viernes, 20 de noviembre de 2020

URGENCIA HOSPITALARIA

 




En septiembre de 1972 fui a recoger el titulo de licenciado en Medicina y Cirugía al Colegio Médico de mi provincia, no porque hubiese aprobado en la convocatoria de septiembre sino por dos motivos, uno por desidia y descuido y otro por la guerra que teníamos declarada a los colegios profesionales. Pero inevitablemente me obligó la administración del Hospital a que para hacerme un contrato tendría que dar fotocopia del titulo de médico. La funcionaria del colegio se extraño que apareciera por allí , puso cara de pocos amigos, pero después de una somera explicación sonrió y me entrego los documentos. Llevé los papeles y me firmaron un contrato para hacerme cargo de un turno de las urgencias del Hospital, aunque en realidad llevaba seis meses asistiendo cada dos días a un turno de doce horas ininterrumpida de asistencia urgente. Me hacia ilusión el trabajo y sobre todo me encontraba aprendiendo mucho en el manejo de pacientes de tan plurales patologías. Aquel misma día me pidieron quedarme para hacer un turno de guardia, me puse el pijama reglamentario y me fui a las consultas, no solo me hacia ilusión sino que cada día estaba más interesado en resolver los problemas de salud que me presentaban. No llevaba más de una hora cuando escuché un vozarrón intenso y de mucho dramatismo, “URGENCIA” Salí de la consulta y me asomé al pasillo, no me dio tiempo a ver que llevaba la camilla que empujaba Juan el celador de quirófano. Corrí porque sospeche que era una urgencia grave y entré en la sala de cura de las urgencias. Alguien se encontraba lamentando tenuemente, aunque no le podía ver ya que estaba cubierto por una manta raída y sucia. Un enfermero que se encontraba en el lado contrario caminaba hacia atrás con cara de horror, le retiré la manta y me encontré un hombre con ropa raída y aparentemente abrazado a un poste. Cuando pude verlo en toda su dimensión, el supuesto palo era un poste que entraba por el pecho y salía por la espalda, grité pidiendo personal para asistir aquel desgraciado y comencé a dar ordenes, “ ¡una vía intravenosa para suero, pruebas cruzadas! Y una larga y ordenada serie de pautas del protocolo que nos habían enseñado. Inspeccione la puerta de entrada del enorme tronco que lo atravesaba e intenté mover lo, pero a parte de ser inútil el buen hombre gritaba de dolor, así que opté por dejarlo hasta que tuviera el control de sus constantes. Cuando le puse la primera dosis de morfina, aquel hombre se tranquilizó y esbozó una tenue sonrisa de agradecimiento. Corte la ropa y lo desnudé, tenía un agujero de entrada a nivel del estómago de unos quince centímetros, pero no parecía que hubiera hemorragia, en la espalda asomaba el otro extremo del madero, habiendo arrastrado parte de vísceras que asomaban bajo la piel. Con la segunda ampolla de morfina aquel hombre abrió los ojos y jadeando me pidió ayuda, fue el momento en que me dijo su nombre, Manuel Martínez, empleado de la Compañía Española de Electricidad, se había precipitado desde la perilla de un poste de la luz. Me sujeto la mano y me pidió no le dejara. Me contó como se había precipitado al romperse el tronco y como las trabillas le habían sujetado el pie derecho por encima de la rotura del poste. Llamé al cirujano que inspeccionó ambas heridas e hizo una señal de negación con su cabeza, manifestando su pesimismo por lo complejo de las lesiones, yo que me encontraba enganchado a sus manos le pedí avisara al anestesista y que una vez en quirófano, buscaríamos la mejor solución viable. Mientras se organizaba todo y con varias ampollas más de morfina, aquel hombre pareció revivir y continuaba hablando con mayor intensidad, tanto que me extraño algo que me solicito. “Se que voy ha morir, porque esto tiene un aspecto muy feo, pero antes quiero pedirle que se haga cargo de un asunto que para mi es de gran valor y necesidad” Le tranquilice con palabras afectuosas y me dispuse a escuchar, se pasó la lengua por los labios y me dijo que todo lo iba a reducir mucho porque solo quería que fuese yo el receptor del asunto y dudaba si le quedaba tiempo. Comenzó a contarme que tenia una amiga a la que quería y a la que deseaba mejorar, pero que su familia sabía de su existencia y la rechazaba. Cada pocos minutos se tenía que parar y respirar con suavidad, antes de continuar su relato, pero comencé a notarle que además sus ojos se le desplazaban hacia arriba, acompañado de un silencio de duración escasa. “Esa mujer a la que tanto quiero me tenía muy enganchado, hasta el punto que prefería su compañía a la de la mujer legal” Cuando me vi en la tesitura de tener que elegir...decidimos acabar con nuestras vidas, yo le ayude a bien morir, pero para mi no tuve tiempo. Yo desde entonces lo he intentado en varias ocasiones, pero me falta valor, así que creo que estaba predestinado que mi fin fuera trágico. Lo que necesito de usted es que ponga en circulación.... En ese momento se desmayo. En quirófano no recuperó la conciencia, y hubo que trabajar duro para sacar aquel terrorifico poste clavado en el centro de su enorme cuerpo, pero fue imposible reconstruir el interior de su cuerpo, dos horas después murió sin recuperar la conciencia. Busqué a su familia en la sala de espera y hablé con ellos entre gemidos de sus hijos y su mujer, cuando se tranquilizaron me dijeron entre profusas lagrimas la enorme pena por la muerte de aquel hombre tan querido por todos y de tanta nobleza, que jamás había faltado a sus obligaciones de padre y marido. Dejé olvidado en mis recuerdos la presencia de aquel hombre que no pudo dejar resuelto sus lastimosos desequilibrios emocionales y quedar en paz con el mismo.


INDALESIO