por encargo de mi padre, unas lozas de pizarra que nivelaba el suelo y hacia desaparecer la fea senda de los elefantes. En la valla de separación del derribo que lindaba al oeste, había un parterre plantado con multitud de calas y algunas rosas de   colores fuertes y pétalos grandes y luminosos. Justo delante de aquel parterre había un banco de madera y una butaca de mimbre donde habitualmente se sentaba Luis.
Luis siempre fue adulto, obeso y con una sola muda de vestir, unos pantalones blancos de lino y zapatos haciendo juego con la camisa igualmente blanca.  Cara gorda y con papada, llamaba la atención unos ojos inquietos y muy pequeños, que oscilaban en todas direcciones, como buscando no ser sorprendido. A veces se paraban y miraban algún lugar fijamente, entonces sonreía porque se sabía observado por mí.
La especial peculiaridad de Luis es que era hermano de mi padre, y mi padre era su referencia, igual que lo era para todos nosotros. Como mi padre estaba asociado siempre con libros, todos amábamos los libros y por supuesto Luis siempre llevaba un libro incorporado a  su sudado sobaco, y siempre el mismo, quizás porque no era muy grande y su portada estaba tapizada por un barniz que le daba una luminosidad que le debía llamar la atención, era Al faro de Virginia Wolf.
Como en mi barrio había pocos niños, pasaba mucho de mi tiempo cuidando de Luis, aunque no sabía que tenía que cuidar porque él se cuidaba con suficiencia. Quizás porque mi padre me dijo meses atrás, que cuando era niño, Luis se había caído de los brazos de su mucama y se había hecho daños en su cabeza, por eso había que ser cariñoso con él y cuidarlo.
Yo le hablaba, pero no él no contestaba a lo que le preguntabas, sino que decía alguna frase ajena a la pregunta, entonces me miraba y se reía. A veces me acercaba por detrás para darle un susto, y siempre me sorprendía, incluso cuando estaba con su libro abierto, libro que habitualmente sostenía en sus manos y se encontraba al revés. Después de contestarme algunas de sus lapidarias frases, ponía el libro delante de sus narices y continuaba largas horas moviendo los labios en su ignara lectura.
En la hora del almuerzo, le preparaban una mesita en la cocina y comía solo con mi  infantil compañía. Profundamente ordenado, nunca dejaba nada en el plato, y limpiaba hasta la perfección los cubiertos y platos. Después descansaba en la butaca de mimbre del jardín, con leves ronquidos que yo no terminaba de ver y oír, porque era la hora de la comida de mis hermanos y madre.
Por la tarde, cuando el sol comenzaba su declinar y era indefectiblemente las ocho en punto, con precisión que yo siempre dudé de donde sacaba, porque su reloj no tenía manecillas y siempre estuvo parado, se levantaba de la butaca, colocaba una larga tira de papel entre algunas páginas y colocándose el libro en su sobaco, se dirigía  de nuevo a la cocina para recibir su dosis de caldo con fideos y una naranja que pelaba de camino a la pensión donde pasaba la noche, a cincuenta metros de nuestra casa y siempre en mi compañía. Para despedirse me daba la mano y jamás aceptó que le diera un beso de despedida.
Murió cinco años después de forma fortuita en el incendio de un cine, lugar donde pasaba todas las tardes en los inviernos, viendo la misma película hasta cinco veces, con un pase que les proporcionaban a mi padre los dueños del cine que eran clientes de su clínica.



INDALESIO  Octubre 2013    



domingo, 22 de diciembre de 2013

EL MUNDO DEL CAMPO

                           



Una de las aficiones que se han asentado en mi cabeza, es el andar. Ando dos veces en semana y mucho, casi cinco horas. He recorrido calles, paseos y sobre todo campo, ese mundo que nos circunda y al que poco miramos.
En uno de mis extensos y divertidos paseos, con mochila incluida transportando elementos de supervivencia, subí una empinada y larga travesía que me llevaría a uno de los núcleos campesinos abandonados. Pasé varias poblaciones, donde me miraban con curiosidad y me juzgaban como otro loco del camino, pero yo a lo más saludaba con cortesía o bien preguntaba algún dato de localización. A veces me ofrecían un vaso de agua o de vino del lugar, ya habituado a dosificar mis ingestas, cuidaba mucho lo que tomaba y su cantidad, sin ánimo de ser pacato.
A los pocos minutos y no sin agradecer sus atenciones, continuaba mis caminatas con ánimos renovados. Y en concreto, esta ocasión me acosaba el tiempo porque había decidido acampar en algún lugar de que me resultara agradable. Iba en dirección al picacho que dominaba toda la bahía de la Málaga musulmana y que servía de vigía para invasiones foráneas. Llegué al cruce del camino de Totalán y decidí continuar una hora más, antes que se me cayera la noche encima, y culminar el Santón Pitar.
A pesar de ser una empinada cuesta no tuve dificultad en llegar a y sobrepasar la venta que coronaba el picacho, pero la venta estaba cerrada y nada ni nadie respondía a mis llamadas. Así que ascendí algo más y giré a la izquierda por un camino terrizo que me llevaría a la casa de de la finca del Santón Pitar, lugar que quizás me acogiera, aunque lo sabía deshabitado. Nada de luz que me ayudara a moverme por el entorno de la vivienda, la noche cubriendo completamente el cielo y para colmo nada de luna. Así que me acomodé bajo los soportales de la enorme casa, saqué estera y saco y me introduje para sentirme resguardado del frío y del miedo de encontrarme a la intemperie y con poca defensa para lo que pudiera ocurrir. Tomé una barrita energética y me cubrí incluyendo cabeza.
No tardé en dormir por el cansancio acumulado del día, y solo me desperté por los primeros rayos de luz que aparecían por el levante de la casa. Bueno también por los lamidos que me daba una simpática y sucia cría de perro que al parecer había dormido pegado a mí, quizás por el calor que desprendía mi protegido cuerpo. No me atreví a gritarle para que me dejara, porque ya se encargo él de tomar suficiente distancia para evitar lo que con todo seguridad ya había vivido.
No me paré en mirar las condiciones del lugar de acampada, pero pude observar que era una casa muy extensa con varios cuerpos de no más de dos alturas, varios balcones con rejas y múltiples ventanucos esparcidos por ambas fachadas. Un jardín abandonado jalonaba la zona oeste, pero conservaba unos magníficos fícus de hoja pequeña que preservaba el caserío del tórrido sol de la tarde. Entre los árboles encontré un nacimiento de agua, a pesar de encontrarme en una altura considerable, donde pude beber un agua cristalina y muy fría, y realizar abluciones higiénicas.
Recorrí el entorno de la casa, que parecía abandonada pero bien protegida de intrusos, y solo encontré una puerta que daba a la cocina forzada y con cristales rotos. Después de asegurarme de que estaba solo, y con la única compañía del perrillo, me introduje en la casa con multitud de  precauciones. Afloje los tornillos que sujetaban la cerradura de la puerta de la cocina y como sospechaba, encontré varios anillos de oro viejo, posiblemente propiedad del servicio domestico que lo escondía para proteger de posibles hurtos. Después me moví entre destrozos de utensilios de la casa, todos esparcidos sin ningún miramiento y rotos en su mayoría.
Me sorprendió el enorme salón, lleno de libros  y de telas de araña, donde desde hacía años no entrada nadie, miré por curiosidad los libros y eran no malas ediciones de libros de caballería, historias y grafismos diversos de posiblemente un valor elevado. Pero solo alimenté mi curiosidad, evité el hurto y más de tan importante valor.
Me senté en un sillón que hacia juego con una mesa castellana, llenos ambos de  una espesa capa de polvo, pero en cuya espalda un ventanal iluminaba esa zona del salón. Instintivamente abrí los cajones que jalonaban ambos lados de la mesa y solo había objetos de escritorios, llaves antiguas y muchos papeles. Me pudo la curiosidad e inevitablemente leí unas cartas, estaban dirigidas al Marques de la Iluminada, Don Antonio Maria Floreste y Domínguez del Castillo. Las reuní por fechas y había cercanas a las cien cartas, que cubrían un periodo de tres años de vida, mejor de su alegre y divertida vida.
Eran firmadas por una muy importante dama de la España de la Dictadura, yo diría que la más importante dama, y todas estaban escritas en tono amoroso y con una cuidada letra azul pálida. Pasé bastante horas leyéndolas y cada vez me iba interesando y entendiendo más.
En resumen se trataba de la relación amorosa del Marques con esa señora, algo que podría tener moderado interés, sino fuera porque la señora compartía secretos de alcoba que podrían tener mucho interés para la historia de nuestro país. 
Conforme me enteraba de más noticias, más alarmado me encontraba, aquello podía ser algo que desmontaba la imagen idílica del Dictador, acaso idílica para algunos, pero destructora para otros. Y sobre todo nada coincida con la imagen que nos mostraba los libros de textos de nuestra formación histórica. Rebusque más, pero nada encontré, y pude darme cuenta que las últimas cartas estaban escritas en tono de reproche, por lo abandonada que tenía a la excelsa señora, e incluso la última a forma de despedida.
Muy preocupado y alarmado, cogí todas las cartas y las sujeté con un cordel, salí de la casa con la mente ocupada por la enorme cantidad de información, y asustado como aún me siento, solo se me ocurrió prender fuego y hacer desaparecer la evidencia de que nuestra historia estaba trucada por un cúmulo de mentiras, que continuaron  favoreciendo a los más poderosos.
Siempre recuerdo con autentico dolor, la estúpida decisión que tome aquella mañana, al quemar aquellos documentos que contenían algunas verdades que jamás podré demostrar porque hice desaparecer su evidencia. 

INDALESIO  Octubre 2013 
  


   

viernes, 6 de diciembre de 2013

NADA


                                            

    
Preparaba la asignatura de Microbiología, y desarrollaba algún método que me permitiera recordar la enorme cantidad de familias de bacterias y demás parásitos que tenía que memorizar. Lo digo porque aquella tarde tome café y una centramina para sacar provecho de las pocas horas que me quedaban para el examen final de la materia. Me senté colocando un cojín bajo mis nalgas y un calefactor de resistencia  para combatir el frío. Había decidido que las manchas de la pared me servirían para recordar características de los estafilococos, de los enterococos y demás ralea, de forma que la pared de la derecha que tenía un saliente con una enorme cantidad de botes de dexedrinas y demás estimulantes, representaría características más relevantes de los cocos, la de la izquierda con ventanales y enormes manchas de humedad, los bacilos. De forma que recordaba con mayor facilidad las características y defectos de las paredes de la sala de estudios del piso donde vivía, que la retahíla insufrible de mis dichosas bacterias.
Como decía, me había sentado con todos los medios en la silla con cojín, cuando sonó el telefonillo de la puerta de acceso de la calle. Juré en arameo y maldije al inoportuno, pero no pude evitarlo y ante la insistencia decidí  mandar hacer puñetas al inoportuno. Pulsé el portero automático pero no pregunté el nombre de la molesta visita, así no tendría complicidad con nadie. Escuché desde la puerta, los pasos vacilantes de una persona que arrastraba los pies, y golpeaba las paredes quizás con las manos. A los pocos minutos apareció un conocido de la facultad y vecino de mi misma ciudad, con el que me unía una amistad, si bien no estrecha si de antigua. Traía la cara desencajada, la boca abierta y los ojos bailándoles en sus alojamientos, la boca llena de saliva y saliendo por encima del labio inferior. Balbuceaba sin reconocer nada de lo que decía, y dirigiéndose hacia mí se abrazó, deslizando su cuerpo hacia el suelo.
Aunque reconocí a Gustavo, sentí la necesidad de gritar para pedir ayuda, más fruto del pánico que de necesidad de ayuda, pero nada ni nadie respondió, aunque se escucharon las tapaderas de las mirillas de las puertas batir su giro de ojo avizor. Lo sujeté de los brazos y lo introduje en la casa arrastrando, hasta llegar a la habitación de Miguel mi compañero de piso, donde lo tendí sobre una raquítica  colcha.
Limpié su cara con una toalla y así pude comprobar que sus ojos no paraban de moverse y dirigiéndose  siempre al mismo ángulo superior y derecho de sus cuencas. Resoplaba con un profundo sueño y movía los labios al salir el aire por su boca. Me di cuenta por el olor que se había cagado y meado encima, lo cual me hizo sentir compasión a pesar del asco que me dan esas cosas. Le quité los pantalones y lo envolví en una sabana blanca, pendiente de después completar la higiene.
Mientras completaba estas faenas, se fue tranquilizando y cayó en un profundo sopor. Ignoraba si avisar urgencias o esperar que estuviera más despierto para acompañarlo al Hospital Universitario. Como parecía tranquilo decidí esperar y valorar que pasaba durante las siguientes horas.
No pude estudiar, nada conseguía retener, incluyendo el sistema de memorizar que había elaborado, además cada diez minutos me llegaba al cuarto para comprobar su estado, y continuaba igual, dormido profundamente.  Pasó la noche y mi situación se hacia más inquieta, dividida entre la salud de Gustavo y mi inminente examen de Microbiología. A las nueve de la mañana, mi amigo continuaba dormido con una respiración armoniosa y tranquila, yo tomé un café y me fui a la Facultad en un puro estado de nervios y con un agotamiento que solo pude vences con dos cafés más.
El examen fue un fracaso y yo mismo me suspendí no presentando los folios con unas respuestas inseguras e intensamente confusas. Volví derrotado a la casa, además de sueño me sentía inquieto, porque sería mi primer suspenso y yo es no me lo podía permitir, por las becas.
Cuando entré Gustavo no estaba en la cama sino en la ducha, al salir llevaba puesto mi albornoz y su cara estaba radiante y despejada. Le conté lo sucedido y el se rió. Yo enfadado le pedí explicaciones, y el derrapó con otras preguntas, cuando le insistí me confeso lo que nunca creí, que padecía un trastorno en su corteza cerebral que le producía esas crisis comiciales y que desaparecían después de un sueño reparador. Además había olvidado sus pastillas y había tomado alcohol, todo esto reunido produce con toda seguridad una crisis epiléptica.
Yo con una gran dosis de cabreo le pedí que no volviera más por mi casa y que sus crisis las resolviera en su casa o en cualquier otro lugar, pero no conmigo.
Su cara se transformo, y se volvió sería. Se vistió y dando un portazo se fue de la casa, sin darme las gracias y el adiós.

El siguiente curso, estudié  Neurología y pude encontrar y estudiar con horror como reproducía literalmente todos los síntomas que había padecido mi amigo Gustavo. Le busqué por toda la ciudad pero me dijeron que yo no vivía en la ciudad, y que se había tenido que refugiar en casa de sus padres por las crisis no paraban  de condicionarle la vida. Jamás tuve el valor de recordar aquel acontecimiento.     
 INDALESIO 12/05/2013 

viernes, 29 de noviembre de 2013

RELATOS MARIPOSA




            Los escritores cuentan las cosas como si los hechos fueran un relato, pero la realidad nunca es un relato, sino algo más amplio que lo que guarda la palabra, porque tiene dimensiones que no se pueden expresar. En la realidad cuenta el dolor invisible o el placer inexplicable que son mucho más que signos porque esconden la individualidad. También son tiempo que no se deja atrapar ni empaquetar en una frase. Las palabras están hechas para reproducir ideas o pensamientos y los hechos ni son ideas ni son pensamientos y cuando se convierten en ideas y pensamientos ya no son hechos, es pasado y el pasado tampoco es hechos. Por eso no hay más literatura que la de ficción ni más historia que la de ficción porque el recuerdo tampoco es hechos, ni la memoria, ni la fotografía o el cine. Los hechos son ese río donde decía Heráclito que no puedes entrar dos veces, los hechos son la vida y la vida vivida se puede imaginar pero no se puede rehacer. Como toda narración es creación (no se puede entrar dos veces en la misma idea) cada pensamiento brota como si fuera la primera vez.  Hay cosas que no se olvidan, dicen los sufridos, pero tampoco se puede volver a lo que no se olvida. Lo que fue ni se olvida ni se revive. Se sufre cada vez con un dolor nuevo, renovado, más alejado del hecho y más cerca del olvido. Si se apaga el amor que trabaja a favor tuyo, también se puede serenar el dolor que te maltrata. Los relatos son como hojas muertas que se hacen al viento creyendo que son mariposas.

CIRANO

sábado, 9 de noviembre de 2013

LA BOTA


                                          



Muchos de aquellos veranos me aburría, vivía en un barrio apartado y residencial, cuya población tenía una media de edad avanzada. Así que me críe observando personas y vidas. La casa de mis padres estaba situada al final de la carretera y justo delante había un llano donde los vehículos daban la vuelta y también daba acceso al garaje del coche de mi padre. Allí en aquel llano me sentaba a observar idas y venidas, y a esperar la llegada de mi padre para abrirle el garaje.
Una mañana me encontraba sentado en el murete de delimitación del llano, estaba enfadado porque mi madre me había obligado a ponerme un sombrero de paja en la cabeza para evitar la solanera, y yo un chico de ocho años parecía ridículo con aquel sombrero tan grande y tan raído.
Me divertía identificar por el ruido del motor quien era y saludarlo, parece ingenuo pero no había otra cosa que hacer en aquella hora tan matutina. Refunfuñando me encontraba cuando escuché un ruido muy intenso y no conocido, me levanté sobre el murete para observar quién podría ser, y era un ingenio no conocido por mi, sobre tres ruedas. Una motocicleta que runruneaba con severidad y que llevaba adosado a un lado un aditamento en forma ovalada y abierto en su parte superior, posiblemente para transportar personas, pero que en este caso transportaba objetos sujetos con cuerdas y que abultaban de forma considerable. Sin pereza y sujetándome el puñetero sombrero me acerqué a aquel desconocido engendro mecánico, ya que se paró en el radio de mis dominios, en el inicio del llano, justo en la puerta de los vecinos que conocía, la Familia Santos.
El conductor continuaba sentado en el sillín de la moto, llevaba guantes de cuero y un casco también de cuero, su mano derecha reposaba sobre los bultos que llevaba el side-card y parecía descansar. Giré entorno al engendro, que era de color crema y su pintura en perfecto estado,  el escapé  no dejaba de humear porque permanecía en funcionamiento, hasta que el conductor giró una llave que cesó el ruido de forma brusca y con unos tosidos agónicos.  
Me encontraba muy pegado al vehículo y el conductor alargó la mano y me tocó el sombrero, preguntándome de donde lo había sacado, me retiré a una distancia prudencial como me habían enseñado y continué observando los mecanismos de la moto. El hombre se incorporó levantándose, era obeso y un bigote de pelo negro que cubría el labio superior y se metía dentro de la boca,  levantó la pierna izquierda y apareció un enorme zapato en forma de bota de color negro y de tamaño menor que uno normal. Aquella bota tenía una suela gruesa y de altura importante, y en la superficie unos profundos y llamativos surcos de arrugas, coronado todo por unos cordones redondos y bastante gastados.
La moto y su aditamento perdió interés y todo se centro en contemplar aquel monstruoso artilugio que albergaba el pie izquierdo. Cuando el conductor se puso de pie y caminó para acercarse al aditamento de transporte, comprendí que era cojo por las enormes oscilaciones que realizaba para poder caminar.
Le pregunté que le había pasado para llevar aquel zapato tan especial, sonrió y me dijo que le había mordido un marranillo cuando era pequeño. Me separé de aquel hombre, sentí lastima por lo que debería haber sufrido y corrí hacia mi casa lleno de pánico y horror.
Se instaló en la casa de la Familia Santos y desmontó el side-card donde transportaba sus enseres personales, todas las operaciones  las fui vigilando desde el altillo de mi casa, y permanecía seducido por aquel zapatón tan  voluminoso.
Mis padres me dieron algunas explicaciones, pero me ordenaron  mantuviera una prudencial distancia de aquel hombre cuya filiación aun desconocían. La semana siguiente ví la moto en la puerta de su casa, me acerqué y acuclillado miraba el mecanismo que tanto me seducía, era una moto ISSO, con un ventilador lateral. Sin darme cuenta, el conductor estaba junto a mi cuerpo, me preguntó que me llamaba la atención, no sin darme un gran susto, aquella bota había estado a menos de un paso de mi cuerpo. Me separé de él y desde una distancia le respondí que lo que más me llamaba la atención era su zapato, el me miró con suavidad y me dijo que cuando el pudiera me daría un paseo en la moto, y quizás otro día me enseñaría el pie. Corrí hacia mi casa asustado y horrorizado de poder ver aquel pie amputado por una cría de cerdo, decidí mantener una prudencial distancia.
Dos semanas después mi padre nos informó que aquel hombre, que se llamaba Ángel Llanina y del gremio del Comercio y Representaciones, había tenido un accidente cayendo en las vías del Tranvía y sufriendo la amputación de la pierna enferma, fruto del accidente había muerto en el Hospital Provincial.  
Algunas noches desvelado, me viene  al recuerdo aquel zapato negro que tapaba la mutilación de un pie.

INDALESIO Agosto 2013


domingo, 20 de octubre de 2013

CARBÓN

  
                                           




La primera vez que me escapé del cerco de las mujeres de servicio doméstico, debía tener tres años. Muy inquieto, cansaba al más pintado con un ir y venir curioseando todo lo que encontraba, tocándolo y despreciándo casi de inmediato. Estaba al cuidado de una mujer de tez oscura y belleza salvaje, que tenía el sugestivo nombre de Aníta La Tosca, que me trataba con un gran cariño y esmero.
Pero aquella mañana de temperatura suave y sol radiante, Ana ayudaba a tender ropa  a la lavandera en la terraza de mármol. Y yo aproveché su inocente descuido para salir de su campo de visión, yéndome hacia la zona posterior de la casa donde un largo corredor delimitaba el amplio chalet donde habitaba con mis padres y hermanos.
En aquel callejón estaba prohibido pasar, al menos cuando yo me desplazaba hacia aquel lugar, escuchaba siempre la palabra “por allí no” Es normal que no me dieran explicaciones, y también es normal que yo sintiera curiosidad, aunque aquella mañana lo que me impulso hacia aquel lugar fue los ladridos que siempre escuchaba procedente del lugar.
Mis pasos a pesar de mis dos años, no eran demasiado seguros, quizás porque siempre me transportaban en el cuadril de mi habitual y querida Ana la Tosca. Así que con bastante frecuencia, me apoyaba sentado en el suelo y me arrastraba dando pequeños tirones con mis brazos. Primero me paré junto al lavadero, donde un grifo dorado llamó mi atención, giré la palometa que lo coronaba y comenzó a fluir un cristalino y ruidoso chorro de agua, que mojó mis pantalones, zapatos y camiseta, ante semejante susto volví a girar la palometa y cejó el flujo de líquido. Me sorprendió el charco que se formó debajo de mi acolchado culo, y aproveché para soltar una larga meada algo más caliente que el agua del grifo. Molesto con la humedad de mis partes de apoyo, me desplacé  hacia el inició del callejón desde donde divisaba toda la extensión del angosto y prohibido lugar, y unos rayos de sol calentaba el suelo del lugar elegido para observar.
Hacía la mediación y sentado en el suelo había un enorme perro de abundante pelo ensortijado y completamente negro, que levantó su labio superior cuando me divisó para enseñar sus poderosos dientes afilados. Casi de inmediato lo bajo y ladró. Se levantó y comenzó a pasear hasta donde le permitía su poderosa cadena metálica, a la vez que ladraba acompañado de un mugido de aullido.  Metí mi dedo pulgar en la boca, como habitualmente hacía y chupe con fruición, ante las situaciones que me eran desconocidas. No sentía miedo de aquella fiera, animal que habían recogido mis padres para preservarlo de una condena de muerte por haber mordido a su legítimo dueño, y sometido a observación mientras se veía la posible contaminación de la rabia. Entonces, avance arrastrando el culo, hasta colocarme dentro de su radio de acción, el animal me olisqueó posiblemente extrañado del asqueroso olor que desprendía mis pañales de tela de gasa. Me sujeté a su cuello, mientras me daba lengüetazos con su áspero apéndice bucal, y me levanté. Sujetándome a sus pelos me subí a su lomo mientras daba pequeños ladridos, me tendí y me abracé al cuello para no caerme.
En ese momento escuché un desgarrador grito, mi madre y La Tosca me miraban horrorizadas por la escena peligrosa a la que me encontraba sometido. El perro levantó el labio superior y volvió a enseñar los dientes mientras emitía un severo ronquido de advertencia, pero continuaba sin moverse, solo se escuchaba el ronquido.
Llegaron mis hermanos mayores y mi padre a medio afeitar con la cara llena de espuma, se organizó el rescate, mientras yo daba pequeños grititos mencionando el nombre del peligroso perro, Carbón.
Se soltó la cadena controladamente y se fue ajustando hasta que la cara de Carbón quedó pegada a la tubería, mientras mi hermano mayor se acercaba por detrás para realizar mi rescate, pero el perro no estaba dispuesto a ceder fácilmente, cabeceó mientras ladraba con auténtica furia y todos se tuvieron que apartar, ante el peligro que entrañaba un bocado de aquella fiera. Mientras yo reía agarrado a su cuello y pelos, divertido ante el espectáculo que me encontraba presenciando.
Al fin, la cabeza de  Carbón quedó bloqueada por la tensión de la cadena y yo fui rescatado por mi hermano que me sujeto con sus brazos. Después se volvió a la misma situación previa, y el perro ladró de forma desgarradora.
Mis padres me lavaron y revisaron mi cuerpo buscando alguna lesión, pero nada encontraron, todos invocaban a los santos agradeciendo que no hubiera sido desgarrado por el fiero animal.
Aquel animal nunca tuvo enfermedad alguna, como se demostró en los análisis practicados, y si se pudo demostrar que su dueño le había sometido a malos tratos. Se quedó en la casa durante años y murió de viejo diez años después. La Tosca se fue a la llamada de su familia, y lloró mucho cuando le separaron de mí.

INDALESIO Agosto 2013         



lunes, 30 de septiembre de 2013

NOSTALGIA III (LA CAUSA DEL DELITO)


                 



Angustias era la mayor de cinco hermanos, todos varones y gañanes de oficio en un pueblo atrasado y pobre, como solo las tórridas tierras del campo andaluz son capaces de soportar. Mientras los padres realizaban faenas del campo y de aparcería, Angustias cuidaba de sus hermanos, hasta la edad de dieciocho años, en que huyo de su casa, por las repetidas violaciones de sus hermanos, ya en edad de despertar instintos poco recomendables. Hizo un atillo, guardando un vestidillo cosido por ella y su madre, con la que mantenía una reducida relación, quizás por los celos que le despertó ver las miradas del padre hacía su joven hija, y una alianza que le dio su abuela, símbolo de un matrimonio desgraciado   y aún más pobre.
Cogió el tranvía de las seis de la mañana, donde se transportaba el personal de la Compañía de Tranvías que iban a su trabajo cotidiano, y se sentó en una ventanilla abrazando su ato. Miró todo el tiempo por la ventana, sin girar la cabeza, pero como era un joven despierta y lista, aunque nunca había asistido a la escuela, pudo apreciar como los tranviarios la miraban con cara de deseo. Cuando llegó a Puerta Real, esperó a que todos los tranviarios salieran y entonces se bajo del gris tranvía, sin saber hacia donde iría. Buscó un guardia municipal y le preguntó donde se encontraba la pensión Plata, y hacía allí se dirigió buscando a su prima  Magdalena. Magdalena había sido su paño de lágrimas y había sido preñada por su pretendiente, razón por la cual había salido del pueblo para conseguir resolver su problema, algo que casi le cuesta la vida, después de un aborto realizado por un aficionado sin escrúpulos. Así que las primas se encontraron  en la Pensión Plata y ambas sin dinero. Bueno Magdalena trabajaba en un puti-club que le permitía algunas monedas escasas, pero limitada por el hecho de haberle quedado una terrible secuela después del aborto, una fístula ano vaginal. Ella se encargaba de la limpieza del local y de asistir a las prostitutas en la limpieza de las habitaciones y toallas. Angustia le dijo a su prima que bajo ninguna manera volvería al pueblo, y que haría lo que fuera de menester para mantenerse independiente. Magdalena le habló a la dueña de la pensión, pero no había trabajo para ella, le permitió quedarse no más de una semana y compartiendo colchón y cuarto. Ambas salieron hacia el lugar de trabajo de Magdalena, le advirtió que era un lugar de mala reputación llamado SABATTINI  donde por algunas pesetas los hombres se creían poseedores del cuerpo de una mujer. Angustia estaba dispuesta a lo que fuera, pero necesitaba alejarse de las humillaciones de su familia.
La prima Magdalena se entrevistó con la encargada del lupanar y  con el dueño, que le prometió entrevistarla. Esperó una semana sin encontrar alternativa alguna, hasta que ya al borde de la desesperación la admitieron en el SABATTINI  por unas miserables cincuenta pesetas por noche. A los dos meses, Magdalena tuvo que ingresar en el Hospital por una grave infección, y Angustia se quedó sin el apoyo de su querida y buena prima. Algo que aprovecho unos de los tipos que merodeaban por el lugar y que sin protección la violó dejándole preñada.
Fueron duros los meses de embarazo, fajada para que no se notara su abultada barriga, y aguantando perversiones por las miserables  pesetas que le daban por día. Pero nació un precioso niño que amamantó con cariño y delicadeza y que le dio alegría a su vida.
 Si, en el SABATTINI  conoció a uno de los muchos estudiantes que frecuentaban el lugar, creé recordar un muchacho inocente con el que jamás practico  coyunda  y que le encantaba hablar con ella. Jamás le había contado a nadie ni su verdadero nombre, ni su historia tan triste, y se inventaba lo primero que le venía en suerte a su mente. Pero las exigencias de este muchacho, solo eran que le contara cosas de su pueblo y vida de los conciudadanos, hasta que le aburrió y le dio puerta porque ya nada tenía que contarle, al muy pesado. Después desapareció no sin antes haberle pedido vivir con él. El muy desgraciado, pretendía engañarme y todo por su timidez, ya que jamás tuvo cojones de decirle que quería follarle, y es que Angustias había vivido mucho y conocido a muchos desalmados, y este era uno más.

INDALESIO Agosto 2013


sábado, 21 de septiembre de 2013

NOSTALGIA II

                                      



El señor Padilla llevaba un día nefasto, en la mañana había perdido un cliente preferencial, de esos cuya cifra hace tambalearse la compañía. Tenía molestias de estómago y la secretaria había tenido que salir antes, por un asunto de fuerza mayor. Así que estaba solo en la oficina, atendiendo al teléfono y redactando el informe del cliente perdido  para la Dirección Regional de la Compañía. Repasó mentalmente el asunto del cliente preferencial, quería un descuento de un 20% para este año y eso supondría que el se quedaba sin comisión en ese asunto y eso la Compañía no solía autorizarlo, a pesar de lo cual, sin mencionar la conclusión con su negación, pedía autorización para continuar la negociación.
Sintió satisfacción después de leer por segunda vez el informe, lo cerró y lo deposito en la mesa de Charo, su secretaría.
Cuando se ponía la chaqueta notó un nudo en el estomago, y soltó un resguardo  aéreo y sabor de contenido cebollino, condimento que tenía el plato del medio día. Sonó el teléfono, cuando se giraba en dirección a la puerta,  dudo si cogerlo, pero le pico la curiosidad  y contestó. Era el habilitado que se encargaba de sus asuntos en la ciudad de la Alhambra, y en exclusividad de su hijo querido, que hacia carrera Universitaria y en concreto Farmacia, que por lo que el intuía lo conseguiría con magnificas notas, por el enorme grado de inteligencia que poseía. Y en efecto se trataba de un asunto sobre su hijo, pero notó que el habilitado daba algunos rodeos y sus palabras dudaban en salir de la torpe boca. Le animó hablar, y antes de gritar, escuchó algo como que su hijo pudiera ser que tuviera algún problema de faldas. Gritó e insulto al viejo habilitado, reprochándole la tardanza en informar y el no haber estado pendiente de la disciplina de su hijo. Lo emplazó de forma autoritaria para pasados dos días, a saber el viernes 24 de noviembre, en la puerta del Hotel Victoria a las doce en punto. Le pidió que esa misma mañana avisara a su hijo y que se presentara en mismo lugar y hora.
Cuando colgó, se sentó bruscamente en la butaca próxima, y encendiendo un cigarrillo se puso ha pensar en la situación. Le costaba trabajo entender en que lío de faldas podía haberse metido su inteligente hijo, pero si sabía que no iba a permitir que ninguna pelungona se llevara a su hijo que tanto prometía. Era su seguro de vejez, el que le tendría que cuidar y suministrar la compensación de sus necesidades económicas. Además su hijo era demasiado joven para saber de cosas del amor y del sexo, jamás le había hablado sobre esos asuntos y por lo tanto el joven no tenía opinión formada sobre esos temas. Seguro que ha sido una mala interpretación de ese viejo chocho del habilitado que no sabe ni entiende nada de la juventud.
El jueves tarde, después de cerrar la oficina y dar instrucciones a Charo, recogió a su señora esposa, que con cara de malas pulgas se sentó a su lado.
El viaje duro tres horas, la carretera era infernal, lleno de curvas y socavones que hacía que su destartalado Fiat fuera dando botes y bandazos entre las protestas de  la madre de su querido hijo.  
Cuando llegaron y no sin antes haber perdido la dirección del Hotel, que les costó vueltas y revueltas, consiguieron instalarse en las habitaciones, dos porque él roncaba, y dormir de un tirón hasta el amanecer.  
Pero el señor Padilla durmió mal, tenía frío y se arropó con varias mantas pero nada le consolaba, y después el maldito estómago, esa sensación permanente de que le salía la comida del estómago, le torturaba. A las siete se levantó, se lavó con fruición  y comenzó a relajarse, al menos ese dolor de estómago se le calmó. Escuchó a través de la puerta las respiraciones profusas y ruidosas de su mujer, y se preguntó ¿que para que levantarla? Ella dormiría siempre tranquila, porque sus preocupaciones se limitaban al funcionamiento de la casa, el resto era él quién organizaba  y dirigía la vida familiar. Pero su hijo en problemas, era algo que le había descolocado, estaba seguro de él, y convencido que era un mal entendido. Él que había hecho tan gran esfuerzo para conseguir que su hijo estudiara, que había pospuesto el comprarse otro coche, y que había renunciado al mantenimiento de su querida, enorme y oportuna justificación para desembarazarse de esa mujer ya algo ajada y caprichosa, que le hacía pecar en contra de su voluntad, pero que ya en los últimos meses estaba gorda y de pechos muy caídos, algo que le producía rechazo y desinterés. Pues después de todo esto, y resuelto con acierto, le plantea a su hijo que tienen  que hacer la carrera de Farmacia, él que es el más preparado de sus hijos, y el único que le brindaba la oportunidad de hacer carrera. Bueno también es verdad que solo tiene dos, una chica que esta trabajando en el Auxilio Social y que tiene novio formal y su adorado hijo en quién tenía puestas todas sus esperanzas.  
Bajó a desayunar, y solo tomó café a pesar de que le ofrecieron panecillos y bollería gratis, pero estaba preocupado y no quería despertar de nuevo las molestias gástricas. Leyó la prensa y tomó otro café. Despertó por teléfono a su mujer y la emplazó con urgencia en la recepción del Hotel, Y esperaron más de una hora, antes que pudieran ver entrar a su hijo acompañado del habilitado y vestido como un pincel. Pidió un reservado y entraron los cuatros en una pequeña salita decorada con una mesa redonda y unos tristes cuadros con motivos de la Alhambra.   
Todas las acusaciones que se imputaban al joven Padilla las refuto con brillantez, negó su relación en los antros de perdición, aceptó con resignación alguna escapada ocasional en estos lupanares, cosa que satisfizo al señor Padilla, y negó  ausencias  a las clases de la Facultad. Pero cuando entró en la sala Ureña, convocado por el habilitado, la cosa cambio y tuvo que aceptar que su dedicación al estudio era más bien escasa, porque el compañero traidor dio con pelos y señales información de sus nulas asistencias lectivas, y sus muy sonadas ausencias.
El señor Padilla zanjó el asunto, acabando con la carrera universitaria de su prometedor hijo, y aquella misma tarde montaron los enseres que disponía en su cuarto, liquidó los haberes en la casa donde se hospedaba, premió la fidelidad del habilitado y colgó alguna cinta en la capa del tuno Ureña cifrada en algunas miles de pesetas.
El regreso en el auto fue apoteósico, las famosas broncas del señor Padilla duraron más de una hora, y las respuestas de su ya menos adorado hijo escasas y pacatas, solo quedó claro algo, nunca volvería a estudiar la carrera de Farmacia. Esta afirmación no gusto nada al padre, porque no aceptaba le contradijeran, y le advirtió que haría lo que le mandara y donde le mandara. Pero ambos ya sabían que este enfrentamiento acabaría con la mutua confianza y que el joven Padilla se dedicaría a un oficio no académico y aprendido en la misma ciudad. Nunca consiguió publicar novela alguna, a pesar de su enorme valía en el dominio de la fantasía.


INDALESIO  Julio 2013