jueves, 14 de abril de 2016

BAJO SOSPECHA






No a todo el mundo le interesa disputar para conseguir objetivos lustrosos, o lo que es lo mismo, no todos los humanos son ambiciosos. Rodolfo Malvasía, desde luego, era uno de esos. Había enfocado su existencia hacia la serenidad, procurando, eso sí, cumplir con las obligaciones cívicas derivadas de la condición de ser vivo. Entendía que la evolución es un proyecto colectivo dirigido a la mejora de la especie, esa punta de lanza de la vida, en el que había que implicarse para ayudar al progreso, auque lo que él entendía por progreso no coincidiera con lo que daban a entender los dirigentes del planeta. Pero en lo referente a la parcela privada procuraba no buscar ni acumular eso que se conoce como éxito. Se encontraba conforme con su condición personal sin reclamar algo distinto de lo que le había tocado en suerte ni creerse con más derechos que los que le correspondían. Su objetivo era ser feliz o acercarse a un estado lo más parecido a eso. No empujaba ni quería ser empujado, pero para mayor tranquilidad, procuraba aportar a la sociedad más de lo que ésta le exigía legalmente.
Como conocedor de ciertos conceptos termodinámicos sabía que el futuro es la entropía. Con ese porvenir por delante estaba seguro que no había que esforzarse por sobrepujar al destino. El objetivo era mantener un estado estacionario satisfactorio, gestionando con acierto las pequeñas recompensas que ofrecía la realización eficaz de las ocupaciones diarias. Por eso cuando el viernes por la tarde, después de aparcar el auto en el sótano de los grandes almacenes donde solía adquirir comida, vio en un rincón un carro de la compra con una bolsa de cuero medio abierta, se dirigió al vigilante de seguridad para informar de lo que entendía era un olvido. El guardia, contrariado por el aviso que lo dejaba en evidencia, contestó, algo mohíno, que iría a inspeccionar. Pensando, al ver la reacción displicente del agente, que quizás se había extralimitado en su celo social, Rodolfo se dedicó a recorrer los pasillos entre los estantes repletos de productos superfluos, disfrutando como Sócrates, de la cantidad de cosas que no necesitaba. La abundancia es un reclamo para personas inseguras que creen llenarse de contenido al llenar el carro, pero a él no le apremiaban estas compensaciones. Hizo su trabajo con profesionalidad eligiendo lo que tenía previsto. Cuando estaba en la cola esperando pagar lo seleccionado, se le acercó el empleado de seguridad al que había alertado, para pedirle que lo acompañara al despacho del jefe en donde encontró a la plana mayor de la policía, encabezada por un comisario al que conocía de niño. Después de saludarse con rapidez, agentes de la bofía considerados expertos, le hicieron algunas preguntas sobre si había observado algo sospechoso a las que contestó que no. A renglón seguido le informaron que había descubierto una bomba recién colocada, tanto que quien dejó el paquete no tuvo tiempo de dar la señal de alarma como acostumbran en estos casos. Como no había tiempo que perder, su amigo le dijo que volverían a hablar pero que ahora lo que procedía era evacuar el edificio. Sin coger el coche ni la comida se escabulló para pasar desapercibido porque lo que más temía era verse en las garras de la prensa sensacionalista. El asunto se resolvió sin mayores complicaciones. Empezaba la temporada de verano, vivía en una zona turística del litoral y, como todos los años, los fanáticos intentaban asustar primero y pasar el cepillo después, algo que habían aprendido durante su periodo de formación como monaguillos. Rodolfo no fue identificado ni molestado, se le agradeció su servicio y se le mandó la compra gratis a su domicilio. Ni siquiera tuvo la debilidad de pavonearse en el trabajo porque prefería el silencio al ruido cutre de una pasajera fama local. Se consideró un miembro útil de la comunidad a la que había servido como debía.
Cuando el sábado subía con la bicicleta un carril empinado que cruzaba vegas siguiendo el cauce seco de un arroyo, el recuerdo de su aportación al bienestar común le daba fuerzas para pedalear. Como se iniciaba la estación calurosa había salido temprano bien provisto de agua que consumía a su debido tiempo, anticipándose a la sensación de sed como mandan los cánones. A eso de las doce se paró para orinar debajo del puente de la autopista. Estaba comprobando el color y la densidad del chorro, que hacía un pequeño hoyo sobre el polvo, para sacar conclusiones sobre el grado de hidratación con el que terminaba el entrenamiento, cuando vio un artefacto que le pareció una bomba a la espera de explosionar. Los cables de colores, la olla en donde estaría la metralla, la pequeña caja negra de plástico que supuso era un interruptor lo convencieron de que aquello era otra advertencia de los terroristas. Se apartó un trecho y llamó a la policía. Al momento varios coches patrulla organizaron un monumental atasco al cortar el tráfico de la autopista mientras era interrogado por su amigo. ¡Qué casualidad! Esta vez le fue más difícil escabullirse. En un coche de atestados con la bicicleta apoyada en el capó, lo interrogaron a conciencia antes de dejarlo partir con disimulo para evitar la prensa. Cuando se alejó del bullicio volvió a subir en la bici pensando, harto perplejo, que alguien podía estar espiándolo porque sentía como si le echaran el aliento en el cogote. Comentó el suceso en casa con cierta preocupación recordando que las preguntas que le hizo la policía no eran tan de trámite como las del supermercado.
El domingo se levantó temprano para hacer una pequeña excursión a un monte cercano a su casa. El recorrido era pintoresco una vez superada la primera parte del camino que llevaba, en medio de basura y escombros, hasta un trasformador eléctrico. A partir de ahí arrancaba una ruta que trascurría entre una arboleda de coníferas arropada por monte bajo, chaparros, sabinas, enebros y madroños espesos. Iba ensimismado sorteando los trozos de yeso, ladrillos rotos y enseres domésticos desechados cuando al llegar a la altura del trasformador descubrió lo que sabía con seguridad que era otra bomba. Nada más verla echó a correr hasta perderse en el bosque donde empezaba el camino amable. Supuso que ya era demasiado descubrir artefactos homicidas por lo que consideró continuar el paseo como si no hubiera visto nada, pero a medida que ascendía empezó a contradecirlo el sentido de la responsabilidad. La policía, que estaba seguro de que lo seguía, podía haberlo visto husmear en la trampa por lo que llegaría a la conclusión de que había ido a inspeccionar. Por otra parte le preocupaba que si aquello terminaba explotando podría dañar a alguien ya que la ruta era transitada los domingos por familias que sacaban a pasear a su niños o al perro. Así que en un claro donde encontró cobertura para el móvil llamó a la policía.
Rodolfo hacía tiempo que había hecho profesión de humildad sacando partido de lo que la vida le había enseñado. Sabía donde estaba, de donde venía, quien era, cual era la playa donde lo había arrojado la marea, todo lo que se necesita saber para adoptar una postura sensata, alejada del mundanal ruido, procurando no solo no provocar la envidia de los dioses, sino, sobre todo, evitar el rencor de sus colegas. Esta salida a la superficie a causa de la casualidad lo sumió, nada más dar noticia de su último descubrimiento, en un estado de preocupada reflexión. Ahora le iba a ser muy difícil explicar su recorrido que iba, no como el de las abejas de flor en flor, sino como el de los energúmenos, de bomba en bomba. El sábado le había costado trabajo convencer a la policía de su inocencia, ahora debía evitar que lo ablandaran de entrada en cuanto lo reconocieran. La policía se rige por reglas muy simples una de las cuales defiende que todo, en general, puede ser una pista y que la falta de motivos ya es en sí mismo una línea de investigación sólida. Esta vez tendrás que venir a comisaría para un interrogatorio en regla, le dijo su amigo atusándose el bigote en una actitud muy alejada de las carantoñas que intercambiaban cuando eran juveniles. El comisario era un tipo presumido de los que creen que el bigote es un atributo varonil que hace atractivo a quien lo porta. Tocarse el bigote con gesto serio era como decirle a su interlocutor que le estaba tocando las pelotas, por decirlo en el lenguaje cómodo en el que se expresan los guardianes del orden cuando creen dominar la situación. Los interrogatorios en regla, como las tormentas que se presentan con un airecillo agradable, pueden empezar con preguntas amables, pero terminan arrasándolo todo. También es una norma policial sospechar más del que no aporta nada que del que desembucha. Rodolfo no pudo dar el más mínimo dato sobre la campaña del miedo que la banda había programado para ese curso, tampoco sabía nada de artillería, no recordaba en que cuerpo había hecho la mili, no sabía lo que era un detonador y ni siquiera conocía la fórmula de la pólvora. Lo más cercano a la química belicista que pudo contar fueron los recuerdos sobre unos juegos peligrosos que hacían de chicos con latas rellenas de carburo que salían disparadas como cohetes al añadirle agua. Una vez, les contó a los policías en plan distendido, que no acababa de explotar una, se acercó el experto a ver lo que pasaba en el momento en el que al artefacto le dio por reaccionar saltando con fuerza hacia la ceja del pirotécnico. Como el juez también quiso indagar en el asunto (la mentalidad de Rodolfo nunca había comprendido que hubiera personas que se ofrezcan para dirimir, además de sus asuntos, los conflictos ajenos y creyéndose capaces de saber donde está la verdad) fue llevado a los juzgados en calidad de testigo, ya que no había datos para imputarlo. El lenguaje que utilizó el señor de la toga fue menos coloquial que el que utilizaban los policías que intuyeron en seguida que aquello era un pozo seco. Si a uno lo acusan de sospechoso de sabio no corre más peligro que las zancadillas que le pondrán los necios, pero ser sospechoso de colaboración con banda armada te coloca en una situación en la que todos tus detalles, tus gestos, tus silencios son dudosos. Con rostro serio, asustado, respetuoso, respondió a lo que se le ocurrió preguntarle el señor de la verdad que no tuvo más remedio que dejarlo en libertad o más bien echarlo a los pies de los caballos porque le hizo salir por la puerta principal de la audiencia.

CIRANO