sábado, 22 de marzo de 2014

LA TERTULIA

                                        



Hace meses me llamó mi amigo de nariz rota. Me proponía vernos para almorzar y poder cambiar impresiones sobre nuestro mundo, era escueto en sus explicaciones, así que acepté sin mayor duda.
Me preguntaba que buscaría, porque era un hombre culto e interesado en la literatura y filosofía, y su nivel algo por encima de lo normal, y yo soy un hombre con mucho interés y curiosidad, pero de formación muy dispersa y más social que política. Supuse que le interesaría la literatura y es quizás un campo donde ambos podemos coincidir, así que pensé en cosas en las que ambos podríamos tener intereses comunes.
El día elegido, ambos decidimos elegir un restaurante asequible económicamente y tranquilo, y llegamos puntuales. Nos saludamos y pude comprobar que éramos cuatro, todos conocidos y hombres de inquietudes intelectuales. Aquello terminó con manifestaciones  de alegría y afecto pero sin desarrollar programa alguno. A partir de ese día decidimos reunirnos una vez al mes y en la medida que nos fuéramos conociendo y tomando confianza, hablar de los temas que más nos inquietara.  
Cambiamos de lugar por otro más culto y más asequible y fuimos invitando a un mayor número de participantes. Pero nada coincidía con algo parecido a una tertulia, y además todos parecíamos estar cómodos, salvo nuestro inquieto nariz rota, que en algunos momentos soltaba un regomello, que todos ignorábamos. Y así fueron pasando los meses  hasta que pasó lo inevitable, nuestra tranquila reunión de amigos explotó.   
Era un día gris y lluvioso, hacia frío en nuestro reservado y se hablaba en pequeñas charlas de proximidad. Pero una conversación comenzó a dominar sobre las demás, se trataba de la oportunidad de la jubilación y del peso tan enorme que tenía que soportar el estado para mantener tanto inútil e improductivo ciudadano, y encima en edad provecta que precisa cuidados sanitarios y sociales. Se fueron formando dos grupos, los defensores  de la voluntariedad en una edad propia, los setenta años, y los que defendían que  la jubilación no se adecuaba a las necesidades  de los ciudadanos, sino al ciclo circadiano de la muerte natural. La pasión fue apareciendo en el comportamiento de algunos ya si, tertulianos, y se organizó una algarabía impropia de unos seres civilizados como nos creíamos. Tanto fueron las palabras, que pasaron de gruesas a   violentas, y terminó en violencia física con mamporros de inolvidables catadura.
Recibí mi merecido sin haber participado ni tomado parte alguna, como me suele pasar, y sufrí lo indecible para restablecer el orden con la exclusiva ayuda del camarero de sala que nos debería haber traído el almuerzo. Cada uno salió como bien pudo, entre el entramado de sillas y mesas rotas, pagué los desperfectos de mi exclusivo peculio y nunca más volvimos a saludarnos. Por supuesto no volví a pertenecer a ningún grupo de amigos o similares. Se que nariz rota se dedicó al deporte de la  bicicleta y que algún que otro porrazo ha recibido, de los demás nadie me ha contado ninguna noticia. Sé que todos se jubilaron y reciben la pensión del estado, pero  también, que miran con recelo cuando pasean por las calles de nuestra ciudad.


INDALESIO  Febr. 2014