jueves, 3 de enero de 2019

PÁNICO EN SAN TELMO




No conozco a nadie que sufra como yo de crisis de pánico. No sé si habéis presenciado una crisis, yo nunca, hasta que lo viví en primera persona. Imaginaros una excursión campestre de cuatro amigos, imaginaros que se va descubriendo la ruta conforme se avanza y de cuando en vez pararnos para tomar nota de los sifones hidráulicos que nos encontrábamos. Llevaríamos caminando dos horas, con un magnifico estado de ánimo, cuando descubrimos una represa de unos seis metros de altura. Verdad es que, estaba parcialmente aterrada por el lado sur, pero claro había que subir por un lateral de la represa para acceder al lado sur. Mis compañeros subieron con una total indiferencia ayudados por sus bastones de marcha. Yo me lancé más por vergüenza que por convicción, y me dí cuenta que no disponía de suficiente valor o seguridad. Me separé del lugar de la subida y miré hacia arriba, mis tres compañeros apoyados en sus bastones me miraban con asombro. Yo también, y por vergüenza me lancé contra aquel farallón terrizo. Sentí que algo en mi barriga se arrugaba y que una grave sensación de miedo me atenazaba, pero habiendo llegado a la mitad peor aún sería el retroceder, así que me tumbé sobre el suelo y gateé como un niño pequeño. Pero llegué a la cumbre de la represa, eso si mi corazón palpitaba como una locomotora y para mis adentros juré nunca más someterme a semejante riesgo, al menos para mi, porque a ellos le llamó la atención que esa pequeña dificultad me hubiera parado y medio sometido. Recibí promesas de ayudas, de forma gradual y progresiva, yo no lo veía claro pero lo agradecí.
Continuamos el recorrido hasta un punto en que había que pasar por los restos del acueductos y era el único paso posible. No tendría mas de veinte centímetros de anchura y volaba sobre una caída de más de veinte metros. Yo caminaba distraído tras mis amigos, hasta que de pronto me dí cuenta que estaba sin apoyo ninguno y solo sobre la canaleta del acueducto, sentí algo que no se puede exagerar, pero para mi era la caída y muerte. Mis sentidos se dispararon y sentí una crisis de pánico inimaginable, si me desplazaba a un lado el vacío de la izquierda y en la derecha unos arbustos. Ciego de exaltación solo se me ocurrió abrirme de piernas y dejarme caer abrazándome al endeble acueducto. Grité pidiendo ayuda pero no podía moverme aunque tenia mis uñas clavadas en los restos de ladrillos. Mi amigos no podían volver y además ya se encontraban al final de la dichosa construcción. Yo solo pude respirar rápido y profundo para tranquilizarme, después comencé a deslizarme hacia atrás, eso si atenazado y espástico. Pero llegué a tierra firme y pude apoyar los pies en el suelo, entonces me reprimí los deseos de gritar, llorar o de maldecir. Cuando me levanté y salí de aquel laberinto, estaba tiritando de miedo y cuando quería recordar lo pasado me volvía el pánico. Salí de aquel lugar por la orilla contraria. 10/03/2016  INDALESIO