jueves, 11 de octubre de 2018

MI VIDA ESPECIAL






Como cada mañana, me despertaba mi madre sentándose en la orilla de mi cama, diciendo palabras dulces y con tonos cariñosos. Abría los postigos de las ventanas del dormitorio de los niños, zarandeaba a mis hermanos y le pedía se incorporara, luego se sentaba junto a mi y me frotaba la espalda. En verdad tenía una especial dulzura para conmigo, quizás porque era el más pequeño y porque desde mi nacimiento había tenido algunas dificultades de salud. Pero tenía que levantarme a la misma hora que mis hermanos, ya que ellos eran responsables de acompañarme hasta la puerta del colegio y no les podía hacer esperar. Madre después de esos gestos de afecto, me sujetaba la pesada cabeza y me giraba el cuerpo para dejarme sentado en le borde de mi cama, me quitaba el pijama y me calaba la ropa del uniforme del colegio. Cuando terminaba, yo aun permanecía dormido y la cabeza colgando hacia un lado, entonces madre pasaba al cuarto de baño, mojaba una toalla y frotaba mi cara, ahora si que despertaba saltando de la cama e hipando por lo fría que estaba el agua. Un vez despierto me empujaba al baño y me daba el cepillo y la pasta dentífrica para que frotara mis diminutos dientes, me miraba en le espejo mientras ella con un peine me alisaba el pelo, mojando la erecta coronilla de mi cabezota. Luego ella sabía que solo me sacaba la churra y hacia pipí sentado como ella me había enseñado. Mi madre me dejaba camino de la cocina mientras les gritaba a mis hermanos para que se levantaran, algo que realizaban entre protestas pero con bastante disciplina como nos había enseñado nuestros padres.
Cuando llegaba a la cocina ya teníamos sobre la mesa de mármol los cuencos medio llenos de una humeante leche, mi padre sentado a la cabecera de la mesa leía el periódico que crujía con frecuencia para enderezarlo, yo me acercaba a la derecha de mi padre y esperaba, entonces doblaba las enormes hojas de papel y lo sujetaba con la mano derecha mientras la izquierda se dirigía hacia mi cabezota y volvía a remover mi rebelde pelo. Después como únicas palabras me indicaba sentarme y beber el espeso liquido blanco recientemente hervido. Giraba sobre los talones de mis zapatos Gorila y quitándome la mochila que solo contenía unos lapices y un cuaderno de hojas cuadriculadas, me sentaba en la silla. Como tenía poca fortaleza arrastraba la silla que tenía asignada, y como cada día mi padre protestaba para que evitara ese desagradable ruido. Le miraba con cara de pedir disculpas, y mis hermanos no se andaban por las ramas y golpeaban con una pescozón mi cabeza. Bueno pues con ninguna de estas acciones yo decía palabra alguna, incluso mis hermanos me llamaban Indalesio el mudíto, y a veces se reían entre ellos por mi ausencia de palabras aun en las condiciones más adversas. Cuando terminaba de beber la leche, cogía el bollo con mantequilla y azúcar envuelto con papel de aluminio y lo metía en la bolsa mochila, luego esperaba a mis hermanos para que me acompañaran a la parada del tranvía.

INDALESIO