domingo, 5 de mayo de 2013

EL ARMARIO DE HERTMANN























El señor HERTMANN volvía cada verano a descansar en la Pensión Alemana que se encontraba algo apartada del bullicio del centro de la ciudad. Era una urbanización de personas mayores con algún aislado y poco travieso niño aburrido, lo cual daba una tranquilidad grande a la persona que deseaba descansar con los rigores del verano y su canícula. Nadie le importaba la vida de los demás, pero todos conocían las costumbres y comportamiento de cada uno de los habitantes del lugar, salvo la del señor HERTMANN  que solo acudía dos meses al año y no daba tiempo a saber de él. La dueña de la Pensión era de origen Alemán y todos sus clientes por tanto eran alemanes, salvo algún personaje perteneciente a la bohemia del arte, que vivía permanentemente en las habitaciones que daban al jardín con entrada independiente.
Existía un pacto no explicitado, con algún componente de miedo, de que nadie se inmiscuía en la vida ajena, pero todos sabían que en aquella Pensión se refugiaban alemanes participes de la segunda guerra mundial, y HERTMANN no era menos.
Una mañana soleada y refrescada con una brisa de levante, se escucha el runruneo cadencioso de un motor de auto grande  que podía ser un camión, los vecinos apartan los visillos porque quieren saber, y ven un camión humeante que escala la empinada cuesta de la urbanización. Cada cual apuesta por un destino, pero pocos aciertan porque llega casi hasta el final justo a la Pensión alemana.
Dos hombres se bajan del camión y se dirigen a la dueña de la pensión, ella les explica que tienen que subir los bultos a la segunda planta, y los hombres protestan porque sospechan que no podrán. Sale el señor HERTMANN y les ofrece una compensación y su ayuda como hombre fuerte, algún otro  voluntario como el mismo relator deciden ayudar sin ánimo de lucro, solo de buena vecindad.
Varios bultos, maletas y cajas van saliendo del vientre del camión y se van apilando en la puerta, se organiza bajo la tutela y orientación del alemán el desfile de sus pertenencias hasta la segunda planta, hasta que llega lo último, un enorme y pesado armario de madera de caoba y de color rubio.
Los dos hombres lo van desplazando gradualmente con giros progresivos hasta llegar al límite de la caja del camión, allí se decide que se debe de tumbar para sacarlo deslizándolo. El armario es extremadamente pesado y progresa muy lentamente, cuando llega al límite no pueden sostenerlo y cae por el cabecero golpeando una esquina y se abre como una alcachofa podrida. En su interior aparecen grandes cantidades  de papeles de todo tipo, unos escritos a mano y cosidos a diente de perro, y otros papeles de tipo oficial como certificaciones y documentos informativos, por supuesto todos en caracteres alemanes. Como la carretera esta inclinada, ruedan libros y se desperdigan papeles por todo lo ancho del camino, que son recogidos y apilados junto a los paneles que forman el armario.
El señor HERTMANN esta visiblemente afectado y corre de un lugar a otro recogiendo y ordenando papeles, algunos piden sean llevados a sus aposentos y él pasa el resto de día subiendo y ordenando papeles. Cuando llega la noche aún no han conseguido recuperar todos y se cumbre el armario y los papeles con una lona grande. Todos desaparecen para le merecido descanso, agotados por esfuerzo, el señor HERTMANN agradece la atención prestada, pero los camioneros le exigen sus emolumentos y aunque se dan unas palabras gruesas al fin se llega a un acuerdo y se acaba el disgusto.
Pero aquella noche, alguien guiado por la curiosidad y por algunas pistas que observa cuando ayuda a la recogida, acude amparado por la oscuridad y hurta un bloque grueso de documentos. Se desplaza hacia el recodo de la carretera y lee bajo la tenue luz de una farola de poca intensidad, escoge lo que parece más de interés y el resto los devuelve al interior del armario.
La mañana siguiente, el señor HERTMANN  ayudado por otro personaje que no se reconoce por no perteneces al barrio, terminan de transportar el resto de papeles a los aposentos del alemán, pero dejan el armario en la puerta apilado, y le piden a la propietaria de la Pensión que busque alguien que le interese comprarlo por el módico precio de doscientas pesetas. Se que alguien lo compró, y que aún su nieto le mantiene como elemento de decoración en el salón de su casa, no sin antes haberlo decapado y barnizado. Pero ignora que existe un doble fondo en la base del armario y que allí se esconden documentos comprometedores para aclarar el lado oscuro de la historia de la segunda guerra mundial.
Sé que consta de cinco documentos de depósitos bancario no en moneda sino en lingotes de oro, en el Swisse Bank de Ginebra, por un valor no mensurado, pero que se aproxima a los trescientos  kilos de oro. Los demás documentos desempeñaron un importante papel en el desarrollo del espionaje de la guerra mundial, están documentados por Alan  Turing  y constan de 735 páginas cosidas con hilo de cáñamo y llenas de escólios a pie de página. Casi todas las hojas reproducen formulas matemáticas y ecuaciones logarítmicas, y en su portada lleva inscrito el titulo de: “LIBRO DE LAS ESTADISTICAS DE REPETICIONES”.
Como todos sabemos este
documento sirvió para descifrar e interpretar los mensajes militares, pero lo que nadie sabía era que también estaba a disposición de los militares alemanes, lo cual puede hacer pensar que Alan Turing fue un agente doble y que pudo traicionar a los suyos.
Quizás algún día el propietario del armario se le ocurra desmontar las piezas de madera que forman los laterales y puertas  y buscar el resorte que abre el doble fondo, allí encontrara todo ese tesoro. Quizás no cambiara el curso de la historia, pero aclarara mucha de las incógnitas que aun perduran en la desconocida marcha del curso de la Guerra Mundial. También sabrá quien lo puso allí, los motivos que llamaron la atención al personaje que guardó  estos papeles, e intentar recuperar la propiedad de ese oro que le aliviaría de muchas penurias.


INDALESIO   JULIO 2012