sábado, 20 de enero de 2018

MATER SILENCIOSA



Cuando Yocasta vio entrar en el Salón del Trono a aquel joven que, a pesar de la cojera, andaba con soberbia cortesana, le dio un vuelco el corazón porque los dioses lo señalaban con el estigma de la desgracia. Sus movimientos los guiaba la naturalidad elegante que se podía esperar del hijo de Pólibo rey de Corinto, pero además traían un aire de familiaridad que le anunciaba que era algo más que un príncipe extraviado. No había querido explicar el motivo de su peregrinaje a Delfos ni el camino por el que llegó a Tebas y mucho menos su encuentro con los desconocidos a los que había dado muerte. Aunque le atraía su juventud intuyó que guardaba secretos que no se descifran con palabras. Lamentó que su marido Layo no se encontrara en Tebas ya que había ido a consultar al oráculo acerca de los motivos y las soluciones de la peste que asolaba a la Ciudad de las Siete Puertas desde hacía más de un año. Su hermano Creonte que había salido en busca de su cuñado preocupado por la tardanza, volvió sin noticias del rey con un mensaje poco claro que había recibido en Delfos, por lo que decidió consultar con el consejo de ancianos.
Eso era un acontecimiento insólito ya que Layo ejercía la tiranía, modelo radicalmente opuesto a la política de Atenas donde se regían por un nuevo sistema llamado democracia que Pericles exhibía como reproche contra los tebanos. Aprovechando la ocasión de un discurso fúnebre el líder ateniense acababa de decir: “Tenemos un régimen de gobierno que no envidia las leyes de otras ciudades, sino que más bien somos ejemplo para los demás. Su nombre es democracia, por no depender el gobierno de pocos, sino de la mayoría; de acuerdo con nuestras leyes, cada cual está en situación de igualdad de derechos en las disensiones privadas, mientras que según el renombre que cada uno alcance, es honrado en la cosa pública. No tanto por la clase social a que pertenece como por su mérito. Tampoco, en caso de pobreza, si uno puede hacer cualquier beneficio a la ciudad, se le impide por la oscuridad de su origen”.
La predicción del oráculo de Delfos que Creonte trajo a la asamblea de ancianos de Tebas anunciaba que la ciudad que acogiera a Edipo, ese príncipe recién llegado, sería invulnerable a ciertas desgracias entre las que estaba la peste. Suponiendo que Yocasta seguiría estéril como lo era con Layo y que, por lo tanto, heredaría el reino cuando se confirmara la falta de descendencia de la estirpe de Cadmo, consiguió que los ancianos autorizaran la boda de Yocasta con Edipo al que le auguró una vida corta.
A Yocasta Edipo le recordaba a su marido porque además de ser zurdo, hacía los mismos gestos cuando la estrechaba y pronunciaba las mismas palabras en el ritual del amor. En algunos momentos le parecía estar acariciando al joven Layo que le había dado un hijo hacía dieciocho años. También le recordaba a su suegro Lábdaco que tenía los pies hinchados como Edipo. Hacía tiempo que había hecho por olvidar que al recién nacido le taladraron los talones para que muriera abandonado a su suerte. Cuando se sintió apretada por aquellos brazos juveniles supo que sería madre otra vez, pero tembló al recibir la semilla que le quemaba el vientre. Al nacer su segundo hijo al que llamaron Polinices por designio de la pitonisa, notó el vacío del primogénito abandonado en el monte Citerón por un pastor al que nunca se atrevió a preguntarle sobre el resultado de su mísero trabajo. Sin deseos de llorar porque era tiempo de alegría se vio acuciada por una lucidez desgarradora. Los llantos del niño le traían gritos inocentes de socorro y sus pechos húmedos recordaron las noches en las que se le secaban de dolor. Luego vino Antígona que nació con los ojos abiertos mirando a su padre presente en el parto por recomendación de Tiresias, el vidente ciego que buscaba respuesta para un augurio amargo.
Todos los presagios son tristes pensaba Yocastas al ver los ojos de Antígona idénticos a los de su padre. La evidencia se fue abriendo camino a medida que Edipo se transformaba en Layo y los ancianos contaban historias olvidadas. Cuando se conoció la muerte de Pólibo que debía liberar a Edipo de su presagio, supo que todo se derrumbaría sin necesidad de escuchar al mensajero que trajo la noticia de que el niño tebano no murió en el monte Citerón, sino que fue adoptado por el rey de Corinto. Entonces decidió matarse para truncar la maldición de su casta a sabiendas de que no serviría de nada.
CIRANO


NOTA del EDITOR que como se sabe es un experto en tragedia griega: “Este relato se inscribe en el llamado ciclo ciránico conocido por algunos como peránico que nada tiene que ver con los tradicionales ciclos tebano y troyano. Por eso, los datos y las fechas que atribuye el autor a los acontecimientos no son de fiar dado que este sujeto no se atiene a hechos históricos. También hay que hacer constar que según la tragedia de Sófocles Edipo no conocía a su padre y por lo tanto no sabe que lo mata cuando lucha con desconocidos en un cruce de caminos. De esto se infiere que el complejo que definió Freud nada tiene que ver con el deseo de matar al padre y más bien se instala en leyendas que se remontan al tránsito de bestias (en cuya sociedad los jóvenes se enfrentan al macho dominante que pudiera ser su padre) a humanos que racionalizan y divinizan la paternidad”.