sábado, 9 de febrero de 2013

BAÑOS SALADOS Y MICHEL FOUCAULT






Una suave brisa dio en mi cara y alivió el padecimiento que sentía. Estaba quemado por la acción del sol del estío, ya que  mi piel es muy blanca y sensible, y aquella mañana había caminado por la playa de la mano de mi mejor amiga.
Bueno, no me gustaba llamarla amiga porque realmente era mi amante. Si, aunque soy bastante joven y es poco usual en mi civilización tener una amante, yo por necesidades perentorias e ineludibles, tengo una amante en todo su más amplio sentido. Y por una motivación estética disfruto más llamándole amante que no mujer o amiga, términos anodinos  y con  poco contenido afectivo.
Verán ustedes, y disculpas por el usted, yo asistía a las clases de Michel Foucault con notable aplicación, cuando el maestro me llamó a su despacho particular del Collége de France, para hacerme una advertencia, si continuaba soliviantando a los alumnos de la clase de las diecisiete horas, se vería obligado a hacerme una advertencia de abominación, lo cual reduciría considerablemente la asignación que mi influyente padre me tenía dedicado.
Protesté airadamente, porque el maestro no conseguiría resquebrajar mi voluntad, sobre las aficiones y costumbres que yo practicaba en la clase, a saber mear por las esquinas del aula o ventosear con alevosía durante la fase de conclusiones del final de la disertación. Todo ello debido, no a mi condición de ser un marrano, sino por ser hábitos propios de mi cultura, algo que el maestro no aceptaba.
Pero me he desviado de mi inicial intención de contar que, yo teniendo la piel muy poco pigmentada y caminando con mi amante por la playa de mi ciudad, sentí frescor en mi faz por una brisa de aire húmedo. Que aunque soy una persona de edad poco avanzada, se me ha permitido mantener una relación de amantes con mi actual compañera, hechos por lo cual se me ha etiquetado de cabrón consentido por el Sistema. Que yo indignado por el uso y abuso de semejante apelativo, me dispuse a plantear a mi respetado maestro Foucault que, siendo un personaje heterosexual no se me debería tratar de la peor manera que se conocía, aunque aceptaba ser analizado pero bajo ninguna manera el ser etiquetado.  El maestro planteó que antes que la ética estaba la disciplina, por motivos de respeto a los demás, y que mis compañeros se habían quejado de mi comportamiento poco disciplinado e higiénico, y que valía más sus opiniones colectivas que la mía aislada e irreflexiva. Demande de esta manera ser escuchado por el claustro del Collége para así poder defender mi posición, hecho que no gustó al maestro pero no le quedó más remedio que aguantar.
Advirtió que era la primera vez que se elevaba a consulta del claustro una falta contra él, salvo las conocidas por sus desvíos sexuales, y que usaría toda su influencia para conseguir no perder semejante demanda, quizás la más importante a la que se había enfrentado. Ante semejantes amenazas me sentí acosado y un severo malestar me invadió, tanto que sufrí mi primera crisis de impotencia en las noches sucesivas, y que solo pude resolver con el uso de la Sertralina, durante un tiempo no menor al año.
Como era previsible, no superé la demanda de amparo al claustro, ya que era muy fuerte la influencia del maestro Foucault, y fui expulsado del Collége por un periodo no menor a los tres meses y no mayor a los seis meses, para que pudiera superar los exámenes necesarios. Pero decidí acabar con aquella cobardía y me propuse crear una plataforma para denunciar en todos los foros posibles los contenidos ideológicos y de comportamiento de los miembros del Collége de France.
Así nació un libelo llamado EL GARROTIN que salió a la luz un día nebuloso del mes de Agosto de los años setenta, editado por un tal INDALESIO  CARRERA nacido en el continente americano y en el conocido como país  y ciudad con el nombre de ASUNCION  de BOLIVIA, como bien reza en el exergo de la portadilla. Las tripas contenían un análisis exhaustivo sobre la obra del maestro Foucault, denominada “EL GOBIERNO DE SÍ Y DE LOS OTROS” con tal virulencia que ese mismo día apareció en mi domicilio el maestro acompañado por uno de sus discípulos  para negociar la retirada del libelo, ya que enarbolaban como bandera blanca de la paz, mi vuelta a la disciplina académica, y unas vacaciones pagadas  en las Antillas Francesas durante veinte días naturales.
Considerando que el esfuerzo que realicé para leer y entender los apuntes del maestro, bien merecía la pena este trato, y no encontrándome dispuesto a continuar con otros tomos de apuntes, acepté y además me permití la licencia de denominarlo el gran filosofo de la causa griega.
Varios días después cogí un vapor, para comenzar mis vacaciones pagadas, y en dirección al Caribe y en concreto a la isla de  Antigua, acompañado por mi amante, exultante de buena disposición. Allí y con extremada precaución comencé mis baños de mar, siempre con protección solar y con ropa que me preservara de posibles quemaduras. A los quince días mi piel se había tornado de un tono entre rojiza y negrusca con una impregnación profunda que me hacia presagiar que mi coloración había tornado de la extrema palidez hacia una tonalidad próxima a la humana de raza árabe, de donde eran oriundo mis queridos padres.  
INDALESIO DIC. 2012