jueves, 28 de marzo de 2013

SIESTA





            
Estaba muy metido en mi asunto, realizando correcciones de la novela cretense que acababa de terminar de escribir, pero sentía que había algo que me estaba causando alguna perturbación, sin darle mayor interés. Al cabo de un rato, cuando levante la mirada hacia delante, me distraje y me di cuenta que era un zumbido agudo y profusamente incomodo. Miré en derredor buscando el origen del ruido, pero en un principio no encontré nada. Pero estaba allí, muy cerca porque la el sonido era muy próximo. Fue entonces cuando me apercibí que era una criatura pequeña, pocos años quizás dos, que se encontraba sentado en una banqueta ex profeso. Regularmente emitía un grito intenso, con toda su potencia y mirando hacia donde yo me encontraba. Quedé estupefacto durante unos momentos para intentar comprender que era aquello, porque  parecía  no tener lógica. Después hice un gesto con la cara, de desagrado, por el grito tan penetrante, y el jovencito sonrió cambiando a su vez el ritmo de los gritos, que aunque continuaban su misma intensidad,  ahora  sonaba en los intervalos impares. Giré la cabeza varias veces en todas las direcciones buscando alguien responsable de aquel salvaje, pero no había nadie, solo él y yo.
Fue entonces cuando consideré la posibilidad que el extraño fuera yo, porque hijos ni sobrinos tenía, pero la habitación donde me encontraba era la mía, allí estaban mis libros, cuadros y todas mis radios, todo exactamente como siempre, sin alteraciones. ¿Pero entonces de donde había salido aquella criatura? Yo no lo conocía ni a él ni a ningún niño, y menos tan pequeños que son tan odiosos. Como la fiera continuaba sus irritantes chillidos, siempre con la misma cadencia e intensidad, decidí hablarle para pedirle, o bien que se callara, o bien  pedir socorro para que alguna persona se hiciera cargo de aquella insolencia con patas. Pensé primero que decir y lo ejecuté, pero solo salio de mi garganta el sonido del intento de hablar, porque palabra alguna se escuchó. Alarmado carraspeé, pero con el mismo resultado, nada solo el alboroto de los intentos, pero nada productivo. Aquello pasaba ya de castaño a oscuro, el sonido penetrante me molestaba cada vez más, y necesitaba tomar alguna resolución, y de momento solo sabía que aquella criatura sonreía con mis gestos. Bueno pues me decidí a levantar y sacar aquella fiera de mi santuario, eso si sería cuidadoso porque jamás he maltratado a nadie y menos a un niño pequeño, solo buscaría a su madre y le pediría se hiciera cargo de aquel bicho y su poderosa garganta.     Cuando hice el gesto para levantarme, quise apoyar mis manos en los laterales de la butaca y así tomar impulso para ponerme en pie, pero mis manos no se movieron ni un ápice de los laterales del ordenador. Volví a intentarlo pero con idéntico resultado, no me podía mover ni un milímetro. Ya si me sentí alarmado, no podía ser que ninguna de mis facultades físicas funcionara, y que permaneciera allí con la única que si funcionaba, el oído y que además en la situación más incomoda posible. Yo además padezco de fobias con los ruidos, me producen agresividad y me hace sentir tan mal como con una enfermedad. Así que decidí pasar a la acción, tenía que resolver aquel conflicto antes que me hiciera volver loco, usaría el entendimiento, nunca me falla. Bueno pues comenzare  por lo que conozco, responde a estímulos de gestos faciales, pero tendría que conocer algún dato más, con solo aquello no conseguiré nada. Pero no, que más podría hacer sino puedo mover nada de mi cuerpo, solo dispongo de lo que tengo, gestos. Además no debo abusar de ellos porque puede ser que se canse de ver mis gestos y me quedé sin herramientas contra él. Hice el mismo gesto que al principio, pero solo conseguí aumentar el volumen del grito, pero bueno si en un principio funcionó ¿qué es lo que pasa ahora?  Alarmado comencé a sentir pánico y realicé unos gestos como de llanto, fue entonces cuando comenzó a bajar el volumen de sus gritos. Insistí algo más para conseguir algún respiro, pero ya la intensidad del ruido no bajaba y permanecía con el mismo volumen. Algo más tendría que descubrir para alterar el funcionamiento de aquel despreciable ser que estaba consiguiendo volverme loco. Probé con gestos de la boca, pero solo conseguí llamar su atención, hice volver mis ojos hacia arriba como para que desapareciera  las pupilas y levantó las cejas como con sorpresa. Al fin me puse bizco y eso provocó… una risa larga e intensa que advirtió a mi mujer, que me despertó en la hora de la siesta, porque estaba haciendo muecas extrañas desde hacia media hora.
INDALESIO                         23 de abril de 2007         

domingo, 17 de marzo de 2013

EL FANTASMA DE LA REPUBLICA






Al fin me liberé de los famosos fantasmas que desde hacia varios días me atosigaban, y digo famosos porque me enteré de su existencia en la prensa del movimiento nacional que apareció con hoy tres días. Me explicó, en las letras redondillas del asqueroso libelo que reparten sin cargo en los puestos de suministro de víveres, aparece una noticia que me perturbó y que con toda seguridad inquietó a todos los conciudadanos, una imagen grande y cubierta con un paño negro de franela se encontraba desde hace dos días subida a la cornisa del Ministerio del Interior, en un lugar imposible de llegar y por supuesto de rescatar. Se aviso con urgencia a los especialistas del ejercito, únicos especialistas ya que los civiles aún no habían sido localizados y menos movilizados. Pero carecían de medios para poder realizar una recuperación en toda regla. Un observador muy experimentado y con muchas medallas en su haber concedidas por la caza de maquis con carabina de alta precisión, fue localizado y preguntado por su opinión del objeto que permanecía en la cornisa, este especialista permaneció observando con un catalejos durante varios minutos y al fin dio su parecer, era una persona acorpórea  que para ser visionada se había puesto un manto que diera forma a su imposible visión de masa corporal. Para confirmar la teoría del especialista se elevó un micrófono con una pértiga, y se escuchó detenidamente si emitía sonido alguno, siendo imposible poder confirmarlo. Fue entonces cuando me buscaron, yo me encontraba detenido en el cuartel de Caballería número 22, por un delito del que no me consideraba culpable, había sido visionario de los movimientos del ejercito que guerreaba contra la república, y sospechaban tenía un don sobrenatural para descubrir estrategias militares, así como descubrir enrevesados problemas de identidad. Fui sacado casi arrastra de mi celda colectiva, porque sospechaba me iban a fusilar, como ocurría casi a diario. Pedí un cigarrillo como última voluntad y mi carcelero se rió. Me condujeron delante de un Comandante con bigote finito y pelo engominado, y me explicó que me necesitaban para resolver un asunto vital, yo acepté que más podía hacer. Fui llevado con violencia en una camioneta junto al apeadero del Ministerio del Interior, después y aún con mis manos atadas con cuerdas de pita, me señalaron hacia la cornisa donde permanecía la figura cubierta con el paño negro de franela.                                                     ¿Qué es aquello? Me preguntaron, con una pistola apoyada en mis sienes. ¿Yo que podía responder?  Sino lo hacia, seguro que el subteniente especialista de los fusileros que apoyaba su pistola en mis sienes dispararía, dije lo que creí en aquel momento. Aquello era el fantasma del Presidente de la República, que se había corporeizado para ser testigo de los acontecimientos de la devastación de la capital de la República.                    El subteniente hizo amago de apretar el gatillo y yo sentí el preámbulo del disparo, pero se escuchó una voz que detenía aquella ejecución y pedía que le llevaran a su presencia al atrevido personaje que había dicho semejante locura. No pude sino tragar saliva, y agradecer al destino que me permitiera vivir unos momentos más. En aquellos días había decidido que yo era un personaje sin pasado y aún menos sin futuro. Delante de un orondo personaje con traje negro y peinado hacia atrás, me colocaron levantando mi cabeza tirando de mis débiles pelos. Encendió un cigarro y me miro durante varios minutos, me preguntó el porqué de relacionar la silueta de la cornisa con el fantasma del Presidente de la salvaje República. Yo buscando conseguir algunos minutos para respirar, le respondí que mis poderes no guardaban relación lógica, solo eran atributos recibidos durante mi gestación, y que eran distribuidos por mi madre y mi desconocido padre, pero que estaba seguro que no me equivocaba. Tiró el cigarrillo y ordenó que me devolvieran a la cárcel, después habló con el personaje militar que me había llevado, de algo que nunca sabré. Soñé varios días con el fantasma del Presidente de la República, y al amanecer del cuarto día me llamaron y me condujeron junto con otro personaje algo obeso y con gafas tipo quevedos al paredón del cementerio municipal, allí dispararon tres descarga de fusilería sobre nuestros maltrechos cuerpos.
  INDALESIO                                                                   28 de abril de 2007    

domingo, 24 de febrero de 2013

LOS ZAPATOS DE LUTERO










Tenía por costumbre hacer el recorrido con los zapatos en la mano, para que no se deterioraran, eran los únicos que habían podido comprarles sus padres.
Comenzaré desde los inicios. Cada día acudía a la escuela para recibir enseñanza del maestro Staupitz, y para ganarse algo de su sustento diario recorría las casas del pueblo platicando pequeñas canciones en forma de lieder que le había enseñado su querida madre. Así sus vecinos que le tenían en gran aprecio por su sencillez y por su bonita voz le proporcionaban alguna ración de cecina o semillas secas para masticar.
Aún no había amanecido cuando Marthín se sentaba en el tranco de la puerta de la casa de sus padres, se desabrochaba los cordones de cuero y se sacaba los abotinados calzados. Con ellos en la mano se dirigía a la escuela parándose en cada casa y recitando cancioncillas alegres y populares durante varios minutos. Alargaba la bacina de peltre para recibir la dadiva y continuaba su caminar. Algunos vecinos le insistían para que se cubriera los pies, pero él continuaba su costumbre, hasta que llegaba a la puerta de la escuela donde se calaba los blandos calzos.
Alguna noche, su madre, mujer juiciosa y entregada a la causa de los intereses de la familia, le insistió a Marthin  que dentro de sus obligaciones como buen cristiano era el obedecer a sus padres, y que ella le pedía “por los clavos de cristo” que se pusiera los zapatos para ir cada mañana a la escuela. El le explicaba con infinita paciencia, que los zapatos deformaban los pies y hacían perder su función de sustento del cuerpo, y que  sentía que el caminar en contacto con la propia tierra le acercaba más a lo humano, como su padre y hermanos, que trabajaban la tierra para extraerles sus riquezas.
Era el otoño del 1505, en una lúgubre y ófrica mañana, con nuestro Marthin entumecido por el frío y dirigiéndose a la escuela, ambos zapatos en las manos, y sus pensamientos recordando que la noche anterior su padre le pedía mayor esfuerzo para conseguir el Bachillerato y poder llegar a los estudios de leyes. Un exagerado ruido de tormenta sobre su cabeza, que ahogaba sus cánticos cotidianos, y Marthin mirando hacia los cielos para escrutar indicios de lluvia, cuando vio acercarse una imponente luz que se dirigía hacia el lugar donde se encontraba. La explosión fue enorme sintiendo como pasaba por su interior una fuerza de gran magnitud y que salía por los dedos de los pies.
En ese mismo instante, se invocó a Santa Ana y le prometió clausura si conseguía no deteriorar su pobre salud. Tardó más de tres semanas en curar las quemaduras de los dedos de los pies, que respondió bien a los ungüentos que le aplicaba cada día su querida madre. Pero quedaron secuelas en los dedos, con deformidades que le acompañarían  toda la vida, y que le condicionarían el uso de zapatos confeccionados a medidas. También sus andares se vieron alterados, puesto que al caminar realizaba un balanceo intenso debido a las ulceras que con frecuencia le aparecían en las plantas de los pies.
Pero Marthin consideró que fue un milagro el conservar la vida y que su promesa de clausura tendría que cumplirla, a pesar de la oposición de su padre, ilusionado  con el deseo de que fuera experto en leyes.
Fue rechazado de varios monasterios, por lo delicado del padecimiento de los pies. Así que decidió con la ayuda del zapatero de su pueblo en confeccionar unos calzados con refuerzos de suela de cuero a la forma y manera de los coturnos de los romanos, y así consiguió que las ulceras y heridas cerraran para siempre y que jamás sintiera mayor dolor, dedicando las molestias a corregir los sentimientos de sus tres perros peligrosos: “la ingratitud, la soberbia y la envidia, que cuando muerden dejan una herida muy profunda”
INDALESIO  DIC.2012     

sábado, 9 de febrero de 2013

BAÑOS SALADOS Y MICHEL FOUCAULT






Una suave brisa dio en mi cara y alivió el padecimiento que sentía. Estaba quemado por la acción del sol del estío, ya que  mi piel es muy blanca y sensible, y aquella mañana había caminado por la playa de la mano de mi mejor amiga.
Bueno, no me gustaba llamarla amiga porque realmente era mi amante. Si, aunque soy bastante joven y es poco usual en mi civilización tener una amante, yo por necesidades perentorias e ineludibles, tengo una amante en todo su más amplio sentido. Y por una motivación estética disfruto más llamándole amante que no mujer o amiga, términos anodinos  y con  poco contenido afectivo.
Verán ustedes, y disculpas por el usted, yo asistía a las clases de Michel Foucault con notable aplicación, cuando el maestro me llamó a su despacho particular del Collége de France, para hacerme una advertencia, si continuaba soliviantando a los alumnos de la clase de las diecisiete horas, se vería obligado a hacerme una advertencia de abominación, lo cual reduciría considerablemente la asignación que mi influyente padre me tenía dedicado.
Protesté airadamente, porque el maestro no conseguiría resquebrajar mi voluntad, sobre las aficiones y costumbres que yo practicaba en la clase, a saber mear por las esquinas del aula o ventosear con alevosía durante la fase de conclusiones del final de la disertación. Todo ello debido, no a mi condición de ser un marrano, sino por ser hábitos propios de mi cultura, algo que el maestro no aceptaba.
Pero me he desviado de mi inicial intención de contar que, yo teniendo la piel muy poco pigmentada y caminando con mi amante por la playa de mi ciudad, sentí frescor en mi faz por una brisa de aire húmedo. Que aunque soy una persona de edad poco avanzada, se me ha permitido mantener una relación de amantes con mi actual compañera, hechos por lo cual se me ha etiquetado de cabrón consentido por el Sistema. Que yo indignado por el uso y abuso de semejante apelativo, me dispuse a plantear a mi respetado maestro Foucault que, siendo un personaje heterosexual no se me debería tratar de la peor manera que se conocía, aunque aceptaba ser analizado pero bajo ninguna manera el ser etiquetado.  El maestro planteó que antes que la ética estaba la disciplina, por motivos de respeto a los demás, y que mis compañeros se habían quejado de mi comportamiento poco disciplinado e higiénico, y que valía más sus opiniones colectivas que la mía aislada e irreflexiva. Demande de esta manera ser escuchado por el claustro del Collége para así poder defender mi posición, hecho que no gustó al maestro pero no le quedó más remedio que aguantar.
Advirtió que era la primera vez que se elevaba a consulta del claustro una falta contra él, salvo las conocidas por sus desvíos sexuales, y que usaría toda su influencia para conseguir no perder semejante demanda, quizás la más importante a la que se había enfrentado. Ante semejantes amenazas me sentí acosado y un severo malestar me invadió, tanto que sufrí mi primera crisis de impotencia en las noches sucesivas, y que solo pude resolver con el uso de la Sertralina, durante un tiempo no menor al año.
Como era previsible, no superé la demanda de amparo al claustro, ya que era muy fuerte la influencia del maestro Foucault, y fui expulsado del Collége por un periodo no menor a los tres meses y no mayor a los seis meses, para que pudiera superar los exámenes necesarios. Pero decidí acabar con aquella cobardía y me propuse crear una plataforma para denunciar en todos los foros posibles los contenidos ideológicos y de comportamiento de los miembros del Collége de France.
Así nació un libelo llamado EL GARROTIN que salió a la luz un día nebuloso del mes de Agosto de los años setenta, editado por un tal INDALESIO  CARRERA nacido en el continente americano y en el conocido como país  y ciudad con el nombre de ASUNCION  de BOLIVIA, como bien reza en el exergo de la portadilla. Las tripas contenían un análisis exhaustivo sobre la obra del maestro Foucault, denominada “EL GOBIERNO DE SÍ Y DE LOS OTROS” con tal virulencia que ese mismo día apareció en mi domicilio el maestro acompañado por uno de sus discípulos  para negociar la retirada del libelo, ya que enarbolaban como bandera blanca de la paz, mi vuelta a la disciplina académica, y unas vacaciones pagadas  en las Antillas Francesas durante veinte días naturales.
Considerando que el esfuerzo que realicé para leer y entender los apuntes del maestro, bien merecía la pena este trato, y no encontrándome dispuesto a continuar con otros tomos de apuntes, acepté y además me permití la licencia de denominarlo el gran filosofo de la causa griega.
Varios días después cogí un vapor, para comenzar mis vacaciones pagadas, y en dirección al Caribe y en concreto a la isla de  Antigua, acompañado por mi amante, exultante de buena disposición. Allí y con extremada precaución comencé mis baños de mar, siempre con protección solar y con ropa que me preservara de posibles quemaduras. A los quince días mi piel se había tornado de un tono entre rojiza y negrusca con una impregnación profunda que me hacia presagiar que mi coloración había tornado de la extrema palidez hacia una tonalidad próxima a la humana de raza árabe, de donde eran oriundo mis queridos padres.  
INDALESIO DIC. 2012

domingo, 27 de enero de 2013

UN DESCUIDO







El señor Santos no siempre era tan metódico y cuidadoso como creía ser, con relativa frecuencia  cometía algunas imprudencias que le daban algún disgusto y no precisamente pequeño. Por contra tenía algunas virtudes que suplían con creces sus descuidos, y su poder de seducción hacía de él un hombre aplaudido socialmente y querido por una serie de personajillos que no paraban de adularlo y de aplaudirles sus gracias y sus comportamientos.
En su círculo más próximo, jamás era puesto en duda, y se le mostraba con gran efusión señales de afecto y respeto, aunque su mujer era una persona de carácter y no le permitía comportamientos abusivos.
Cierta mañana, coincidía con el fin de semana, se encontraba en la cama con su mujer y como era habitual y después de algunas caricias y arrumacos, pasaron a la acción afectiva. Ella se sentó a horcajadas sobre el sexo de nuestro hombre que ya se encontraba inhiesto y comenzaron las maniobras habituales de una relación sexual.
La habitación era grande y luminosa, grandes balcones permitía la entrada del sol de la mañana y por ser verano se encontraban abiertas. Unos visillos aislaban por la intimidad la zona sur de la habitación, y sobre unas impolutas y cotonías sabanas se revolcaban la pareja de los señores Santos.
Por un momento se produjo un efecto que sacó a la pareja de sus habituales y repetidos actos amorosos, fue como si algo sonara muy lejano en la zona sur este de la habitación. El señor Santos levantó la cabeza y la giró en dirección al ruido, lo cual supuso que la señora Santos entrara en realidad y viera a su esposo atento a un suceso ajeno a su relación amorosa.
Ella saltó de su postura, pasando su pie por delante de la cara del señor Santos, al que golpeo con un impacto seco en el mentón.
El emitió un lamento brusco y le injurió con maldad semejante agresión, mientras ella le reprochaba su falta de atención e interés en los juegos amorosos. Ambos se encararon y comenzaron una suerte larga de reproches que aumentaban conforme pasaban los minutos, hasta el punto que se produjeron agresiones físicas de poca intensidad pero rodeadas de gestos de desprecio y manifestaciones de odio. Al fin salieron de la cama y se pronunciaron palabras gruesas sobre la continuidad de sus relaciones.
Mientras la mujer se encerraba en el baño, para entre gemidos lamentarse de su desgracia por soportar a un hombre que no acababa de darle la satisfacción que ella necesitaba, y prometerse que en la primera oportunidad que tuviera le pondría los cuernos sin mayor disgusto y preocupación; el, José Santos y Pérez se preguntaba cual había sido el motivo que le produjera la distracción mientras amaba a la pesada de su mujer, que pretendía ordeñarle cada semana para que se quedara sin fuerzas por si se le pasaba por la cabeza alguna infidelidad, circunstancia que con bastante frecuencia le ocurría.
Don José Santos supo que los enfados le durarían como siempre cuatro días, que durante este tiempo pensaría fantaseando que deseaba dejarla, que era un petardo de mujer y que estaba cansado de sus cabreos y sus insultos, pero que como ocurría siempre no la dejaría, y al final se pedirían disculpas y volverían durante al menos dos meses a seguir con sus rutinas amatorias y su tolerancia fruto de sus hábitos de años de convivencia.
También supo que la mujer no saldría de baño en varias horas y que sus planes para jugar al Golf esa mañana se habían ido al traste, como venganza por la pelea que acababa de acontecer. Así que se levantó de la cama, no sin antes ponerse las piezas del pijama, y se dirigió al balcón por donde había sentido la sensación de la distracción. Cuando completó la apertura de las hojas del balcón, y sus ojos fijaron toda la superficie de la bahía de la ciudad, sintió una gran conmoción, todo el horizonte que contemplaban sus ojos, se encontraban envuelto en  llamas de una enorme amplitud y altura.
Dio un salto hacia atrás por lo inexplicable del panorama que sus ojos contemplaban, y como mecanismo de defensa por el susto y miedo que sintió. Valoró la situación y sacó como conclusión que en treinta minutos las llamas llegarían a la casa, porque aunque el fuego había comenzado en la playa por el impacto de un avión incendiado, todo un enorme fuego se había prendido en los árboles y manglares que colindaban con los montes que formaban su urbanización.
Con enorme celeridad se dirigió hacia el cuadro de Torres Campalans y lo giró haciendo aparecer la caja de seguridad. Marcó los números de la combinación y abrió la puerta, sacó todo lo que pudo, suficiente por supuesto, y lo metió en la bolsa de ropa del golf. Después se vistió, y volvió al balcón, comprobando que sus sospechas se confirmaban, las llamas se encontraban en los jardines de la casa próxima. Sin dilación corrió para salir del dormitorio y se detuvo en la puerta, porque  escuchó la voz de la señora, que hablando para ser oída, decía:
-         No pienses que en esta ocasión te será fácil convencerme de que te disculpe, porque aún no ha
     nacido el guapo que me hace una cosa así, y menos tú que eres un completo sopla gaitas.
José Santos y Pérez, se encogió de hombros y girándose cerró la puerta de la habitación con la llave que en forma de adorno que estaba introducida en la cerradura de siglos de antigüedad. Después se dirigió a las cocheras y salio disparado en el coche más veloz que disponía.


GUILLERMO GARCIA-HERRERA      JULIO 2012            
        


viernes, 18 de enero de 2013

CUCARACHA







El lugar era oscuro y de difícil acceso, e ignoro como llegué allí, pero sentí de pronto la necesidad de moverme. Giré a derecha e izquierda y sentí que estaba algo atenazado, pero el impulso de moverme era aún mayor, así que continué moviéndome, hasta que la presión sobre mi cuerpo fue cediendo gradualmente. Abrí los ojos y no vi nada, todo oscuro y quizás solo una claridad de fondo, pero aún no sentí el deseo y el impulso de desplazarme hacia ella. Así que me dediqué a reconocer mi cuerpo.
Junto a mi se desprendió una carcasa de material untuoso y algo rígido, que sospecho era lo que me atenazaba, lo olisqueé y me pareció podría comerse, como así hice, me lo zampe todo. Cuando terminé descubrí que tenía unas extremidades largas y articuladas que eran útiles para el reconocimiento de mi cuerpo, y albricias también para limpiar mi boca y sus aledaños. Le dediqué unos buenos tiempos a recorrer todo mi cuerpo con mis patas, porque además descubrí que tenía otros patas detrás y que me eran de gran ayuda para levantarme.
Mi cuerpo dispone además de las patas, de dos apéndices planos y que cubren la parte superior del tronco, que además se mueven y me impulsan, aunque siendo el lugar tan angosto, me ha sido imposible probarlas para calibrar su impulso.
Pasé las patas por la zona superior de los apéndices planos y sentí que ese gesto me producía placer, quizás porque me reconocía como ser del mundo que, aunque abandonado a su suerte parecía tener vida e instintos de supervivencia. Mis antenas delante de la nariz me ayudaron a detectar movimiento cerca de mi lugar, giré y aprecié otro ser de las mismas hechuras que el mío, e instintivamente me acerqué a él. En este caso ella, porque era una preciosidad. Bueno, realmente no puedo decir que me gustara, solo que un severo instinto me llevó a colocarme encima de ella y meter por un agujero en su parte trasera el floreciente miembro que desconocía y que salió de mí entrepiernas. Al momento caí de lado y una agradable sensación recorrió mi cuerpo, ella me ignoró y se alejó con caras destempladas.
En pocos momentos estaba recuperado, pero continuaba con la falta de instinto de salir de aquella madriguera, así que terminé de comer los restos de la coraza y algún que otro supongo que alimento, porque no sabía mal y parecía haberme dado fuerzas después del desgaste de mi lucha con la compañera guapa. Tuve un movimiento de tripas y dejé caer por mi agujero trasero unas apestosas bolas untuosas y que producían asco. Me moví hacia un lateral para no soportar el mal olor de lo que salio por detrás.
De nuevo escuché un batir de miembros cercano a mí, y en efecto era otra preciosa criatura de gran parecido a mi, pero que me producía  una gran atracción. Recordé lo ocurrido por mi falta de experiencia y entablé un intercambio de información. Aquel delicado ser, emitió un sonido de rechazo y advertencia, y solo me produjo de nuevo un comportamiento bestial, subiéndome  encima y volviendo a meter mi miembro por su ancho agujero en esta ocasión. Al momento y antes que yo me repusiera de aquel delicado momento, me abandono corriendo desaforadamente hacia algún lugar que yo desconocía.
Poco a poco se fue despertando mi instinto de moverme, a dios gracia, y comencé a moverme en pequeños círculos. Bueno parecía interesante, había muchas cosas que  olisquear y muchos rastros de olor de los seres que me dejaban subir encima y penetrar en su cuerpo, pero no veía movimiento alguno. Decidí que cuando volviera a ver alguna criatura sin preguntar nada me subiría encima  y ñaca ñaca, después de la decepción que me lleve con la segunda no pensaba volver a establecer relación estable con ninguna.
La claridad parecía que iba en aumento, pero mi instinto no tenía aun fuerza como para llegar al lugar de donde partía esa claridad. Fue entonces cuando vi otra criatura igual, aunque ausente de esa atracción tan grande que me producían las anteriores. Me acerqué y en efecto era igual, pero sin atracción. Ignoré lo sentidos que salen del vientre y recordando lo agradable que había sido las anteriores relaciones, y me subí encima. Cuando me disponía a penetrarla, sentí una sacudida y caí de encima, para recibir a continuación una patada en toda la boca. Displicentemente se alejo de mi compañía sin ninguna muestra de buena relación. Realmente pensé que todo este mundo es una mierda y en cuanto te descuidas recibes una torta en los morros y mal royo con los demás congéneres. 
Dolido en mis sentidos, confuso por los comportamientos tan dispares, y espabilado en mis futuros comportamientos decidí que ya era hora de salir al exterior y aprender más, para no recibir tortas. Adelanté las antenas que precedían mi cuerpo y las hice útiles para andar seguro, como así fue. Atravesé el agujero que era el fin de mi mundo, y observé el inmenso lugar al cual me asomaba. De la oscuridad más absoluta, pasaba a un lugar de altura difícil de valorar y con una iluminación magnífica, centrada  en dos puntos de incandescencia que daba una preciosa luminosidad a la gran sala. Unos gigantescos objetos de utilidad desconocida para mi, llenaban el lugar, y encima de uno de ellos aparecía algo grande y blando  que tenía un movimiento discreto pero sonoro. Este ruido procedía de un lugar similar a agujero por donde yo suelo alimentarme, franqueado por un cepillo de pelos duros que se movían al compás de cada resoplido.
Todo el lugar estaba lleno de objetos, las paredes con restos de papel colocados horizontalmente, y el suelo cubierto por una espesa lana dura cuyo olor era bastante indescriptible.
Confiado al fin por encontrarme en un lugar, se podría decir acogedor, decidí poner en funcionamiento los atributos que me dio la madre naturaleza, aunque algo atribulado por la ignorancia que mi falta de experiencia y conocimientos poseía. Solo sabía que había llegado a un lugar oscuro, quizás seguro pero inhóspito, que tenia un instinto de atracción hacía algunos seres parecidos a mí y que se me presentaba un futuro esperanzador, a la vista de lo que se me presentaba delante. Así que desplegué los atributos, los agité con intensidad y sentí que mi cuerpo comenzaba a elevarse como si no tuviera gravedad. Con una grandísima potencia levante el vuelo hacia este atractivo mundo tan lleno de posibilidades, y conforme me elevaba iba quedando más maravillado de lo hermoso que era el lugar donde me encontraba.
He decir en verdad, que a la par de estar maravillado por el lugar donde me encontraba, estaba impresionado por las grandes cualidades de desplazamiento que poseía mi oscuro y alargado cuerpo. Gire varias veces cuando mis antenas me alertaban que un objeto impenetrable se acercaba, al girar mi cuerpo cambiaba de dirección y evitaba un seguro impacto. Y yo realmente no lo deseaba, después de la experiencia del dolor producido por la caída desde el cuerpo de mi congénere. Y por cierto, no aprecié que ningún ser parecido a mí se encontrara en el mismo lugar, lo cual me daba una enorme ventaja para aprender y explotar las ventajas de aquel idílico lugar.
Encontrándome inmerso en la complacencia y disfruté de mis vuelos, y asimilando experiencia cada momento que transcurría, giré mi cuerpo 180º y volé en dirección a una claridad que mis antenas me advertían eran impenetrable, aunque me llamaba la atención que el lugar que había  detrás parecía haber objetos verdes con vida. Así que respetando la información de mis antenas, de nuevo giré para esquivar ese muro impenetrable que me separaba de ese otro mundo que más adelante conocería.
Pasé sobre ese objeto blando que resoplaba, realizando un tirabuzón que me llevó hacia la tela de lana que cubría el suelo, tome contacto con la tela de forma torpe, pero al ser bando no me lastimé. Comí multitud de restos que había en la tela de lana, y  ahíto  me dispuse a reemprender los vuelos para conocer.
Escuché un gran alarido, algo así como CUCA AMERICANA, y el ser blando que resoplaba, se abalanzó sobre mi brillante y esbelto cuerpo, con una apestosa zapatilla de cuadros.
INDALESIO

viernes, 11 de enero de 2013

PRETÉRITO IMPERFECTO




 


(La vida debería tener sentido, entonces todo sería más fácil, o al menos más comprensible; pero lo cierto es que mientras andemos a ciegas, sin un soporte intelectual como el que hace sentir la fuerza de la gravedad sobre la materia, quedan más recursos a la imaginación. Hay quien supone que todo fue cuando el espíritu decidió iluminar al elegido para que explicara lo inexplicable; más humildes otros prefieren creer que todo sale del barro oscuro de la mente, pero en definitiva la escritura es una de las formas que tiene la vida de manifestarse o de concretarse. Retomando el hilo de la historia, que no es más que una hebra de la gran cordada que constituye la verdadera historia, eso que no existe por mucho que se empeñen los recuerdos en retenerlo, se pueden hacer algunas conjeturas sobre unos hechos que acontecieron en aquella época de creencias inciertas, cuando el pensamiento había dejado de ser útil.)

Santiago Individuo era por entonces un poeta olvidado de poco fuste que dudaba entre mantenerse, en el anonimato, o darse a conocer sabiendo que sufriría el desprecio de los consagrados junto a la envidia de los consanguíneos. Intuía que el tiempo le iba a ser propicio cuando conoció a Concepción Armenteros, hija de una antigua colegiala de las Teresianas, asidua de conferencias y conciertos, dada al estudio, al trabajo, a una alegría infundada de soledad, sacrificada por un revés del azar que la dejó sin las frustraciones de la rutina del matrimonio, porque apagó de pronto la llama que todavía calentaba en la casa solariega de los Carvajales. Amparada en silencios de precipitada madurez, la madre crió a los retoños en el olvido, un distanciamiento que se impuso como homenaje al tiempo de felicidad, pero sobre todo, con resolución de heroína, una apuesta a lo cotidiano sin concesiones a la pena para que no turbara el despertar de unas bellezas que recordaban el tallo cimbreante de las palmeras rubias de los desiertos. Además, los hijos, de motu propio, se dejaron llevar por el pensamiento de la madre que los guió con la docilidad del amparo protector de la debilidad. No utilizó nunca la fuerza de carácter que debía emplear en el trabajo para conducirlos por el camino que consideraba acertado, el que le inspiraba el sentido propio, la sencillez, la lógica de su situación y todas las dificultades que la vida pone en la trayectoria de los mortales. Crecieron en la armonía y en la concordia, asegurándose cada uno la complicidad de los demás para cubrir sus necesidades que venían a ser las mismas, compartían lo compartible, evitaban enfrentamientos, dominaban las necesidades que pudieran entrar en conflicto con los intereses de los otros. La madre, sobre todo, leía los pensamientos de su hija porque conoció a su padre y sabía lo que los genes podían aportar. Cuando la niña empezó a leer los poemas de Santiago Individuo, notó que aquellos versos limpios, burdos, elementales como refranes por inventar, se pegaban en el alma sencilla de su hija como la arena mojada se pega a los pies en la playa; sabía que bastaba solo con dejarla secar para deshacerse de ella, pero no le gustaba que su hija sintiese ese cosquilleo pueril de persona inconclusa. No creyó conveniente contradecirla en algo que podría abrir la primera diferencia seria en sus relaciones, pero sintió un escozor agrio al que se resistió a darle el nombre de celos.
Saborear el alma de un poeta a través de sus versos es como desnudar a una mujer con el pensamiento, nunca se llega a la verdad, nunca se descubre nada, nunca se besa la carne ni se siente el aroma oculto de la piel guardada. Toda interpretación es una conjetura, es una inmersión en la propia vida amparado en recursos ajenos. Es casi siempre el reflejo de uno mismo, se alaba lo que a uno le gusta porque se parece a sí, se critica lo que uno detesta porque no se encuentran referencias en uno mismo.
Los poemas de Santiago Individuo no tenían la más elemental trama, eran como hojas secas que descansan en las umbrías a la espera de que la humedad las destruya. No tenían más que ser apretados con la mano para que se deshicieran como figuras hechas en arena. A veces podían ser decorativos como flores de plástico, aunque como elementos ornamentales eran imprevisibles. En ocasiones podían causar una impresión agradable al transmitir el sabor ligero de lo intrascendente, la alegría de lo meramente efímero, pero otras, eran sencillamente empalagosos y vacíos, aunque eso no era motivo para desdeñarlos ya que podían causar impresión en el alma débil de una niña, sobre todo, si eran recibidos del labio de su autor.
Alejandra Concepción de Armenteros no leía los versos ni para satisfacción de su espíritu ni tampoco para criticarlos, indagaba los efectos que aquellas apretadas caricias podían tener en Concepción, obligada novicia de pasajes en donde lo intrincado se convertía en simple y lo difícil en fácil. Hablar de amor como lo hacía Santiago Individuo podía parecer hasta impúdico en una persona de su edad y de su retraimiento, pero resultaba eficaz y contagioso. No se podía decir que fuese relamido o cursi, era simplemente fiel a una verdad que late en cada uno de nosotros y que casi nadie se atreve a enunciar o a reconocer. Su pasión aflorada con naturalidad, no era el premio a un acto heroico o una desventura dolorosa como padecían los románticos, tampoco se trivializaba ni se rebajaba a hechos fisiológicos como pretendían los novísimos distanciados del amor como si la realidad se analizara a través de un experimento, era tan cotidiana, tan natural, tan poco poética si se quiere, que resultaba de una fogosidad contagiosa, estimulando secreciones que ella pensaba que tenía definitivamente cerradas, provocando la aparición de un ambiente de enrarecidos perfúmenes que dio lugar a que el deseo se apoderara de Alejandra y que la inquietud la visitara cuando la niña salía sin decir a donde iba. Llamaba a Santiago Individuo con excusas mínimas indagando asuntos que no le correspondían, le comentaba versos y le interpretaba su obra con exageración. Terminó por enamorarse del poeta por prevención, con la ferocidad de una madre que imaginaba defender a su hija cuando, en realidad, lo que hacía era dar salida a una pasión demasiado tiempo retenida.

Mientras tanto Concepción se dejaba llevar por una de esas pasiones que devoran en la adolescencia: sin complejos, sin límites, sin pormenores, arrastrada por ella misma, consiente de que aquel hombre no era su hombre, pero que en esos momentos era el hombre. Amaba con despreocupación, sin las inquietudes que atenazaban a su madre, comprendiendo la simplicidad de los actos y la profundidad de los placeres. A medida que se consumaban los retos que al principio le parecían imposibles crecía en ella una sensación de seguridad que la elevaba por encima de las demás niñas de su edad, conoció que no hay nada como conservar un secreto para sentirse superior, se hizo mujer en los brazos del poeta y se alejó hacia su vida cuando comprendió que todo lo que podía esperar de la madurez era confianza.

EUBULEO BOMHOME

*Capítulo, o cuento, de un tratado en ciernes de Gramática Parda

domingo, 30 de diciembre de 2012

EL RETRATO





Doña Mercedes Didier escuchó un estruendo, hacia mal tiempo y pensó en una tormenta seca, ya que era verano. Estaba en el salón de la casa leyendo un libro de Charles Dickens, con la ayuda de una lámpara de sobremesa. Levantó la cabeza y pensó en las posibilidades de que fuera truenos y las repercusiones que podría tener. Nada había ocurrido en su larga vida y menos en aquella casa que se encontraba protegida por un gran pararrayos que había colocado su padre hacía treinta años.
Se quitó las gafas de lectura y aguzó el oído para esperar otro trueno, pero solo escuchó ruidos dispersos en el jardín, el resto de la casa se encontraba en silencio como era habitual, después de la marcha del servicio doméstico.
Notó que había más oscuridad de la habitual y entonces pensó en la posible presencia de nubes y que podría llover. Bueno, no vendría mal que el jardín recibiera agua limpia y pura de las nubes y además gratis, nada más oportuno.
Buscó el cortador de páginas que usaba para poder saber donde continuar la lectura, y lo colocó en el lugar donde había interrumpido la lectura. Miró que era la pagina 185 y que correspondía aproximadamente a la mitad del libro, que por cierto le gustaba mucho, aunque era la tercera vez que lo leía.
Durante estos momentos no volvió a escuchar ruido alguno por causa de la climatología, así que decidió tomar un té para calmar sus ruidos intestinales, se levantó y caminó arrastrando los pies hacia el living.
Se recordó que había propuesto caminar levantando los pies, según recomendaciones del doctor Fajardo, después de haberse caído en dos ocasiones por engancharse con la alfombra de la entrada y la del salón, así que comenzó lo que llamaba caminar con paso de Oca, lenta y pausadamente. Aquello le parecía algo ridículo, pero debía ser un buen ejercicio para evitar caídas y para fortalecer los flojos muslos. Se vio en el espejo de la entrada y no le quedo más remedios que reír, aquel ridículo ejercicio le hacia parecer patética. Quizás le sería más fácil usar el bastón y continuar caminando como la naturaleza le mandaba.
Sacó agua del samovar e hizo la infusión con el cariño que le gustaba practicar en la preparación del té. Le bautizo con dos terrones pequeños de azúcar negra, y un par de gotas de ginebra, ya que sentía que aquello le sentaba fenomenalmente para continuar la lectura el resto de la tarde, eso si acompañado por la dulces melodías de música clásica de la radio.
Se sentó en el banco que le permitía descansar sus adormecidas piernas y sorbió el té con autentica fruición. Mientras miró hacia el jardín y comprobó que continuaba muy oscurecida la tarde, pero sin escuchar trueno alguno. Pensó que debía ser algo pasajero porque al fin y al cabo estábamos en el mes de julio y solo podría ser ruidos y poca agua, mañana comprobaría si el césped estaba húmedo. Se asomó por la poterna que daba a la parte posterior de la casa, donde había un tendedero y miró, aunque sabía que la información sería falsa ya que ese tendedero siempre estaba en umbría y no había conseguido que secara las ropas blancas. Continuó sorbiendo el té hasta que lo terminó, lavó la tasa, guardó el bote de azúcar y limpio la cucharilla para guardarla en el cajón. Más reconfortada cogió el bastón y cruzó el comedor, había decidido asomarse al jardín para ver si caía agua. Apartó el visillo de la ventana que da al jardín y pudo comprobar que caían unas gruesas gotas de agua sobre las piedras que formaban el camino que cruza hacia la puerta de entrada. Miró al cielo, pero no pudo ver nada, el seto de bambú que circundaba el jardín estaba muy alto y le impedía ver el cielo, aunque le pareció ver nubes dispersas y algo negras.
Sacó del bolsillo el cuaderno negro con el lápiz y anotó llamar a Paco el jardinero y pedirle que rebajara la altura del seto de bambú, claro que eso solo podría ser después del verano, en la época de poda y cuando podara el cinamomo. Vio a través del cristal como se formaban charcos y el repiqueteo de las gotas de agua sobre las hojas de los pensamientos, giró la cabeza varias veces y soltó el visillo. Giró su cuerpo lentamente, notaba algo de desamparo y quiso volver al salón para continuar la lectura, respiró hondo y cogió de la mesa de la entrada el periódico del día, necesitaba ver noticias locales. Con el periódico en la mano izquierda y el bastón en la derecha camino hacia el salón, levantó la cabeza y miró al fondo, entonces exclamó: AHHHGGG.
Cuando la Señora Didier levantó la cabeza y pudo ver un retrato que colgaba del fondo del salón, era un retrato de su hermano Enrique, realizado por un pintor local que firmaba Pedro Sanz, fue entonces que recordó que su hermano se encontraba en el jardín como era su costumbre.
Su único hermano, Enrique, era un hombre que había sufrido mucho en su infancia, además había caído de los brazos de su nurse golpeándose la cabeza, desde entonces padecía bastante confusión mental y su comportamiento era muy peculiar, aunque ella le tenía un gran afecto y desde siempre había vivido juntos, incluso cuando se casó con el Señor Didier. Su madre le entregó con la condición de que eran hermanos y no se podrían separar nunca.
De inmediato giro sobre sus talones, no sin precaución ante el pánico que tenía de caerse, pero pensando que había olvidado a su querido hermano y que sabría Dios que abría sido de él. Se dirigió hacia la puerta principal y de un poderoso tirón consiguió abrir el cerrojo que bloqueaba la puerta, desplazó la hoja pesada que no estaba bloqueada y salió al exterior.
Miró a derecha e izquierda buscando la figura desgarbada de su hermano, y allí estaba cuan delgado era y totalmente empapado de agua. Con un intenso temblor, balbucía el nombre de Mercedes.
Le sujeto de los hombros y le pidió caminar, pero parecía anclado al suelo, entonces le hablo:

- Vamos Enrique hace frío y estas mojado, tenemos que secarte

- No, no quiero está lloviendo y me puedo mojar

- No te preocupes yo te secaré y entraras en calor, vamos sé justo yo he tenido la culpa, y te compensaré. Te haré un pastel de moras, veras que bueno.
Al fin le convenció y sujetándole le ayudo a caminar hacia el interior de la casa. En la misma entrada le quitó los zapatos que estaban mojados y parte de la ropa, le seco el pelo blanco y su enjuto cuerpo, después le llevó al cuarto y le puso el pijama. Más tarde le calentó con una botella de agua caliente en los pies.
Llamó al Doctor Fajardo esa misma noche porque le encontraba raro, no abría los ojos y el temblor era muy tenue. Su frente despedía un intenso calor perlado, y su olor era difícil de definir pero despedía un hálito de muerte. Cuando el Doctor Fajardo llegó, Enrique ya no respiraba, solo pudo certificar su muerte por causas naturales.



GUILLERMO GARCIA-HERRERA REBOUL JUNIO 2012



miércoles, 19 de diciembre de 2012

EN LOS BARRACONES



Tenían a los prisioneros en barracones de madera apoyados en pilares para evitar que entrara el agua durante las crecidas. Eso les permitía hacer sus necesidades a la corriente, cuando la había y al pedregal del cauce durante los ocho meses restantes. Al anunciarse las primera lluvias les embragaba la alegría a pesar de que aumentaran las picaduras de los zancudos, aunquelos más veteranos estaban acostumbrados a todo sin verse afectados en un sentido o en otro. Es más, cada comienzo de la temporada de lluvias o cuando se sabía que no iban a volver sufrían el desasosiego de sentir el paso del tiempo; porque lo único que les mantenía esperanzados era comprobar que cada día era igual al anterior, lo que significaba que las cosas no iban a peor. Por eso cuando se abrió la puerta a la hora de siempre y en lugar de recibir el pote con la bazofia vieron aparecer a aquel muchacho desgarbado sintieron una inquietud que no recordaban haber sentido nunca. Serían las doce del día porque los rayos del sol caían verticales sobre las tablas del suelo e iluminaban el montón de porquería que ya asomaba sobre el piso. Inmediatamente empezó a llover.

SANTIAGO INDIVIDUO



viernes, 7 de diciembre de 2012

PAQUITO BUSCA TRABAJO



Con demasiada frecuencia pasaba horas aporreando las teclas de la máquina de escribir. Hacía años que lo hacia y realmente no sabía el porqué, ya que una de mis mejores virtudes no era el escribir, pero si ser disciplinado y en la empresa me obligaban a escribir informes. Así recordé a mi amigo Paquito.
Paquito no fue un joven especialmente despierto, se crió con otra hermana y sus padres, y procedían de tierras de secano donde se cultivaba cereales y ya se sabe, da poco para personas con aspiraciones burguesas. Así que emigraron a la capital donde sus sueños acabarían difuminándose pero con apariencias diferentes, ahora eran empleados del tipo que le llaman administrativo.
A duras penas terminó el bachillerato, no porque no le dedicara tiempo sino porque sus entendederas no estaban muy desarrolladas y tenía muchas dificultades para completar pensamientos, aunque las manualidades le eran más propicias. Su hermana Blanquita algo más espabilada que su hermano comprendió cuales eran las habilidades de su hermano y le convenció para que acudiera a la Academia Alfil y aprendiera mecanografía, como así hizo. A los veintidós años y después de la tragedia que supuso la muerte de su padre, Paquito decidió que su periodo de formación había concluido y que ya era hora de arrimar algo de dinero a las necesidades que se planteaban en su casa.
Aprovechando la celebración de la festividad de los patronos de su ciudad, San Ciriaco y Santa Paula, les informó a su madre y hermana que había decidido comenzar su periodo laboral. Su madre puso cara de refunfuñada porque no quería perder a su hijo en la vorágine del mundo laboral y de empresas, y su hermana le preguntó que donde trabajaría.

- He mirado el periódico y existen ofertas para trabajar, y algunas en mi especialidad la mecanografía.

- Pero Paquito tu velocidad en la mecanografía es muy pobre y exigen al menos el doble de lo que tu haces.

Nada pudo disuadir a Paquito que su futuro estaba en sala de administración de una empresa, y sin encomendarse ni a Dios ni al Diablo se puso en marcha en dos frentes, uno en la elaboración de un currículum y otro en visitar las empresas que el le parecía eran más decente y más serias.
Comenzó con el currículum, y bien es cierto que sufrió bastante para rellenar varios renglones, pero por fortuna su hermana Blanquita le ayudo con la condición de no poner mentiras. El resultado fue muy decente y agradeció efusivamente a su hermana la colaboración, para él aquello era la llave para abrir las puertas de su futuro.
Una calurosa mañana salio de su casa, después de tomar el gran tazón de café con leche migado con pan, y llevando una lista de lugares a visitar.
En el primer lugar, elegido con exhaustivo cuidado y colocado en lugar preferente por las referencias que había conseguido, era un despacho de Tenedor de Seguros. Esperó durante una hora en la puerta del jefe de personal, y cuando entró recibió una situación incomoda, se disponía para el desayuno y tenía prisa. Paquito se quedó parado mientras el susodicho jefe le pasaba revista por su apariencia. Después de dar dos vueltas en derredor hizo un solo comentario antes de salir de la habitación:
- Señor, con ese traje es imposible que trabaje usted en esta Empresa. Buenos días
Paquito no sabía que hacer, y sintió deseos de llorar, que por pudor evitó, pero ¿la entrevista había concluido? Se encontraba solo y nadie le había dicho que se fuera, no quería parecer descortés, pero al fin se movió hacia la puerta y asomó su cabeza, la secretaria le dijo que el responsable daba por concluida la entrevista.
Se acercó a la mesa de la secretaria y pregunto:
- ¿Le puedo dejar mi currículum? por si fuera de menester.
- Olvídese, aquí necesitamos administrativos con aspiraciones y empuje, y por supuesto con buena presencia.
Paquito salió del edificio con un desanimo grande, un severa sensación de angustia y tristeza le corroía algo en su interior, y el desconsuelo aumentó cuando se paró delante de un escaparate y miró su imagen reflejada en el cristal. Si es verdad que su traje estaba descolgado en su estrecho pecho, las puntas de las solapas viradas hacia dentro y la tela descolgada, por no mencionar la longitud de sus perneras y el descolorido de sus zapatos.
Pero si hubiera tenido un buen traje no estaría buscando trabajo, pensó Paquito, antes de continuar su desfile.
Aunque no era hombre de costumbres frívolas y jamás había entrado en un bar el mayor tiempo de lo estrictamente necesario, decidió que necesitaba algo que le animara en su empeño de encontrar trabajo. En la barra pidió lo primero que se le ocurrió, una bebida energética, un Red-Bull, algo que había visto anunciado en alguna revista. La verdad es que con el primer buche quedó anonadado por el mal sabor que tenía, pero que podía hacer si ya estaba en consumición. Asqueado pero con el corazón latiéndole a mil por hora, se dirigió a la parada de autobús para dirigirse a la segunda dirección que tenia escrita en su papel. Tardó más de media hora en llegar a un edificio ruinoso, quizás muy antiguo o quizás mal conservado, no podría definirlo, pero de aspecto poco acogedor. Paso de largo poco animado por la falta de acogida, y al llegar al final de la acera, volvió sobre sus talones y se dirigió de nuevo hacía el poco acogedor edificio.
En la puerta busco la placa de identificación del Despacho del Habilitado de clases Pasivas, Doña Encarnación Puertolas, y si, allí estaba en el tercer piso, despacho letra C. Preguntó a una señora que estaba sentada en un tabuco que formaba el hueco de la escalera, donde se encontraba el ascensor. La mujer le miró en hito y con voz gangosa le dijo que no había.
Subió los tres pisos con su corazón latiendo como una locomotora, y con severa sensación de ahogo, llegó y tuvo que respirar con fruición ante tamaña necesidad, pero consiguió controlar su agitación en unos minutos. Entonces entró. El lugar era lúgubre, con poca luz y menos ventilación, olía a rancio y se sentía agobio por los techos altos y los muebles cargados rellenando más que adornando. Un viejo sentado detrás de una mesa, con las gafas en la punta de la nariz observaba al recién llegado. Paquito se acercó timorato asintiendo con la cabeza:
- Vengo por el anuncio del trabajo administrativo.
- Aquí solo se busca un chico para los recados, el trabajo administrativo es asunto mío. ¿Y sus referencias?
Paquito le entregó su hoja curricular y se quedó frente a la mesa del empleado. Al rato levantó la cabeza y sonriendo le devolvió la hoja,
- Me temo este no es lugar para usted, vera las funciones son las de un chico de los recados y reparto de correspondencia. La señora Habilitada nunca ha deseado tener muchos empleados y solo confía en mí. Paga muy poco y se trabaja hasta los sábados y domingos. Además quizás pueda interesarle a mi sobrino que ha vuelto de la mili y tiene meritos militares, que además son nuestros más importantes clientes, y según veo usted no ha hecho vida militar, ¿o me equivoco?
- No señor, contesto Paquito, no hice la vida militar.
- ¿Y se puede saber porqué?
- Mi madre es viuda, y además se me consideró exento del Servicio.
- Lo ve, no es usted un buen candidato, lo siento.
Paquito salio del edificio sudando y profundamente triste. Lo de encontrar trabajo no resulta nada fácil y todo parecían pegas y dificultades. Pero no quería regresar a su casa con esa sensación de fracaso y con tan pocas visitas realizadas, aunque mirándolo bien aún le quedaban dos lugares de la lista que llevaba preparada.
De nuevo tomó el colectivo y con muchísimo calor se dirigió al barrio de Puerta Nueva, donde le esperaba una oficina de Consignatario de Buques.
Dudó delante de la puerta, porque ya se sentía rechazado y no quería repetir la experiencia. Pero al fin se decidió y entró, con tan mala fortuna que se dio de bruces con el cristal que formaba la puerta. El golpe con su sonido fue tan fuerte que quedó aturdido durante unos minutos, hasta que una mujer de mediana edad le sacó de la doble puerta de cristal. Le sentaron en una silla de la recepción y le dieron un vaso de agua, al fin se repuso y decidió no dar a conocer sus intenciones y solicitar salir sin su frustrado intento de trabajar en aquel endemoniado lugar.
Se sentó en un banco bajo la protección de un naranjo y se asustó de la inflamación que le salía de su perfilada frente, sacó el pañuelo y se presionó sobre el enorme bulto. Aunque no tenía reloj, averiguó la hora en uno de esos relojes que coronaba una farola, era la una hora del medio día y su estado era de total desesperación. Recordó su hermana Blanquita que tanto interés había tomado en animarlo en encontrar una ocupación y el gran desengaño que ahora se llevaría, y además el esfuerzo del currículo. Y su pobre madre, que había puesto sus esperanzas en que encontrara trabajo para conseguir que entrara algo más de dinero en casa, tan escaso con la pensión del padre tan recortada, y el futuro que les esperaría a ambos.
Sacó de su bolsillo el papel con la lista de direcciones de trabajo, ya solo quedaba la última, Despacho de abogados FERNANDEZ @FERNANDEZ, aunque estaba bastante cansado y sabía que era inútil encontrar un puesto en nada menos que un despacho de abogados, decidió llegarse porque además se encontraba cerca. Sintió un nudo en el estomago, quizás porque ya su organismo llamaba a la famélica, y sus tripas sonaban con toda clase de alardes, así que decidió beber agua en una fuente de agua potable. Saciado y en silencio su organismo, salvo los inevitables eructos del lugar que ocupaba el aire en el estomago, se dirigió a la calle de la Bolsa, donde en el numero 10 primer piso se encontraba el despacho.
Comprobó en la placa de direcciones de la puerta el lugar, y cuando se encontraba en disposición de entrar escuchó una voz recia y segura que decía:
- ¡Hombre Paquito, que alegría!
Levantó la cabeza y se encontró con un hombre magníficamente vestido, cabello aplastado y peinado hacía atrás, y unos zapatos relucientes de color negro y blanco, pero su cara no le decía nada.
- ¿No te acuerdas de mí? Soy Inocencio tu compañero de clase y vecino de tu casa, hace diez años. ¡Que alegría! ¿Que haces por estos lugares?
Paquito puso cara de recordar, pero no conseguía reconocer al que decía ser su vecino, a pesar de lo cual le estrecho la mano con su mejor sonrisa.
- Me dirijo al despacho de abogados de la primera planta.
- Hombre que alegría, yo soy al que buscas Inocencio Fernández, ¿en que puedo ayudarte?
- Yo…. Pues vera usted, necesitaba ver las posibilidades de conseguir un trabajo en su oficina, me he preparado durante varios años para servir de Administrativo y he tenido noticias de que ofrecen un empleo.
Inocencio Fernández se atuso los pelos y le ofreció tomar una cerveza o hablar en privado.
- Lo que consideré más oportuno, yo me adapto fácilmente.
- Veras Paquito, no te molesta que te tuteé, realmente trabajo no ofrezco, preciso un procurador para que me ayude a resolver asuntos del Juzgado, ya que el anterior se ha ido de la ciudad. He entrevistado a varias personas, pero estoy dispuesto a dar la cara por ti, siempre que cumplas las condiciones mínimas, en especial que seas abogado y me da la impresión de que no dispones del título.
- Pues no señor, solo he estado dos años en una academia preparándome para ser administrativo. Pero estoy dispuesto ha hacer lo que sea de menester para trabajar.
- Bueno pues realmente será difícil, pero dime ¿y tus padres y tu hermana?
- Bien, mi padre murió, los demás bien, con la esperanza de que yo consiga trabajo y ayude con algo de dinero a mantener la casa.
- Siento mucho decirte que será muy difícil emplearte aquí en el despacho, aunque quizás pueda encargarte algo de administración cuando tengamos mucha presión. Sube y habla con Encarnita, es mi mano derecha y le dices que coja tu número de teléfono para cuando lo necesitemos. Ahora te ruego me disculpes, tengo un almuerzo de trabajo y ya llego tarde. Hasta pronto Paquito.
Paquito subió, y se encontró una guapísima joven todo amabilidad hasta que le dijo los motivos de su presencia. Entonces le pidió con desgana el número de teléfono. Paquito le dijo que aún no disponía de él, pero que quizás pronto llegaría la línea telefónica a su barrio.
- Cuando disponga de él se pasa usted por aquí y lo deja, ya veremos que le podemos encargar.
Paquito salió algo menos descorazonado que de las anteriores, pero se dio cuenta que no llevaba nada de dinero en sus bolsillos, lo cual suponía volver a su casa andando. Cuando llegó a la casa, eran las ocho de la tarde, se quitó los zapatos y descubrió unas ampollas en los dedos gordos de los pies, porque esos zapatos eran de su padre que disponía de una talla menos que sus pies. Entonces su madre que esperaba le contara su experiencia sentada y mirándole a los ojos, escucho su perorata:
- Madre ese mundo de fuera es difícil y cruel, quizás tengan algo de trabajo para mí, pero de orden modesto. Quizás será mejor le ayude al panadero a repartir el pan, según me dijo me daría algunas monedas, ¿Tú crees que será suficiente ayuda con lo que me dé? La madre suspiro.



GUILLERMO GARCIA-HERRERA Mayo 2012







domingo, 25 de noviembre de 2012

DESAYUNO EN LA ALHAMBRA



Era ya cumplido el solsticio de invierno por el tiempo infernal, frío y lluvia, pero aquella mañana se adivinaba que sería buena. Sentado en el muro de la plaza de San Nicolás, vio aparecer los primeros reflejos de luz perfilando el contraste de la Sierra y de las ruinas de la Alhambra. Animó su castigado cuerpo con los primeros rayos de sol y decidió que debería entretener su humor y olvidar sus penas para aprovechar el esplendido día.
Los días previos le habían castigado mucho, aclarando el entuerto de los libros plúmbeos y de las piedras blancas y negras del Monte Valparaíso. Pero habiendo dado luz, a los torpes que dirigían las leyendas, equivocas por más señas, y centrando los pensamientos en el buen sendero, en que lo colocó el amado Pedro y sus discípulos Cecilio, Tesifon e Hiscio, se decidió pasar del cansancio y en no abandonar esta tan bella ciudad que tantas alegrías y bienaventuranzas habían facilitado.
No sentía necesidad de alimentarse, pero si de disfrutar de un prolongado y tranquilo descanso en un lugar donde los bullicios no alteraran el sosiego necesario, y se eligió los jardines de las Torres Bermejas. En otra ocasión había estado allí y le pareció que podría ser uno de los paraísos terrenales que con mayor placer había creado.
Sintió con distracción que iba hacia el lugar elegido, pero sin sentimiento de desplazamiento, como era lo habitual en sus circunstancias. Eligió un frondoso lugar cercado por plátanos orientales y olmos viejos, y se acomodo bajo la protección de ramas de castaño. La sola quietud del lugar le había permitido recuperar el equilibrio perdido, si es que alguna vez El podría perder su magnificencia. Cerró los ojos y le apareció una imagen del sacrificio de Cecilio, pero se deshizo por su falta de consistencia, entonces sintió la agradable sensación del sueño.
Este sueño se vio perturbado por un rumor de palabras que ascendía por la ladera de los jardines, se mantuvo alerta y en efecto eran sonidos producidos por gargantas humanas. Se recolocó sobre la presencia de esos personajes y les miró con curiosidad.
Eran cuatro personas, tres hombres y una mujer. Jóvenes de una veintena de años y cuidadosamente vestidos, quizás demasiado. Estaban sentados sobre una manta y en el centro una cesta de mimbre con viandas y algunas botellas de alcohol, algo que producía habitualmente algo de asco por lo mal que tolera la juventud las bebidas espiritosas.
Hablaban sobre cosas mundanas, y cargaban con ironía sobre la mujer que sobrellevaba aquellos gestos orales con bastante elegancia. En algún momento y debido a alguna actitud sobrepasada de uno de los personajes, la mujer se levantó y protestó de forma airada a la vez que se bajaba el vestido motivo de la discordia. Aquello provocó una actitud de excitación en todos los personajes que airadamente reprocharon su descortesía. La mujer se levantó y se dispuso a marcharse, no sin antes referir palabras gruesas al personaje provocador, que algo aturdido intentaba excusarse.
Pero las excusas sirvieron de poco, la mujer se fue clamando solidaridad para acompañarla, pero fue inútil, nadie más se movió. Cuando la mujer había desaparecido y calló silencio sobre sus cabezas, uno de ellos el provocador de la circunstancias habló, y dijo que el hecho había sido inducida con la intención de que se fuera. Los demás levantaron sus cabezas y dibujaron una interrogante en sus caras. El inductor explicó con parsimonia que necesitaba hablar en privado con sus amigos, el motivo era un asunto que implicaba a la mujer y a él mismo.
Fue entonces cuando nuestro maestro se aplicó con mayor interés y escuchó con atención. El joven contaba, con una voz de humillación, que jamás había tenido relación alguna con mujer y que enamorado de la mujer objeto de la discordia, está le había solicitado ayuntamiento. Y que cuando lo hicieron con extremado cuidado, él había eyaculado antes de la penetración, sin haber dado el placer necesario que se debía a una mujer que le amaba y además le solicitaba cumplimiento de culminación.
Los amigos removieron sus cuerpos en señal de incomodidad, pero ninguno dijo nada, en señal de esperar elaboración de consejos adecuados. Después de unos minutos, fueron hablando con mayor o menor capacidad de persuasión, pero esquivando implicación directa en la solución del problema que aquejaba al joven, hasta en el momento que confesaron su ignorancia de estos asuntos.
Un penetrante silencio atravesó la reunión, mientras nuestro maestro permanecía muy atento y ya curioso por conocer cuales eran los conocimientos que atesoraban estos estúpidos humanos. Y aunque la reunión y charla continuó nadie aportó nada de interés, sino bien palabras de distracción para romper el hielo que había caído sobre ellos.
El joven afecto, con signos de temblor en su cuerpo, pidió discreción a sus compañeros y ayuda cuando fuera de menester, por si algún conocimiento llegaba a sus oídos. Todos recogieron los enseres de la merienda y marcharon cabizbajos y meditando.
Nuestro maestro valoró la conveniencia de intervenir y aclarar su situación, más llevado por la lastima que por sus capacidades, pero fue cuando entendió los porqués del asunto de los libros plúmbeos y de las piedras que lo protegían. La insatisfacción de la mujer sería muy dilatada en el tiempo y solo cuando la estupidez de los hombres disminuyera se conseguirá un buen entendimiento y que los apareamientos sean satisfactorios para ambas partes, así volverá la piedra blanca a recuperar su lustre y su desgaste tan pronunciado.

ENERO DE 2011





lunes, 19 de noviembre de 2012

PAPELES DE SANTIAGO INDIVIDUO






UN BOQUETE EN EL TIEMPO


Estaba en la parada del tranvía cuando lo vio pasar con su vieja chaqueta de lana escocesa, el pantalón de pana y la misma gabardina ligera que conservaba de sus años de universidad. Lo siguió con la mirada hasta después de que se perdiera por la esquina de la calle. Atravesó el portal sin reparar en el portero que ordenaba la correspondencia que tanto anheló en otro tiempo. Se sentó en el salón casi sin fuerzas mirando a la puerta de entrada que había dejado abierta. Cuando llegó se miraron de frente durante un momento sin decirse nada. El piso estaba limpio con los muebles ordenados, hacía tiempo que había prescindido de la sirvienta. Sobre la mesa el libro. Lo acarició con los ojos sin atreverse a tocarlo porque eso supondría una profanación, pero lo notó más gastado, en la portada se había difuminado el primitivo color crema de las calzas de velludo del caballero. No supo si le causaba más ternura el protagonista del libro o el lector incansable. Conociendo el final de todas las historias se alejó de la casa con ese tipo de nostalgia que hace difícil la toma de decisiones.



UNA INTERPRETACIÓN

El manuscrito de este cuento lo encontré entre unos papeles antiguos recuperados de un baúl viejo que había en un camaranchón de la casa de mis mayores. Es posible que los documentos pertenecieran a una prima hermana de mi bisabuela que fue una mujer original, interesada en la brujería y conocida de don José Ortega y Gasset con el que mantuvo correspondencia. Si la historia viniera trenzada de esta manera, no sería de extrañar que el cuento naciera de la pluma del filósofo, en cuyo caso su contenido habría que interpretarlo en clave orteguiana y sostener que el libro es el Quijote. La vida real de Don Quijote fue un paréntesis luminoso (un boquete dice el título) entre dos estados de normalidad cotidiana, igual que la de Cervantes que terminó siendo perdonado por el destino tras un dilatado periodo de sufrimiento. El visitante, que conoce el final de todas las historias, espera también la redención del personaje ensimismado en el Quijote. Es por lo tanto un retruécano en el que un lector enloquece leyendo la historia de otro lector, enloquecido a su vez por la lectura; eso suponiendo que la visita fugaz no la hiciera la mujer idealizada que vuelve a pasar de largo. Rizando el rizo podría imaginarse que, conociendo Ortega la gran afición de su amiga por guardar y archivar todo tipo de escritos, hubiera querido jugar a ser CideHameteBenengeli, con lo que el lector entre el paréntesis sería el superviviente de Lepanto.

SANTIAGO INDIVIDUO



domingo, 11 de noviembre de 2012

LA MANO





Soy una persona tranquila, muy tranquila e incluso alarmantemente pausada, así que cuando sentí que me agarraban de mi gran cabeza y tiraban, me gustó poco. Aquello que atenazaba mi cuerpo y me obligaba a salir de mi calido escondrijo me enfado bastante, de forma que fue la primera vez que hice tronar mis cuerdas vocales a modo de enfado. Seria una mentira si dijera que recuerdo ese momento, no porque acababa de llegar y no sabía como se las gastan en este nuestro mundo, pero el caso es que mis primeras sensaciones fueron de unas manos duras, recias y seguras y me soltaron en otras manos menos ásperas pero que me manejaban con una seguridad y volatilidad que me dio vértigo. Después de cambiar mi acogedor tabuco amortiguado por un líquido cálido y suave, por un ridículo gorro y una arpillera que me envolvía mi delicado tejido epidérmico, y dispuesto ya a mover mis cuerdas vocales a forma de enfado, sentí que unas manos suaves y llenas de cariño me sujetaban el cuerpo y mi poderosa cabeza, y me estrechaban contra su delicado pecho, mereció la pena el viaje y el nuevo lugar donde comenzaba a sentir algo nuevo hasta ahora ignorado pero que creía ser muy superior a lo conocido, cariño.
Quizás pasaran varios días, y encontrándome contento porque con una severa puntualidad rigurosa se me administraba un cálido mamelón que se introducía en la boca y al succionar me derramaba un liquido dulzón y de sabor muy agradable, que me daba satisfacción llenando mi panza y mis deseos. Pero, sujetando ese mamelón, aparecían unos dedos quizás el segundo y el tercero que dirigían y estrujaban ese maravilloso pezón para que drenara para mí esa embriagadora y exquisita leche. Entonces me quedaba mirando esos dedos, que desprendían un tenue olor a limpio y a ser próximo e íntimo, terminado en algo más duro que deslizaba por mi cuerpo provocando un repeluzno que me hacia sentir aún más si es posible un gran estremecimiento.
Parecía que cada día añoraba menos el cubículo lleno de líquido, por encontrarme entre los brazos delicados de aquel ser tan tierno que me alimentaba y me daba tanto amor. Cuando estaba en sus brazos y sujeto por sus manos me cambiaba de pecho y volvía a colocar el pezón entre mis labios con la ayuda de esos dedos seguros y ágiles. Cuando terminaba me colocaba sobre su hombro sujetándome con una mano y con la otra daba suaves golpes en mi trasero, hasta que sentía una extraña burbuja de aire ascender por mi pecho y salir por mi pequeña boca. Entonces abría mis ojos en señal de sorpresa y seguro que emitía una sonrisa de satisfacción.
Un dulce duermevelas me invadía y los ojos comenzaban a cerrarse, entonces me recostaba en un lecho tierno, no sin antes haberme lavado mi productivo trasero con una esponja suave y secado con un paño, colocaba varios trapos protegiendo mi sexo y taponando mi orondo culo.
Entonces el sueño me invadía y me quedaba absolutamente inmóvil, con un leve gesto de mover los labios, como si continuara mamando de los pechos de mi querida madre. Otras veces me sentía incomodo y llorisqueaba en son de protesta, entonces escuchaba su voz que me hablaba y me tranquilizaba colocándome de lado.
Pero conforme fui adquiriendo días, fui descubriendo cosas y una de ellas fueron mis manos. Eran como las que orientaban el pezón hacía mi boca, pero muy pequeñas y menos atractivas. Jugaba con ellas moviéndolas en círculo, o acercándolas a mi cara, aunque he de tener precaución porque alguna vez me golpeaba mi cara y no me gustaba. Tampoco me gustaba las uñas, porque las de mi madre se deslizaban por mi piel produciendo una sensación de placer muy importante, pero las de mis manos cuando tocaban mi piel me producían heridas que me dolían.
Alguna vez, al despertar de mis placenteros sueños, y con unas enormes ganas de comer, además de poner en funcionamiento mi garganta, intentaba calmar mis necesidades imitando los gestos de mi madre, así que me acercaba mis manos y chupeteaba lo que más se parecía a mi adorado pezón, el dedo gordo. Porque, después con los años lo supe, mi madre no quería que usara el chupete de caucho, lo consideraba la puerta de entrada de infecciones y deformaba el paladar y los labios. Así que el sustituto del pezón se fue convirtiendo en mi dedo pulgar.
Con el paso de los meses mi cuerpo fue tomando volumen, y como mis necesidades alimenticias aumentaban mi madre fue retirando su adorado pecho y sustituyéndolo por una goma perforada que si chupabas salía un enorme chorro de leche, pero ahí! que diferencia de leche, sabía a algo tan nuevo para mí que lo tomaba solo porque mis necesidades eren mayores que mis lamentos. Ahora ese bote con goma le faltaban los dedos que orientaban la tetina, y ya sus dedos estaban apoyando el culo del biberón, para mi muy lejos, demasiado lejos.
Sus manos fueron alejándose de mí, y yo las fui sustituyendo por esas manitas que me pertenecían, gorditas y torpes, pero que al fin y al cabo eran mías. Y fueron tomando relevancia en mis necesidades y placeres, así que salvo en los momentos en que comía el resto de día colocaba el pulgar entre mis labios y en el interior de la boca, cuando lo sentía allí me tranquilizaba sometiéndolo a un chupeteo de vaivén que saciaba mi intranquilidad.
Mis recuerdos saltan años, cuando comenzaba a darme cuenta de unas poquitas cosas, una de ella era que mi madre no me pertenecía, la compartía con mi padre y el resto de mis hermanos. Cuando observé que yo no era el centro de atracción de todo el universo de mi casa, que mi madre abrazaba a mis hermanos, que también se ocupaba de su aseo y de sus cuidados, y que mi padre era en realidad el Dios de la casa y que incluso compartían la cama que había junto a mi cuna, entonces con desesperación introducía el dedo gordo en mi boca y lo succionaba con autentica fruición.
Callaba mi dolor porque no fui un niño llorón, pero lo pagué con mi dedo, ya que a la edad de cinco años mí querido dedo que tanto me ayudaba le salieron unas pompas en la parte de la yema, esas burbujas se complicaron con infecciones de tocar el suelo, la tierra y mi culito.
Mi madre me curaba con dulzura y bajo los consejos de mi padre, con un desinfectante y después me colocaba un capuchón de tela sujeto por unos cordeles que se ataban a mi muñeca. Pero, ¿que podía hacer yo sin mi dedo? Cuando no me veían, retiraba con cuidado los cordelillos e introducía el dedo en mi boca, pero era horroroso, sabía a desinfectante y a un sabor amargo. Fui olvidando la necesidad de mi dedo pulgar, pero necesitaba algo que supliera tanto dolor y desafección, y pasé a rozar mis labios sobre el canto de mi muñeca, y aún con más interés cuando los pelillos se endurecieron y raspaban con leve dolor mis castigados labios.
Se que las heridas de mi dedo cicatrizaron, no recuerdo con que edad, pero ya tenía capacidad para acumular recuerdos, y además se me confeccionó más de un dedil. Lo de pasar mis labios por el canto de la muñeca aún lo practico cuando tengo necesidad de concentrarme. Mi padres murieron hace muchos años, y jamás me llamaron la atención sobre mis costumbres onanísticas.





GUILLERMO GARCIA-HERRERA        Junio 2012