sábado, 9 de noviembre de 2013

LA BOTA


                                          



Muchos de aquellos veranos me aburría, vivía en un barrio apartado y residencial, cuya población tenía una media de edad avanzada. Así que me críe observando personas y vidas. La casa de mis padres estaba situada al final de la carretera y justo delante había un llano donde los vehículos daban la vuelta y también daba acceso al garaje del coche de mi padre. Allí en aquel llano me sentaba a observar idas y venidas, y a esperar la llegada de mi padre para abrirle el garaje.
Una mañana me encontraba sentado en el murete de delimitación del llano, estaba enfadado porque mi madre me había obligado a ponerme un sombrero de paja en la cabeza para evitar la solanera, y yo un chico de ocho años parecía ridículo con aquel sombrero tan grande y tan raído.
Me divertía identificar por el ruido del motor quien era y saludarlo, parece ingenuo pero no había otra cosa que hacer en aquella hora tan matutina. Refunfuñando me encontraba cuando escuché un ruido muy intenso y no conocido, me levanté sobre el murete para observar quién podría ser, y era un ingenio no conocido por mi, sobre tres ruedas. Una motocicleta que runruneaba con severidad y que llevaba adosado a un lado un aditamento en forma ovalada y abierto en su parte superior, posiblemente para transportar personas, pero que en este caso transportaba objetos sujetos con cuerdas y que abultaban de forma considerable. Sin pereza y sujetándome el puñetero sombrero me acerqué a aquel desconocido engendro mecánico, ya que se paró en el radio de mis dominios, en el inicio del llano, justo en la puerta de los vecinos que conocía, la Familia Santos.
El conductor continuaba sentado en el sillín de la moto, llevaba guantes de cuero y un casco también de cuero, su mano derecha reposaba sobre los bultos que llevaba el side-card y parecía descansar. Giré entorno al engendro, que era de color crema y su pintura en perfecto estado,  el escapé  no dejaba de humear porque permanecía en funcionamiento, hasta que el conductor giró una llave que cesó el ruido de forma brusca y con unos tosidos agónicos.  
Me encontraba muy pegado al vehículo y el conductor alargó la mano y me tocó el sombrero, preguntándome de donde lo había sacado, me retiré a una distancia prudencial como me habían enseñado y continué observando los mecanismos de la moto. El hombre se incorporó levantándose, era obeso y un bigote de pelo negro que cubría el labio superior y se metía dentro de la boca,  levantó la pierna izquierda y apareció un enorme zapato en forma de bota de color negro y de tamaño menor que uno normal. Aquella bota tenía una suela gruesa y de altura importante, y en la superficie unos profundos y llamativos surcos de arrugas, coronado todo por unos cordones redondos y bastante gastados.
La moto y su aditamento perdió interés y todo se centro en contemplar aquel monstruoso artilugio que albergaba el pie izquierdo. Cuando el conductor se puso de pie y caminó para acercarse al aditamento de transporte, comprendí que era cojo por las enormes oscilaciones que realizaba para poder caminar.
Le pregunté que le había pasado para llevar aquel zapato tan especial, sonrió y me dijo que le había mordido un marranillo cuando era pequeño. Me separé de aquel hombre, sentí lastima por lo que debería haber sufrido y corrí hacia mi casa lleno de pánico y horror.
Se instaló en la casa de la Familia Santos y desmontó el side-card donde transportaba sus enseres personales, todas las operaciones  las fui vigilando desde el altillo de mi casa, y permanecía seducido por aquel zapatón tan  voluminoso.
Mis padres me dieron algunas explicaciones, pero me ordenaron  mantuviera una prudencial distancia de aquel hombre cuya filiación aun desconocían. La semana siguiente ví la moto en la puerta de su casa, me acerqué y acuclillado miraba el mecanismo que tanto me seducía, era una moto ISSO, con un ventilador lateral. Sin darme cuenta, el conductor estaba junto a mi cuerpo, me preguntó que me llamaba la atención, no sin darme un gran susto, aquella bota había estado a menos de un paso de mi cuerpo. Me separé de él y desde una distancia le respondí que lo que más me llamaba la atención era su zapato, el me miró con suavidad y me dijo que cuando el pudiera me daría un paseo en la moto, y quizás otro día me enseñaría el pie. Corrí hacia mi casa asustado y horrorizado de poder ver aquel pie amputado por una cría de cerdo, decidí mantener una prudencial distancia.
Dos semanas después mi padre nos informó que aquel hombre, que se llamaba Ángel Llanina y del gremio del Comercio y Representaciones, había tenido un accidente cayendo en las vías del Tranvía y sufriendo la amputación de la pierna enferma, fruto del accidente había muerto en el Hospital Provincial.  
Algunas noches desvelado, me viene  al recuerdo aquel zapato negro que tapaba la mutilación de un pie.

INDALESIO Agosto 2013