domingo, 20 de octubre de 2013

CARBÓN

  
                                           




La primera vez que me escapé del cerco de las mujeres de servicio doméstico, debía tener tres años. Muy inquieto, cansaba al más pintado con un ir y venir curioseando todo lo que encontraba, tocándolo y despreciándo casi de inmediato. Estaba al cuidado de una mujer de tez oscura y belleza salvaje, que tenía el sugestivo nombre de Aníta La Tosca, que me trataba con un gran cariño y esmero.
Pero aquella mañana de temperatura suave y sol radiante, Ana ayudaba a tender ropa  a la lavandera en la terraza de mármol. Y yo aproveché su inocente descuido para salir de su campo de visión, yéndome hacia la zona posterior de la casa donde un largo corredor delimitaba el amplio chalet donde habitaba con mis padres y hermanos.
En aquel callejón estaba prohibido pasar, al menos cuando yo me desplazaba hacia aquel lugar, escuchaba siempre la palabra “por allí no” Es normal que no me dieran explicaciones, y también es normal que yo sintiera curiosidad, aunque aquella mañana lo que me impulso hacia aquel lugar fue los ladridos que siempre escuchaba procedente del lugar.
Mis pasos a pesar de mis dos años, no eran demasiado seguros, quizás porque siempre me transportaban en el cuadril de mi habitual y querida Ana la Tosca. Así que con bastante frecuencia, me apoyaba sentado en el suelo y me arrastraba dando pequeños tirones con mis brazos. Primero me paré junto al lavadero, donde un grifo dorado llamó mi atención, giré la palometa que lo coronaba y comenzó a fluir un cristalino y ruidoso chorro de agua, que mojó mis pantalones, zapatos y camiseta, ante semejante susto volví a girar la palometa y cejó el flujo de líquido. Me sorprendió el charco que se formó debajo de mi acolchado culo, y aproveché para soltar una larga meada algo más caliente que el agua del grifo. Molesto con la humedad de mis partes de apoyo, me desplacé  hacia el inició del callejón desde donde divisaba toda la extensión del angosto y prohibido lugar, y unos rayos de sol calentaba el suelo del lugar elegido para observar.
Hacía la mediación y sentado en el suelo había un enorme perro de abundante pelo ensortijado y completamente negro, que levantó su labio superior cuando me divisó para enseñar sus poderosos dientes afilados. Casi de inmediato lo bajo y ladró. Se levantó y comenzó a pasear hasta donde le permitía su poderosa cadena metálica, a la vez que ladraba acompañado de un mugido de aullido.  Metí mi dedo pulgar en la boca, como habitualmente hacía y chupe con fruición, ante las situaciones que me eran desconocidas. No sentía miedo de aquella fiera, animal que habían recogido mis padres para preservarlo de una condena de muerte por haber mordido a su legítimo dueño, y sometido a observación mientras se veía la posible contaminación de la rabia. Entonces, avance arrastrando el culo, hasta colocarme dentro de su radio de acción, el animal me olisqueó posiblemente extrañado del asqueroso olor que desprendía mis pañales de tela de gasa. Me sujeté a su cuello, mientras me daba lengüetazos con su áspero apéndice bucal, y me levanté. Sujetándome a sus pelos me subí a su lomo mientras daba pequeños ladridos, me tendí y me abracé al cuello para no caerme.
En ese momento escuché un desgarrador grito, mi madre y La Tosca me miraban horrorizadas por la escena peligrosa a la que me encontraba sometido. El perro levantó el labio superior y volvió a enseñar los dientes mientras emitía un severo ronquido de advertencia, pero continuaba sin moverse, solo se escuchaba el ronquido.
Llegaron mis hermanos mayores y mi padre a medio afeitar con la cara llena de espuma, se organizó el rescate, mientras yo daba pequeños grititos mencionando el nombre del peligroso perro, Carbón.
Se soltó la cadena controladamente y se fue ajustando hasta que la cara de Carbón quedó pegada a la tubería, mientras mi hermano mayor se acercaba por detrás para realizar mi rescate, pero el perro no estaba dispuesto a ceder fácilmente, cabeceó mientras ladraba con auténtica furia y todos se tuvieron que apartar, ante el peligro que entrañaba un bocado de aquella fiera. Mientras yo reía agarrado a su cuello y pelos, divertido ante el espectáculo que me encontraba presenciando.
Al fin, la cabeza de  Carbón quedó bloqueada por la tensión de la cadena y yo fui rescatado por mi hermano que me sujeto con sus brazos. Después se volvió a la misma situación previa, y el perro ladró de forma desgarradora.
Mis padres me lavaron y revisaron mi cuerpo buscando alguna lesión, pero nada encontraron, todos invocaban a los santos agradeciendo que no hubiera sido desgarrado por el fiero animal.
Aquel animal nunca tuvo enfermedad alguna, como se demostró en los análisis practicados, y si se pudo demostrar que su dueño le había sometido a malos tratos. Se quedó en la casa durante años y murió de viejo diez años después. La Tosca se fue a la llamada de su familia, y lloró mucho cuando le separaron de mí.

INDALESIO Agosto 2013