domingo, 13 de junio de 2021

MISTERIOS DE LA PINTURA

 





Nací y me crié en el seno de una familia culta con ramalazos artísticos y amantes en especial de las pinturas. Mi padre que era un buen comerciante y dotado de una saneada economía, tenía como afición el chamarileo de cuadros de oleos de pintores de una afamada paleta pictórica. En el salón de mi casa las paredes estaban colmatadas de cuadros de distintos tamaños y coloridos, adquiridos por compras en casas de antigüedades o ciudadanos en dificultades monetarias. Quizás yo me fijaba mucho en sus coloridos, pero he de decir que esos cuadros quedaron fijados en mi dilatada memoria y los podía identificar a lo largo del tiempo. Es de suponer que tenia mis favoritos porque pasaba más tiempo observando algunos en especial y sobre todo me apasionaba los retratos y los oleos de figuras religiosas o guerreros en acciones de guerra. Cada verano en los momentos de descanso después del almuerzo me tendía en uno de los sofás y me dejaba llevar por la imagen de algunos lienzos que me sugería una historia o aventura, y mientras entraba en el duerme velas se desarrollaba una acción que me permitía quedar ausente de la realidad, y entraba en cataplexia. Pasaron los años y las costumbres familiares se fueron alejando, pero al menos a mi me continuó quedando la afición por los cuadros, aunque no tanto como para vivir de ellos. Por mi profesión acudía con relativa frecuencia a domicilio particulares para asistencia sanitaria y con relativa frecuencia me compensaban los tratamientos clínicos con una dita que yo ejecutaba con cierto nivel de exigencia. En cierto momento me encontré con una familia de la burguesía malagueña que había tratado con bastante éxito de unas fiebres palúdicas, así que cuando le dí el alta aquella noche coloqué un cuadro de cuarenta por veinte y cinco en el asiento trasero de mi Ford modelo Cuba, envuelto en una manta de la cruz roja que lo cubría en su totalidad para protegerlo, no vi de que se trataba pero sospechaba que no sería una joya pero si suficientemente interesante y quizás de cierto valor. Cuando llegue a casa procurando no llamar la atención, ya que mi esposa odiaba la pintura y también los dispendios a que yo la sometía, dejé el cuadro sobre la mesa de mi despacho y hasta el día siguiente no pude contemplarlo. Al quitarle la manta lo primero que apareció fue el marco dorado con objetos de relieve simulando flores, era un marco de bastante anchura y muy bien dorado sin estridencias de intensidad dorados, luego quedó al descubierto el lienzo con una primera impresión de tonalidades oscuras.

Llama la atención que el oleo tiene dos partes, la de la izquierda una única imagen de pie, en el segmento derecho una mujer con tres niños en actividad. Retiré la manta en su totalidad y contemplé el cuadro desde un metro de distancia y a la altura de mis ojos, la perspectiva era magnífica y solo me parecía algo oscuro en determinados segmentos. Me fui acercando y mis ojos se fueron adaptando a la tonalidad general de cierta oscuridad, luego diafragmé en los dos segmentos y los miré con curiosidad. En la derecha una virgen sentada y jugando con los tres niños, el fondo de esta porción es piedra roca cerrando todo el farallón posterior, la virgen mantenía en brazos un niño sin ropaje, los otros dos impúberes contemplaban a la madre y sus hermanos. Supe que este cuadro tenía bastante más valor que el que yo sospechaba, estaba pintado sobre madera de gran valor como podía ser la caoba americana, de ahí la oscuridad general. Los niños estaban pintados con grisalla realzando los margenes. Representaba el conjunto de rocas e imágenes, la desobediencia hacia la autoridad eclesiástica, según eran mis conocimientos y los que me enseño mi padre. La imagen de la izquierda estaba de pie, le cubría un manto de color verde con ribetes de oro, los pies superpuestos y apoyado sobre una luna invertida, el derecho sobre el izquierdo. Ambos brazos salen de debajo del manto, uno lleva báculo de autoridad sujeto con la mano derecha, la mano izquierda sujeta un plato con doce monedas. Me quedé sorprendido de la belleza del cuadro y de la enorme cantidad de simbología que portaba el oleo, ya que con muchas posibilidades la pintura era de antes del siglo xvI y cuyo origen podría ser de un monasterio de la iglesia luterana holandesa. Lo guarde con rapidez por dos motivos, un porque el valor del cuadro podría ser altísimo y en segundo lugar porque si se restauraba se le podría sacar aun más belleza. También el mensaje del cuadro o mejor de las composiciones pictóricas tendría enorme valor por su contenido histórico, lo cual aclararía muchos misterios que los poderes eclesiásticos continúan ocultando. Una semana después y habiéndole consultado con la familia que me endoso el cuadro decidí devolverle a sus legítimos propietarios para que comprendieran que no quería abusar de mis conocimientos ni del valor histórico que poseía el oleo. Se que vendieron el cuadro por un valor enorme que les sacó de la situación de penuria en que se encontraban, yo por contra fui compensado con un oleo de Bernando Ferrandiz, que era magnifico y que no ocultaba ningún misterio.

INDALESIO