lunes, 5 de octubre de 2015

PEGOTE





Por los años cincuenta del pasado siglo patrullaba Lanjarón un municipal que renqueaba de la pierna izquierda al que llamaban Pegote. Apoyado en un bastón de nudos brillantes y cobijado bajo una sucia gorra de plato en la que lucía el águila de cobre que también decoraba el broche del correaje, defendía el patrimonio municipal de las travesuras de los niños con los que me juntaba. No se el peligro que podían traer los juegos infantiles por las naves abandonadas del antiguo edificio del balneario, pero a pesar de sus reiterados fracasos, este mutilado de guerra, nos perseguía como si fuéramos malhechores, o quizás peor, como rojos en potencia. Y todo porque una vez, si acaso, escondidos entre los árboles le gritamos: ¡Pegooooote de mieeeeerda! El caso es que también debería andar mal de la vista porque al rato lo saludábamos mientras echaba un cigarro con mi abuelo que era el alcalde del pueblo y al que respetaba con disciplina castrense. A lo más que se atrevía era a comentar a modo de halago ¡qué nietos más traviesos tiene usted! ¡Y que lo digas Pegote! contestaba el jefe al que le faltaba añadir ¡y a mucha honra!
Dado su poco garbo no servía ni para los mandados, aunque mi abuela le encargaba algunos recados: dile a Fulana que necesito habas tiernas o una lechuga. Pero casi siempre lo utilizaba para que avisara a Dolores la monja. La monja era una pobre mujer que desde que desertó del convento o la echaron por inútil se dedicaba a la costura. Mi abuela la tenía casi a diario enclaustrada en un cuarto con poca luz, colocada debajo de una ventana que daba al patinillo, donde estaba la máquina de coser y que siguió llamándose, hasta mucho después de que ambas murieran, el cuarto de la monja. Para enhebrar la aguja se subía las gafas a la frente, chupeteaba la punta del hilo, estiraba las manos para acomodar la vista e intentaba con poco éxito pasarlo por donde decía Jesucristo que era más difícil que entrara un rico que un camello de regadío. Si nos acercábamos en esos momentos difíciles solicitaba ayuda: ¡anda bonico tú que ves tan bien! A modo de compensación le pedíamos que dijera jamón, jamón, jamón muchas veces y en cuanto empezaba la retahíla la amonestábamos porque decía monja en vez de jamón y eso no valía. Volvía a intentarlo hasta que acudía mi abuela con el soplillo de la chimenea y aguantando la risa nos decía: ¡menudo jamón os voy a dar! ¡a volar tiricual! ¡dejar a Dolores tranquila!
La monja era una buena mujer, fea, sin gracia, tímida y pobre. Cuando salía de casa de mi abuela se iba a la Iglesia a rezar rosarios y letanías a coro con otras beatas que ayudaban al sacristán a limpiar y decorar el templo. Alguna vez nos colocamos detrás de ellas para adelantarnos al ¡ora pro nobis! con el irreverente ¡un automóvil! para escandalizarlas. No creo que se lo dijeran a Don Nicolás, el párroco que mantenía las formas con mi abuela poco amiga de iglesias.
Un día me enteré de que Pegote y la monja vivían juntos formando una de esas parejas de hecho que da la tierra, como los acebuches de los que los romanos consiguieron a base de injertos el olivo. Es posible que fueran hermanos, en cualquier caso una de tantas ruinas que dejó la innoble guerra civil.

CIRANO