viernes, 14 de noviembre de 2014

DECÁLOGO DE NOVELISTA



o   La estatura (altura/grandeza) de un novelista es la de sus personajes.
o   La fuerza (el estilo) es la calidad de su ironía.
o   La ironía es la sonrisa de un dios que se contempla en su criatura.
o   La ironía es distancia pero también es cercanía.
o   La sonrisa de la Gioconda nos resulta tan enigmática porque es la sonrisa de ella que nos ve mientras la contemplamos. Es decir, de Leonardo.
o   Los grandes novelistas consiguen que durante la lectura el lector sea su criatura.
o   Un artista sin ironía es un artesano.
o   La ironía de Cervantes era compasiva, la de Kafka corrosiva, la de Tolstoi inconsciente, la de Shakespeare comprensiva, la de Proust radiográfica, la de Mann temerosa, la de Joyce endiosada, la de Beckett espantada, la de Homero homérica, la de Dante psicoanalítica, la de Dostoievski anulada, la de Freud engreída, la de Nietzsche alucinada. La de Walser es excelsa y la mía leve. Para interesados, Borges era Borges.
o   La novela es una guía de viaje al País del Alma.
o   Novelista no es quien mira sino el que ve.
o   Y la imaginación se tiene o no se tiene.
o   El trabajo de novelista no es de narrador ni cuenta cuentos (medios o instrumentos de los que puede valerse). El novelista inventa/aventura vidas, que a este nivel sería ingenuo confundir con biografía. La vida es vivencia. Es decir, el cómo nos vivimos (o nos soñamos).
o   El novelista habla, usa de la palabra como el músico de la nota musical, para evocar estados de sentimiento o de emoción. Y más allá de narración o personajes, es decir de la parte figurativa del cuadro, están los trasfondos en que se pierde. Yo busco la expresividad, intentando tirar el lastre de la frase. Es más, diría que para mí (novelista), toda frase es un lastre en sí misma. He ahí la dificultad de servirse de la tosca piedra para esculpir la estatua que nos contempla.
o   Yo novelo la soledad (más diría, el aislamiento intrínseco) de la criatura humana y para ello, entre las letras, busco seres que respiren.
MIGUEL CARREÑO

domingo, 2 de noviembre de 2014

UN VIAJE AL CENTRO DE SI MISMO

                     


En alguna ocasión le habían hablado de personas decididas a viajar por el mar. Le parecía raro y además ajeno porque nunca la había llamado la atención esa extraña costumbre, el navegar por las procelosas aguas de esos mares que tantas vidas se había cobrado. Incluso había leído libros de aventuras de intrépidos marinos que entregaban sus disposiciones en transportar objetos e incluso vidas por mares llenos de peligros y traiciones.
Pero lo que menos podía  sospechar, era que se iba ha encontrar envuelto en una aventura que se iba a desarrollar en su totalidad en el Mar que baña nuestras escarpadas  costas.
Cierta mañana que se encontraba rellenando fichas para el Instituto de Salud Pública, fue requerido para presentarse al Inspector Jefe de dicho Instituto, con carácter de urgencia. Hombre cumplidor y de deseos escondidos para mantener el puesto, se apresuró en llamar a la puerta del Jefe de su sección para comunicarle que el Inspector Jefe requería su presencia y que le apremiaba  ha cumplir con sus obligaciones, salvo que su jefe inmediato ordenara alguna cosa. Este celoso por desconocer los motivos,, le ordenó esperara hasta que él supiera cuales eran esas prisas y esas maneras. Dos minutos después la cara redonda y congestionada del Jefe de sección aparece por la puerta y bisbisea que urge su presencia en el despacho central. Se apresuró no sin antes inclinar su cabeza  en dirección al Jefe de Sección y desaparecer con pasos rápidos y decididos.
Nada de tiempo de espera, la secretaria le hace pasar sin dilación y se introduce en el templo supremo del Organismo Institucional. Un hombre orondo, con bigote espeso de color oscuro y gafas que permanentemente se escurren por su narizota le mira con aviesas intenciones.
-         ¿Usted es el experto gaviero?
Nuestro hombre que se llama Rumeu, niega con la cabeza, reiteradamente, y consigue sacar por su boca escasas palabras.
-         No señor.
El Inspector vuelve a mirarlo inquisitorialmente y comenta:
-         He pedido un experto Gaviero y me mandan esto.
Rasca su casposa cabeza y llama por teléfono. Después de hablar en voz baja con  varias personas, se vuelve hacia Rumeu y le dice.
-         No encontramos a nadie para un asunto de extremada importancia.                        Debe usted salir dentro de los siguientes minutos, con destino a Alhucema para llevar con carácter urgente unas vacunas que precisan la población del territorio español allí establecido para controlar una epidemia de Peste bubónica, declarada por los enemigos islámicos.
Un automóvil le recoge en la puerta del edificio donde trabaja, y le permiten diez minutos para hacer el equipaje. Intentó huir por la puerta trasera del edificio de su vivienda pero los encargados de su custodia le detienen y le devuelve hacia el coche. Comentan que para nada precisara mucho equipaje en la ida, porque la vuelta con toda seguridad no existirá. Realmente preocupado y bastante asustado se deja llevar hasta el muelle del puerto, en cuyas oficinas le entregan una caja cuadrada  y envueltas por una estructura metálica de seguridad que es muy inestable y que para nada debe perder su equilibrio por el grave riesgo que puede correr tanto el como la tripulación. Intentó formular preguntas, pero su inquietud y sus carencias le impiden expresarse con claridad, desiste ante la mirada atónita de los funcionarios de aduanas. Pero antes de salir de aquel tétrico edificio, hace su presencia un encorchado personaje que con voz afeminada le explica, aunque poco entiende, que la sustancia que transporta es muy inestable y los movimientos le afectan pudiendo producir una severa desgracia tanto a los que se encuentran dentro de un radio de veinte metros, como a los que precisan de dicha vacuna una vez mezclada con la tensegrity que disponen en la colonia.
Rumeu le tiemblan las piernas, siente un leve vahído que casi le hace caer en el suelo, a la vez que una desbandada de los presentes en la habitación le produce tal sorpresa que le hace recuperar el tono vital. Dos forzudos laborales del ministerio, le sujetan y le hacen desplazarse hacia  una dirección que desconoce, pero salé del edificio y va directo hacia el muelle de sanidad portuaria. Allí le espera un velero con dos personajes en cubierta que le miran con cara de pocos amigos, le ordenan saltar, pero Rumeu tiene vértigo y niega con la cabeza. Uno de los marinos que le acompaña le empuja hacia el velero, pero instintivamente Rumeu levanta los brazos en señal de desespero y se precipita por el canto del pretil del muelle. Su cara era de desesperación y terror, pero no por la estabilidad de las vacunas y sus posibles efectos, sino por el pánico que sentía a  que sus pies perdieran firmeza y estabilidad. Al caer golpeo su cabeza con el espejo de popa del velero, pero continuó asiendo el cofre con la vacunas, que le acompañaron hasta el fondo del fango del puerto.
Se decretó aislamiento de la zona portuaria durante dos semanas, pero no ocurrió ningún percance. Pasadas estas se enviaron dos buzos para inspeccionar la zona, solo encontraron restos de ropa del amigo Rumeu y el cofre abierto y sin contenido. La lisas devoraron las vacunas y quizás las escasas proteínas del  bueno de Rumeu.


INDALESIO  Septiembre 2014    


viernes, 17 de octubre de 2014

LA METANOIA








            Mis recuerdos más lejanos se pierden en algo húmedo y oscuro, pero no quiero retocar escenas difusas para que no digan que son inventadas. Pronto fui capaz de valerme por mí mismo y reconocer el roce metálico de mis semejantes. Me veo arrastrando una enorme pelota de materia orgánica con mis patas posteriores mientras agacho la cabeza para tomar fuerza. Nunca había sentido preocupación por mi existencia hasta que aquel muchacho de Praga me cazó con una redecilla y me colocó en una caja de cartón que tiró a su cartera con indiferencia. Os podéis imaginar la de tropiezos que di intentando mantenerme erguido en medio de aquella agitación. La oscuridad no me preocupaba porque estaba acostumbrado a ella. Lo que me producía terror, aparte del vaivén, era la variedad de atmósferas que atravesamos. Primero el sol del que venía se nubló, luego el calor de un motor mecánico me asfixiaba, más tarde la humedad de la lluvia y por fin el agobio de sentirme debajo de una cama, donde el cazador me dejó, me produjeron angustia (cosa que nunca había sentido). Al principio intenté escapar mordiendo la caja, cuyo sabor era parecido al de la corteza de los árboles, pero en cuanto saqué la cabeza y pude beber la orina que resbalaba por el borde de una taza blanca, empecé a sentirme mejor, aunque noté que me dolían todas las partes del cuerpo como si me descoyuntara. Y es que estaba creciendo. Cuando alcancé un tamaño considerable me arrastré hasta la esterillay me descubrió el bárbaro del hermano deGregorSamsa. Sin pensárselo dos veces me tiró la manzana que se estaba comiendo sin pelar. Lo hizo con tanta fuerza que la fruta quedó incrustada en mi caparazón, que ahora era tan débil como la ubre de una vaca. Salió despavorido dando gritos pero no encontró a nadie en casa, así que se lanzó a la calle en busca del señor Kafka que estaba en su tienda de telas atendiendo a unos clientes. Sin dejarlo abrir la boca, el comerciante lo encerró en el despacho en donde lo olvidó hasta que terminó la jornada. Durante ese tiempo mi organismo sufrió una terrible trasformación. El brillo de mi caparazón se atenuó hasta convertirse en una especie de telilla pálida sin resistencia. Mi abultado y robusto vientre adelgazó hasta pegarse casi a la espalda. Mis fuertes apéndices se transformaron en manos las de arriba y pies las de abajo. Las ventrales se unieron debajo de la barriga para formar un colgajo flácido al que se adosaban dos bultos blandos. Mi cuerpo había aumentado hasta alcanzar el tamaño del chico que me cazó. Cuando llegaron estaba todavía debajo de la cama, asustado y muerto de frío. Lo primero que vi fueron los ojos vidriosos del señor Kafka que me dijo:
- Vamos Frank, sal de ahí –al tiempo que me tendía la mano ayudándome a salir-, bueno hijo ¿qué te ha pasado esta vez?
            A duras penas pude evitar abrazarlo; pero cuando me dejó en manos de su esposa, ya no pude contenerme. No sabía como decirle, entre sollozos, que yo no era Frank y que su hijo llegaría de un momento a otro y lo aclararía todo. Pero no fue así. El muy tuno tenía previsto alejarse de la casa y dejarme como sustituto. Aparecía por la noche o en los momentos más insospechados para pedirme que no lo delatara, que sería mejor que sus padres me tuvieran a mí, un escarabajo como hijo, que a él, al que no querían y que se estaba volviendo cada vez más oscuro. Por las noches le oía roer madera como hacía yo cuando era bicho.
 CIRANO



jueves, 9 de octubre de 2014

MAL ASUNTO. VÉRTIGO







            El campo es el equivalente al saco vitelino donde se desarrolla la existencia, la vida es todo lo demás, como el camino que se conoce al pasar. En el campo se habita esa libertad constreñida por límites invisibles, igual que el feto rodeado por la inmensidad protectora de la matriz.
            Me contaron que mi madre tuvo un accidente estando embarazada de ocho meses, rodó varias veces sin control hasta quedar volcada sobre un precipicio. De allí nos rescataron cuando su cuerpo resbalaba hacia el abismo. Ella habría muerto si no la auxilian, a mi me habrían salvado del silencio por cesárea a vida desde la muerte.
            Una vez que me llevaron al circo me tuvieron que sacar desvanecido cuando los acróbatas subieron al trapecio. Este niño está muy débil, dictaminó el médico, necesita tomar aceite de ricino y vitaminas. Cuando me detuvo la policía por distribuir propaganda subversiva también me administraron aceite de ricino y no porque estuviera débil, sino por escarmiento; pero la bocanada del vómito procuré dirigirla a la cara del comisario con lo que me gané una paliza.
            Ahora, cuando veo a alguien en peligro, temo que me den aceite de ricino y que me apaleen, por eso me pongo tenso y evito el vacío por pequeño que sea. El vacío es el huevo de gelatina del que me sacaron a tirones, es el vómito del ricino y es la paliza con la que el comisario me majó a palos mientras dos esbirros vestidos de gris me sujetaban por las axilas. Es el miedo que siento por los que veo al borde del precipicio del paro, de los desahucios, de las preferentes y también de los que se asoman a los balcones a jalear independencia. Es miedo por nacer (que debió ser parecido a la bocanada avarienta tras una prolongada inmersión), miedo porque me envenenen y miedo por que me majen a palos. El vértigo es la escusa.

CIRALESIO  

viernes, 3 de octubre de 2014

MAL ASUNTO

                                       

Hacia menos de dos meses que me había jubilado, y una ferviente hiperactividad inundaba mis primigenios días. Una de las muchas actividades era mejorar mi condición física, que estaba muy alterada por tantos años de laborar con mínima repercusión sobre mi ajado cuerpo.
Caminaba dos horas, y lo consideré suficiente. Pero no estaba cerrado a otras actividades, así que cuando me llamó Decudermo para pasear por los andurriales del Acueducto de San Telmo, con la compañía del frenopático Byung-Chul-Han me pareció una magnifica idea.
Ignoro los porqués, pero Decudermo mantenía una pasión desaforada por recorrer los siete kilómetros del acueducto, y cada dos meses como mucho lo paseaba sujeto a sus dos bastones. Todos sabíamos que años atrás, en uno de sus intensos recorridos había ocurrido un accidente, que le había costado  un severo disgusto, porque en un puentecillo del acueducto habían encontrado el cadáver de una mujer joven en avanzado estado de descomposición. El cadáver lo reconoció Decudermo como perteneciente a una amiga personal con la que mantenía una intensa relación amorosa y que había desaparecido hacia dos meses. El estaba bajo sospecha y se encontraba sujeto al procesamiento judicial, debiendo presentarse en el juzgado semanalmente.  Quizás por ese motivo se hacia acompañar por Byung- Han, personaje que le daba una estabilidad física y emocional a muchos de sus arriesgados recorridos accidentados.
Yo, por supuesto ignoraba esa parte de la vida de Decudermo, solo había escuchado algún cotilleo pero carente de toda verosimilitud.
Me citó en el amanecer de un lunes, en los arrabales de la entrada norte de la ciudad, donde comienzan las primeras construcciones del acueducto, sobre un cauce rigurosamente seco de un río que hacia años no trabajaba su cauce. Me sentí algo desprotegido, cuando avizore la gran cantidad de herramientas que sacaban de las mochilas, bastones, cabos, botas, linternas, cascos y una interminable cantidad de medidas de seguridad.  Yo solo una mochilita con una botella de agua y un chubasquero. Al fin no me habían dicho que llevara más preparos, y además no creí fuera necesario todas estas parafernalias para un simple paseo sobre un cauce seco. Les pregunté y solo me dijeron  que era una rutina fruto de costumbres de años y por la precaución que se aconseja.
La primera media hora la recorrimos sobre el cauce  del río, con algunos restos de las conducciones destruidas por el tiempo y por la fuerza de un río que quizás años atrás llevara agua. Decudermo nos fue contando algunos aspectos de la historia de la construcción de la faraónica obra de ingeniería hidráulica, y mantenía un correcto equilibrio enseñándome por donde ir, por donde pisar y los cuidados a tener. Byung caminaba absorto en sus ensoñaciones y más pendiente de su marcha que de nosotros dos.
Noté a Decudermo más nervioso de lo habitual, pero tampoco lo había acompañado por el campo en otras ocasiones, así que le di algo de conversación con carácter superficial y lo que permitiera el resuello. Hicimos una parada y bebimos agua, hacía calor y ya el sol picaba incluso a través de la ropa. Decudermo se giró y apoyándose en sus bastones me dijo:
-         Ahora viene la parte más delicada, veras se tiene que pasar por un puente estrecho durante cien metros y sin protección lateral, ¿tú que tal vas?
-         Pues me imagino que lo podré soportar, aunque realmente padezco de un severo vértigo, pero en alturas muy grandes.
Subimos hacia el acueducto y continuamos la marcha. Sendero ocupado la mitad por la conducción  de agua y por el paso para personas. Sentí unas mariposas en la barriga cuando la ruta se abrió de foresta y me quedé en un puentecillo de unos quince centímetros con un pie delante y otro detrás.
Fue entonces cuando me atacó.
Una crisis de pánico invadió mis sentidos y mi mente se nubló, atenazado sentí algo tan desagradable que deseé arrojarme desde la altura del puente. Entonces escuché la voz de Byung  que me gritaba:
-         Dobla las rodillas y cierra los ojos. Respira fuerte y arrástrate hacia atrás.
Sentí que la vida se me acababa y que no podría soportar la sensación de perdida de contacto con la tierra, grité y creo que incluso me meé encima. Lentamente me deslicé lateralmente hacia el precipicio, deseando que todo aquello acabara de una vez y no sentir el sufrimiento de vacío. Mi cuerpo se quedó suspendido y mis manos me sujetaban del lateral del acueducto. Entonces escuché a Decudermo junto a mi oreja que me pedía tranquilidad, mientras Byung pasaba una cuerda por mi pecho y lo sujetaba a un bastón atravesado en la acequia. Desplazándome lateralmente me fui acercando hacia el inicio del puente donde el contacto con la tierra me hizo comenzar a sentir algo de seguridad con mi vida.
Con la uñas descarnadas y babeando me tendí en el inicio del puente, y cuando levanté la cabeza escuché como Decudermo emitía unos hipidos y tapaba su cara con ambas manos. Le pregunté que le pasaba, porque me correspondía a mí, el llanto, pero su desconsuelo era grande y profundo.
Al rato nos contó que en ese lugar había encontrado el cadáver de Clara y que posiblemente le había pasado algo parecido, porque ella también sufría de vértigos en las alturas, y que toda aquella situación que ahora habíamos vivido le había hecho revivir todo lo anterior, y que jamás volvería por aquellos andurriales, al menos hasta que no arreglaran la seguridad de aquellos puentes del acueducto de san Telmo.


CIRALECIO  Septiembre 2014

jueves, 18 de septiembre de 2014

CON SIGILO

                                         


Era comienzo de los años setenta, un momento convulso en el mundo en que se vivía y en especial en la vida de Decudermo. Recién terminados los estudios universitarios, comprometido políticamente, y con una enorme suficiencia producto de sus pocos años y su mucha e intensa independencia,  por ausencia física de sus padres, creía que el mundo estaba dividido en dos, los buenos que apoyaban sus ideas y los malos que lo formaban todos los demás. Su intransigencia le hacia caminar con la vista por encima de los demás, y divisando la persona que en el horizonte podía acceder a su compañía y amistad.
Cierto día acompañado de su inseparable cartera en bandolera, con muda y papeles comprometedores, bajó la vista unos segundos para evitar un bordillo, y se encontró con un antiguo compañero de colegio. Inmediatamente Decudermo giro la cabeza para evitar su encuentro, pero ya era tarde, El López le cortaba el paso. Además su radio de acción era amplio por el uso de una muleta, lo cual le permitió alargar el brazo cerrando una posible escapada. Le miró y sintió un escalofrío, su cara surcada por una cicatriz que partía su nariz y el color terroso de su faz le hacía sentir una cierta clase de repulsión. Para abundar más en su físico, despedía un olor tenue, pero identificable como una mezcla de suciedad, sudor y algo parecido al azufre, todo ello aderezado  con algo dulzón que podría parecer perfume pasado de fecha.
Sabía que aquel siniestro compañero había tenido una vida complicada, muy diferente a la de él, y  se decía en su ambiente, que se debía de evitar porque colaboraba con la policía mediante la delación. Había sufrido un accidente y había perdido la articulación de la rodilla y en el único trabajo que se le conocía le habían arrojado desde un andamio sufriendo múltiples lesiones.
Le saludó con cierto distanciamiento y le negó la mano, El López la retiró con rapidez y disimulo, entonces entabló un soliloquio donde le explicó que el no era un chivato, que no consumía drogas en la actualidad y que solo quería unas monedas para poder comer. Que siendo un currinche le habían negado trabajo en todos periódicos y que no había sido tan malo como otros decían, aunque en verdad tampoco podía negar que era un cabeza loca, que había dado muchos disgustos a sus padres y algunos amigos, y en especial no había sabido dar una vida adecuada a su hija.
Cuando termino su perorata, Decudermo estaba sorprendido y confuso, aceptó que aquel hombre era un embustero compulsivo, pero que él no era nadie para juzgarlo ni reprocharle nada, cada cual puede hacer con su vida lo que quiera, y que bastante tenía con la marginación que sufría. De todas formas se permitió dar un consejo, si te lavas quizás algunos no te evitaran.
El López aún con este gesto de humillación, continuó justificándose, olía mal porque tenía una insuficiencia renal y su piel esta impregnada de restos orgánicos que sus riñones depuraban mal. Ahora fue Decúdermo quién se justifico, pero continuó con palabras más propia de reproches, que de alivio de una situación incomoda. Cuando habían pasado varios minutos, intentó salir del asalto, pero El López mucho más hábil y acostumbrado a estos escarceos, interpuso su cuerpo y alargó la muleta. Entonces le pidió  sin tapujos algunas monedas para comer.
Decudermo haciendo gala de su suficiencia y aderezado con soberbia, le propuso un trato, quinientas pesetas si le encontraba una revista publicada en 1930 que defendía las posiciones de su abuelo republicano federalista. El López sonrió con mucho sigilo y sin manifestar sentimiento alguno, inmediatamente alargó la mano para recibir las quinientas pesetas. Una vez consolidado el acuerdo se separaron.
El próximo encuentro ocurrió tres meses después, ambos no se evitaron y con manifestaciones de alegría, Decudermo golpeó suavemente el hombro del López y este volvió a quedarse con la mano suspendida en el aire. Se preguntaron por sus respectivos intereses, y El López no recordaba nada del encargo. Decudermo decidió no juzgarlo y le volvió a dar algunas monedas, incluso de algún mayor valor. Así se estableció con una cierta asiduidad los encuentros, Decudermo sabía que todo el mundo le rehuía y que vivía de la caridad de unos pocos, así que decidió formar parte de la nomina de los sufridores del López.   
Cierta tarde Decudermo esperaba un cita con un enviado de un partido político de la clandestinidad, la cita estaba concertada en el café Madrid a las seis de la tarde. Por motivos de seguridad se esperaba con disimulo en un lugar distante desde donde podía avizorar la llegada del enviado, también era costumbre tener paciencia porque existía unas demoras por motivo de la seguridad, curiosamente solo del que llegaba. Estando ya próxima la hora máxima de espera, límite permitido, Decudermo escuchó el golpeteo de la muleta que reconoció como del López, algo confundido se volvió para dar la espalda. Pero El López se le acercó y le tendió la mano en señal de pedir, mientras le dijo con mucho sigilo y precaución que la policía estaba al acecho y conocían todos los movimientos. Inmediatamente desapareció camino del Café Madrid, Decudermo con el corazón latiendo a mil por momentos, se fue desapareciendo entre los lugares más concurridos, hasta que se sintió más seguro. Supo que también había avisado al enviado del partido clandestino, y que sus ingresos más importantes los conseguía del conocimiento  exhaustivo de la ciudad y de todos sus habitantes, posiblemente trabajaba para ambos intereses.
Desde entonces cada mes aparecía y asaltaba a Decudermo con mucho sigilo. Le entregaba un papel lleno de letras al estilo Romance, que guardaba con delicadeza, y a cambio de una monedas le acompañaba en el trayecto hasta el tranvía, contando batallitas de su perra vida y su mala cabeza. 

INDALESIO  Julio 2014

    

viernes, 29 de agosto de 2014

LAS COSAS QUE PASAN

                              


Una suave brisa acariciaba mi rostro y aunque movía mi pelo, agradecía que me aligerara el sudor que producía mi cuerpo. Estaba sentado en el jardín de la casa donde vivía, mis padres habían salido y yo permanecía solo y aburrido. Me asomé por el vallado del oeste y distraidamente oteé las casas próximas. En el jardín de la casa de los Bolin había una persona sentada debajo de una Jacarandá  con todo el suelo lleno de sus preciosas flores azules  malvas, y un caballete que sostenía un lienzo donde pintaba algo que no podía distinguir.
No me hubiese llamado la atención sino fuera porque en aquella casa no vivía nadie y tenía conocimiento que la cancela  disponía de un hermoso candado que impedía cualquier paso.
No se que clase de valor saqué de mi mente, soy un joven de dieciséis años bastante tímido y suelo rehuir de situaciones comprometidas, pero el caso fue que cogí un palo que se usaba para espantar los perros, y salí de la casa haciendo ruido. Atravesé el llano arrastrando los pies, costumbre que me persiguió toda mi vida y que me hizo llevar siempre los zapatos sucios de polvo y gastado en sus punteras, hasta que me informó un amigo médico que había tenido un sufrimiento fetal en el nacimiento, algo que ignoro su razón y que tampoco me importa, ya que según me dijo no tenía solución.
Bajé con algo más de precaución y me acerqué a la puerta de villa CHIPI como así se llamaba la casa, desde la misma puerta distinguí la figura de una mujer joven con las piernas cruzadas y el vestido drapeado enseñando un trozo de muslo en tono tostado. Fue suficiente para que me interesara por la persona y me armara de valor para abordarla y averiguar quien era.
Sabía que en la zona sur había un boquete en la tela metálica  por donde sin mucha dificultad se podía acceder al interior del jardín. Me di cuenta  que la intrusa  no había pasado por el angosto lugar, porque había telas de araña ocupando el boquete, así que pensé que debería haber otros pasos francos para entrar en el precioso santuario. Entré y carraspeé para avisar de mi presencia y no provocar un sobresalto, pero no advertí ninguna maniobra en aquella mujer. Repetí la misma advertencia y nada, continuaba absorta en la pintura del lienzo. Entonces me detuve y pude apreciar la pintura que estaba realizando. Eran colores fuertes pero atenuados con blanco, mostraba dos cuerpos de mujer en un segundo plano y un frondoso jardín que podía ser el de villa CHIPI pero más cargado de flores tanto en la mata como en el suelo. En la mitad superior se apreciaba el dibujo de la cornisa de la casa con el envejecimiento propio del abandono y los desconchones de la pared. El conjunto era sorprendente y de una belleza enorme, para nada resultaba recargado y no sobraba nada de aquel abigarrado conjunto pictórico. Me moví pero como no llamaba la atención, hice un amplio rodeo para hacerme ver y ya de frente. En efecto, levantó la cabeza y me miró. Al momento levantó la mano y me saludó.
Era bellísima, llevaba un traje blanco de encajes en la parte superior y abierto en los lados la parte inferior, así se podía ver el inicio de sus muslos. Un sombrero de paja cubría su cabeza, pero al momento lo retiro y lo agitó en el aire en señal de saludo. Me acerqué y le pregunté que hacia allí, pero lo hice mirando hacia un lado, por vergüenza. Entonces habló, y lo hizo con una terrible voz gangosa que le salía del fondo de su faringe, en un principio me sorprendió tanto que no la entendí, pero al repetir dijo que era sordomuda y que le tenía que mirar de frente para poder leer mis labios.
Me quedé quieto y mudo yo también, y seguro que con cara de atontado. Ella movió las manos como para despertarme del embelesamiento, y se levantó del asiento, extendió la mano y me dijo su nombre, Violeta.
Aún sorprendido por su belleza y por la decepción de la articulación de sus palabras, le cogí la mano con precaución y le dije mi nombre, Decudermo. 
Algo más repuesto de tanto sobresalto, entendí lo que me dijo,  que aquella casa era de sus padres, pero que hacia años que no vivían en ella. Que ella  usaba el jardín  en estos días como inspiración para su pintura, que en los próximos meses tenía una exposición, y que había descubierto mucha paz y sosiego en aquel maravilloso lugar. Me preguntó por mis gustos artísticos y me pidió opinión sobre su cuadro. Solo conseguí articular algunas palabras, le pregunté el porque de usar tanta pintura azul. Me contestó como sorprendida, y era por dos razones, una porque la Jacarandá da flores dos veces al año y son de color azulado, y lo segundo porque es el color de la fidelidad, algo que para ella muy importante, en la amistad y en el amor. 
Miré en varias direcciones inquieto por encontrarme solo con aquella joven y el pedí que continuara con su trabajo, pero la verdad es que estaba asustado por la seguridad que mostraba, a pesar de lo  horroroso del sonido de sus palabras. Me giré sobre mis talones y me fui. Toda mi vida arrastré las imágenes de las escenas del jardín de Villa CHIPI y el recuerdo de mí comportamiento estúpido con aquella mujer tan bella, del que me arrepentí momentos después de darle la espalda.


INDALESIO Julio 2014              

viernes, 15 de agosto de 2014

PERDÓN HUMANO













Salvadora Carvajal fue la primera que extrañó la pareja que llegaba al hotel Metropolitano. Como todas las mañanas limpiaba la galería para que se instalaran las señoritas a tocar el piano. Después ocurrió la visita del recién llegado que cruzó la calle para saludar a las niñas, la amistad con los dueños y las desgracias. Asistió a los moribundos sumida en el silencio que le imponía la entrega espiritual que había decidido en el instante en que lo vio bajar del auto con impecable terno oscuro, camisa blanca y pechera almidonada sobre la que se recortabacorbata negra prendida con alfiler de oro. Pero el hechodecisivo quizás fué la mirada a través de los anteojos en la que reconoció la superioridad intelectual del hombre de letras junto a la fragilidad de un ser desamparado.
Le ayudó a preparar las medicinas sin hacer preguntas, sabiendo que no todo lo que contenían algunas cápsulas era quinina para la malaria. Cuando lo detuvieron y lo llevaron a la cárcel cedió a los requerimientos antiguos del capitán Ortiz y se dejó querer para estar cerca del preso, al que le llevaba todos los días la comida que le preparaban las damas de la ciudad, le aseaba la celda, le planchaba el traje, le apuntalaba los botones, le lustraba los botines y le informaba de lo que le sacaba su amante.
Supo que iba a escapar y también supo que le aplicarían la ley de fugas, pero cuando fue a decirle que no huyera, ya había sucedido todo. Corrió por la calle Real y antes de llegar a Subtiaba sintió como si le entraran por el cuerpo los dos tiros con los que el capitán Ortiz acabó con la vida de Castañeda. Cuando Salvadora Carvajal se acercó, dos esbirros le enseñaron el cadáver limpio, porque en el último momento, el asesino se intimidó con la petición de la víctima que le gritó: ¡a la cara no! Corría el año 1933 y solo hace uno que faltan por Navidad floresen la tumba sin nombre del cementerio de Guadalupe.
CIRANO 

jueves, 31 de julio de 2014

LOS BESOS QUE SIEMPRE DESEÉ

                     

Conocí a Maruja en la puerta del templo de la sabiduría, donde yo al ser un Dios menor me aburría, sentado en el poyete que disponía en cada lado de la puerta. Cada día me sentaba esperando la llegada del purificador sol que todo lo ilumina y que da un agradable calor. Bostezaba y giraba la cabeza a derecha e izquierda  para contemplar cuantos venían y cuantos iban. Aquel día encontrándonos ya pasado el equinoccio de primavera y aun esperando la llegada del calor, me senté abrigado con la enorme capa que albergaba mi impúdico y muy  desarrollado cuerpo. Cuando giré la cabeza hacia el lugar por donde solían venir los cortejos, pude contemplar una gran luminosidad que me hizo entornar los ojos, entre mis pestañas entreví que esa luminosidad la desprendía un cuerpo concreto, y un cuerpo maravilloso. No entendí como un solo cuerpo puede dar tanto resplandor, aunque siendo un Dios menor no es extraño que ignore algunas cosas, pero jamás había visto que un humano acaparara tanta energía. Tapé mis ojos para no ser deslumbrado, y busqué, cuanto molestaba ese fulgor a los demás, y cual sería mi sorpresa cuando todos pasaban o se cruzaban sin que la luz reveladora inquietara sus facciones. Y digo reveladora porque enseguida comprendí que esa corporeidad no era humana sino perteneciente a la misma casta que yo, a saber hijos de un Dios menor.
Tenía mi misma altura, sus andares eran firmes y contoneaban sus poderosas caderas, sus vestidos nada llamativos eran breves a nivel de sus muslos, dejando ver unas poderosas piernas con una piel clara y perfilada por unas medias que  subían  arriba de las rodillas. El pelo cortado muy ralo le hacía una cabeza muy redonda, y en especial llamaba la atención en su cara unas grandes antiparras que le cubrían sus ojos y gran parte de su faz.
Aún sin conocer lo que ocultaba aquellos artilugios que tapaban sus facciones, me sentí enamorado por unos labios carnosos y muy sensuales. Reconstruí con mis habituales poderes el color de sus ojos y el tamaño y ya no me sorprendió, eran perfectos. Las antiparras estaban colocadas en la mediación del caballete de la nariz y permitían ver unas cejas pobladas y cuidadas.  Cuando pasó a mi altura, me levanté en señal de respeto y admiración, y pude percibir la magnificencia de aquel cuerpo que ya deseé fuera mío. Aún encontrándome vestido con harapos y cubierto con mi manto de estudiante, le perseguí observando la belleza de aquel cuerpo y su magnifico ritmo. Noté que ella me sintió, porque enderezó su cuello y erizo los pelos de la base de su cuello, entonces disminuyo su ritmo de zancada y comenzó un remoloneo seductor que me hizo trastabillar.  
Se paró y me pregunto sin tapujos cual era mi nombre. Tartamudeé entre la sorpresa de la pregunta y el no saber que decir, yo al fin era hijo de Himero pero no deseaba que nadie supiera mi relación con Eros y sus descendientes, ya que el prestigio de mi hermano Anteros me había hecho bastante daño. Di una excusa y con gran trabajo una mentira, para que no pareciera más idiota de lo que realmente era. Le pedí permiso para acompañarla y sin dilación me autorizó.  
Me convertí a su lado en un personaje bastante disminuido, continuaba un enorme halo cubriendo el espacio que ella ocupaba y tan segura de si, que comencé a sentirme humillado por mi otrora capacidad de seducción y que tan buenas dadivas me habían producido. Enderecé mi torso y metí en vientre, pero realmente nada mejoraba, todo lo ocultaba mi poderosa capa manto de estudiante. Nada de lo que intentaba servía para cualquier cosa, pero extrañamente ella no perdía el interés por estar conmigo, y me llenaba de palabras elogiosas, como si fuera de un rango que precisara apoyo.
Llegamos a su vivienda y con cortesía me despedí, ella entonces me preguntó cuando nos volveríamos a ver. De nuevo balbuceé una excusa, y muy idiota de mí, rechacé un nuevo encuentro.
La siguiente vez que la ví, había trascurrido varias estaciones y su imagen me perseguía, pero por más que la buscaba nunca coincidíamos. Todas las mañanas mantenía mi cabeza girada, sentado en el murete, y esperando su llegada, pero torcía mi cuello más por dolor de la postura que por interés en algún humano.
Pero cierto día, aunque mi estado anímico no era bueno, presentí que la vería, como así fue. Sentí la energía de su halo de fuego y luz, que curiosamente no molestaba a sus paseantes cercanos y por supuesto ni siquiera les llamaba la atención, cuando en efecto la apercibí,  al doblar un ángulo del templo erigido a Jerónimo. Me levanté como poseído por el deseo de Himero y la contemplé. Sus andares, su perfilada silueta, los pasos seguros que hacían oscilar su cuerpo, me hizo reconocerla de inmediato. Pero le encontraba algo distinto, algo  que al estar lejana no podía reconocer, hasta que llegó a un distancia que ambos nos hizo sonreír.
Nos saludamos con la adecuada ceremonia que corresponde a seres de nuestro rango y condición, tocamos las puntas de nuestros dedos y mantuvimos las manos sujetas. Después de unos momentos, reconocí que era lo que faltaba a la imagen de mi amada Maruja, las antiparras, pero antes ella se adelantó y me reprochó mi prolongada ausencia. Confesó que había deseado verme y poder conocerme, aunque ya le habían avisado de mi pésimo comportamiento con el sexo mejor dotado.
Cuando le pregunté por las antiparras, me confeso que se debía a un defecto físico de sus facciones, y que habiendo superado el deterioro decidió retirar el incomodo artilugio. Me sentí avergonzado e indignado por no haber reconocido aquella tara, que quizás solo veía ella, pero que me hizo sentir demasiado humano. Solté sus manos y me giré delante de su luminoso cuerpo, le di la espalda y me retiré hacia las escalinatas del templo de la sabiduría.
Pasados los años, me reproché mi comportamiento estúpido y humano, aquel ser tan maravilloso que podía haberme dado tanta felicidad, lo aparte por mis miedos, quizás heredados de mis ancestros humanos, pero que debo asumir porque así como lo cuento, fueron. Nunca más la volví a ver, solo supe que había emigrado allende territorios más frescos y que quizás era feliz con otro.
Ahora, cuando he salido del templo de la Sabiduría, por deméritos míos, tengo que confesar que jamás he vuelto ha sentir  por alguna mujer lo que sentí por Maruja, y que si en algún lugar permanece le pido tenga a bien tener algún recuerdo grato, de mi humana y estúpida persona. Solo si es así podré descansar en paz, en estos tiempos en que retirado del deseo y de los amoríos, me encuentro buscando la paz para conmigo.

INDALESIO Mayo 2014       



viernes, 18 de julio de 2014

MANUSCRITO ENCONTRADO EN ALPANDEIRE




Volvimos al papel y al teléfono fijo cuando empezaron a cobrar. Primero whatsApp pidió cinco euros al año, luego las redes introdujeron la cuota y al final el propio internet exigió pago por servicio. Estaban en su derecho, pero hay que reconocer que nos tenían mal acostumbrados. No era solo la conexión, eran las descargas de música, vídeos, películas e, incluso, había quien se bajaba libros. Aquello era como la calle en donde todo se ve, todo se encuentra, todo se chalanea. Pero cuando más confiados estábamos, cuando nos tenían cogidos, empezaron con las excusas de los gastos, de que aquello no era una ONG (¿y qué es eso de una ONG? ¿algún juego nuevo o una red de pago? Lo que sea, ellos no eran eso, querían recuperar la pasta que cuesta trasmitir y sostener las infraestructuras. Escondidos en palabras complicadas nos llevaron a huerto y en un país donde hay más parados que currantes ya me diréis que se puede hacer.
Antes, por lo menos, te tirabas el día colgado del muro, oyendo música, descargando vídeos y transfiriendo archivos que no es que fueran cosa para pensar, pero por lo menos entretenían. Lo que es ahora se pasa uno las horas muertas sin nada que hacer, esperando a los colegas que ya están más vistos que el portal de tu casa, repitiendo lo mismo sin ser capaces de organizar esa marcha de protesta para que nos devuelvan el espacio virtual que nos han quitado. Porque ya no está uno para nada, pero esas cosas en otros tiempos terminaban en tangana. Siempre había alguien que reventaba las manifestaciones y empezaban los palos, las fotos, los videos y las llamadas de televisión para que les pasáramos las escenas en las que se vieran a los guripas dar leña. Ahora ¿para qué se va uno a manifestar si ni siquiera se puede gravar?
Y en papel no hay quien escriba y aunque se haga ¿para qué sirve? No vas a ir con la carta en la mano a dársela a uno que tienes al lado y al que no sabes que decirle. Con el móvil era otra cosa, las palabras te salían solas, que cómo estás, que qué haces, a quien ves, mira lo que me acaba de mandar fulano, esto si que es guay. Cosas de esas, inventando palabras y siglas, usando signos raros, dando cancha al coco. Lo que es ahora parecemos muertos sin saber que hacer ni a donde ir. Todo vale una pasta y cualquiera se mete en una página porno, te sale por un ojo de la cara. Ahora el que quiera fiesta que se busque un rollo o se la machaque con la imaginación, es lo único que todavía sale gratis. Dicen que es por la polución pero la pínga cada vez está más triste y tampoco tiene uno para viagra.

CIRANO

domingo, 6 de julio de 2014

UN VASO DE AGUA FRESCA



                             



Debió ser por la mediación de los años sesenta, ya acababa el curso de preparación para la Universidad y mi padre me sentó mientras almorzaba y me planifico la vida en los próximos años. Tenía que ir a la ciudad próxima donde había Universidad y prepararme para los estudios de medicina. Imaginaba que no podría ser otra cosa, porque tanto él como mi hermano mayor también eran y vivían de la medicina. Así que acepté no con resignación, pero si sin sorpresas.
 Mis conocimientos eran escasos, los estudios en un colegio de Jesuitas no eran brillantes porque el profesorado era bastante mayor y los métodos de estudio basados en la memoria. Jamás había leído, ni me habían hablado de política, ni de metodología de análisis, ni de nada salvo bastante religión y unas gotas de filosofía poco comprometida.
Mi estancia  en la ciudad de la Alhambra fue magnifica, pude administrar mis tiempos y algunas libertades comunes a todos los jóvenes que comenzaban el largo periodo de preparación profesional. Comenzábamos a relacionarnos con las jóvenes, y relacionarnos no pasaba de coger la mano después de un largo periodo de espera. Podíamos acudir a algo desconocido como el cine de autor y el cine forum al terminar la proyección, donde se hablaba de algo desconocido como era Democracia, que sonaba a Cicerón  y Grecia antigua. En algunos círculos se comentaba el compromiso de luchar contra el fascismo y el desmontar el franquismo, pero daba miedo porque se sabía que la represión contra estas cosas era muy dura, y además el desconocimiento de estos conceptos era la moneda común entre los amigos más habituales.
En los dos últimos días, al pasar por la Avenida de Calvo Sotelo camino de la Facultad, habíamos visto varias camionetas de policías rodeando el edificio del Sindicato, pero realmente le habíamos dado poca importancia y era algo que nos resultaba ajeno.
Pero el miércoles 26 de marzo, a las nueve menos veinte de la mañana, pudimos ver una gran concentración de trabajadores de la construcción delante del edificio, nos paramos para enterarnos de que se trataba, cuando escuchamos un espontáneo griterío de voces que llamaban asesinos a los policías nacionales, y comenzaba un ensordecedor ruidos de disparos a la vez que una lluvia de ladrillos surcaban nuestras cabezas. Corrí despavorido abandonando a mi compañero de estudios y me refugié en el portal de una casa que por pura caridad no habían cerrado. Antes de poder sacar la cabeza para mirar y con todo mi cuerpo temblando de miedo y pánico, se desplomó sobre mi esmirriado cuerpo un hombretón  completamente lleno de manchas de sangre. Aquel hombre tenía desencajada la cara y sus ojos oscilaban buscando seguridad o apoyo para con su vida. Olvidándome de manchar mi chaquetón marino, sujeté la cabeza del herido, mientras la colocaba un pañuelo sobre un boquete que perforaba su prominente barriga. El hombre me miró y me pidió un vaso de agua fresca.
Olvidándome del volumen del herido, le cogí por los brazos y tiré de él, pero evidentemente no pude moverlo más que unos metros. En ese momento sentí que alguien se proponía ayudarme, era un joven como yo, quizás algo más fuerte y alto, me dijo que era médico y que lo llevaríamos al Clínico que estaba bastante cerca. Le aumentó los trapos sobre su herida  y fajamos con la chaqueta  su prominente vientre, su cabeza parecía sin vida y estaba caída sobre uno de sus hombros.
Olvidándonos de lo que ocurría fuera, carreras y continuaban los ruidos  de disparos, sacamos aquel hombre del portal y corrimos asfixiándonos hacia la acera izquierda de la Gran Avenida. En mitad del recorrido recibimos apoyo de varias personas que nos ayudaron al transportar aquel hombre cuyos ojos parecían  estar vidriosos y carentes de vida. Subimos la cuesta de la calle del Dr. Oloriz jadeando y sin más fuerzas para seguir, al menos yo. Pero llegamos, a trompicones y con el herido con la ropa medio arrancada, pero lo depositamos en los escalones de la urgencia. Mi voz no salía de mi garganta y la puerta se encontraba atascada o mejor cerrada.
Golpeé con ambos puños gritando auxilio, pero no parecía haber nadie, el otro estaba con ambas rodillas en el suelo y tumbado jadeando por falta de aire. Al fin se levantó y se acercó a la puerta, grito su nombre y a los pocos minutos se abrieron las puertas. Reconocí al catedrático de Cirugía General que ordenaba a gritos que llevaran al herido al quirófano, mi compañero de traslado, el que era médico, entró por la puerta siguiendo a nuestro  auxiliado hombretón. Me quedé en la puerta llorando.
Al día siguiente me enteré de todo lo acontecido, de que el hombre que llevamos había muerto en quirófano, junto a varios compañeros del gremio de la Construcción. Que la Policía se había asustado por la multitud y que se había disparado más de quinientos cartuchos, que los muertos eran cinco y los heridos veintitrés. La huelga de la construcción acabo sin resultado alguno, a los diez días nadie hablaba de aquella masacre y se limpiaron los restos de impactos de balas. Yo comencé mi peregrinar en las Juventudes Comunistas, pidiendo el ingreso y afiliación.

INDALESIO Dic 2013   


lunes, 23 de junio de 2014

MENTIRAS NOVELADAS


                         



Desde pequeño y por voluntad de mis padres, soy un lector empedernido y un amante de las fantasías que desearía escribir, y en camino de ello me encuentro en estos momentos.
Perdido ando con mis escritos, porque por más que lo intento no consigo elaborar un texto del que me pueda sentir totalmente satisfecho, algo que no me desanima porque lo continuo intentando cada día de cada mes y de cada año. Ignoro también el porqué los lectores, escasos de mis relatos, piensan que lo que se escribe es realidad y hechos ocurridos en la vida de cada uno de los modestos escritores. Al principio me molestaba en sacarlos de semejante error, pero por más que lo intentaba no conseguía su aceptación, así que desistí de ese esfuerzo y acordé que cada cual hiciera lo que le viniera en gana.
En esta situación me encuentro, cuando he decidido escribir una historia que es fruto de mi imaginación y que se desarrolla en la más absoluta de las locuras posibles. Se trata de unos hechos ocurridos a  un vecino imaginario y que le ocurren acontecimientos tan disparatados que casi es muy difícil que sucedan en la realidad, pero que si ocurren sería un escándalo de marca mayor.
La historia en forma resumida consiste en la vida y misterio de un vecino al que le endosé la realización de un atraco con delito de sangre y al que no se consigue descubrir por sus habilidades. Su descripción como persona ha sido exhaustiva y su personalidad extremadamente detallada. Elegí como victima también a una vecina que me constaba disponía de bastantes recursos económicos y a la que conocía por motivos familiares.
El plano detallado de la casa, los movimientos del servicio doméstico y las costumbres de sus habitantes  me permitió una  amplísima y bien argumentada descripción, que le hacia parecer con mucho, una exagerada realidad.    
Cuando leí las cuartillas, unas veinte, me sorprendió la vivencia y lo convincente que parecía la historia y animado por haber descubierto y desarrollado una historia tan creíble me dispuse  a sacarlo a la luz en mi blog con la celeridad que me apetecía.
Pude comprobar en días posteriores que el volumen de visitas era abundante y que los sistemas operativos eran uniformes, y no recibí ningún comentario, solo algunas salutaciones sobre me gusta o no me gusta con importantes números. En el cuarto día, cuando ya me disponía a comenzar un nuevo relato con los mismos parámetros, llamaron al portero electrónico, antes de abrir, pregunté  de quien se trataba, era la Policía.
Sufrí durante muchas horas y varios días la brutalidad de la policía, con un interrogatorio que yo pensaba se daba solo en las películas, pero no, vi que me quedaba corto incluso con mis fantasías. Al parecer habían descubierto el cadáver de la misma mujer de mi relato, y con fácil lógica y fruto de una mente de las que piensan que todo vuelve a ser realidad y sale a la luz, y más en los escritores cuya acto fallido esta en lo que escribe. Desconozco el nombre concreto del delator, aunque barajo varios personajes, todos del círculo de mis amigos y a los cuales quiero olvidar por haber dudado de mi honorabilidad.
Al tercer día sin dormir y ya dispuesto a confesar lo que me pusieran por delante, de forma brusca cambiaron las tornas y empezaron a tratarme de forma diferente, nada de violencia y gritos, ni brutalidades físicas ni incluso mentales, hasta que me confesaron que había aparecido el producto del robo de la casa de Doña Martina y el autor del asesinato. Me advirtieron que podía reclamar una indemnización, pero que lo pasaría mal para poder demostrar si había habido violencia, y por el contrario estaban dispuestos a condonar las multas que recibiera al menos en dos años.
Mantuve un discreto silencio hasta que me permitieran salir, que por cierto no se dieron prisa, y cuando salí de la comisaría lloré de horror.
Dejé la literatura, la lectura y la escritura, bloqueé mi blog y todos los escritos y vendí la casa herencia de mis padres. Me compré un velero, palicorto y mangudo, lo equipé con todo lo que necesitaba y me dispuse a soltar amarras y lanzarme a un mundo más tranquilo y menos agresivo. Antes he escrito estas notas para avisar a los escritores que como yo, cuentan fantasías, para que estén alertas y cuiden mucho lo que cuentan, porque pueden sufrir como yo una supuesta equivocación, si supuesta, porque algo de culpa tuve en todo este embrollo.

INDALESIO Abril 2014         



viernes, 6 de junio de 2014

SUEÑOS PERDIDOS



                                 

Habitualmente caigo en la cama tan cansado que a los diez minutos de leer, el libro cae sobre mi cara. Recojo los aperos y apago la luz. Como soy de edad avanzada, pero no viejo, al menos una vez en la noche tengo que levantarme para aliviar mi vejiga, pero con rapidez vuelvo a coger el ritmo de mis ensoñaciones. Al despertar, ayudado por el reloj biológico que tengo dentro de mi cabeza, me levanto como un resorte y mientras hago la cama intento recordar mis sueños más placenteros, pero aunque lo suelo hacer con celeridad, nunca consigo recordar cual ha sido mi sueño más grato.
Se que sería muy interesante y emotivo el poder disfrutar de mis ensoñaciones, porque sé que son gratos, no me predicen cosas desagradables y contribuirían  a completar la felicidad que conduce el descanso temporal de la noche.
Pasaron algunos días antes de que me volviera a las entendederas lo de los sueños, y decidí tomar algunas medidas. Coloqué al alcance de mi mano una grabadora para relatar con precipitación y antes de levantarme lo que contenía  mis sueños. Inútil u baladí, aunque lo intenté llegaba tarde y el sueño se desaparecía como por arte de magia, cuando no se  iba olvidando con la misma celeridad que lo intentaba recordar y verbalizar.  A los varios intentos lo di por imposible y olvide la grabadora y me resigné a no recordar mis sueños.
Pero nunca olvidé mis deseos de disfrutar de los hechos de la vida durante la inducción del sueño, y me informe. Decidí tomar medicación psicotrópica que aligeraba el sueño y lo hiciera más presente, pero me producía el efecto inverso, dormía como un lirón. Cuando lo suspendí tarde tiempo en regularizar el sueño, y ya nunca lo volví a recuperar con la armonía con la que lo disfrutaba antes.
Al fin y no sin que pasaran muchos meses e incluso años, olvide que deseaba recuperar para el consciente mis sueños, hasta que se cruzo en mi camino un personaje peculiar y de indudables dotes de genialidad para la hipnosis. Me convenció de que me sometería a una sesión de hipnosis y conseguiría sacar de mi mente todas esas maravillosas ensoñaciones que habían adornado mis noches. Hablaría conmigo mientras me encontraba inducido y gravaría nuestra charla, incidiendo con mayor insistencia en aquellos aspectos menos escabrosos de mi subconsciente. Se llamaba El MAGO HERMANN BROCH y era oriundo de loa países germánicos.
Cuando me pregunto por la parte que no quería que removiera, me comenzó a rondar por la cabeza hechos que solo podía compartir conmigo mismo y que bajo ningún concepto debían pasar a la luz, así que empecé a tener dudas y algo de miedo, porque como ya dije en otra ocasión he cometido delito, muchos delitos, y jamás querría que nadie se enterara, ni incluso yo mismo. Así que lo mejor que podía hacer es no remover lo que bien asentado está. Le pedí disculpas y achaque mis dudas a convicciones religiosas insuperables.
Hace más de cinco años que aunque duermo mal, no tengo ni lo más mínimos atisbos de ensoñaciones y sinceramente no quiero  recuperarlos.

INDALESIO Abril 2014


viernes, 23 de mayo de 2014

LOS AMIGOS


                                         



Soy un afortunado, tengo muchos amigos. Aunque en realidad  y siendo bastante exigente no todos son amigos. Claro que depende de lo que se entienda por amigos, si es el que te abre el monedero en caso de necesidad pues es un conocido rico o generoso, pero incluso es menos amigo, porque muchas veces  te lo reprocha o te piden que  le devuelvas la dádiva. Ese tiene poco interés, yo no lo incluyo en la categoría de amigo.
También está el aburrido, siempre cuando le citas trae las manos en los bolsillos y resopla. Le hablas y te mira con desgana, entonces te suelta una larga perorata de lo difícil que es todo para él y su entorno. A veces terminas por no volver a llamarlo, nunca te puedes fiar de él porque siempre te guarda algo en la recamara que te  reprocha. Este amigo si forma parte de esa categoría, porque como su actitud es cansina, la mayor parte de las veces llena un espacio necesario y terminas por apreciarlo.
Otro prototipo es el listo, mezcla de espabilado e inteligente. En un principio muñidor, queriendo quedarse con la dirección espiritual del grupo y que después cuando ya se da cuenta de las dificultades pasa a dirigir a otro para que dé la cara, mientras él le chivatea cosas al oído. No tiene maldad por eso de ser listo, pero no goza de mucha popularidad. Pulula por muchos grupos donde va sembrando discordias y después las cuenta como cosa ajena.
El gorrón se escaquea hasta para dar su opinión, siempre tiene prisa o tiene que ir al baño cuando o se tiene que pagar o se tiene que mojar en explicar algún asunto de su interés. Suele resoplar y cuenta noticias económicas para justificar lo mal que están las cosas. Jamás pide prestado y nunca tiene deudas, aunque también es verdad que dispone de poco patrimonio. Suele enseñar un billete de cincuenta euros para pedir le pongan lo suyo. No compra tabaco  así lo mates, pero es tu amigo y siempre pones algo más en el bolsillo pensando en él.
Por último está el pesado, cuenta anécdotas y noticias ya sabidas por todos y te exige que le escuches. Cuenta todo porque llega tarde y ya se ha hablado del asunto, pero él insiste y vuelve a contarlo todo. Nadie le hace caso, pero tiene correa y aguanta. A veces se siente triste porque nadie le escucha, y entonces todos le piden que lo cuente, aunque en realidad nadie le presta atención.   Esté siempre es un buen amigo.
Buscamos un proyecto en común, pero jamás sale nada, eso si ya hemos superado la época de salir con las mujeres y soportar grescas y malas maneras. Ahora salimos, poco tiempo pero solos, y hablamos de hacer algo común, pero nunca encontramos coincidencia. Cuando se propone andar, uno no quiere porque le duelen los pies. Si es cultivar un huerto, alguno dice que no le gusta comer césped y que lo hagas tú solo. Si acaso es reflotar un barco viejo, otros te miran con cara de extrañeza y dicen que ya se acabo el tiempo de los esfuerzos. En fin, que aunque pasen el tamiz de la amistad, los amigos son difíciles y los que nos mantiene unido es el cariño de años aguantando.
Por un casual alguien sale del grupo y se refugia en otro, que lo que les une es que son desechos de tienta y no tienen relaciones sociales con otros, y quieren ampararse  en un grupo que lo único que tienen es la dispersión. No pasan más de diez días  cuando de vuelta te vuelves a refugiar con los amigos de siempre. Y así….. ¿a ti que te parece mi querido amigo?   


INDALESIO  Abril 2014    


domingo, 11 de mayo de 2014

EL VENDEDOR DE LIBROS



            Tenía, ribeteándole los ojos, en los pómulos, una serie de puntos negros como concentraciones de carbón; minúsculas bocas de mina que le daban una impresión de suciedad arraigada y profunda. Su interlocutor pensó que aquello era una señal de miseria, no tanto material como espiritual. Por lo demás toda su expresión era raída y sucia. Calzaba unas zapatillas de las de andar por casa sobre las que caían los sobrevueltos de unos pantalones negros con vetas blancas de un tejido como de lino, poco moldeable y que colgaban sin garbo por unas piernas que se adivinaban finas y nudosas como sarmientos. Llegó envuelto en una sensación de cansancio, más ficticia que real, como queriendo añadir un factor de sufrimiento al valor de los libros que le intentaba vender. Era un Quijote en tres tomos, publicado hace unos diez años por una de esas casas editoriales que se fijan más en el aspecto estético de los libros que en su contenido, poniendo al alcance de una gran masa de público obras maestras que jamás tocarán y que solo le servirán para adornar el salón de su casa.
            Este hombre, por motivos que vagamente confesó como dificultades económicas, se veía obligado a desprenderse de aquella parte de su sala de estar y la ofrecía a un precio tres veces superior al que había pagado hace un lustro en cómodos plazos. Todo su aspecto reflejaba bien a las claras las penurias económicas presentes, aunque por mucho que se fijara uno no entresacaba de su oscura fisonomía ningún signo que pudiera hacer referencia a tiempos mejores.
            Junto con los puntos negros que tapizaban sus ojos llamaba la atención el pelo blanco y ralo que cubría medianamente el cráneo y las profundas arrugas que nacían de los susodichos puntos negros y que se abrían hacia las sienes como los surcos que deja la sequía en terreno quebradizo. Tenía los hombros caídos hacia adelante rebajando un poco más su escasa estatura.
            Si su aspecto físico era poco agraciado su conversación no lo era más. Planteaba un tipo de argumentos de una pobreza casi insultante, comparando el mercado de los libros con el de los pisos, asegurando que de la misma forma que las viviendas incrementan su precio, también los libros lo hacen y se revalorizan. Pero quizás lo más repulsivo que le había resultado al presunto comprador de sus joyas bibligráficas fuera el olor añejo de suciedad incrustada y vieja. Se figuró que el vendedor de libros tendría el cuerpo lleno de esos hoyos negros en donde acumulaba la porquería que iba cosechando durante los trasiegos de acarrear libros y sudar las solaneras implacables de las calles terrosas y secas de la ciudad, porque se había presentado un día de junio en medio de los calores subidos del mediodía de este sur de sures.
            Este hombre insignificante esperó pacientemente a que su cliente hiciera una gestión telefónica para indagar el verdadero valor de los libros que ofrecía. Durante el tiempo de espera se fué haciendo a la idea de que la venta finalmente no se realizaría y que tendría que acarrear otra vez la pesada carga en lugar de volver al coche con la ligereza de los billetes de banco y no con aquellos insufribles mamotetros que ni siquiera había tenido la curiosidad de hojear desde el día que los recibió. Calculó por su parte que no debería abaratar el producto y pensó, durante todo el rato que duró la conversación telefónica en contraatacar con el argumento de los pisos.
            Así que cuando su interlocutor le ofreció exactamente la tercera parte de lo que él pedía que era, a su vez, el valor que tuvo el libro cuando se puso a la venta hace unos diez años, contestó, rápido como una bala y ágil como una liebre, mientras recogía los libros: Pero de eso hace ya casi trece años y los libros como los pisos suben de valor.
-¿No me irá usted a comparar un libro viejo con un piso? preguntó a modo de respuesta su interlocutor.
-¿Y porqué no? Los dos se revalorizan con el tiempo, respondió también a modo de pregunta el hombrecillo y pensando que debería añadir un toque de distinción continuó, no crea, yo también soy universitario y se lo que valen los libros y las oportunidades que uno pierde a veces. Una vez no quise yo comprar una enciclopedia de las ciencias a un precio determinado y más tarde tuve que pagar el doble porque la necesitaba mi hijo, el doble, le digo, tuve que pagar.
-Pero no es el caso, contestó impávido su interlocutor.
-Una obra de arte, continuó el vendedor sin interpretar el último inciso de su interlocutor, siempre tiene valor y un libro vale más que el oro...
-En un sentido figurado dirá usted, interrumpió el ya abortado comprador.
-Nada de eso, el oro puede depreciarse y de hecho ahora está en baja, pero en cambio las obras de arte siempre estarán en alza.
-Quizás, puede, pero lo siento, perdone las molestias, si alguna vez piensa en bajar el precio del libro quizás pudiera interesarme.
-Ni hablar, prefiero quedarme con él. Por lo demás esto son cosas del negocio, adios, buenos días.
            El hombrecillo desapareció con una sonrisa natural, nada fingida, sintiéndose quizás por primera vez relajado. En el fondo amaba a ese libro y no quería desprenderse de él. Eran muchos los años que le venía acompañando en la estantería de la sala junto con los retratos familiares y otras piezas domésticas. Apretándolo contra el pecho se dirigió hasta el coche para irse a casa. Allí volvió a colocar el Quijote en su sitio, se sentó en su butaca que sabía acogerlo como nadie y se sintió aliviado alegrándose de no haberse desprendido de una parte de su intimidad.

CIRANO

sábado, 3 de mayo de 2014

PARA EDUCAR A LOS NIÑOS

                                               




Quise ser un niño común y corriente, pero siempre estaba en el eje de las tormentas. Miraba con admiración esos niños que se ríen y que juegan con signos evidentes de alegría, les envidiaba. Quise emularlos e intenté reír con fuerza, pero solo salió un remedo de sonrisa, por más que lo intentaba no conseguía darle naturalidad y alegría a mis actos. Cuando salía del colegio veía a los demás compañeros, sujetos por los hombros, gritarse entre risotadas,  palabras alegres y divertidas. Yo decidí que tenía que cambiar, que debía parecerme a los demás, y emulé su comportamiento, pero se veía que yo simulaba y que mis gritos y risas  no eran ni parecida a la de los demás, así que antes de que me desplazaran me aparté yo.
Todo aquello no pasaba desapercibido a los curas que vigilaban nuestras vidas, y un día me citaron para hablar conmigo. Me dijeron que no les dijera nada a mis padres, que después ya tendríamos tiempo. Obedecí 
Me recibió un cura joven y muy fuerte, me ordenó sentarme y me puso el brazo por encima de mis hombros. Acercó su cara y me bisbiseo unas palabras que parecían las propias de un confesionario, me separé prudentemente para manifestar mi rechazo a ese tipos de cosas, pero continuo como si tal cosa, me habló de lo cercano que deberíamos estar  los unos con los otros, como ayudarnos y como conseguir alegrar nuestros corazones. Un cura mas talludo y con aspecto de dominio de situaciones entró, me saludo y se sentó a distancia detrás de una mesa. Me dijo que estaban muy preocupados conmigo, mis malas calificaciones, ni retraso en aprender me estaban llevando al aislamiento personal y eso para un joven como yo era muy preocupante. Queremos ofrecer a tus padres la posibilidad de que entres en la casa que tenemos para preparar jóvenes con la categoría de Hermano, ya que por tus bajas capacidades será la mejor que aspires a ser Hermano y te prepares para un desarrollo personal y profesional de nivel adecuado. Podrás ayudar a tus superiores en todo aquello que te lo soliciten y ellos serán la guía espiritual y mundana que con toda seguridad necesites.
Nada dije, solo le pregunte que cuando hablarían con mis padres, ellos me pidieron que mantuviera silencio sobre lo que tendríamos que continuar hablando. De momento mi director espiritual sería el padre Jordan aquí presente, cualquier cosa que deseara o necesitaras saber, le preguntas a él.   
Como no podría ser menos, aquella misma noche hablé con mis padres y le conté, armándome de valor, todo lo que me había sucedido y mis preocupaciones, cuando terminé me mandaron a la cama. El día siguiente me despertó mi madre y me vistió de fiesta, me llevaban al médico, callé y colaboré. Después de muchas pruebas psicotécnicas, físicas e intelectuales llegaron a una conclusión, padecía una soberana y alarmante sordera, causa de mi falta de atención y de mi atraso secular. Salí del gabinete con un aparato acoplado a mis orejas, resultaba que el mundo era distinto, tenía sonido y ese sonido entraba en mi cerebro como por una autopista.  Comencé a comprender cosas, me pude relacionar con mis semejantes, hice amigos con los que compartí alegría y secretos, y mi vida dio un cambio que  me hizo acercarme a la normalidad  y en especial disfrute con el conocimiento.

INDALESIO Marzo 2014