domingo, 8 de noviembre de 2020

LA MUERTE DE CHOPiN






Me había cambiado de casa por motivos laborales, necesitaba estar más cerca de mi trabajo ya que el horario era muy rígido. En realidad no tuve dificultad en encontrar un apartamento en esos preciosos barrios de la periferia de la ciudad, pero como no era barato puse condiciones al propietario del piso que aceptó con facilidad y sin poner excusas con la bajada temeraria que le propuse. Inicialmente me extrañó pero luego pensé en lo caprichosos que son la burguesía de esta ciudad. Solo me pidió que el contrato no fuera oficial para evitar recaudación abusiva del Ayuntamiento. Y como no soy un santo y mis emolumentos son escasos, acepté sin mayores discusiones. Aprovechando el fin de semana organicé el traslado con bastante metódica para realizar lo sin mayores demoras. He de advertir que soy una persona difícil, estoy sometido a unos rigores personales muy rígidos y a veces caprichosos, tanto que tuve que prescindir de la convivencia con mi familia porque fueron apareciendo algunos gestos de desagrado. Me había tratado un famoso psiquiatra tanto con psicoanálisis como con grandes cantidades de medicación, y con un resultado muy mediocre, tanto que hasta yo mismo me apercibí y acabé mi terapia con dos potentes guantazos que le dejó sin sentidos y con una demanda judicial. Bueno pues por esa actitud tuve que recomponer mis comportamientos, y realizar un esfuerzo para acabar con mis actitudes de violencias y comportamiento agresivo. Y en verdad que ahora llevaba más de cinco años sin ningún brote de agresividad ni violencia, y sin medicación alguna, aunque en realidad recuerdo un brote psicótico que me aconteció con una novia con la que conviví durante varios meses, fue muy violento ya que lancé por la ventana todas las pertenencias de aquel piso y si no lancé a ella fue porque se encerró en el cuarto de baño. Aquello me acarreó seis meses encerrado en un psiquiátrico y con tricíclicos a espuertas, pero una vez más recompuse mi vida con un reiterado control clínico y vigilancia de comportamiento por mi médico de cabecera, y algo que siempre agradeceré un trabajo de acomodador de la sala de música del teatro principal de la ciudad. Cada concierto, los viernes tarde, un vez terminado la recogida de billetes y cerrada las puertas hasta el descanso, me acercaba al palco principal donde sabía que no había nadie, las autoridades no suelen acudir al concierto, y me sentaba en la segunda fila donde no podía ser observado y escuchaba la música. Poco a poco, fui entendiendo de notas musicales, y con la ayuda de un pequeño libro sobre  el tratado para entender la buena música y sus compositores, así fui adquiriendo una dilatada cultura musical. Con estas pocas cosas era feliz, fui haciendo una completa colección de discos de música que escuchaba en un reproductor de segunda mano que había adquirido, y en el nuevo apartamento me encontraba muy confortable y acompañado de mis músicos preferidos. Conseguí escuchar determinado compositor dependiendo del estado de animo con que me levantara, así elaboré un algoritmo basado en la rotación y en las faenas que tuviera en mi casa. Había un músico que destacaba por encima de todos, era Chopin. Tenía cinco versiones de sus Nocturno y era tan grande la pasión que tenía por él que superaba con creces la música de mi otro compositor de cabecera los poemas sinfónicos de Liszt. En la mañana del veinte y cuatro de noviembre ojeaba una partitura de los Nocturnos, el op.62.1 cuando escuché el sonido de un piano que aporreaba las teclas de forma descarnada y precisamente un Nocturno, me levanté de la butaca y me asomé a la ventana, era un joven que con severos gestos golpeaba el piano, intentando reproducir un Nocturno. Grité para llamar su atención con tan mala fortuna que me precipité por el balcón cayendo sobre mi espalda. Quedé parapléjico y todos pensaban que fue otro intento de suicidio, aunque yo sabía que la música me había traicionado y que por su culpa   había sentido que me empujaban desde atrás, o al menos esa fue la conclusión a la que llegué. Nunca  quise saber nada de música  ni de los músicos  traidores.

INDALESIO