lunes, 9 de septiembre de 2013

EL NAUFRAGO DE LAS DOS ORILLAS







            Santiago Individuo era por entonces un poeta olvidado de poco fuste que dudaba entre mantenerse en el anonimato o darse a conocer, sabiendo que sufriría el desprecio de los consagrados junto a la envidia de los consanguíneos. Intuía que el tiempo le iba a ser propicio cuando conoció a Alejandra Concepción Armenteros, asidua de conferencias y conciertos, dada al estudio, al trabajo, a una alegría infundada de soledad, sacrificada por un revés del azar que la dejó sin las frustraciones de la rutina del matrimonio, porque apagó de pronto la llama que todavía calentaba en la casa solariega de los Carvajales. Amparada en silencios de precipitada madurez, crió a los retoños en el olvido, un distanciamiento que se impuso como homenaje al tiempo de felicidad, pero sobre todo, con resolución de heroína, una apuesta a lo cotidiano sin concesiones a la pena para que no turbara el despertar de unas bellezas que recordaban el tallo cimbreante de las palmeras rubias de los desiertos. Además, los hijos, de motu propio, se dejaron llevar por el pensamiento de la madre que los guió con la docilidad del amparo protector de la debilidad. No utilizó la fuerza de carácter que debía emplear en el trabajo para conducirlos por el camino que consideraba acertado, el que le inspiraba el sentido propio, la sencillez, la lógica de su situación y todas las dificultades que la vida pone en la trayectoria de los mortales. Crecieron en la armonía y en la concordia, asegurándose cada uno la complicidad de los demás para cubrir sus necesidades que venían a ser las mismas; compartían lo compartible, evitaban enfrentamientos, dominaban las necesidades que pudieran entrar en conflicto con los intereses de los otros. Alejandra leía los pensamientos de su hija porque conoció a su padre y sabía lo que los genes podían aportar. Cuando la niña empezó a sentir los poemas de Santiago Individuo, notó que aquellos versos limpios, burdos, elementales como refranes por inventar, se pegaban en el alma sencilla de su hija como la arena mojada se pega a los pies en la playa; sabía que bastaba con dejarla secar para deshacerse de ella, pero no le gustaba que su hija sintiese ese cosquilleo pueril de persona inconclusa. No creyó conveniente contradecirla en algo que podría abrir la primera diferencia seria en sus relaciones, pero sintió un escozor agrio al que se resistió a darle el nombre de celos.
            Saborear el alma de un poeta a través de sus versos es como desnudar a una mujer con el pensamiento, nunca se llega a la verdad, nunca se descubre nada, nunca se besa la carne ni se siente el aroma oculto de la piel guardada. Toda interpretación es una conjetura, es una inmersión en la propia vida amparado en recursos ajenos. Es casi siempre el reflejo de uno mismo; se alaba lo que a uno le gusta porque se parece a sí, se critica lo que uno detesta porque no se encuentran referencias en uno mismo.
            Los poemas de Santiago Individuo no tenían la más elemental trama, eran como hojas secas que descansan en las umbrías a la espera de que la humedad las destruya. No tenían más que ser apretados con la mano para que se deshicieran como figuras hechas en arena. A veces podían ser decorativos como flores de plástico, aunque como elementos ornamentales eran imprevisibles. En ocasiones podían causar una impresión agradable al transmitir el sabor ligero de lo intrascendente, la alegría de lo meramente efímero, pero otras, eran sencillamente empalagosos y vacíos, aunque eso no era motivo para desdeñarlos ya que podían causar impresión en el alma débil de una niña, sobre todo, si eran recibidos del labio de su autor.
            Alejandra no leía los versos para satisfacción de su espíritu ni tampoco para criticarlos, indagaba los efectos que aquellas apretadas caricias podían tener en Concepción, obligada novicia de pasajes donde lo intrincado se convertía en simple y lo difícil en fácil. Hablar de amor como lo hacía Santiago Individuo podía parecer hasta impúdico en una persona de su edad y de su retraimiento, pero resultaba eficaz y contagioso. No se podía decir que fuese relamido o cursi, era simplemente fiel a una verdad que late en cada uno de nosotros y que casi nadie se atreve a enunciar o a reconocer. Su pasión aflorada con naturalidad, no era el premio a un acto heroico o una desventura dolorosa como padecían los románticos, tampoco se trivializaba ni se rebajaba a hechos fisiológicos como pretendían los novísimos distanciados del amor como si la realidad se analizara a través de un experimento, era tan cotidiana, tan natural, tan poco poética si se quiere, que resultaba de una fogosidad contagiosa, estimulando secreciones que ella pensaba que tenía definitivamente cerradas, provocando la aparición de un ambiente de enrarecidos perfúmenes que dio lugar a que el deseo se apoderara de Alejandra y que la inquietud la visitara cuando la niña salía sin decir a donde iba. Llamaba a Santiago Individuo con excusas mínimas indagando asuntos que no le correspondían, le comentaba versos y le interpretaba su obra con exageración. Terminó por enamorarse del poeta por prevención, con la ferocidad de una madre que imaginaba defender a su hija cuando, en realidad, lo que hacía era dar salida a una pasión demasiado tiempo retenida.
            Mientras tanto Concepción se dejaba llevar por una de esas pasiones que devoran en la adolescencia: sin complejos, sin límites, sin pormenores, arrastrada por ella misma, consiente de que aquel hombre no era su hombre, pero que en esos momentos era el hombre. Amaba con despreocupación, sin las inquietudes que atenazaban a su madre, comprendiendo la simplicidad de los actos y la profundidad de los placeres. A medida que se consumaban los retos que al principio le parecían imposibles crecía en ella una sensación de seguridad que la elevaba por encima de las demás niñas de su edad; conoció que no hay nada como conservar un secreto para sentirse superior, se hizo mujer en los brazos del poeta y se alejó hacia su vida cuando comprendió que todo lo que podía esperar de la madurez era confianza.
EUBULEO BOMHOME

*Capítulo, o cuento, de un tratado en ciernes de Gramática Parda

sábado, 31 de agosto de 2013

NOSTALGIA I (EL JOVEN UNIVERSITARIO)



                                                  


                                         

Descubrí que con poco conseguía mucho. Así que me incliné por despreocuparme y vivir bastante, la vida de universitario.
Durante los cursos de preparación para la Universidad, dediqué todo mi tiempo al estudio, no había otra opción en mi familia,  fui un estudiante normal, nunca destaqué en nada, pero tampoco suspendí, así que mi padre decidió que tenía que estudiar la carrera de Farmacia. Yo ignoraba que tuviera esa afición, y me aterraba la idea de pasarme la vida detrás de un mostrador, además de tener que aprenderme la vida de animales y todas las plantas, para después saber localizar el lugar donde guardaba la aspirina. Pero en mi casa nunca se discutían las órdenes de mi padre, así que fue matriculado en la ciudad de los mundos árabes, por el habilitado de mis padres, que me encontró una habitación  con derecho a baño y una casa de comidas donde podría saciar mis necesidades culinarias.
Ingresé como no, en la Facultad de Farmacia, distante unos minutos de mi lugar de residencia, y desde las primeras clases supe que aquellos estudios me aburrirían todos los años, porque yo era más próximo a las letras que a la colección de términos aburridos y sin ningún interés. Busqué un curtido estudiante con años de experiencia, en los primeros días de asistencia, y resulto todo un éxito para mis proyectos. Se llamaba Ureña, llevaba seis años matriculado en las más blandas materias de la Carrera, y cada años entregaba a su padre unos resultados que le mantenían tranquilo en cuanto el porvenir de su hijo. Me facilitó en pocas palabras lo que yo necesitaba, las excusas oportunas y la inversión de tiempo justa para contentar la progresión de mis estudios sin provocar inquietud a mis amados y exigentes padres.
Como mis padres me habían matriculado en el curso completo, dividí las materias en dos bloques, las que seguro aprobaría con el apoyo de Ureña, apuntes y conocimiento e influencia de profesores conocidos por él, y las que tendría que estudiar a fondo. Haciendo cálculos supe que tardaría ocho años en completar mis conocimientos y conseguir el título de licenciado.
Ureña consiguió como compensación una guitarra española, que le fuera útil para sus juergas con los tunos, motivo fundamental de su estancia en la ciudad de la Alhambra, y una amistad que en alguna ocasión le facilitaría coartadas en las visitas de su padre, con mi presencia, como compañero de estudios y de habitáculo.
Tardé tres semanas en aquilatar todos estos asuntos, que una vez resueltos me dejó vacío de ocupaciones. ¿Qué hacer? La verdad es que no me gusta el deporte, ni las actividades artísticas, quizás solo algo el cine, pero me sobraba tiempo ampliamente. Decidí recorrer la ciudad y conocer calles y lugares poco visitados, extraña afición a la que me fui acostumbrando, más llevado por la curiosidad que por un interés especifico. 
Paseé por los jardines del Generalife y en especial por los de Torres Bermejas, en cuyas umbrías me acomodaba para dar alguna cabezada y escribir algunas notas que pasaban por mi atormentada cabeza. Así descubrí que era una persona solitaria, quizás porque no me implicaba en hacer amigos y bastante menos amigas, quizás por mi timidez e incluso por mi pereza. Aunque en verdad no me preocupaba mucho, estaba a gusto con mi compañía y justificaba la ausencia de extraños por una cuestión de tiempo, quizás ya más tarde haría amigos y me buscaría novias.
Una tarde del mes de Noviembre, después de dos meses de estancia en la universitaria ciudad, sentí la necesidad de hablar, de que me contaran cosas y yo a su vez poder relatar inquietudes, quizás no profundas, pero si que me producían algún desasosiego. Caminé con las manos en los bolsillos de mi  habitual parca marinera, sin un rumbo fijo, hasta que divisé un letrero que indicaba un Pub de copas y señoritas llamado “EL SABATTINI” Pasé de largo cuando quería ir dentro, pero me daba vergüenza entrar porque me podían ver. ¿Pero quién me vería? Muy pocas personas me conocían, y además me apetecía entrar, aunque jamás había entrado en un lugar como este. Así que giré sobre mis talones y volví, en una maniobra tan forzada que cualquiera que me viera se sorprendería de mi brusquedad e indecisión.
Me apoyé en el asa de entrada y empujé, pero la puerta estaba bloqueada, la solté, y rojo de vergüenza  me dispuse a continuar mi recorrido. Entonces la puerta se abrió en el sentido contrario y apareció una cara de mujer que me llamó y con la mano me indicó el interior. Ya no tenía remedio, me introduje en el garito y me cegó su oscuridad y llamo la atención el olor a cerrado y a pipi de gato. Antes de que pudiera reaccionar, la mujer que me abrió la puerta, me sujeto del brazo y me empujo hacia la barra. Me senté y ella a mi lado. Era bajita y rellena de carnes prietas, llevaba puesto un traje rojo muy escotado y algunos abalorios en cuello y muñeca. Al sentarse en el taburete enseñó las rodillas y unos muslos de carnes blanca y duras embutidas en unas medias cristal. Procuré no mirarla con descaro, y le pregunté con voz entrecortada, su nombre. Ella sonrió y me dijo cualquier nombre, después de corrido, algunos datos biográficos que no le presté mucha atención, pero que me tranquilizo por ocupar ese tiempo de charla.
Después pidió una copa de un cóctel de champán, no sin antes preguntarme si le invitaba, y yo pedí un coñac 103 para demostrar mi adultez. Hablaba bastante y eso me gustaba, porque yo respondía con monosílabos y el esfuerzo era de ella y no mío. Quizás lleváramos media hora juntos, cuando ella me pasó la mano por la bragueta y me preguntó  como estaba mi manolito, respondí aturdido que muy bien, pero ella ya supo que yo era virgen y que no sabía del asunto nada. ¿Prefieres charlar o follamos? Le respondí que quizás otro día, pagué y me fui.
Esta misma escena la repetí varias veces, siempre con la misma chica, que ya me dijo su autentico nombre, Angustias. Y conforme los días pasaban fuimos creando mayor confianza entre nosotros, ya que dos veces en semana daba para mucho, según mi escaso parecer y disposición económica. Ella tomó la iniciativa al cuarto o quinto día que nos veíamos, contándome que era de un pueblo cercano, La Gábia y que tenía una niña de seis años, la cual le daba alegría y una necesidad de alimentarla. Que el padre estaba en Alemania desde  hacia dos años y que aún estaba esperando recibir algo de dinero. Había sido peluquera, pero que sus padres no le habían ayudado, motivo por el cual había tenido que elegir esta vida, pero que ya pronto lo dejaría.
Cada día que salía del garito, me imaginaba  salvándola de la vida pecaminosa que llevaba, y ayudándole a educar a su hija, lo cual no quitaba que en la soledad de la noche mi fantasía llegara al orgasmo onanísta. Cuando ella agotó las noticias de su vida, me requirió contarle de donde venía y que hacia allí, entonces comencé a cimentar mi vida de escritor. Una profusa y alocada fantasía comenzó ha salir por mi boca, además sin dificultad y sorpresivamente sin titubeos. Eran tan fantasiosos los relatos que en algunos momentos tenía que parar porque la risa me llenaba la garganta y el corazón. Como la cosa tomaba cuerpo, y cada día mi disposición a contar fantasías aumentaba, quise aumentar mi permanencia con ella, pero me dijo que media hora una consumición. Me quité alguna comida y usaba los ahorros para estar con ella, pero me sentí débil y por puro sentido de supervivencia volví a la casa de comida. Espacié mi asistencia al Pub, con diversas excusas, por temor a que no quisiera acudir a nuestras citas y le propuse que me recibiera en su casa. Lanzó una ruidosa risotada que me dejo confuso y algo desilusionado, me aseguro que estaba prohibido por sus jefes.
Pensé en que quizás mis padres fueran comprensivos y aceptarían que me casara. Busqué a Ureña y le conté mis circunstancias y mis planes, ya que siendo un hombre de mundo, sabría si mi disposición era sensata o una pura locura, algo que yo sospechaba. Pero realmente me había enamorado, no se si de Angustias o de mis relatos fantasiosos. Ureña me soltó un cogotazo de advertencia y con eso recibí su opinión. Pero no solo eso, sino que realmente preocupado por mis afinidades y fijaciones, localizó al habilitado y le hizo participe de mis desvelos.
Aquel fin de semana inesperadamente se presentaron mis padres, recogieron mis bártulos y abandone los estudios de Farmacia. Nunca más supe de Angustias, ni estudie Farmacia, ni volví ha tener  relaciones con mujer alguna. Permanecí  aislado escribiendo fantasías y soñando con un mundo que me era ajeno, pero que me divertía en demasía.

INDALESIO Julio 2013    


                                         N

jueves, 22 de agosto de 2013

PASAJE DE LA VIDA COTIDIANA

                      

Odiaba llegar a casa porque sabía que le esperaba un largo desfile de cosas para hacer, y además todas detalladas en una cartulina pegadas en el frontal de la nevera de la cocina. La inductora era Maruja, su mujer desde hacia siete años. Le había pedido multitud de veces que hiciera acopio de tareas para un día mejor y con mayor disponibilidad, como eran los fines de semana, pero no, siempre se había negado porque los fines de semana quería que la sacara a pasear o alguna función artística.
Aquella tarde llegó especialmente cansado, había sido un día difícil por reuniones y elaboración de la planificación del trabajo del próximo mes. Abrió la puerta esperando que la casa estuviese sin habitantes, Maruja y dos niños, Luis y Alberto, pero sabía que los niños estarían jugando al fútbol y no volverían hasta oscurecer, sobre las nueve de la tarde-noche. Y Maruja era un misterio, unas veces estaba con amigas y otras me esperaba para supervisar las faenas asignadas. Aquella tarde tocaba supervisión.   
Antes de saludar, ya le estaba indicando sus faenas y con su dedo imperativo señalando la nevera y la dichosa cartulina colgada de un palillo.
Soltó con violencia la cartera y dejó caer los brazos en señal de suplica, le pidió unos minutos para tomar una copa que le apartara de la mente el trabajo y sus perlas constantes. Ella, como de forma habitual, le explotó en la cara reproches y su justificación cotidiana, ella se encargaba de las faenas de la casa y era su manera de contribuir al mantenimiento de la familia y de la casa.
Fue hacia la cocina para ver la hoja odiosa, de letra redondeada y cuidadosamente distribuida, y escuchó un primer alarido donde se le reprochaba que no se quitara la ropa del trabajo, que además olía a tabaco y aromas de otras personas. Se giró y miró a su mujer. Era bonita, vestía algo ñoña pero discreta, quizás algo más de seducción vendría bien, pero nunca le había preguntado su opinión y él se acostumbro a no darla. Como le miró fijamente, a ella se le quebró la voz, y le dijo en tono más pausado que arriba tenía ropa de casa. Él continuo mirándola fijamente, quizás fruto del cansancio y de estar pensando en que su vida no se había ajustado a lo que él siempre deseo. Cuando ella le preguntó con tono desabrido, que miraba, el tuvo un pensamiento violento, pero solo continuo con la mirada fija y absolutamente descolgado de la realidad. Entonces tanteó con su mano derecha buscando posiblemente la cartera o quizás algún objeto contundente, según la versión de ella, pero al no encontrar nada, se giró en el mismo momento en que entraron sus hijos por la puerta gritando y peleándose. Aquello rompió la tensión y despertó a mi amigo, bueno en realidad no es mi amigo, es mi cliente. Porque yo soy el que le lleva su divorcio, y lo tenemos duro porque ella le pide la casa, manutención de los niños, y dinero para compensar el tiempo empleado en él y su familia. Y yo se que lo tiene duro, pero que muy duro, aunque ha recuperado su libertad ¿pero a que precio? Aquella noche  bebió mucho y cogió una buena cogorza, que acabó en un escándalo y en la primera demanda de separación, porque según ella la violó antes de llamar a la policía, que solo levantó atestado y la advertencia de que si la denuncia progresaba tendría que responder de las consecuencias que quisiera su mujer.
Cuando la borrachera pasó, pudo darse cuenta de que le había dado vidilla y que ella no era tan mala como creía, algo mandona si, pero que le vamos hacer, nadie es perfecto. Pero no, ella no lo había olvidado y continuó con la demanda, que acabó con mi cliente fuera de su casa, con la perdida de la propiedad de la casa, el sueldo intervenido y una gran numero de obligaciones que le estaba dejando completamente arruinado y en un mal estado personal. Descubrió que cada bronca que tenía, le producía una gran excitación que le hacia tener incluso erecciones, algo que hacia tiempo no padecía, por culpa del alcohol. Así que encontraba excusas para ver a los hijos, y de camino discusión, hasta que el juez busco un terreno neutral para poder intercambiar a los hijos.
Quizás ella, igualmente se acostumbró ha machacar al interfecto y cada varios meses le obsequiaba con otra demanda, que incomprensiblemente y por causas poco claras perdía, hasta que le dejo en la más absoluta de las indigencias, ya que vivía con lo básico de su sueldo y sin poder pagar el alquiler de su apartamento.
Hace un mes recibí una misiva suya, donde me anunciaba que prescindía de mis servicios y que por el momento no podía abonarme mis honorarios. También que, visto el mal resultado de sus acciones legales, había decidido pedir disculpas a su ex - mujer y que le permitiera vivir en la casa y que aceptaba todas sus condiciones.  
Que yo no había podido apercibir que el quería mucho a su familia y que la única solución que veía para su vida era volver a compartir los hechos cotidianos con ellos, dejar el alcohol y volver al lugar de donde nunca debía haber salido.
Olvidé aquel asunto durante varios meses, hasta que me sorprendió leer en la prensa local el anuncio del fallecimiento. Después supe que nunca consiguió volver con su familia, que la mujer estaba con otro y que los hijos estaban internos en un colegio.
Desde entonces modifiqué mi estrategia con los divorcios.
INDALESIO Julio 2013  



jueves, 15 de agosto de 2013

TRAGAR SALIVA












Busqué algo de saliva para humedecer mi boca, pero estaba absolutamente seca y con mis mucosas bucales pegadas a las piezas dentarias. Con la lengua recorrí cada esquina de mi boca, pero por más que  la agitaba nada se modificaba, absolutamente ausente de cualquier humedad y fluido. ¿Cómo llegué a este estado? Espero que lo comprendas amigo lector.
Soy una persona corriente, hago muchas cosas pero ninguna bien, y padezco una distocia social fruto de mi timidez y de mi falta de práctica de relacionarme con el prójimo. Lo descubrí hace años, cuando siendo un joven con posibilidades, fui renunciando a ellas por mi falta de estímulos en superar los obstáculos que se me presentaban.
Esos renuncios me hacían ser un personaje  terriblemente desgraciado y sufría cuando me encontraba con una situación que podía ser comprometida para conmigo. Y en especial cuando discutía e intentaba mantener una posición comprometida y poco usual. En un sucinto  resumen, soy un desastre como persona pública y privada.
¿Por qué se me secó la boca? Aunque tenga pudor debo decir que me siento un cobarde y cuando alguna situación me sobrepasa tengo sensaciones  de  aturdimiento y no consigo elaborar razones de ningún tipo, incluso me atenaza tal pánico que no consigo elaborar la más mínima defensa incluso física.
Me encontraba guardando lugar en una cola, para conseguir un empleo en  una oficina de registro público, cuando apareció un personaje corpulento y acompañado por una joven de ajustadas ropas que con un discreto empujón apartó una mujer de la fila y permaneció en su lugar. La mujer no le dio tiempo a protestar, cuando  el grandullón ya le estaba replicando que se callara porque él estaba antes que ella. Yo, estaba detrás y mi primer impulso fue girarme discretamente para ausentarme de un asunto que no me afectaba, pero si me afectaba porque el se ponía delante y yo estaba ya cansado de la espera, además el tipo pretendía el mismo trabajo que yo, según manifestó. Le repliqué mientras ayudaba a la mujer a recoger los papeles que todos llevábamos para ser aceptados en el desempleo. El grandullón se giró y cogiéndome del cuello me zarandeó violentamente, mientras yo sin razonar y sintiendo una gran alevosía le propiné una patada en el lugar que llamamos entrepiernas. Mi boca estaba fruto del forcejeo algo reseca pero algo húmeda, por la excitación que había sentido y el enorme enfado que me produjo el abuso del tipejo aquel.
Como no es usual que me vea implicado en una hazaña de violencia social me sentí algo confuso y no pude apercibir de inmediato, que el tipo estaba tirado en el suelo con los ojos cerrados y sin movimiento. Intenté ayudarlo mientras escuchaba que le mujer de ropas ajustadas gritaba, denunciando que lo había matado, mientras me señalaba con el dedo. Pasaron dos minutos, cuando aparecieron dos guardias nacionales, que me sujetaron las manos con unas esposas y me empujaron hacia una habitación con sillas y mesa. Hablamos o quizás mejor ellos hablaron de la violencia que esta a flor de piel en la sociedad, y de lo difícil que es el mantenimiento de un orden cívico. Fue ahí cuando comencé a sentir que mi boca se secaba y que yo estaba realmente asustado, porque además los guardias comenzaron a pasar de un estado de tranquilidad a una furia incriminatoria  contra mi persona y situación. Pedí realizando un esfuerzo, comparecieran testigos de los hechos. Acudieron la señora empujada, la mujer de ropas ajustadas y un joven que protestó por el adelantamiento del individuo de marras.
Todos sin excepción me incriminaron como el culpable de los hechos, de uso desmedido de la violencia, de comportamiento bestial con un ciudadano que buscaba trabajo para alimentar a su familia. Y yo suplicaba que dijeran la verdad, que estaba realmente preocupado porque mi visión de lo acontecido era, según mi óptica, muy distinto de lo que se me acusaba. Los guardias llamaron  al furgón celular para llevarme ante el juez.  Antes me amenazaron, y fue en ese momento cuando sentí más pánico, intentaba por todos los medios que entendieran que todo era al revés, que el culpable era el otro hombre y que yo solo había salido en defensa del respeto por el orden. Pero fue inútil. Cuando salí de la habitación pude comprobar como todos mi miraban con gestos despectivos, y sentí asco y arcadas. Cuando se me pasó las ansias, vi el hombre grande y poderoso siendo atendido por servicios sanitarios, y una aglomeración de paisanos alrededor lamentándose de aquella barbarie, que yo había acometido.
El guardia que estaba más cerca me empujo, mientras me aseguraba que jamás un policía puede sufrir violencia por parte de un civil, y que a mi se me caería el pelo con la jueza de guardia, defensora a ultranza de los cuerpos de seguridad del estado.
Fue cuando me di cuenta que realmente pudiera ser que yo deformara la realidad, y que  con una visión complicada de los hechos excusara mi actitud violenta para con todos los que me rodean, y de ahí la distocia social que padecía.
Ya no tenía nada en mi boca e incluso tenía dificultad para tragar, y cada gesto que realizaba para respirar me desgarraba la laringe. Temí por mi vida en aquellos momentos, adelante uno de mis brazos para avisar al guardia, y este creyendo que le estaba amenazando me golpeo con la culata de la pistola. Al llenarse la boca de sangre sentí un enorme alivio ya que al fin podía tragar y respirar sin dificultad, aunque sinceramente me dolían las encías por la caída de piezas dentales.

Marzo 2013         INDALESIO   


viernes, 9 de agosto de 2013

EL ENTREMÉS IMPROVISADO




            Siempre había tenido ganas de organizar una representación de teatro en casa. Cuando se lo propuse a unos amigos sugiriendo, incluso, el entremés de Cervantes El retablo de las maravillas, respondieron como esos perros que se asustan ante un visitante con el que desean hacer amistad para su propia tranquilidad, perolo que va delmiedo al deseo (o del deseo al miedo)los paraliza. Mientras explicaba el argumento una esposa desinhibida, me preguntó si eso no se parecía al rey desnudo y le dije que sí, pero que era anterior.
-Más interesante –dijo con picardía- veo lo del rey desnudo y a ti haciendo de rey.
-Si introducimos una variación –respondí un tanto picado- con protagonista femenino podrías lucirte.
-De acuerdo, contestó ante el estupor general.
            El grupo lo formábamos tres o cuatro matrimonios que desde la universidad aparentábamos ser liberales, progresistas, críticos y todas esas cosas que dice ser la burguesía provinciana aficionada a las películas de Woody Allen. La reacción del marido de la atrevida fue un anticipo de lo que puede ser un amago de infarto. No pudo decir por progre las cosas que se le ocurrieron, pero utilizando la estrategia de la ironía intentó desbaratar el invento sin atreverse a lamer al enemigo pero sin separarse de él.
            La representación fue muy tosca porque acordamos improvisar. El ambiente fraguó rápido como esos hormigones modernos que no necesitan tiempo de oreo. Se cargó de risas menudas, de murmullos cautos e incluso de presagios tristes. Asistido por un ayudante tomé medidas de la actriz principal que en su desnudez presentaba la lozaníade la que quería presumir delante, sobre todo, de las mujeres.
-No me saques más barriga que la que tengo, dijo mientras con precaución rodeaba su cintura con la cinta métrica.
-Las cifras no mienten majestad, comenté de cerca, el traje que lleva puesto no necesita interpretación.
-Sastre, me dijo con autoridad, procure que parezca más alta de lo que soy y no se meta en detalles matemáticos. Sepa que no acostumbro a discutir con la servidumbre.
-El tocado ¿lo quiere de seda o prefiere un tul transparente?
-Claridad y transparencia son el lema de mi reinado.
-No puedo decir lo mismo de mi situación, señora, mucho está tardando en aparecer el inocente.
-No te lo hagas tú que la función no ha hecho más que empezar.
-Pues yo estoy para que me asistan, si estuviera desnudo sabría por qué.
-¿Tenía segunda parte el cuento de Andersen?
-Si no la tenía la podemos improvisar.
-¿Crees que el público se divierte?
-Alguien espero que no.
-Sastre ¿de que medida es su vara?
-Normal, majestad.
-¿Se puede ver?
-Al menos se puede tocar.
-Claridad y transparencia.
-Nos alejamos del guión.
-No me vuelvas a hablar si no muestras lo que tienes.
-A la vista está.
-La próxima vez representamos un auto sacramental, gritó desde el fondo de la sala el rey consorte, ya está bien la cosa.
-A tu marido le ha gustado la cosa ¿y a ti?
-A mi me encanta.
-Entonces ¿quedamos?
-Señoras y señores, gritó la reina desnuda, este sastre es un farsante, me está haciendo proposiciones deshonestas.

CIRANO

sábado, 3 de agosto de 2013

MIEDO


                                     

Si algo me disgustaba del colegio era madrugar y la vuelta, cuando en invierno oscurecía temprano. Recuerdo que me levantaban sin despertarme, me calaban los pantalones y calcetines aún con los ojos cerrados y me ponían de pie. Era  cuando abría los ojos, normalmente porque me golpeaba con el adorno de la litera donde dormía mi hermano. Me lamentaba y levantaba los brazos para frotarme la mollera, momento que aprovechaba mi madre para colarme los brazos de la camisa. Después me empujaba hacia el interior del baño y me restregaba la cara y orejas, y entonces yo protestaba desaforadamente, que solía coincidir con mi enérgico despertar furibundo. Antes de que terminara de protestar porque estaba malito, me colgaba la mochila y guardaba el bocadillo de mantequilla con azúcar en su interior, entonces era el momento que me encontraba en el jardín camino de la parada del tranvía.
Cada día me lamentaba de mi mala fortuna y me prometía ser más listo en la  próxima  ocasión. Pero nunca lo conseguí, mi madre afortunadamente siempre me venció, y cada día fui al colegio, hasta que terminé el bachillerato.
La vuelta del colegio es cosa distinta, porque realmente pasaba miedo. Vivía en el Monte de Sancha, un lugar cercano al centro de la ciudad, pero a su vez tranquilo y habitado por ciudadanos pacíficos, al menos en apariencia. Viviendas unifamiliares o compartidas por dos familias daba una densidad humana reducida y compuesta por ciudadanos de edad avanzada, lo cual mantenía una armoniosa convivencia ejemplar.
Tenía un defecto, no estaba iluminada con alumbrado público, solo por el reflejo del interior de cada casa, lo cual si me retrasaba unos minutos y daban las seis de la tarde, el sol desaparecía en las montañas del oeste y yo tenía que subir a oscuras. Había decidido esperar a mi hermano algo mayor que yo, pero fue infructuoso porque nunca aparecía ni me esperaba, así que decidí tomar valor y subir solo. Digo subir, porque era una larga ascensión de algo más de quince minutos, por unas escaleras en mal estado y absolutamente a oscuras. Tenía calculado que a toda velocidad tardaría ocho minutos, pero en el último tramo mi corazón bloqueaba mis piernas negándose a continuar. Mi boca era pequeña para admitir todo el aire que necesitaban mis pulmones, y jadeaba como un poseso.    
En otra ocasión decidí subir cantando para espantar los eventuales atacantes de niños, que tanto se hablaba en los comentarios de los mayores. Pero no me sentía bien protegido y los deseché, para usar la subida silente y astuta. Quizás esa fue la perdición para un niño de no más de siete años.
Corría en tramos cortos y me protegía en algún recodo de las escaleras, al resguardo de un posible ataque, entonces mantenía  un sepulcral silencio para averiguar si alguien me acechaba. Nunca nadie me acechó o asustó, pero si escuché conversaciones, discusiones, peleas e improperios de mis pacíficos vecinos, que me hicieron aprender que no comprender, lo difícil que es la vida de los ciudadanos de puertas para adentro.
Y así fui testigo del grito de muerte de la señora Smitt, cuando en el curso de una pelea con un hombre, según me enteré después, porque no entendía que la señora Smitt que vivía sola se peleara con un hombre, y menos los porqué le hacían daño y gritaba tanto. Corrí desesperadamente hasta que caí en brazos de Ana, la cocinera de mi casa, que paseaba con su pretendiente, y que me tranquilizo mintiéndome sobre el origen de aquellos gritos. Aquella noche advertí a mi madre, para que lo transmitiera a mi padre, que nunca más volvería a subir aquellas escaleras solo, y aún hoy noto un escalofrío al recordar aquellos regresos del colegio.

 INDALESIO     DIC. 2012    


sábado, 27 de julio de 2013

CAUSA EFECTO




     

            Cuando me di cuenta de que salía conmigo nada más que para follar lo consideré una tragedia. Más tarde, cuando lo interpreté como un halago, las cosas empezaron a funcionar. Nos veíamos cuando le apetecía. Después de la revelación no me costó trabajo aceptar que me llamaba cuando podía y cuando quería. Mi obligación era responder. Me llevaba puesta la recompensa con ese bienestar que resulta de saber que ella quedaba, al menos, tan satisfecha como yo. Pedía y se lo daba. Se entregada con resolución, sin reservas ni miramientos. Ahora esto, luego lo otro. Lo que quisiera, para eso estaba yo.
            Cuanto menos sepas de mí mejor, me había dicho. Cuanto menos nos conozcamos más libres seremos. Y éramos libres, unidos por la carne. La satisfacción se devalúa cuando llega sin dudas, pero cuando se improvisa de manera discreta, se atesora como pilas de monedas: incluso se pueden añadir a la misma columna céntimos o unidades enteras. Todos suman, una veces más y otras menos. Así se apilaban nuestros encuentros, a veces ponían más, a veces menos, pero siempre añadían algo nuevo o renovaban lo guardado. No era tarea obligatoria como la que tenía que hacer para rellenar la seccióndel periódico o para cumplir compromisos que adquiría para sostener el tren de vida que me había impuesto, mantener la casa, el colegio de los niños, las fiestas y los viajes de trabajo.
            El talento se manifiesta por ofrecer algo que se pueda resumir como interesante. Un buen escritor dice cosas interesantes, un buen arquitecto diseña edificios interesantes y así todo. Una buena amante provoca sensaciones interesantes, de mérito, que se saborean y se recuerdan. Ella decía que no había que darle más importancia, que mientras funcionara había que seguir sin intentar cambios que podían ir a peor. Las cosas son como son, sin buscar profundidades ni consecuencias. Pensaba yo entonces que una ninfómana era una mujer con mente de hombre. Un cuerpo femenino dirigido por un cerebro masculino. Por eso dudaba de ella y fue lo que me determinó a contratar a un detective.
            Resultó ser un buen profesional que me aportó datos interesantes. El grado de escabrosidad de sus informes dependía de lo que estuviera dispuesto a gastar. Tras un rastreo inicial me comunicó que podía llegar hasta donde quisiera, tanto en lo público como en lo privado. De lo público desistí porque al fin de cuentas yo mismo podía averiguar lo que quisiera, si no lo había hecho ya fue por cumplir ese contrato de independencia que nos dimos. El morbo estaba en saber a qué se dedicaba cuando sin estar conmigo tampoco estaba visible. A lo que todo el mundo, me dijo el detective. Trabaja, tiene una familia, no lleva una doble vida y puedo indagar las relaciones conyugales sin dificultad ya que vive en un último piso fácil de abordar desde la terraza. Si quiere puedo colocar micrófonos en todas las ventanas incluidas las del dormitorio. También se puede gravar con infrarrojos.
            No quise durante algún tiempo. El que fuera una mujer normal me tranquilizó. A cada hora del día podía imaginar donde estaba de  acuerdo con los informes que me proporcionó el espía. Nada anormal, incluso resultaba una mujer tímida y callada. Quise saber más. En la casa se ocupaba de todo. Los niños eran unos vagos que abusaban de su madre y el marido chapado a la antigua, era machista autoritario sin autoridad. Gritaba, amenazaba pero luego suplicaba caricias. Era brusco hasta en eso: ¡No va a haber nada esta noche! La mujer callaba.
            A veces envidio el trabajo de los administrativos del periódico que no tienen más que seguir el guión que se les marca sin sentir la ansiedad de enfrentarse al teclado del que hay que sacar el artículo en el que te juegos el prestigio a cada palabra. Sobre todo después de una noche de vacile donde parecen borrarse las ideas como los letreros a tiza de los escaparates que barre la lluvia. El relato necesita, en un momento dado, un escorzo, una pirueta que alerte al lector de que lo bueno está por llegar. En mi caso no está a punto de suceder eso. Cuantos más detalles personales conocía menos posibilidades tenía de sorpresa. Parecía que todo encajaba como si se tratara de una conjetura sicológica. Sus actos respondían al principio de causa efecto, donde yo era siempre el efecto, el resultado de las causas que la movían a necesitarme.

CIRANO

domingo, 14 de julio de 2013

UN SEÑOR MUY PEQUEÑITO






Algún fenómeno tuvo que ocurrir, porque disponiendo de 21 años de normalidad, nadie puede de pronto pasar a ser un ser menudo y tan pequeño que no sobrepase los 10 centímetros. El caso es que a mi amigo le ocurrió, y por más que le preguntaba e investigaba en su entorno nadie ni nada podía dar razón de aquel fenómeno.
Una mañana que me encontraba en casa trabajando, recibí llamada del móvil de un número desconocido para mi y mi teléfono. Contesté a pesar de mi costumbre de no hacerlo, y era él Arcadio, un amigo de la juventud que con relativa asiduidad venía a los almuerzos colectivos. Con una tenue voz difícil de escuchar me pedía ayuda. Y yo le pedía que hablara más alto porque no le entendía. Al fin pude entender que estaba gritando lo más que podía. Me pedía ir a su casa para un asunto urgente. Recordaba donde era y le aseguré que estaría allí en media hora, porque siempre me desplazo en bicicleta, por recomendación facultativa.
Cuando llegué a su casa no conseguí respuesta alguna para poder entrar, rodeé la casa mirando por las ventanas pero nada conseguía ver ni oír, alarmado decidí que tendría que llamar a la guardia, porque con seguridad algo estaba pasando y era grave. Saqué el teléfono y me encontraba recordando el número de la Guardia cuando me apercibí que en una ventana se movía algo. Me acerqué y era Arcadio moviendo los visillos para poder apercibirme. Me quedé de piedra, era un ser pequeño muy pequeño, perfectamente formado pero así de pequeñito. Cuando salí de mi asombro me acerqué y le pregunté como podía entrar, después de muchos gestos, porque no se podía oír nada, entendí que debajo del felpudo había una llave. Abrí y entré con muchísima precaución, no deseaba encontrarme con otra sorpresa además de la que ya tenía delante de mis ojos. Un Arcadio igual que siempre pero no mayor de un soldado de juguete, su voz de igual dimensión que su cuerpo se escuchaba como un susurro con bajo tono. Me mantuve a distancia, ignorando si todo lo que veía era real o un mal sueño, busqué en la casa la presencia de otro ser, pero nada había.
Arcadio me miró y dijo algo que  no escuché  y no soy precisamente sordo, pero su voz estaba muy en relación con su cuerpo, así que busqué otra solución, acercarlo en mi mano, pero la mitad de las palabras no las entendía. Decidí sentarlo sobre un móvil y me llamé, con sorpresa le escuchaba aceptablemente.
Me contó que trabajaba en los sótanos de la Catedral archivando documentos de la Iglesia, que era su oficio, y que desde tres días  atrás se había sentido menguar, cuando estaba ordenando y clasificando los documentos del proceso que se instauro contra las Brujas del Alhaurin. Que la única explicación que el podía dar era que, junto a los legajos del proceso había una vasija herméticamente cerrada con lacre y que el movido por la curiosidad la había abierto, y que un nauseabundo olor le había entrado por las narices, produciendo unas enormes ganas de estornudar y de dormir. Cuando despertó se encontró algo disminuido en su físico, pero nada comparado con ahora. Que vino a la casa y se acostó, y que al despertar estaba de tal guisa.
Yo no salía de mi asombro, le pregunté multitud de cosas y al final llegamos a la conclusión que nada de hospitales ni de médicos, que aquello podía ser un fenómeno pasajero y que solo cabía  esperar y mientras vivir como mejor se pudiera.  
Extrañado y confuso por ¿el que hacer? Le dije que no podía quedarme indefinidamente con él, porque yo tenía familia, entonces el negó con la cabeza y me dijo que necesitaba un posible último favor, llamara a su novia. Le bajé del teléfono y llamé al número que dijo.
Cuando le dije que le llamaba de parte de Arcadio, me contesto que no quería saber nada de semejante imbécil, y solo cuando le advertí que su vida había cambiado y que un acontecimiento muy severo acontecía en su vida, mostró algo de interés. Quince minutos después entraba en la casa, con caras destempladas una mujerona de edad indeterminada y pinturas estridentes en su rostro, un amplio y provocador escote dejaba ver unos exuberantes pechos. Con brazos en jarra, me preguntó cual era la situación tan especial en que se encontraba Arcadio. Con cautela y cansado de permanecer tanto tiempo fuera de mis ocupaciones, le expliqué los acontecimientos, mientras ella reculaba hacia la pared al observar el tamaño de su amigo, novio o lo que fuera. Le tuve que sujetar para que no se fuera, y le expliqué el método que usábamos para comunicarnos. Se tranquilizo cuando le escuchó, mientras de rodilla no paraba de mirarlo, de cuando en vez, le recriminaba que no se hubieran casado. Al fin le advertí que me tenía que ir y que quizás el día siguiente volvería para ver si la situación se había revertido, volviendo a su tamaño normal. Aceptó hacerse cargo del tema y de sus cuidados, cuando pudo sentir que el ser se deslizaba por la mano y le pedía comer algo, ya que en todo el día no había probado bocado alguno.  
El día siguiente amaneció con múltiples obligaciones domesticas e ineludibles, hasta las doce no pude liberarme del yugo que sufría en mi casa, si bien no conseguía sacar de mi cabeza la imagen de mi amigo en pequeñito. Saqué la bicicleta y me fui a hurtadillas del área de influencia de mi mujer, cuando llegué a casa de Arcadio aporreé la puerta. Aunque tardó en abrir, al fin pude ver la cara regordeta y pintorreada de la novia de mí amigo, que por cierto no recordaba su nombre. 
Entré con la ansiedad de ver la evolución del tamaño de Arcadio, pero solo encontré aquella mujer que me miraba con un signo de interrogación en su cara. Quise saber donde estaba y no me respondió, entró y se sentó en el sofá. Busqué por la casa y nada encontré. Al fin me senté enfrente de ella y le pedí me dijera su evolución. Por toda respuesta soltó una gran carcajada y comenzó a contorsionarse, incluso me pareció que estaba más ajustada y le dije si ella también estaba infectada. Rió y aumentó los gestos de contorsión, entonces le pedí con vehemencia me dijera donde se encontraba mi amigo.
Levantó la cabeza y sus ojos se dirigieron hacia arriba, quizás pensé para estirar su cuello como así fue. De entre sus pechos apareció Arcadio, la verdad con cara de sofoco, pero parecía contento.
Solo entonces aquella mujer, grasosa y esperpéntica, me confeso lo que ocurría, ante la atenta mirada de mi amigo Arcadio que estaba sentado en uno de sus hombros.
 Él estaba divorciado y su anterior mujer le dejó pelado de bienes y entre ellos se llevó su masculinidad y potencia sexual, de forma que cuando ella le conoció, por más interés que pusiera no conseguía ser satisfecha. Así que le advirtió, sino tengo sexo al menos tendré tu pensión, por lo cual tenemos que casarnos. Y en esos derroteros nos encontrábamos cuando ocurrió este incidente o es quizás un accidente. Y ahora resulta que siendo pequeñito se me desplaza por todo.., todo el cuerpo y me produce un gran placer, al cual no estoy dispuesta a abandonar. Arcadio dio muestras de estar totalmente de acuerdo y bastante feliz.  Ese día fue el último  que le ví, e ignoro que fue de sus vidas, mi mujer me tiene totalmente ocupado, para que no tenga tanta fantasía, y me ocupé del mantenimiento de la casa y de nuestros enseres. Incluso he pedido una certificación para manejar los papeles del registro de la Iglesia, por si me encuentro con los documentos que manejaba Arcadio, que al parecer le hizo tan feliz.

INDALESIO      DIC 2012   


viernes, 5 de julio de 2013

EL ENTREMÉS IMPROVISADO





            Siempre había tenido ganas de organizar una representación de teatro en casa. Cuando se lo propuse a unos amigos sugiriendo, incluso, el entremés de Cervantes El retablo de las maravillas, respondieron como esos perros que se asustan ante un visitante con el que desean hacer amistad para su propia tranquilidad, pero lo que va del miedo al deseo (o del deseo al miedo)los paraliza. Mientras explicaba el argumento una esposa desinhibida, me preguntó si eso no se parecía al rey desnudo y le dije que sí, pero que era anterior.
-Más interesante –dijo con picardía- veo lo del rey desnudo y a ti haciendo de rey.
-Si introducimos una variación –respondí un tanto picado- con protagonista femenino podrías lucirte.
-De acuerdo, contestó ante el estupor general.
            El grupo lo formábamos tres o cuatro matrimonios que desde la universidad aparentábamos ser liberales, progresistas, críticos y todas esas cosas que dice ser la burguesía provinciana aficionada a las películas de Woody Allen. La reacción del marido de la atrevida fue un anticipo de lo que puede ser un amago de infarto. No pudo decir por progre las cosas que se le ocurrieron, pero utilizando la estrategia de la ironía intentó desbaratar el invento sin atreverse a lamer al enemigo pero sin separarse de él.
            La representación fue muy tosca porque acordamos improvisar. El ambiente fraguó rápido como esos hormigones modernos que no necesitan tiempo de oreo. Se cargó de risas menudas, de murmullos cautos e incluso de presagios tristes. Asistido por un ayudante tomé medidas de la actriz principal que en su desnudez presentaba la lozanía  de la que quería presumir delante, sobre todo, de las mujeres.
-No me saques más barriga que la que tengo, dijo mientras con precaución rodeaba su cintura con la cinta métrica.
-Las cifras no mienten majestad, comenté de cerca, el traje que lleva puesto no necesita interpretación.
-Sastre, me dijo con autoridad, procure que parezca más alta de lo que soy y no se meta en detalles matemáticos. Sepa que no acostumbro a discutir con la servidumbre.
-El tocado ¿lo quiere de seda o prefiere un tul transparente?
-Claridad y transparencia son el lema de mi reinado.
-No puedo decir lo mismo de mi situación, señora, mucho está tardando en aparecer el inocente.
-No te lo hagas tú que la función no ha hecho más que empezar.
-Pues yo estoy para que me asistan, si estuviera desnudo sabría por qué.
-¿Tenía segunda parte el cuento de Andersen?
-Si no la tenía la podemos improvisar.
-¿Crees que el público se divierte?
-Alguien espero que no.
-Sastre ¿de que medida es su vara?
-Normal, majestad.
-¿Se puede ver?
-Al menos se puede tocar.
-Claridad y transparencia.
-Nos alejamos del guión.
-No me vuelvas a hablar si no muestras lo que tienes.
-A la vista está.
-La próxima vez representamos un auto sacramental, gritó desde el fondo de la sala el rey consorte, ya está bien la cosa.
-A tu marido le ha gustado la cosa ¿y a ti?
-A mi me encanta.
-Entonces ¿quedamos?
-Señoras y señores, gritó la reina desnuda, este sastre es un farsante, me está haciendo proposiciones deshonestas.

CIRANO

domingo, 23 de junio de 2013

LOS HOMBRES MUEREN Y NO SON DICHOSOS







Solía ir caminando al trabajo cada mañana. Creía tener controlado la gestión de su farmacia y se permitía esa pequeña licencia, dejar que abrieran los empleados. Aquella mañana de octubre sintió un leve escalofrío cuando cruzaba el semáforo del Camino de Antequera, y la verdad, era extraño porque se sentía termo regulado como solía decir, a propios y extraños. Caminaba por la acera derecha y sus pies se tropezaban con las hojas del otoño y pensaba en la buena suerte que tenía con este oficio que tanto le apasionaba, y que tantos beneficios esperaba recoger.
Se preguntó porque las hojas de  los plátanos orientales estaban tan arrugadas. Bueno sabía que era una micosis que les ataca, pero ignoraba cual sería en concreto la especie y como combatirlas, porque toda la ciudad estaba llena de la plaga de hongos que ataban los hermosos árboles. Tampoco los recordaba en sus estudios de botánica de Farmacia. 
Cuando buscó con su mirada el mirto que tenía enfrente de su dispensario, notó que debajo de su pie derecho no había nada que le mantuviera y sintió como perdía el equilibrio y caía en un enorme agujero. Braceo para sujetarse a la nada porque no existía nada, y cayó del lado derecho, notando como un chasquido se producía dentro de su cuerpo, y más en concreto en su pelvis.
En un principio grito, quizás a la vez que caía, después lanzó un poderoso lamento que se escuchó en todo el barrio. El agujero no era profundo y su cuerpo sobresalía más de la mitad, pero su pierna estaba en una dirección no habitual, y lo peor era que le resultaba imposible cambiar su nueva dirección. No pasó más de tres minutos sin que se formara un coro alrededor de su descompuesto cuerpo, hasta que suplicó llamaran una ambulancia, que acudió en breves minutos. Cuando los sanitarios contemplaron la posición, se asustaron y no se atrevían a moverlo a pesar de sus lamentaciones. Al fin una doctora de emergencias, le puso una inyección en el muslo a través de su pantalón y fue cuando comenzó a notar que sentía como una persona. Entre los técnicos lo subieron a la camilla, mientras el perdía el conocimiento y sus ojos bailaban en sus alojamientos del cráneo. Despertó cuando sentía los golpes de la ambulancia, esos golpes le hacían sentir además de un intenso dolor, una especie de inestabilidad en sus piernas. Aturdido por el dolor y el fuerte sonido de las sirenas, entraba y salía de niveles de conciencia. Cuando despertaba podía ver la doctora de la inyección en el muslo hurgando en la flexura del codo, buscando imagino una vena para hacer algo positivo. Pero los traqueteos de la camioneta le impedían hacer su trabajo, y bien que se lamentaba jurando en arameo.
No transcurrió demasiado tiempo, por la proximidad del Centro Hospitalario, y entró con un fuerte frenazo, que le volvió a quitar los niveles de conciencia. Despertó gritando porque alguien le levantaba el miembro lesionado y lo subía a un cacharro que mantenía elevada su pierna, le ataron el pie con una venda para que mirara hacia el techo. Quizás algo le tranquilizó, pero aquella lesión de su cuerpo debía ser grave porque jamás había pensado que una caída, por muy mala fortuna que tuviera, doliera tanto. Al momento apareció un joven con la cara llena de adornos, en  nariz oreja y labio, no dijo nada, solo   extendió  el brazo y le dio unos buenos dos o tres pinchazos en la flexura del codo. Mientras mascaba chicle le colocó una vía intravenosa por donde le pasaba suero y un calmante, según dijo. El joven le miró, esperando algún gesto, pero se sentía muy mareado y falto de vida, así que solo le pudo dar  una leve sonrisa. Cuando abrió los ojos, se encontraba en el mismo lugar, solo que se movía  al son de los empujones de un camillero. El momento de conciencia que disponía lo uso en pensar que se sentía tan mal que quería y sentía próxima su muerte, porque no existía persona que pudiera aguantar semejante sensación de falta de vida. Y antes de  pasar a la pérdida de sentidos, escuchó un fuerte grito que decía: ¡Necesita una transfusión!
Despertó en un lugar espacioso, lleno de tubos y de multitud de aparatos, inmovilizados ambos brazos e incapaz de mover piernas. Un soniquete marcaba un ritmo machacón pero esperanzador, ya que suponía que significaba vida. De vez en cuando se acercaba una persona vestida con batas de papel y hurgaba en sus monitores, que a su vez volvían a tocar melodías de pitos cuando se alejaba. Intentó hablar, pero se encontraba sin fuerzas y algo ocupaba su boca y garganta.
Quizás pasara varias horas o quizás varios días, el caso es que cuando abría los ojos no podía saber nada de su situación. Recordó que tenía familia, si mujer y dos hijos, y no sabía que les había pasado o quizás si les abrían llamado para decirles que estaba roto, eso roto. Y además su Farmacia, tenía que hacer pedidos y ocuparse de los turnos, en fin una multitud de faenas y ocupaciones. Pero no podía haber pasado mucho tiempo, no. Quizás es un mal sueño, aunque los malos sueños no dolían como duele este. Después volvía a entrar en somnolencia y sueños más agradables que la realidad que le atenazaba.
En cierto momento que recuperó el contacto con este mundo, abrió los ojos y encontró mirándole un hombre de edad media y poco pelo, se encontraba a distancia de su cama y los brazos cruzados sobre el pecho.    
No hizo esfuerzo alguno en entender ni quién era, ni que deseaba, cerró los ojos e intentó volver al lugar de los sueños agradables. Pero tronó una voz que le llamaba por su nombre, abrió los ojos seguro que entraba en realidad.
-         Señor, soy el Doctor Quesada, esta usted sedado para controlar el dolor, pero necesito hablar con usted.
Nuestro hombre asintió con la cabeza y quizás pensó porque no le hablaba a su familia, ¿O quizás no tenía? Bueno, no se nada, quizás este hombre me de alguna explicación.
-         Vera usted, ha sufrido un accidente y tiene una fractura de pelvis. Esas lesiones son muy graves por el sangrado. Cuando usted vino a urgencia, su estado era crítico, en especial por una grave anemia. Se le transfundió tres bolsas de sangre y resulta que usted tenía anticuerpos contra este tipo de sangre, lo cual le ha producido una grave leucemia que le ha paralizado las piernas y alguno de  sus órganos. Su situación es crítica y necesitamos su autorización para poder realizarle un lavado de su sangre y si la cosa fuera mal, realizar otros tratamientos y en su defecto usar sus órganos no dañados para trasplantes en otras personas.
Nuestro amigo intentó hablar e incluso gritar porque era lo que le apetecía, pero nada salió de su garganta. El Doctor Quesada se acerca con los papeles y sin ningún miramiento le cogió la mano derecha y le acompaña para realizar un garabato en la base del documento. Después se acerca y le dice al oído:
-         ¿Tiene algún último deseo?
Nuestro hombre quiere hacer algún daño a ese inmundo personaje, pero no tiene fuerzas y además sabe que va a morir ya, así que haciendo un gran esfuerzo, levanta la mano derecha la misma con la que ha firmado y hace una burda y desdibujada higa. Después cierra los ojos y vuelve a su estado latente.

 INDALESIO     Agosto 2012
   







viernes, 14 de junio de 2013

REGAZO


                                          



Siempre tuve el deseo de estar protegido en el regazo de una mujer. Nací en el seno de una familia adaptada a tiempos modernos, de manera que nací en mi domicilio y atendida mi progenitora por una partera que usaba maneras muy avanzadas. Cuando me enfrenté al mundo, pasé de las manos de la partera al pecho de mi madre, donde con sus cálidas manos  sentí los primeros latidos de un corazón que me demostraba cariño. Después, y siguiendo los consejos de la matrona metió un pezón en mi boca, donde se derramaba un liquido dulce y templado.
Luego pasé por muchas manos, manos ásperas en ocasiones y otras suaves y acogedoras. Pero regazos lo identificaba de inmediato, era mi madre que me acogía con dulzura y me apretaba sobre sus pechos. Recuerdo el olor y la tibieza de su piel, su voz templada que no alteraba mis frágiles oídos, hablándome con la suavidad que me producía placer.
Luego un largo periodo donde ningún regazo me acogía, quizás no era costumbre y las personas se reconocían frotándose las mejillas o tocándose las manos. A veces, cuando reconocía alguna persona que añoraba, intentaba abrazarla a manera de estrechar su regazo, pero era rechazado con malas maneras por ser una costumbre atrevida. Y más atrevida aún cuando siendo un joven ya en edad de sexualidad despierta, intentaba estrechar mi cuerpo contra una amistad, eso se consideraba un atrevimiento de una persona degenerada.
Así que fui olvidando las agradables sensaciones de encontrarme acogido por un regazo y pase a engrosar las nóminas de los convencionalismos sociales, que se saludan golpeando la espalda o estrechando las manos sudorosas y la más de las veces ásperas.
Después me fui convirtiendo en un ser huraño, cuando ya la vida me había dado todo lo que deseaba, y los placeres se fueron apagando y desdibujando. Pero sintiéndome solo y ausente de las requerimientos de los demás, pensé en que, quedándome  ya poca vida quisiera elegir un regazo donde pasar los últimos momentos de mi estancia en la vida de por aquí.
Pero, como ya era lógico mi madre había desaparecido y no podía acogerme en su regazo. Miré lo más cercano y deduje que fuera mi familia. La madre de mis hijos, estaba más ocupada en hacer acogedora su vejez atendida por extraños, y ya le había  atacado esa terrible enfermedad de los mayores, el tedio. Mis hijos razonaron entre risas, porque sus múltiples ocupaciones seguro que no le permitirían disponer de ese tiempo, y ya cuando se presentara se buscaría alguna solución. En fin, lo de siempre excusas y miedos ha enfrentarse a una muerte acompañado, que era lo único que yo deseaba.
Y cuando llegó, a saber ahora, estoy solo, me acompaña un terrible dolor en el pecho y nada de fuerzas para moverme y pedir una regazo donde morir. Así que con los últimos estertores de mis parcas fuerzas he escrito estas notas, no dejéis de elegir un regazo que os acoja en los últimos momentos de vuestra corta vida, seguro que será el último placer de lo que llamamos vida.


INDALESIO mayo 2013

miércoles, 5 de junio de 2013

LA DUDA






            Estaba sentado a una mesa en donde le sirvieron una bandeja con la comida. No sabía si debía comer o esperar, sospechaba que, en realidad, estaba al borde del sueño y que aquella idea se le esfumaría en cuanto cerrara los ojos. Dudaba, pues, entre levantarse para dejar una nota que le recordara la idea a la mañana siguiente o seguir adormecido entre las sábanas. No sabía si la idea pudiera ser genial aunque lo más probable era que no. Pero de lo que estaba seguro es de que si se levantaba terminaría desvelado porque sentía bullir, como hace el agua cuando hierve en una cacerola puesta al fuego, ideas intermitentes en su mente. Si dijera que ese personaje era yo quizás no mentiría, pero, aunque el que estaba acostado era yo, el que duda entre levantarse o hacerse el remolón es el protagonista. De eso estaba seguro, la escena la veía clara: un hombre en una habitación difusa, quizás un reservado de un restaurante, retrepado en un sillón al que le acercaban una comida, puede que en bandeja, que no sabía si debía ingerir o si debía esperar a alguien (confusión que estaba seguro no dependía de él). El sujeto de la duda era el que, en cualquier caso, debería levantarse, ponerse las zapatillas, abrir puertas, encender luces, llegar al cuarto de estudio y anotar una idea que se le había ocurrido a un hombre que esperaba descansar después de un día ajetreado. La cosa se resolvió de la siguiente manera: yo razoné que no era ningún escritor famoso que viviera de mis ideas, por lo que si hasta ahora no había tenido ninguna brillante, no la iba a tener, precisamente,la noche que necesitaba descansar; el comensal se difuminó al desaparecer de mi mente interesada en soñar duermevela que retendría el relato y quien dudaba si levantarse o quedarse en la cama no se movió, así que la idea se desmoronó y la duda se resolvió a favor del sueño. Esta mañana tenía que hacer un par de horas en bicicleta y las he hecho.

CIRANO

sábado, 25 de mayo de 2013

EL SALVORI


                                    


Su imagen la tengo gravada en mis recuerdos, aunque yo realmente era muy pequeño entre los diez y doce años, pero he de confesar que le tenía miedo, tanto miedo que cuando llegaba a la carretera donde tenía que coger el tranvía para ir al colegio, antes miraba por si aparecía Salvori.
Flaco, extremadamente delgado y de una gran altura. Aquel hombre de caminar encorvado con pasos cortos y rápidos, me inspiraba miedo porque veía que no era tan humano como el resto de los mortales. Siempre con una colilla en su boca hueca porque no tenía dientes, y habitualmente apagada, aunque lo encendía cada momento. Lo más que llamaba la atención era que su ropa, vieja y descolorida, siempre estaba limpia, aunque estuviera ajada.
El pelo ralo y alborotado le hacía aumentar el desgarbo, pero lo que más llamaba la atención era sus ojos. Muy pequeños, como si hubiese padecido alguna enfermedad o se los hubiese cosidos en señal de castigo, solo se veía unos puntitos negros que oscilaban en su cuenca de la cara.
Jamás  hablaba con nadie, y solo ocasionalmente se acercaba a un adulto para pedir una limosna, eso si solo con el gesto de alargar la mano con una perrilla en su hueco. Después se marchaba mascullando y dando pequeños saltitos por la acera o detrás de un tranvía.
Los jóvenes eran su cruz, porque respondía con supuesta violencia al ruido repetido de cruzar las palmas. Nunca se le conoció violencia alguna, pero se paraba cuando escuchaba hacer palmas y hacía espavientos en dirección al infractor de sus normas. El porqué de esa respuesta a las palmas nadie las conocía, solo que le irritaba y por esa crueldad de los otros humanos cada vez que aparecía se escuchaban las palmas tronar. En cierta ocasión en que sonaron las palmas, se volvió y con gestos de furor corrió con su desgarbado cuerpo hacia donde me encontraba yo. Tuve que refugiarme en un jardín y esconderme detrás de un seto de bouganvilleas. Cuando pasó de largo me di cuenta que me había meado en los pantalones, y volví a mi casa todo avergonzado.
Quizás unos años después, se corrió la voz que había muerto, pero cuando volví a encontrarlo detrás de un tranvía con su paso ligero y con un ligero rengo, me alegre porque aún se mantuviera vivo. Fue entonces cuando me enteré de su verdadera historia.
Era hijo de familia humilde pero trabajadora, era el mayor de cuatro hermanos, su padre cajista en una imprenta se ganaba las habichuelas con decencia. Su hijo se preparaba en la escuela de formación profesional de los jesuitas y las hijas ayudaban en la medida de sus posibilidades. Aguantaron la guerra en la ciudad hasta la llegada de los italianos en febrero del 1937, después ocurrió la huida hacia Almería. En el camino detuvieron a toda la familia, se dice que comenzaron a fusilar primero los padres y después hijos. Salvori escuchó las palmadas para avisar el fusilamiento del padre y después la madre, cuando le llegó el turno a la hermana gritó y se abalanzó sobre los soldados. Le encerraron en la cárcel y se pasó seis meses escuchando las palmadas de aviso para fusilamiento, ignorando el destino de sus hermanas. Lo pasaron al pabellón psiquiátrico donde vivió atado con cadenas más de siete años, enmudeció y sobrevivió a unas quemaduras en la cara  que le arrojaron con sal fuman un compañero de desdichas.
La única hermana que estaba viva fue a por él al pabellón, y se lo llevo a su casa, donde le alimentaba y le lavaba la ropa. Nunca recobró el juicio de los ganadores y solo respondía  cuando el sonido de la palmas le despertaban el recuerdo de lo que sufrió en la guerra. Debió morir  años después con la única compañía de su hermana, como otros muchos.

INDALESIO  Mayo 2013