sábado, 5 de abril de 2014

ALGO DENTRO DE MI CABEZA


                             



Sabía que mi padre había muerto de un problema vascular, pero siempre lo recordaba como algo muy lejano, y que me encontraba tan alejado de una edad peligrosa, que nunca tomé precauciones sobre mi salud. Tenía todos los factores de riesgo, fumaba, bebía y comía como un poseso, pero nada me preocupaba, porque además no estaba obeso y cuidaba mi forma física con un ejercicio moderado, jugaba al golf.
En todos los años de mi existencia no había tenido ninguna enfermedad sería, algún achaque ocasional que podía resolver con un analgésico, y pare usted de contar. Lo que ocurre a partir del 12 de febrero de 2010, forma parte de recuerdos pero poco fiables porque sufro un trastorno físico y psíquico que me produce muchas limitaciones.
Me han contado que me encontraba jugando al golf, cuando al realizar el segundo golpe del hoyo nueve me desvanecí cayendo al suelo. Me hicieron primera asistencia, compañeros de partida médicos, mientras llegaba una ambulancia de los servicios de urgencia. Que entré en estado de coma en el Hospital y que me diagnosticaron de accidente cerebro vascular, que me hicieron cantidad de maniobras diagnosticas y terapéuticas por el interés que mostraron mis amigos médicos, pero que auguraban un mal porvenir porque la destrucción de cerebro que padecía era tan extensa que seguro me dejaría secuelas graves.
A partir de los siguientes días comencé a despertar mis sentidos muy lentamente, y solo desde la tercera semana  comencé a sentir. Reconocí a mi mujer y mis hijas, pero cuando intentaba  hablar solo conseguía  balbucear cosas sin sentido. Como me agité me dieron explicaciones y me pidieron paciencia para conseguir recuperarme, y que empleara todas mis energías en la rehabilitación. A los varios días apareció una joven que dijo llamarse Cándida y que se ocuparía de mi fisioterapia. Le miré como si usara  signo de comprensión y asentimiento y me sonrió. Levantó el brazo derecho y me pareció que levantaba el de alguien ajeno, cayo inerte junto a mi cuerpo. Con la pierna derecha paso igual, no conseguía reconocerla como mía y no tenía actividad alguna. Mi lado izquierdo no parecía tener deficiencia alguna, cuando le miraba le reconocía como mi mano de siempre y se movía cuando se lo pedía, eso si realizando un esfuerzo con mi mente.
Dos horas más tarde apareció un señor mayor que dijo ser logopeda, no me gusto porque mascaba chicle y comenzó con bastante desgana a pedir que dijera el abecedario, como si fuera un niño pequeño, por más que lo intenté no conseguí articular palabra. Se fue cuando le miré con los ojos de “vete a hacer puñetas” 
La tarde estaba dedicada a mi familia, que se sentaban y cuchicheaban, me imagino cosas de sus vidas llenas de esperanzas. Usando mi mano izquierda hice señas para conseguir papel y lápiz, pero solo al final me prometieron traer una pizarra de cuando eran jóvenes y les enseñaba las letras.
Aquella noche sentí escalofríos y me invadió un terrible pesar. Cuando llego Cándida en la mañana siguiente, le miré con los ojos de tristeza y me entendió. Se sentó junto a mí y me dio papel y lápiz. No tenía práctica y me costó colocar alguna palabra, pero le escribí “Ayúdame” Sonrió y me tocó la mano con cariño, después muy en su papel comenzó a moverme mi absurdo  lado derecho del cuerpo, y todo seguía igual, el antebrazo doblado sobre un codo muy rígido y los dedos cada cual por su lado señalando las direcciones del espacio.  Ante mi especial desmotivación me propuso ir al gimnasio el día siguiente, para comenzar a levantarme y  ver las cosas de forma distintas, se lo agradecí y paso otro día con logopedas, visitas, familia y quizás deudores. Estando al fin solo, pude centrarme en escribir algunas notas, cuando mi mujer vino a última hora de la tarde-noche se lo enseñé. Le pedía me ayudara a bien morir, no quería vivir con esta severa limitación y dependiente todo lo que viviera de ayuda ajena. Con mucha paciencia me pidió comprensión para con toda la familia, que no fuera egoísta y que seguro me recuperaría lo suficiente para tener independencia. Que había hablado con los bancos y que había liberado nuestros dineros y que disponiendo de él y con su gestión, seguro que no tendrían dificultades. Negué con la cabeza y señalé el papel, quería que entendiera que yo quería evitar pasar por todo este calvario. Me contentó con unos “cariños” poco sentidos y me aseguró continuaríamos aquella charla.
Pasé toda la noche en blanco pensando en como podría retomar las riendas de mi vida, porque algo tenía seguro, así no estaba dispuesto a mal vivir lo que me quedara de vida. ¿Pero como? Escribí y firme unas últimas voluntades para disponer de libertad y tiempo en acabar lo que yo dispusiera, y me quedé dormido bastante satisfecho de mis decisiones. 
Me despertó el ruido del desayuno y el griterío de las pinche, pero aunque había dormido poco y lo sentía dentro de mi cabeza, estaba contento. Ya con más práctica conseguí escribir otra nota para la dulce Cándida, que en cuanto llegó para acompañarme al gimnasio, se la entregué. Se sentó  en la cama y me habló con entereza. Estaba viviendo con una chica  y era feliz con ella, su religión le impedía tomar medidas trágicas para con la vida de los demás y de la suya, y el único sentimiento que tenía para mi desgracia era luchar para conseguir mejorar mi calidad de vida. 
Perdí las esperanzas y entre en una profunda depresión que solo se alivio con el uso de medicación intensa y el alta hospitalaria para continuar la rehabilitación de forma ambulatoria. Durante tres meses  me rehabilitaron diversos fisioterapeutas que consiguieron poco, hasta que la Compañía de Seguro decidió  a través  de un pomposo médico rehabilitador darme el alta. Mi situación era la siguiente, una severa incapacidad  física, a duras penas caminaba y contando que me desplazaba hacia un lado, no podía hacer la mayoría de las necesidades higiénicas, me cansaba prestar atención más de veinte minutos por lo cual leía muy lentamente, me era imposible salir a la calle por agotamiento físico, había perdido mi interés por los sentimientos y por el sexo, y yo solo era y soy, un remedo de lo que he sido y es una persona. Mi familia me propone llevarme a un clínica donde tenga los cuidados necesarios y me ayude a valerme solo, pero sé que ni llega al grado de compasión, es solo que están cansado de ver un ser aburrido y tullido, que no tiene esperanza y solo desea morir. Cada día me dan montones de pastillas de Xeroquel, que yo sé acabaran conmigo y mientras espero, sentado en un butaca con una ulcera en el sacro y mirando a un infinito que parece interminable. Si alguien quiere visitarme, vivo en la Residencia Diógenes, calle del Buen Suspiro numero 22 de la ciudad de Bucaramanga. 
INDALESIO  Marzo 2014